Capítulo 24
Nacimiento y muerte
B ajó la colina del asentamiento y fue en dirección al disco solar, cerca del río dejó a la pequeña dormida sobre el cuerpo inerte de su madre, y clavó un palo en varios sitios hasta encontrar una tierra blanda.
Despacio y con rabia fue sacando tierra, hasta formar un hueco lo bastante grande para meter el cuerpo sin vida de su madre, luego la cubrió y tapó la tierra removida con piedras del río.
Al colocar la última, escuchó el grito de su hermana, se la colocó en la piel y se dio cuenta de que tenía hambre de nuevo, puesto que se metía los puños con ansias en la boca y gritaba enfurecida.
Volvió con pasos rápidos hasta la cueva.
Primero, sacó un poco de leche y alimentó a la pequeña, cuando se quedó dormida, la dejó sobre su hatillo de pieles junto a la pared, salió a liberar a la yegua, guardó la parihuela y alimentó a los cachorros y al resto de animales.
Se dio cuenta de que quedaba poca comida, y pensó en cómo salir a recoger hierbas con un bebé y dos cachorros.
Su mente trabajaba a toda velocidad. Cortó varias ramas finas de un árbol cercano, las limpió de durezas y cortó dos de la misma medida, luego otras tres más pequeñas, las ató entrecruzadas; dos verticales y tres horizontales.
Envolvió las horizontales con una piel y ató unas cuerdas en cada vertical en la parte de arriba y la de abajo, así creó unas asas lo suficiente amplias para colar los brazos hasta los hombros.
Cogió otra piel y la ató como una bolsa en los palos horizontales, comprobó su fuerza y resistió sus tirones, por lo que cogió dos tiras de piel y las pulió hasta que comprobó que no cortarían la piel de los cachorros.
Una vez terminado, ató una a cada cachorro y luego los sujetó con una cuerda.
Al principio, los animales se quejaron, pero cuando vieron que podían correr con bastante libertad, se distrajeron corriendo y jugando entre ellos.
El muchacho metió a su hermana en la mochila y tras comprobar que estaba bien y nada le podía hacer daño, cogió una calabaza que llenó de agua y leche, se la ató en diagonal al hombro y cogió la cuerda con los dos cachorros.
Enganchó la parihuela a una yegua y tiró de los tres animales en dirección al llano.
Fue recogiendo hierbas y poniéndolas en la parihuela, mientras dejaba a las yeguas pastar atadas a un arbusto.
Los cachorros se habían dormido a la sombra de un arbusto y su hermana descansaba envuelta en pieles a su lado.
Por un momento, el pánico se apoderó de él y comenzó a llorar mientras cortaba y llenaba la parihuela de hierbas.
¿Qué iba a hacer con un bebé tan pequeño?
Por no hablar de los dos cachorros que dependían de él para comer.
Las cabras eran una ayuda, pero también daban mucho trabajo.
No podía dejar la cueva para ir a la gran cacería, y si no iba, no podría cerrar el pacto para la unión con Ilena.
Una idea se plantó en su cabeza, si conseguía convencer a Zarras para que le permitiese la unión antes de la cacería, ella podría ocuparse de su hermana y los animales. Debía intentarlo.
Se secó las lágrimas y cogió a los pequeños, después enganchó la parihuela, se colocó la mochila con su hermana y guardó a los cachorros en la bolsa de piel.
Al volver a la cueva para guardar los animales y su comida, Ilena lo estaba esperando.
Él sonrió al verla. Juntos dejaron a las yeguas atadas, llenaron el abrevadero con agua y encerraron a los cachorros en el cubículo dentro de su fuego.
Emanu ordeñó a las cabras, sacó dos calabazas llenas de leche y una más pequeña, luego cogió doce huevos que habían puesto las aves y un trozo de pescado ahumado y los metió en una cesta.
Dio de comer a su hermana y la metió en la piel colgada de su hombro.
Al incorporarse, le dio la mano a Ilena y entre los dos, llevaron la comida al fuego de Zarras.
En cuanto entraron, Tana fue a ayudarles con la carga, se le quedó mirando al bulto que colgaba cubierto en su pecho, pero no dijo nada.
Zarras se levantó y los observó con mirada dura.
—Al final vas a intentar salvarla. —Negó con la cabeza—. Criar es cosa de mujeres.
—Ella es fuerte y yo también, saldremos adelante —le contestó el joven con firmeza.
—¿Cómo harás para cazar con la criatura en tu pecho?
—Por eso he venido a verte. —Carraspeó—. La situación ha cambiado y necesito que Ilena se venga a mi fuego ya.
—No tienes las pieles y la carne que me prometiste. —Zarras lo miró enfadado—. Imposible.
—Te las daré después de la cacería. Todo seguirá igual, solo que nos uniremos antes de darte el total de los regalos que te prometí.
—Eso no es lo que acordamos. —Se levantó furioso.
—Zarras, llevo varias lunas alimentándote a ti y a tu familia, he sido muy generoso con mis regalos, tanto que incluso has dejado de proveer para tu fuego. Si te retractas del trato, deberás devolver los regalos. —Emanu contuvo el aliento sin dejar de mirarlo.
—¡Pero ese no era el trato! —gritó—. Debías traer pieles y carne, lo demás es una minucia.
—¡Ja! Una minucia que te ha estado alimentando a ti y a tu familia durante tres discos de plata llenos.
—Se cruzó de brazos con cuidado de no molestar a su hermana—.
Solo con lo que te he dado ya es suficiente para que aceptes nuestra unión.
Además, las pieles y la carne que te prometí te las voy a dar, solo que después de nuestra unión.
—Lo pensaré —dijo hosco.
—No hay nada que pensar. —Tana se plantó frente al hombre—.
El muchacho tiene razón, nos ha dado más de lo que corresponde y, además, mantiene su oferta de las pieles y la carne.
A no ser que quieras buscarte otro fuego, aceptarás que nuestra hija se una a este muchacho —la mujer habló con tanta firmeza que le sonrió agradecido.
—Está bien, pero hasta dos jornadas antes de la gran cacería, no te la daré.
—De acuerdo —contestó sin dudar Emanu.
—Y seguirás trayendo regalos hasta que os vayáis.
—Por supuesto, pero la dejarás venir todos los días a mi fuego para estar juntos. —Sonrió ampliamente esperando la respuesta.
—Solo cuando no tenga trabajo aquí.
El muchacho sonrió y ambos se abrazaron por los hombros. Ilena se acercó a Emanu y cogió su mano, ambos se miraron con alegría. El carraspeo en la entrada al fuego atrajo la atención de todos.
—Gran madre, es un honor tenerte en nuestro hogar.
—No seas zalamero, Zarras, y déjame pasar. —La matriarca entró y se sentó junto al fuego.
—¿Aina, quieres un poco de fruta? —preguntó Tana nerviosa.
—No, gracias. Quiero hablar con vosotros. —Miró a Emanu con intensidad.
—Ilena, acompaña a Emanu a su fuego y le ayudas con la pequeña.
—Sí, madre.
Los jóvenes salieron paseando en dirección a la cueva de Emanu.
En cuanto se acercaron los cachorros gimieron.
Él los sacó de su corral y los dejó juguetear alrededor mientras Ilena avivaba el fuego.
La niña empezó a quejarse y el joven preparó la leche, se sentó junto al fuego y la alimentó con dulzura.
Ilena lo observó embobada y sintió hincharse su corazón.
Era un buen hombre, de trato cariñoso y dulce, además de trabajador y, por supuesto, en su mente vivían montones de ideas para mejorar la vida.
Zarras miró fijamente a la gran madre en espera de que hablara, mientras su mujer conversaba con ella de trivialidades. Puede que fuera bruto, pero no tenía nada de tonto, prueba de ello era la cantidad de regalos que le estaba trayendo el muchacho, solo para poder unirse a la escuálida de su hija.
Se frotó las manos con anticipación y le preguntó directamente.
—Dime, gran madre, lo que te ha traído hasta nuestro fuego.
—Quiero hacer una propuesta para la unión de mi hijo Caleb con tu hija.
—Aina, eso no será posible, Emanu ya ha cerrado el trato con nosotros —Tana la miró nerviosa—, y no podemos devolverle todos los regalos que nos ha hecho.
—Me dijeron que el trato no se cerraría hasta que volviera de la gran cacería.
—Pero eso cambió al quedarse solo con su hermana. Necesita una mujer que lo ayude a atenderla mientras se va a la gran cacería. —Tana intentó dar fuerza a sus palabras.
—¿Y eso qué os importa? —dijo irritada mirándolos muy seria—. Caleb es mejor partido que ese desarraigado, no podéis dejar pasar esta oportunidad.
—Pero gran madre, si reniego del trato tendré que devolver los regalos a Emanu y no los tengo —se quejó Zarras.
—Podemos encontrar una forma de que no tengas que hacerlo —Aina bajó la voz—. En todo caso, puedes dejarme a mí la devolución.
—No te entiendo, gran madre. ¿Me estás diciendo que pagarás todos los regalos que me ha dado Emanu?
—Además de darte pieles y carne para tu fuego —dijo, complacida por la atención del hombre.
—Lo malo es que Moses fue testigo del trato, y ya sabes que él no se callará. —Zarras se sentía cada vez más enojado por haber cerrado el trato con Emanu.
—Deja el asunto en mis manos y no te arrepentirás.
Aina se levantó y se marchó antes de que pudiesen decir nada más.
Al verla alejarse, Tana se volvió muy seria hacia su hombre, sentía rabia por cómo se había comportado con la gran madre.
Había vendido a su hija y abochornado a su propio hogar.
Al desistir del trato con Emanu, los había puesto en una situación complicada, sobre todo cuando el chamán pidiese explicaciones.
Sin poder contenerse le dio un coscorrón.
—Eres una desgracia de hombre. ¿Por qué has aceptado su propuesta?
—Solo hago lo mejor para nuestro fuego, estar emparentados con la gran madre es mucho mejor que estarlo con ese muchacho desarraigado —le contestó furioso.
—¿No te has dado cuenta de que tu hija siente algo por él? Eres idiota, si piensas que ella hará algo por ti cuando se vaya al fuego de la gran madre.
—Vaya si hará todo lo que le diga, por algo soy su padre.