Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 22 #4
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Capítulo 22 #4

El muchacho se acercó para iluminar el espacio en busca del animal herido.

Contuvo el aliento al verlo, era un lobo enorme de color gris azulado.

Todavía estaba vivo, por lo que sacó la lanza del pecho y lo remató.

Miró en derredor en busca de la manada, pero no vio más.

Sacó la piedra de cortar y despellejó el animal, vio que era una hembra y que debía tener crías en algún lado; le dio lástima porque sin la madre esas crías no tenían ninguna oportunidad de vivir.

La vida es muy dura.

Cuarteó a la loba y luego separó las piezas de carne para atarlas en un árbol más lejos de su campamento.

Con el palo de fuego en la mano bajó hasta el río para lavarse, no quería poner nerviosas a las yeguas.

Al volver al campamento los animales estaban más tranquilos y le recibieron con un sonoro bufido, él se acercó y los acarició mientras le daba una manzana a cada yegua.

En cuanto el disco solar dejó caer su luz sobre el campamento, Emanu recogió todas sus cosas, ató la cuerda de la yegua sin cría y acarició al animal mientras le susurraba palabras tranquilizadoras.

Con movimientos lentos para no asustarla, le pasó la cuerda por el cuello y luego saltó sobre su lomo.

En cuanto el animal sintió el peso saltó, corrió y dio coces con las patas traseras, pero Emanu se aferró con fuerza a sus crines y con las rodillas presionó los flancos del animal para no caerse.

La yegua corrió por todo el claro saltando.

Emitía sonoros pifiados de desagrado y los saltos le desequilibraban, pero Emanu se aferró con fuerza a las crines con las manos y a los flancos con las rodillas apretadas.

El tiempo se le hizo eterno sobre el animal, hasta que finalmente aceptó el peso del jinete y su paso se tornó más pausado y tranquilo. Emanu se inclinó sobre el cuello y acarició la sedosa crin oscura, dio contento varias vueltas en el claro y tras ello, lanzó un grito de alegría.

Al bajarse, le dio una manzana y besó su hocico, el animal olisqueó su cuerpo y él levantó el brazo para facilitar la inspección olorosa. Satisfecho con la amabilidad de la yegua, la acercó hasta el tronco hueco lleno de agua y la ató cerca del mismo.

Se acercó a la yegua con la cría y repitió la misma operación, pero esta vez dejó a la cría atada a la cuerda de la madre para que los siguiera.

Les dio una manzana a cada animal y suavemente dio un salto para montar a la madre.

La yegua saltó y se quejó, pero Emanu se aferró con fuerza a sus crines blancas y a los costados con las rodillas.

Esta vez le resultó más fácil, tal vez porque habían visto que la otra yegua se dejó montar y no le ocurrió nada.

Satisfecho, ató a la madre con su cría junto al tronco lleno de agua y les dio más manzanas.

Recuperó la carne del lobo y la piel, no podía dejarlos allí, pero el olor de la sangre y del lobo seguro que pondría nerviosas a las yeguas.

Cogió dos palos largos y los ató con parte de una de las cuerdas.

Los puso en paralelo y sobre ellos ató la carne envuelta en la piel de lobo.

Con decisión, cortó otro trozo de cuerda y ató la parihuela al cuello de la yegua para que la arrastrase y no le diese el olor.

Enganchó la cría a su yegua y saltó encima del animal oscuro.

Al principio, se sobresaltó y se quejó, pero le dio unas palmadas en el cuello y le susurró palabras tranquilizadoras.

Guio a las yeguas por el camino de vuelta hacia la gran cueva que ocupaba su poblado, llevaba un paso lento para que los animales no se asustasen.

Mientras él observaba el paisaje, un sonido lastimoso llegó a sus oídos, así que detuvo las yeguas y bajó a investigar.

Ató las cuerdas a un árbol y se adentró entre los matorrales siguiendo los gemidos.

Entonces los vio: dos cachorros de pelaje gris aullaban asustados junto a una pequeña cueva.

Se dio la vuelta al ver que no eran un problema, pero al darse cuenta de que eran las crías de la loba que mató, pensó que morirían sin su madre y sintió que le debía algo a la loba.

Sacó las cosas de su bolsa de piel y las ató junto a la piel de la loba en las parihuelas.

Con la decisión tomada, se acercó a la pequeña cueva y buscó a los cachorros.

Había tres, pero uno de ellos estaba muerto, y no hacía mucho, pues su cuerpecito inerte aún mantenía el calor.

Acarició a una de las crías y le dio un trozo de carne ahumada.

Al oler la carne, la otra cría se acercó también e intentó quitársela a su hermano.

Emanu le dio otro trozo a la otra cría y mientras se entretenían masticando la carne, las metió en su bolsa de piel.

Ató la bolsa, pero dejó que entrase el aire para no sofocarlas y con la tierna carga, volvió a montar en su yegua retomando el camino de regreso.

Pensó satisfecho en sus logros, había conseguido dos yeguas y un potro que le servirían para cargar la carne de la gran cacería, además llevaba la carne y la piel de la loba.

Esto no le hacía sentir tan bien, pues hubiese preferido que las crías se quedasen con su madre, pero el hambre hizo que la loba buscase una caza más insegura, sobre todo al estar sola.

Algo extraño, pues había visto que los lobos eran animales gregarios.

Debía de estar desesperada para atacar a las yeguas; más aún cuando estaba sola con sus crías.