Capítulo 23
Caballos y lobos
N o podía cambiar lo que ocurrió, era una lucha a muerte y él había salido vencedor de la pelea.
Tocó los bultos de los cachorros arrebujados y calentitos en su bolsa, seguramente dormidos tras alimentarse.
Él había matado a su madre y decidió darles una oportunidad, pues eran unos descastados como él y su madre. Eso lo unió aún más a los cachorros.
A lomos de la yegua, subió la ladera hasta la gran cueva donde vivía la tribu, mientras se acercaba a la entrada vio salir a la gente.
Buscó entre ellos a Ilena, pero no la descubrió, seguramente estaba cuidando de sus hermanos.
Cuando llegó a la entrada la muchedumbre se apartó a su paso, miraban extrañados a las yeguas, que al verse rodeadas empezaban a ponerse nerviosas.
El muchacho se bajó de su montura y la guio los últimos pasos hasta la entrada, tiraba de los tres animales con cuidado de no atropellar a ninguno de los que habían salido a verlo llegar.
Sonja apartó a varios hombres que se arremolinaban para curiosear y se acercó al joven con lágrimas de emoción.
Se abrazaron ambos y el chico besó a la madre mientras le limpiaba las lágrimas.
El movimiento de quienes los rodeaban les hizo mirar a quien llegaba. La gran madre Aina se abría paso hasta ellos, venía rodeada de su séquito: dos de las más viejas consejeras, su hija Maya y su hijo Caleb. Detrás de ellos, Moses; el chamán, que intentaba abrirse camino también.
—¿Qué has traído, muchacho? —Aina miraba ofuscada las bestias cargadas.
—Son caballos para llevarme a la gran cacería, gran madre. —Emanu se inclinó respetuoso—. Quiero vivir con mi pareja y necesito mucha carne y pieles para agasajar a su familia, con estos animales podré cargar lo que cace sin ningún problema.
—¿Qué pasa si una de estas bestias hiere a uno de los hombres?
—No lo harán, gran madre, son pacíficos y nobles.
—Se apartó de su madre a pesar de que ella lo apretaba contra su cuerpo—.
En la tribu que vivíamos antes de venir aquí, domesticaron los caballos para que nos sirvieran en la caza, como transporte o para arar los campos.
—Observó muy serio a su alrededor—. Son animales nobles y dóciles si se los trata bien.
—¿Y dónde piensas mantenerlos hasta que os vayáis? —Aina hablaba sin contener su rabia.
—De momento las amarraré, pero pienso construirles un corral para que pasten y corran —dijo con humildad.
—El consejo tendrá que analizar tu petición, mientras tanto, serás el responsable de todo lo que hagan esas bestias. —La gran madre se dio la vuelta seguida por su séquito.
—Muchacho, ¡qué gran idea has tenido! —El chamán palmeó a Emanu con efusividad mientras los curiosos se dispersaron, no sin antes echar una última mirada a los caballos.
—Gracias, Moses, espero que en la gran cacería nos sean de utilidad.
—Deberías haber dicho tu idea al consejo y te hubiesen acompañado más hombres para traer más caballos —Moses amonestó el secretismo con que trabajó el muchacho.
—Si espero la decisión del consejo no lo hubiese conseguido —protestó Emanu, que conocía cuan largas eran algunas veces sus discusiones y posteriores deliberaciones para votar.
—De todas formas, deberías haber hablado sobre tu idea.
—Todavía están a tiempo de traer más caballos si quieren.
Emanu se volvió a desenganchar las parihuelas, luego arrastró la carga hasta el interior de la cueva, descargó en su fuego y volvió a la entrada.
Allí, guio a los animales hasta la cerca de las cabras, enganchó las cuerdas y luego buscó uno de los troncos huecos donde les ponía agua al resto de bestias.
El movimiento en su bolsa le indicó que los dos cachorros estaban despiertos, se acercó a su fuego y preparó una esquina para dejarlos, cerró el espacio con varios troncos que guardaba preparados para agrandar una cerca.
Sacó a las crías y las dejó con cuidado en el suelo, luego les puso un cuenco de arcilla lleno de agua y salió hasta la cerca para sacar un poco de leche de las cabras.
Con el recipiente casi lleno volvió a donde estaban los llorosos cachorros y les puso otro cuenco lleno de leche.
Las crías se lanzaron sobre la leche y la devoraron a lametazos, con la tripa llena se acurrucaron en una esquina y se durmieron hechos una bola de pelo. Emanu sonrió al verlos tan mansos, acarició a las criaturas y se sorprendió al notar cómo se restregaban contra su mano.
—¿Eso qué es? —Sonja observaba reticente las dos crías de lobo.
—Maté a la madre y las he traído para darles una oportunidad de vivir.
—¿Estás loco? ¡Son lobos! —Miró alrededor por si alguien la había escuchado.
—Creo que son mestizos. La madre era una loba, pero el padre debió ser un perro, por eso la hembra no estaba en una manada.
—Cuando se entere la gran madre querrá que los sacrifiques —susurró.
—Son perros, y como tal los criaremos, les enseñaré a cuidar los animales y defenderlos de depredadores.
—Pero si ellos son los mayores depredadores. —Negó con la cabeza—. No creo que debamos quedárnoslos.
—Madre, no te preocupes, demostraré su utilidad igual que con los caballos. —Le dio un beso en la frente.
—¿Ha pasado a verte Ilena?
—Solo una vez, después ha sido su madre quien ha venido a recoger la leche y los huevos.
—Le pedí a ella que pasase a por la leche y los huevos para que te ayudase —murmuró enfadado.
—No es culpa suya, Zarras no ha querido que venga.
—No entiendo por qué no la deja andar con libertad. —Le dio una patada a una piedra con rabia.
—Es su forma de controlar a las mujeres de su fuego. —Sonja lo abrazó—. No te enfades, termina de atender a los animales y vuelve para comer, tengo pan recién hecho.
—Enseguida, madre.
El muchacho salió dando grandes zancadas y terminó de atender a los caballos, les dio varias manzanas y se acercó a recoger hierba de la que guardaba para las cabras. Después de atender a los animales, acarició con cariño a las yeguas y el potro, que piafaban de alegría con sus caricias.
Entró a la cueva y, al acercarse a su fuego, desató la piel de la loba y la carne, sacó una pierna y un lomo y los llevó al ahumadero, después prendió más fuerte el fuego y cerró la puerta para ahumar la carne.
Al volver a su cueva, cogió el resto de la carne y la envolvió en la piel, después, con el hatillo sobre el hombro fue al fuego de Zarras.
Ilena estaba con su hermano en brazos, el niño lloraba con fuerza y no atendía las palabras de consuelo de la chica.
Zarras se levantó y fue a su encuentro.
—Joven, deberías haber pedido permiso a la gran madre —dijo el hombre cuando entró y le palmeó la espalda con fuerza—. Aunque he de reconocer que es una buena idea.
—Te he traído carne y una piel. —El muchacho le tendió el hatillo—. Es de un lobo que me atacó.
—No sé si a los niños les gustará, pero la piel nos viene muy bien para el pequeño —admitió satisfecho Zarras.
—Es un regalo para tu familia.
El niño gritaba cada vez más alto, Ilena lo movía en sus brazos con gesto cansado. Emanu se acercó para ver lo que le pasaba, destapó la cara del pequeño completamente roja del llanto.
—¿Qué le pasa?
—La leche de madre no le sienta bien, tiene diarreas y vomita, por eso apenas crece, está muy débil y llora de hambre. —Ella intentó sonreír, pero le salió una mueca.
—¿Habéis probado a darle leche de cabra aguada? —Acarició la pequeña cabeza y el niño abrió los ojos cargados de lágrimas—. En la tribu donde vivíamos antes, se la daban a los niños que perdían a su madre y no tenían quien los amamantara.
—Se lo diré a madre, si acepta tendré que pedirte leche de tus cabras.
—¿No has traído hoy leche? —preguntó sorprendido.
—Sí, pero se la han tomado los otros pequeños —contestó la muchacha avergonzada.
—Entonces ven a por más.
—¿Cómo se la daremos? —preguntó ella mientras seguía meciendo al pequeño.
—Le haremos una teta de piel.
—¿Tú sabes hacerla? —Lo miró sonrojada mientras él asentía con la cabeza.
—¿Te veré donde la última vez? —le susurró para que nadie lo escuchara.
—En cuanto tranquilice al pequeño y lo deje dormido —contestó en voz baja.
—Zarras, voy a sacar más leche para el bebé. —Se volvió hacia Ilena—. ¿Vendrás a por ella?
—Si padre y madre así quieren. —Agachó la cabeza.
—En un rato irá. —Zarras empujó al muchacho para que saliese de su fuego.
El joven aceptó el empujón como una petición para que se marchase.
Volvió con su madre y se sentó a comer con ella mientras le explicaba lo que le ocurría al bebé de Zarras.
Su madre arrugó el entrecejo y pensó en ello.
No estaba segura de intervenir con el pequeño, pues si algo le ocurría a ese niño podrían culparlos a ellos por proponer esa alternativa.
Estaban terminando de comer cuando llegó Tana, la mujer estaba sofocada y abochornada. Se sentó al lado de Sonja y suspiró conteniendo las lágrimas.
—Estoy desesperada, apenas tengo leche y mi bebé está cada vez más débil.
—En nuestra anterior tribu, lo hacían para sacar adelante a niños sin madre, pero también es cierto que no siempre resultaba.
—Ya no sé qué hacer y no creo que le quede mucho. —La mujer lloró desesperada—. Es el tercer niño que no acepta mi leche.
—Veremos si podemos hacer algo por él. —Sonja miró a su hijo que se levantó y buscó entre sus cosas.
—Gracias.
El muchacho sacó un trozo de piel pulida y lo cosió con cuidado formando un cono, se lo dio a Tana y le sonrió, luego salió al corral para sacar un poco de leche. Cuando volvió, le dio el recipiente a Tana y la ayudó a incorporarse.
—Hay que llenar hasta la mitad de la mezcla de leche y agua, luego lo cierras con una mano por arriba y se lo das al bebé por la parte más fina. Ten cuidado de que no se atragante. —Sonja apretó el brazo de Tana—. Pediré a la madre que cuide de tu bebé.
—Otra vez gracias.
Tana se marchó cargada con la leche y el cono para alimentar al bebé, la tristeza seguía rondando a su alrededor, pero al menos ya no tenía esa expresión desanimada.