Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

—Un momento. —Emanu cogió otra calabaza vacía y la llenó con la leche recién ordeñada, luego se acercó a la jaula de las aves y sacó seis huevos, los metió en un trozo de piel y le dio todo a Ilena que le devolvió una mirada agradecida.

—Preguntaré cómo va tu madre y te traeré noticias —dijo y le lanzó un beso, dejándolo con mirada soñadora.

Ilena llevó el regalo de Emanu a su cueva y su madre reservó toda la leche para el pequeño, a pesar de las quejas de su marido y el resto de los hombres.

Mientras Tana alimentaba a Mur, ella vertió los huevos en una piedra plana puesta sobre el fuego, los revolvió hasta que tuvo una masa amarillenta y apartó la piedra.

Seguidamente, la dejó en el suelo delante de los hombres de su familia que se lanzaron a devorar los huevos sin pensar en dejar nada para los niños más pequeños.

Ilena negó con la cabeza por su egoísmo y sacó un trozo de carne seca que les ofreció a los tres pequeños. Al ver a su madre sonreír al bebé se le escapó una sonrisa de felicidad. Se acercó a ella y le llamó la atención poniendo su mano sobre el hombro.

—Madre, Sonja está de parto, voy a acercarme a su cueva para ver cómo está —lo dijo muy bajito para no despertar al bebé.

—Está bien, me colgaré a Mur y saldré a buscar frutas, luego te unes a mí y te traes a los pequeños.

Ilena besó agradecida a su madre y corrió hacia el hogar de Emanu.

Al entrar, se asustó ante la sangre que manchaba el suelo, miró a la gran madre que imploraba a sus pies mientras las otras dos mujeres tapaban la cara de Sonja.

Se le escapó un gemido de dolor y se acercó para comprobar lo que pensaba.

La gran madre envolvió las piernas de Sonja con las pieles manchadas de sangre y cuando fue a cubrir su cuerpo, pudo ver un bebé tan pequeño que difícilmente sobreviviría.

La miraba con unos grandes ojos oscuros, llenos de sorpresa e inteligencia, pero lo peor fue ver cómo el bebé buscaba con nerviosismo el pecho de su madre muerta.

La congoja se apoderó de Ilena ante la horrorosa perspectiva de ese pequeño; sin madre y siendo tan pequeño, difícilmente viviría más de unas jornadas.

Se secó las lágrimas y corrió en busca de Emanu.

—Ya ha nacido —dijo sin aliento al llegar a la empalizada.

El muchacho saltó la valla tan rápido que se tuvo que echar hacia atrás.

Lo vio correr al interior de la cueva y ella corrió detrás de él.

Al llegar al fuego, vio salir a la gran madre y su séquito con caras de circunstancias; él fue a preguntar, pero las tres mujeres negaron con la cabeza.

Corrió hasta el bulto tapado de su madre y se arrodilló sobre ella.

Lloró como un niño al ver su cuerpo inerte, aún caliente pero sin vida.

Un ligero movimiento llamó su atención, destapó un poco la piel y vio al bebé, que rebuscaba entre el cuerpo sin vida de su madre y emitía pequeñas quejas, pero no cejaba en su empeño de buscar alimento.

Al darse cuenta de que la criatura estaba viva, Emanu corrió hasta el cercado de nuevo y ordeñó un poco de leche.

Volvió junto a su madre y con un trozo de piel pulida cosió un cono, lo llenó con un poco de agua y otro de leche y cerró la parte superior.

Se sentó junto al cuerpo sin vida de su madre y cogió al bebé, puso sobre su boca el pico y dejó que la pequeña chupara las gotas de leche.

Pronto, la niña tomó el pico entre sus labios y chupó con fruición emitiendo pequeños sonidos de placer.

Emanu sonrió y besó la cabeza sin pelo de la pequeña mientras las lágrimas recorrían su cara.

Sintió una mano en su hombro y levantó la mirada vidriosa, para encontrar a Ilena con la cara marcada también por las lágrimas.

No se dijeron nada, ambos sabían que a partir de ese momento sus vidas serían mucho más difíciles si decidía salvar a su hermana, pero ella vio la decisión en los ojos brillantes de él.

La voz de Zarras los sacó del silencio.

—Ve con tu madre a coger frutas —dijo mientras se acercaba—. Deberías enterrarla con ella —habló con tal desprecio que Emanu estuvo a punto de saltar sobre su cuello, pero se contuvo a tiempo.

—Ella está viva —no dijo nada más.

—Como quieras, pero será un estorbo y no creo que sobreviva siendo tan pequeña.

—La Madre Tierra la protegerá —contestó con decisión.

—Espero que no te retractes del trato de unión, porque no pienso devolver ningún regalo —dijo Zarras con desprecio.

—Nuestro pacto sigue en pie. —Emanu estaba muy serio y pensaba a toda velocidad—. Más tarde iré a tu fuego.

Se quedó solo con su hermana dormida en el hombro, acomodó unas pieles cerca de la pared de roca y la dejó dormir envuelta en ellas.

Se volvió hacia su madre muerta y ató la piel que la envolvía con unas tiras.

Tras ello, preparó la parihuela con cuerdas atravesadas y luego colocó el cuerpo sobre ellas.

Se ató una piel sobre el hombro dejando una bolsa sobre el pecho, metió dentro a su hermana que dormía con placidez, desató a la yegua del cercado y entró con ella para enganchar la parihuela, luego ató sobre su lomo una piel con herramientas.