Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—Voy a ver cómo están los animales y saco a los cachorros. —Cogió a los dos mestizos y los escondió en la bolsa de piel.

—Deberías hablar de ellos con la gran madre.

—Lo haré. —Le guiñó un ojo a su progenitora—. Cuando sean mayores y pueda demostrar que no son un peligro para nadie.

—Háblalo al menos con Moses, sabes que él es más comprensivo.

—Sí, madre, pero esperaré un poco.

Al salir de la cueva, vio que el disco solar se escondía en el horizonte, giró hacia la empalizada donde guardaba sus cabras y comprobó que tanto estas como las yeguas tenían comida y bebida.

Cogió una calabaza hueca y entró para ordeñar un poco de leche, cuando tuvo lleno el recipiente se apartó un poco de la estructura y sacó a los dos cachorros, que al oler la leche se abalanzaron sobre el recipiente.

Con la tripa llena, los animales jugaron un rato, pero el sopor de la alimentación les hizo buscar a Emanu, quien los cogió y los acomodó en la bolsa. Acarició las dos bolas de pelo y sonrió ante la confianza que le daban, a pesar de llevar con él solo una jornada de luz.

Un reflejo ardiente atrajo su atención y al girarse vio a Ilena que corría hacia él.

Sin pensarlo, la cogió de la mano y la guio por la pared hasta las escaleras de piedra.

Subieron en silencio y se sentaron con la espalda apoyada en la piedra.

Él comenzó a dibujar círculos en la palma de la mano de la muchacha.

No hablaban, solo miraban el disco solar esconderse en el horizonte mientras su calor se diseminaba por sus cuerpos.

—¿Ha tomado el bebé la leche aguada?

—Sí, y se ha quedado dormido sin llorar, al menos hasta que yo he salido.

—Espero que le ayude.

—Yo también, madre ya ha perdido tres hijos así —confesó ella y se apoyó en el hombro del muchacho, después soltó un suspiro—. Creo que si pierde a este también, se dejará morir.

—No digas eso, tiene más hijos y todavía puede tener más.

—Los otros pequeños ya son mayores e independientes, y no creo que pueda tener más hijos; con el pequeño Mur tuvo mucha sangre y la gran madre le dijo que no tendría más.

—Entonces, espero que todo vaya bien.

—Si la leche aguada alimenta a Mur, padre tendrá que conseguir una cabra.

—Yo os daré leche.

—No deberías darnos nada sin recibir algo a cambio.

—Entrelazó sus dedos con los de él—. Sé que solo querías que padre no hiciese un acuerdo de unión por mí con otro hombre, pero tu generosidad lo ha vuelto vago y aprovechado.

Madre le regañó cuando te fuiste, pues ya apenas sale a cazar ni recolectar, incluso mis hermanos mayores están imitando su dejadez.

—Tampoco os he dado tanto, sois muchos y sé que es duro conseguir tanta comida. —Emanu cogió su barbilla y la obligó a mirarlo—. Os daría mucho más si solo con ello me garantizara nuestra unión.

—Yo también deseo que nos autorice. —Agachó la cabeza—. Solo te quiero a ti.

—Ilena, no sabes lo feliz que me haces —dijo emocionado por la confesión. Bajó la cabeza y la besó, fue un ligero roce y se apartó antes de hacer nada más, pero sintió que su pecho se henchía de satisfacción—. En cuanto vuelva de la gran cacería, crearemos nuestra familia.

Varios gemidos ahogados escaparon de la bolsa de piel, lo que atrajo la atención de la muchacha que alargó la mano para abrirla. Unos ojos amarillos le devolvieron la mirada en cuanto abrió la bolsa. Ella se apartó asustada, pero Emanu la sujetó.

—Solo son unas crías de perro —dijo mientras sacaba a una y se la mostraba.

—Pensé que era un lobo —exclamó más relajada ante sus palabras.

—Tienen algo de ellos, pues su madre era una loba, pero estoy casi seguro de que el padre fue un perro, por eso son tan amistosos. —El cachorro le lamió la cara arrancándole carcajadas—. Toma, cógelo. —Le tendió al cachorro mientras sacaba al otro de la bolsa.

Los animales al verse libres se removieron inquietos en los brazos de los muchachos, ella dejó a su cría en el suelo y la vio recorrer el pequeño saliente de un lado a otro, se unió a su hermano y saltaron uno sobre otro en un juego de dominación.

La pareja disfrutó del momento de juego de los cachorros, aunque de vez en cuando tenían que cogerlos para que no se cayeran del saliente.

—Tengo que volver. —Ilena le dio un pequeño beso en los labios y se apartó con rapidez.

—Será lo mejor —le respondió con voz ronca, cogió a los cachorros y los metió en la bolsa.

Bajaron en silencio y al llegar al suelo se separaron con un apasionado beso, Emanu la sujetaba con fuerza acercándola a su cuerpo mientras su lengua acarició el interior de la boca de la muchacha.

En su interior se despertó un ansia que sabía que no podía saciar de momento.

La sintió caer sobre él, se separó con pesar y le dio un beso en la frente.

La hizo girar y le dio una palmada en el trasero para que se marchara.

Mientras la veía desaparecer sintió que se le encogía el corazón.

Con pasos lentos se aproximó al cercado, ordeñó a la cabra y guardó la leche para los cachorros. De vuelta a su fuego, vio a su madre acurrucada en sus pieles, la luz de la hoguera reflejada en el rostro le hizo ver que tenía un gesto de dolor. Se acercó a ella y le cogió la mano.

—¿Qué te pasa? —susurró en su oído.

—Ha empezado el parto.

—Pero todavía faltan dos discos de plata.

—De momento son dolores pequeños, si me quedo acostada un tiempo puede que se corte el parto.

—Pondré mis pieles junto a las tuyas. —El muchacho las dejó junto a su madre, sacó los cachorros y los dejó en su cubículo con la leche.

Fue una noche larga. Aunque Sonja no se quejaba, él podía notar cómo se tensionaba con cada contracción.

En cuanto el disco solar asomó entre las montañas e iluminó la entrada de la gran cueva, Emanu salió en busca de la gran madre.

Estaba claro que la criatura tenía prisa por nacer, lo cual no era bueno, saldría un bebé débil y enfermizo que seguramente moriría en pocas jornadas.

Se acercó con pasos inseguros ante el fuego de la gran madre y fue detenido por el hijo de Aina.

—Mi madre va a tener el niño, lleva toda la noche de parto. Necesito a la gran madre. —Miró al fondo y vio que esta se levantaba con una sonrisa de satisfacción en la cara.

—Voy detrás de ti —dijo Aina frotándose las manos, luego llamó a sus dos consejeras.

—Gracias, gran madre.

Se dio la vuelta y volvió a su fuego con rapidez, al inclinarse sobre su madre se percató de la sangre.

—Madre, ¿cómo estás?

—Bien —dijo con voz débil, miró a su hijo y le acarició el rostro con cariño—. Eres un buen muchacho. No te asustes, pero no creo que sobreviva.

—No digas eso, la gran madre está de camino, ella te ayudará. —La besó en la frente.

—Escúchame, hijo: no te conformes con lo que te den aquí, tus ideas son de gran valor, así que no les dejes aprovecharse de tu ingenio.

Únete a la chica que amas y sé tú mismo, pero no te dobles ante nadie.

Tienes un don, no solo para proveer alimentos, sino para solucionar y salvar obstáculos.

Si no te quieren tal como eres, márchate y forma tu propia tribu.

Recuerda ir siempre hacia donde se esconde el disco solar.

—Madre, no digas esas cosas, tú estarás siempre conmigo. —Lágrimas de dolor surcaron las mejillas del muchacho.

—Fuera de aquí, los hombres no tienen que hacer nada en el parto. —La voz autoritaria de Aina le hizo levantarse con prisa.

—Gran madre, ayúdala, por favor —suplicó y se arrodilló a sus pies. Al levantar la cabeza, vio la satisfacción en su cara.

—Déjanos, te avisaremos cuando acabe.

Aina hizo un gesto a su hijo que estaba junto al fuego y este cogió a Emanu del brazo para sacarlo de la zona.

El joven no pudo hacer nada, salió a la luz del día y se ocupó de los animales en un intento de tranquilizar sus miedos.

Recordó a los cachorros y entró a recogerlos antes de que los viera Aina.

Pero fue demasiado tarde, una de las mujeres los miraba.

Se acercó con rapidez, los cogió y se los llevó antes de que pudieran observarlos bien.

Entró al cercado y preparó dentro una pequeña empalizada para contener a los cachorros que gemían por la falta de alimento.

Llenó la calabaza con leche y se la dio de beber.

Al levantarse, vio a Ilena tras la empalizada, que le hizo un gesto con la mano para llamarlo. No lo dudó, raudo se fue hacia ella.

—Necesitamos más leche para Mur —le susurró—. Lamento molestarte con lo que está pasando, pero el pequeño tiene mucha hambre.