Capítulo 24 #2
—Menudo padre. Pues ya puedes buscar una cabra para conseguir la leche que necesita Mur. Tampoco has pensado en eso, ¿verdad? Además, tendrás que salir a buscar la comida a partir de ahora, somos muchas bocas para alimentar y llevas sin hacerlo desde que Emanu hizo el trato contigo.
—No me agobies, mujer. —Se levantó con rabia y se marchó.
—No te vayas muy lejos, que tienes que explicarle a tu hija que tendrá una nueva pareja —le gritó ella a su espalda, pero solo tuvo un bufido por respuesta.
Ajenos a los nuevos acontecimientos en el fuego de Zarras, los dos jóvenes compartieron carne asada mientras la pequeña dormía en las pieles, los cachorros estaban tumbados a sus pies durmiendo también.
—¿Cómo la vas a llamar?
—Sonja. —Le dedicó una sonrisa triste—. Es igual que mi madre.
—Es cierto, aunque sus ojos son como los de Dar, grises como la tormenta.
—Tienes razón. Espero que, además, tenga el mismo valor que él; eso la convertirá en una guerrera.
Ilena miró hacia fuera y vio el rojo reminiscente cuando se oculta el disco solar, se levantó con prisa para despedirse y él lo hizo también.
—Muchas gracias por ayudarme. —Se acercó a ella y la cogió por la cintura—. ¿Vendrás mañana?
—En cuanto me despierte, vendré a ayudarte.
Sus bocas estaban casi juntas. Mientras se miraban fijamente, tragó saliva y sin poder resistirse, la besó.
No fue un beso pequeño, sus labios se apropiaron de la suavidad de su boca, se pasearon despacio entre ellos hasta que la joven le dejó entrar.
Sus lenguas se encontraron y saludaron mientras ambos gemían y se apretaban.
Él la soltó respirando con dificultad mientras sentía los locos latidos de su corazón.
La miró a los ojos pidiendo perdón y le dio un beso en la frente, luego la obligó a darse la vuelta y le dio una palmada en el trasero.
Ella giró la cabeza para sonreírle y corrió a su fuego antes de que viniese alguno de sus hermanos a buscarla.
Al entrar, se encontró a su madre acunando a Mur, junto a ella en el suelo estaba el cono de alimentación. Lo recogió para limpiarlo y se dio cuenta de que estaba llorando en silencio.
—Madre, ¿qué pasa? ¿Por qué lloras? —preguntó mientras se inclinaba sobre ella y la abrazó.
—Tu padre que es tonto —contestó hipando.
—¿Qué ha hecho ahora? —Cogió a Mur dormido y lo dejó en las pieles.
—Que te lo explique él cuando vuelva. —Se tumbó en las pieles junto a su hijo mientras sus hombros se sacudían en un llanto silencioso.
Al no recibir más explicaciones, Ilena se tumbó en sus pieles y se quedó dormida casi de inmediato mientras rememoraba el beso de Emanu.
Todo su ser estaba revuelto y sentía que en su interior se acumulaba una presión indescifrable.
Soñó con él, con lo que le hacía sentir y en la vida tan dichosa que le esperaba a su lado.
Despertó antes que nadie en su cueva, y se marchó silenciosa hasta la de Emanu para ayudarle a atender a la pequeña Sonja, mientras él se centraba en los animales.
Al llegar, el joven ya estaba dándole la leche, la soltó cuando terminó y ella le cogió el cono, lo limpió con un poco de agua y observó cómo se ponía a la niña en el hombro, dándole palmaditas en la espalda hasta que un sonoro eructo retumbó por la cueva.
Dejó a la pequeña sobre las pieles y le dio un breve beso a Ilena.
—Voy a atender a los animales antes de que te vayas. —Volvió a besarla y salió de la cueva en dirección a la empalizada.
Aprovechó para cambiar la ropa de la pequeña que ni se inmutó mientras la manipulaban, los cachorros lloriqueaban a sus pies, atados a un palo con una cuerda lo suficiente larga para que corrieran. Ella volcó un poco de leche en su calabaza y los dos se la bebieron con ansias.
Se dio cuenta de que había varias pieles sucias en una esquina.
Estaba claro que él cuidaba muy bien de su hermana, pero en cuanto a limpieza, no se esmeraba tanto.
Metió a la pequeña en la bolsa y guardó las pieles sucias en un canasto, más tarde cogió las cuerdas de los cachorros y salió de la cueva en dirección al río.
Al llegar, dejó a la pequeña a su lado mientras ataba a los cachorros a un tronco cercano para que jugasen.
Frotó las piezas sucias con hierba de la orilla y luego sumergió las pieles volviendo a frotarlas en el agua fría, cuando vio que estaban limpias, las metió en el canasto y se colgó a la niña.
Al pasar junto a los cachorros, tomó su cuerda y emprendió la subida a la cueva.
Al verla subir cargada, Emanu corrió a su encuentro y tomó el canasto y la cuerda de los perros, para acompañarla de vuelta a su fuego. Al entrar, la muchacha observó que se calentaba sobre el fuego un recipiente extraño, se acercó y vio que estaba lleno de leche.
—¿Qué es eso?
—Un caldero de fuego —respondió sonriente mientras dejaba a la pequeña en las pieles—.
Lo hice yo y sirve para calentar la comida cuando hay líquidos.
Mira. —Cogió el caldero con dos pieles y lo dejó en el suelo, llenó dos cuencos de arcilla con la leche y les añadió un puñado de cereales triturados―. Toma, pruébalo, te gustará.
Ella bebió el líquido espeso en que se convirtió la leche tras añadirle los cereales y se sorprendió del sabor, lo terminó con ganas mientras le sonreía complacida.
—Te he preparado una calabaza de leche y huevos, además he cogido un poco de pescado ahumado.
—No hace falta que nos des toda tu comida, padre puede salir a cazar —contestó avergonzada, sabiendo que Zarras no saldría de caza mientras tuviera comida en su fuego.
—No quiero que te falte nada, además tu ayuda tiene mucho valor para mí, es normal que te recompense.
—No digas eso delante de mi padre o te pedirá más.
—Y yo lo pagaría con gusto. —Se acercó a ella y la besó en la frente—. Pero no se lo digas o no tendré un momento de respiro. —Se carcajeó.
—Me he ausentado mucho, debo volver antes de que me regañen.
—Ven cuando tengas un respiro. —Le dio un pequeño beso y la dejó marchar a desgana.
La muchacha corrió hasta su cueva, cargada con la comida que le había dado Emanu y se quedó parada al ver a sus padres esperándola. Nerviosa, dejó la leche y la canasta a sus pies para explicarse.
—He salido a por la leche para Mur, y Emanu me ha dado también huevos y pescado ahumado.
—Que sea la última vez que vas al fuego de Emanu. —Las palabras de Zarras la golpearon como si fuese un puño.
—¿Por qué? En el trato me permitían ir a ayudarle.
—He hecho otro trato —contestó muy serio.
—¿Otro trato? ¿Con quién? No puede hacer eso, ¿verdad madre? —Se volvió desesperada hacia Tana.
—La gran madre ha pedido tu unión con su hijo Caleb.
—¿Estás loco? Es un pervertido —exclamó sin poder callarse.
—Cierra la boca, es el hijo de la gran madre, guardián de la tribu, jefe de caza y tú serás su mujer —sentenció Zarras antes de salir del fuego familiar, enfadado.
La muchacha miró con miedo a su madre en espera de una explicación, al ver que ella seguía callada respiró hondo antes de hablar.
—Madre, no puede ser, Emanu ya nos ha cubierto de regalos y da por hecho que nos uniremos antes de la gran cacería, él… —Miró a su alrededor y bajó la voz—. Él me necesita y yo le quiero.
—Lo sé, hija, pero ya sabes cómo es tu padre. La gran madre le ofreció devolver los regalos de Emanu, y no creas que nos dará más pieles y carne —negó con la cabeza—, nos dará la misma cantidad. Pero tu padre piensa que es mejor pertenecer a la familia de la gran madre.
—Si me obliga a emparentarme con Caleb, renegaré de él. Nunca le daré nada, ni, aunque se esté muriendo de hambre. —Enfadada, se volvió y cogió la ropa sucia de Mur para ir a lavarla—. Voy a limpiar esto ―dijo con brusquedad mientras salía corriendo de la cueva.
Apenas veía por donde iba, las lágrimas le impedían ver, hasta que cayó de rodillas al tropezar con una rama en el suelo.
Se dejó llevar por el llanto y se hizo un ovillo en la tierra.
La desesperación arraigó en su pecho mientras el dolor la embargaba.
Nunca se había sentido tan mal, era tan grande el dolor que sentía náuseas.
Su cuerpo temblaba sin control, Ilena no quería levantarse, no quería saber nada de nadie.
Sintió unos brazos en su cintura que la levantaban y se incorporó asustada, era Caleb quien la ayudó a ponerse en pie y la acercó a su cuerpo para abrazarla, pero ella le dio un empujón y se apartó furiosa.
—¡No me toques! —Apenas podía contener el llanto, pero se tragó las lágrimas, no quería que él viese su debilidad.
—Lo siento. ¿Te hiciste daño al caer? —Se veía realmente preocupado.
—¿Y a ti qué más te da? —respondió airada, se sacudió el polvo de las pieles y caminó lo mejor que pudo en dirección al río.
—Por si no te lo han dicho, tus padres han aceptado nuestra unión.
—¿Y? —Se puso en marcha hacia el río, ignorándolo.
—Deberías ser más amable conmigo.
—¿Y? —continuó su marcha sin mirarlo.
—Pensé que eras una chica dulce, pero estás llena de espinas —se quejó el hombre.
—Pues ve acostumbrándote. —Se arrodilló en la orilla del río y limpió las pieles con hierba de la orilla para luego terminar en el agua. Al levantarse con su canasta llena de ropa limpia, él seguía mirándola apoyado en un árbol cercano.
—¿Puedo ir a tu lado?
—¿Quién soy yo para impedirte ir por donde quieras? —Con pasos rápidos, intentó alejarse de él mientras volvía a la cueva.
—¡Está bien, tú ganas, me iré por otro camino! —Caleb dio la vuelta y la dejó volver sola.
En cuanto escuchó que la dejaba, Ilena suspiró y caminó más despacio. No tenía prisa por volver a su fuego, sus padres la habían traicionado y a partir de ese momento haría lo justo para ayudar, y siempre pensando en sus hermanos.
Una presión en el pecho la hizo detenerse. ¿Cómo alimentaría su madre a Mur? Porque si renegaba del trato con Emanu él no tendría ninguna obligación de proveerles, es más podría exigir todo lo que les había dado.