Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

Cruzó el río y continuó su marcha hasta la llanura donde sabía pastaba la manada de caballos, los escuchó antes de verlos, el aire transportaba suaves relinchos.

Emanu se escondió tras unos arbustos a favor del viento para observar el rebaño.

Sin hacer ruido recorrió el perímetro analizando todos los ejemplares, se quedó con la imagen de los que le parecían más fáciles de atrapar y se fue sin hacer ruido hasta el río.

Llenó la calabaza de agua y se refrescó la cara y los brazos, luego se alejó del caudal para buscar una zona oculta a la vista, pero cerca del río para montar su campamento. Necesitaba estar lejos del ruido del agua para escuchar si se acercaba algún depredador u hombres con malas intenciones.

Preparó el campamento y sacó las cuerdas para atrapar los caballos, escondió todas sus cosas en un matorral bajo y se quedó solo con las cuerdas y una piel cosida por tres lados.

Volvió a la explanada donde pastaban con tranquilidad los caballos, vio a la cría junto a su madre, y muy cerca, un árbol de buen tamaño que soportaría los tirones de los animales cuando tensionaran la cuerda.

Hizo un nudo en la cuerda de fibra y se acercó despacio al claro, hasta ponerse cerca de los caballos, lo hizo tan despacio que no alarmó a la manada.

Dejó en el suelo el resto de las cuerdas y con la que tenía el nudo comenzó a hacerla girar sobre la cabeza, entonces la lanzó sobre la cabeza de la cría.

La atrapó al primer lanzamiento, no en vano había estado practicando.

La cría relinchó y saltó haciendo giros bruscos, pero él fue más rápido, rodeó el árbol y ató el otro extremo de la cuerda mientras el pequeño animal saltaba y relinchaba con pavor.

La madre se acercó a ella en un intento de protegerla, lo que tranquilizó al potro.

Emanu no perdió el tiempo y cogió otra cuerda, le hizo el nudo y volvió a lanzarlo sobre la yegua.

Esta vez casi no llegó a tiempo de rodear el árbol, apoyó los pies contra la base e hizo fuerza, mientras de una lanzada rodeaba el tronco y conseguía atar la cuerda.

Ya tenía a las dos bestias aseguradas, pero vio que el resto de la manada corría asustada y desorientada por la explanada.

Observó el semental relinchar y ponerse sobre sus cuartos traseros.

Era un animal magnífico, pero sabía que él solo no podría dominar semejante espécimen, por lo que volvió a su siguiente presa que corría briosa por el perímetro.

Se colocó junto otro árbol y le ató el extremo de la cuerda, luego hizo la lazada y se puso en el camino de los caballos.

Alguno se desviaba en cuanto lo veía, pero cuando el miedo se apoderó de toda la manada, y se fijó en que solo podía salir por la abertura junto al árbol en el que se había colocado, esperó hasta que fueron pasando los caballos en busca de una huida.

Entonces, lanzó la cuerda al animal que venía hacia él y se protegió contra el árbol.

La yegua relinchaba y corcoveaba con furia mientras el resto de los caballos escapaba del claro.

Emanu comprobó la fuerza de los nudos y dejó a los animales saltar y relinchar, quería que se agotaran antes de acercarse.

Fue en busca de sus cosas y sacó la bolsa con las frutas, las dejó a su lado mientras sacaba un poco de carne ahumada y pan.

Comió en silencio mientras escuchaba los relinchos furiosos de las yeguas atadas.

Bebió agua y con el hambre saciada, volvió al claro para ver cómo estaban los animales.

Seguían furiosos, saltando y trotando alrededor del árbol al que estaban sujetas las cuerdas.

El potro relinchaba asustado y ya no saltaba tan alto, en cambio se acercaba a la madre que tiraba furiosa.

Buscó en los alrededores y cogió un tronco hueco, lo levantó, no sin esfuerzo y lo puso en el claro a una distancia en que pudiesen acercarse las yeguas, luego vació su calabaza y se marchó para volver a llenarla.

Tuvo que volver tres veces al río, pero valió la pena cuando escondido entre los matorrales bajos, vio que las yeguas y el potrillo se acercaron a beber agua.

Satisfecho, fue a por sus cosas y montó su fuego lo bastante cerca para ver a los animales, pero no tanto para que se asustasen por su presencia. Cogió algunas frutas de su bolsa y se acercó al tronco del agua, las dejó en el suelo y se volvió a su fuego para pasar la noche.

Despertó con las primeras luces del disco solar, recogió su campamento y fue a comprobar si las yeguas tenían agua. Rellenó un poco el tronco y fue en busca de frutas, así estuvo toda la mañana buscando hasta que vio un manzano, trepó y cogió todas las manzanas maduras.

Contento con su hallazgo volvió al claro, cortó las frutas en pedazos y se acercó primero al potro con la mano extendida y llena de trozos de manzana.

El animal reculó y se colocó tras la madre que pifiaba enfadada.

Siguió acercándose y, ante las patadas de la yegua dejó los trozos en el suelo a los pies del potrillo, y se marchó andando hacia atrás.

Desde su fuego, pudo comprobar como el potrillo olisqueaba la manzana del suelo y la comía con ansiedad, mientras la madre pasaba el hocico por su cuello. Emanu disfrutó del cariño que la madre profesaba a la cría. Cortó más piezas y las llevó a la otra yegua, que las ingirió con ganas.

Cuando el disco solar estaba en lo más alto sacó algo de pescado ahumado y lo comió con ansias, luego se devoró una manzana y cortó varias más en trozos para repetir su acercamiento, primero con la cría y después con las yeguas.

El muchacho continuó en su misma posición.

Dio un paso más y le silbó al pequeño animal, sonrió cuando el potro volvió a acercarse a comer manzanas; en esta ocasión se quedó hasta que se comió todos los trozos.

Emanu sacó más y se los ofreció. Cuando el potro los comió, aprovechó para acariciar el cuello del animal sin quitar la vista de la madre que pifiaba y daba pisotones al suelo.

Al igual que hizo con la cría, aprovechó el acercamiento y acarició a la madre en el cuello. En un primer momento se apartó, pero volvió a ofrecerle manzana y esta vez, sí se dejó acariciar.

Después de varios trozos más, la yegua y su cría le dieron confianza y se la veía algo más tranquilas.

Conseguido el acercamiento con ellas, hizo el mismo trabajo con la otra con la mano llena de manzana.

El animal había sido espectador de la actuación con la otra integrante de la manada y se acercó a comer de su mano con bastante más tranquilidad que la primera.

Toda la tarde estuvo Emanu alimentándolas hasta que se ganó su confianza. Al caer la noche, ambos equinos y la cría se acercaban sin miedo a él en busca de manzanas. Asombrado, se alegró por la confianza que le transmitieron los animales y disfrutó de jugar con ellos, acariciarlos y alimentarlos.

Antes de que saliera la luna se acercó para recoger más manzanas.

Con la bolsa llena, volvió donde estaban atadas las yeguas, desató la cuerda del potrillo y la acercó a su campamento para atarla en un árbol cercano.

La madre siguió al potrillo, y Emanu desató su cuerda para atarla junto a su cría.

Le dio un premio a cada uno y fue a por la otra yegua, ató la cuerda junto a la otra y la acarició mientras la alimentaba.

Encendió el fuego y se preparó para dormir otra noche más bajo las estrellas, al día siguiente regresaría al poblado, estaba deseando volver a ver a Ilena.

Comió algo de carne ahumada y después una manzana, los animales le pifiaron llamando su atención.

Él sonrió y se acercó a darle una pieza de fruta a cada uno mientras los acariciaba con cariño.

Se acostó junto al fuego, con la espalda protegida por los animales. Durmió mientras soñaba con el futuro de una vida junto a Ilena, la mujer de su corazón.

Despertó al escuchar el nerviosismo de las yeguas, se incorporó con rapidez y puso más palos al fuego para iluminar la oscuridad.

Los animales corcoveaban cada vez más nerviosos, así que sacó las lanzas, el arco y las flechas y los dejó a mano, mientras con un palo en llamas iluminó el perímetro del campamento.

Se quedó paralizado al escuchar los gruñidos.

Su prioridad era proteger a las yeguas, no podía perderlas después del trabajo que le había costado acercarse a ellas.

Se puso delante y dejó el fuego a sus espaldas.

Entonces, vio los ojos amarillos frente a él; había uno solo y se acercaba gruñendo amenazante.

Emanu sacudió el palo con fuego y cogió la lanza con punta de piedra.

Gruñó y gritó igual de amenazante que el lobo.

El animal no se acobardaba ante él, sin quitarle el ojo de encima hizo varios intentos de tirarle el arma y al ver que no se marchaba, finalmente hizo el lanzamiento.

Escuchó el alarido espeluznante de la fiera.