Capítulo 24 #3
Al darse cuenta de que estaba cerca de la empalizada de los animales de Emanu, agachó la cabeza y corrió a su fuego; la vergüenza y el dolor por su pérdida no le permitían verlo. Al entrar se lo encontró de frente, echó la cara hacia otro lado y corrió antes de que él pudiese cogerla.
Alterada, dejó la canasta en el suelo y colocó las pieles de Mur a secar mientras miraba de reojo a su madre. Vio que le estaba dando de comer al pequeño y se indignó.
—De modo que Emanu no es bueno para unirse a nuestra familia, pero tú bien que aceptas su leche para alimentar a Mur sin dar nada a cambio. —Negó con la cabeza—. Me avergüenzo de vosotros.
—¿Qué quieres que haga? Si le devuelvo la leche, tu hermano morirá de hambre. —Tana la miró furiosa.
—No esperes que vuelva a pedirle más. —La miró furiosa—. A partir de ahora, no contéis conmigo para nada, trabajaré por mi alimento y poco más, hasta el día que tenga que ir al fuego de Caleb.
—No seas así, hija, yo no quería —lloriqueó su madre.
—Pero igual lo permitiste. —Le dio la espalda—. Tú misma has quitado el alimento a tu hijo, espero que puedas dormir con eso.
—No me digas esas cosas —lloró su madre—. No quiero esto más que tú, pero no pude convencer a tu padre.
—Déjalo, madre, tú y yo sabemos que padre exprimirá a quien sea para no trabajar, por eso aceptó el trato con Emanu y ahora, buscando mayor recompensa, lo ha negado para cambiarlo por la promesa con la gran madre.
—¿Qué pasa aquí? ¿Por qué lloras, Tana? —Zarras se frotó la barriga mientras se dejaba caer junto al fuego.
—Tu hija renegará de nosotros en cuanto se vaya con Caleb y dice que trabajará lo justo para contribuir por su alimento —le gritó la mujer con furia—.
¿Te parece que puedo estar tranquila ante esto?
Y para colmo, Mur necesita la leche de cabra de Emanu.
—Lo miró llorosa—. ¿Qué has traído tú a nuestra familia para comer?
—No montes pelea —rugió Zarras—. Hay leche para el niño y comida para nosotros, dime, ¿para qué voy a cazar o pescar? Mañana saldré a buscar algo —sentenció.
—¿Y la leche? Cómo la vas a conseguir, porque no creo que el muchacho te la dé cuando se entere de que reniegas del trato.
—La canjearé igual que hacen otros, ahora dame algo de comer que me ruge el estómago —gruñó el hombre enfadado.
—Cógelo tú mismo, yo estoy alimentando a mi hijo.
Ilena no soportaba más estar allí, cogió la cesta y salió en busca de frutas, los ojos anegados en lágrimas otra vez, mientras pensaba en un futuro incierto.
Había escuchado a otras mujeres hablar de Caleb, decían que lo habían visto haciendo con un chico lo que hace un hombre con una mujer.
No sabía a qué se referían, pero tampoco quería descubrirlo, solo de pensar en que la tocara le daban ganas de vomitar.
Encontró bayas de matorrales bajos, las recolectó mientras su mente seguía dando vueltas a su situación.
Descubrió un manzano y recolectó todas las frutas que pudo, pensando en los caballos de Emanu.
Se dio un bofetón mental, no debía pensar en él, pero ¿cómo no hacerlo?
Desde que pidió su unión, ella no hizo otra cosa más que pensar en él.
Observarlo, aunque fuera de lejos, le satisfacía, pues admiraba su ingenio.
Se le escapó un gemido de resignación mientras se obligaba a no pensar en él.
No sabía qué sería de su vida, no conocía a Caleb más allá de los pocos encuentros casuales que había tenido.
El hecho de que la buscase, la hizo temer algún plan oculto; algo le molestaba del hijo de la gran madre y no era solo lo que había escuchado.
Al mirarlo a los ojos, sentía que la oscuridad se la tragaba.
Además, era bastante más mayor que Emanu, era raro que un hombre de tantos inviernos no estuviese unido aún.
Los cotilleos de las mujeres mientras recolectaban volvieron a hacerse eco en su cabeza. Se le escapó un sollozo y lo contuvo antes de volver a llorar.
—¿Por qué me rehúyes? —Emanu estaba frente a ella.
—No deberías buscarme —susurró conteniendo el llanto.
—¿Qué pasa? ¿He hecho algo mal? —Él le cogió el cesto y lo dejó en el suelo.
—Deberías venir a mi fuego para hablar con mi padre. —Cogió el cesto de frutas y volvió a la cueva casi corriendo.
Al llegar a su cueva, la muchacha miró hacia atrás y vio a Emanu detrás de ella, se apartó con rapidez y dejó el cesto al fondo de la cueva, cogió a Mur de los brazos de su madre y se sentó con él mientras Emanu enfrentaba a sus padres.
—Zarras, quiero saber por qué mi futura compañera me esquiva, y al hablar con ella, me dice que tú tienes algo que comunicarme —preguntó con su cara convertida en una máscara.
—He decidido no continuar con nuestro trato —contestó con seguridad Zarras.
—Tendrás una poderosa razón para renegar de él. —Miró a la muchacha sentada al fondo y tragó saliva.
—La gran madre me ha hecho una oferta mejor que la tuya y la he aceptado.
—No puedes hacer eso, ante testigos aceptaste mi unión con tu hija, por eso llevas muchos discos de plata cogiendo mis regalos —dijo con rabia—. De hecho, te he provisto de tanta comida que has dejado de proveer para tu fuego.
—La gran madre te lo repondrá todo, por eso no te preocupes.
—No me preocupa eso, lo que me preocupa es que vendas a tu hija a cualquiera cuando yo he llenado tu fuego de comida para sellar nuestra unión.
—Tú eres un desarraigado, no tienes lazos familiares salvo esa niña con escasas probabilidades de supervivencia. —Tomó aire Zarras—. En cambio, Caleb está ligado a la gran madre, es guardián de la tribu y jefe de caza. La unión de mi hija a su fuego familiar nos beneficiará a todos.
—No te equivoques, padre, si me uno a Caleb renegaré de ti y de este fuego familiar —gritó Ilena furiosa.
Durante un momento se quedaron todos callados.
Ante la declaración de la muchacha, Emanu dejó ver una pequeña sonrisa y le guiñó un ojo, mientras Zarras se puso colorado y sus fosas nasales se inflaron como un toro al ataque.
La señaló con un dedo acusador y bufó, mientras buscaba las palabras para hablar con la terca muchacha.
—Tú…,tú no puedes hacer eso. —Cogió aire con dificultad—. Si he aceptado ese trato ha sido por ti, porque estarás mejor como la mujer de Caleb que con este desarraigado.
—Si tanto te gusta Caleb, únete tú a él, seguro que serías más de su agrado que yo. —Ilena golpeó el suelo con furia.
—¡Ingrata! Casi trece inviernos alimentándote para que muerdas la mano que te crio. —Zarras estaba cada vez más colorado, las venas del cuello resaltaban dolorosamente mientras sus ojos saltones parecían salirse de sus cuencas.
—Está claro que has decidido romper nuestro trato de forma unilateral, ya que Ilena no está de acuerdo contigo.
—Emanu lo miró muy serio—. No me queda más alternativa que buscar al consejo y denunciar tu falta.
—Miró a Ilena frente a él con su hermano en los brazos—.
No temas, Tana, seguiré mandándote leche para Mur, a pesar de la falta de tu hombre.
—Muchas gracias, Emanu, yo tampoco estuve de acuerdo con el trato que hizo con la gran madre. —A Tana se le escaparon las lágrimas de los ojos.
—Lo sé. —Miró a Ilena y se dio la vuelta—. Tendrás noticias del consejo.
El joven salió y los dejó sin mirar atrás, acarició a su hermana dormida contra su pecho y emprendió el camino hasta la cueva del chamán, necesitaba hablar con él para que le aconsejara, aunque su cabeza daba mil vueltas con los últimos acontecimientos.
Lo encontró pintando las paredes de su cueva; estaba preparando los augurios para la gran cacería y se le veía absorto en perfeccionar las imágenes.
—Chamán, necesito tu consejo y ayuda. —Emanu estaba pálido cuando llegó al fuego.
—¡Ah, joven Emanu! ¿Cómo está la criatura? —El anciano le cogió el brazo y le indicó que se sentase.
—Está bien, come sin problemas y duerme mucho, lo que demuestra que de momento está sana.
—Bien bien. Me alegro, hijo. —Lo miró sonriente—. ¿En qué puedo ayudarte?
—Zarras ha renegado de nuestro pacto y ha aceptado la unión de Ilena con Caleb. Ella no está de acuerdo y Tana tampoco, pero la gran madre le ha dicho que me devolverá toda la comida que he proveído para su fuego. Dime que podemos anular el segundo trato.
—Ese hombre es una desgracia para esta tribu. —Moses se puso en pie—. Ahora mismo iré a reunir al consejo. —Se volvió hacia el muchacho con una sonrisa tranquilizadora—. Sigue con tu parte del trato y no hables de esto con nadie.
—Gracias, chamán. —Emanu acarició el pequeño bulto que colgaba en su pecho y se marchó con cara de alivio.
Cuando cayó la oscuridad, el joven aún estaba atendiendo a las bestias, de su espalda colgaba una bolsa con cereales que había recogido de su parcela, mientras los cachorros jugaban alrededor de sus piernas estirando la cuerda que los sujetaba.
Algunas veces rodaban sobre sí mismos y él reía con sus travesuras.
Dejó a un lado de su fuego la bolsa del grano y colocó a su hermana sobre las pieles.
La pequeña desprendía un gran olor a heces, le quitó la piel que tapaba el culete y con asco la tiró lo más lejos posible de su lugar de descanso.
Limpió y acicaló a la niña, después la alimentó y la tumbó para que durmiera.
Estaba dando vueltas al interior del caldero, donde había echado algunas hierbas y carne tal y como lo hacía su madre.
Una lágrima refrescó la mejilla caldeada por el calor que emanaba del fuego y la secó sin darle importancia.
Su cabeza se giró hasta el nido de pieles donde descansaba su hermana, a pesar de todo lo que estaba pasando tenía sus prioridades, por eso le urgía aclarar sus derechos sobre el trato con Zarras.
Si no podía ir a la gran cacería, este invierno sería muy duro, aún con la reserva de leche y huevos.
—¿Puedo pasar? —La voz de Ilena le sacó de sus pensamientos.
—¿Te han permitido venir? —La miró con ansias, pero se contuvo de tocarla.
—Madre lo sabe y padre salió antes de que se oscureciera el cielo.