Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Llegó a la cueva donde vivía junto a su madre y la vio moler el trigo en la piedra; no ejercía fuerza, pero sí que hacía rodar la rueda con ritmo.

La ayudó a sacar el artilugio y vio el polvo blanquecino que resultó de la molienda, luego lo mezcló con un poco de agua y unas hierbas, hizo varias bolas con la masa y las metió en el agujero del suelo, le puso encima la piedra plana y luego encendió unas ramas.

Mientras se hacía el pan, Emanu le contó a su madre sobre los rumores que corrían de Zarras, confirmados por Ilena que le acusó de no proveer a la familia, incluso sus hermanos estaban ociosos.

Sonja le restó importancia, pero le pidió a su hijo que no repitiese esos rumores, Zarras podría ofenderse y anular el acuerdo.

El muchacho negó con la cabeza y verificó las armas que se llevaría a su pequeña cacería.

Todos pensaban que era para proveer a Zarras de más carne antes de marchar con el grupo a la gran aventura, y él no lo desmintió.

Con la bolsa de flechas, unas cuerdas hechas de fibra, varios sacos hechos de piel, fruta y algo de carne y pescado ahumados, preparó su hato para partir al amanecer.

Cogió el pan templado que su madre le ofreció y lo comió acompañado de tiras de carne asada.

Al terminar, la dejó tumbada en las pieles y salió a la noche, estaba impaciente por su primera cita a solas con Ilena.

Llenó de agua el tronco hueco para las cabras y las alimentó con hierbas que había recogido.

Se sentó a un lado de la valla hasta ver aparecer a Ilena.

En cuanto escuchó las furtivas pisadas supo que era ella, así que la esperó oculto hasta tenerla a su alcance, le puso la mano en la boca para que no gritase y la volvió hacia su cuerpo.

Se miraron a los ojos sin hablar, él le sonrió y le puso un dedo en la boca para que guardase silencio, tiró de su mano y la guio a ras de la pared de la montaña, entonces señaló varias piedras que subían por la roca como si fuesen una escalera.

Él trepó primero para enseñarle a ella dónde poner los pies y las manos.

Despacio, y comprobando siempre hacia abajo que ella le seguía sin problemas, llegó hasta un saliente, se alzó hasta él y después, se acuclilló para ayudarla a subir.

Estaban tan alto que se veía el horizonte de tierra por encima de las copas de los árboles.

La vista era espectacular y el silencio, solo era roto por el ulular de aves nocturnas, incluso se podían ver pequeñas bestezuelas cruzando los campos más cercanos.

El brillo del agua con el reflejo del disco de plata convertía el río en una serpiente brillante y tranquila.

Ilena miraba asombrada el paisaje y escuchaba a Emanu señalar las distintas zonas de cultivo cerca de la cueva, así como las montañas a donde se dirigiría él, en cuanto clarease el disco solar.

El joven no se atrevía a tocarla por temor a perder el momento de admiración que ella le demostraba, aun así, no pudo evitarlo, tomó su mano y sin apartar la mirada de los hermosos ojos de la muchacha, besó cada uno de sus dedos.

La escuchó contener el aliento y cuando ella le sonrió con una mirada anhelante, tomó valor y posó sus labios sobre los de la muchacha.

Al principio, fue solo un roce que transmitió una descarga a sus cuerpos.

Se separaron algo asustados y ambos estallaron en carcajadas al verse reconocidos mutuamente en sus miradas.

Con determinación, Emanu abrazó a la joven por la cintura, la acercó a su cuerpo y sin pensar volvió a besarla; esta vez dejó que sus labios se pasearan por los de la chica.

La suavidad carnosa de su boca le hizo gemir, sacó su lengua para saborear la dulzura de esos labios, y sin darse cuenta la introdujo en el interior de la boca de ella.

Al principio se quedaron paralizados, pero al no sentirse rechazado y disfrutar de esa invasión, se volvió más osado.

Acarició el interior con su lengua y se cruzó con la de ella, que decidió acariciarle con la suya también.

Ambos gemían por el placer que ese beso les proporcionaba, pero Emanu sentía que necesitaba más, por lo que se apretó aún más contra ella y la apoyó contra la pared de roca.

Ella sintió que en su interior se formaba una tensión deliciosa, que se elevaba desde el estómago y que hacía temblar sus piernas.

Sintió crecer un bulto contra su vientre y supo lo que era, pero no pudo prestarle atención porque las manos de él la soltaron para agarrar sus pequeños pechos, haciéndola gemir de asombro y miedo.

Él, se apartó con pesar. Haber tocado las deliciosas formas femeninas habían abierto un apetito que tendría que saciar en la soledad.

Tragó saliva y la miró sonriente esperando no haberla asustado demasiado, ella le devolvió la sonrisa y se perdieron en un mundo silencioso donde solo sus cuerpos eran capaces de hablar.

Exploró sus incipientes formas mientras ella acariciaba el torso masculino.

Tenía una erección de caballo y sabía que no podía hacer nada, pero, aun así, le permitió que siguiera explorando su cuerpo, cuando sus pequeñas manos rozaron su miembro, contuvo el aliento y luchó consigo mismo para no tumbarla y perderse entre sus piernas.

Cogió las manos que rodeaban su pene y las envolvió con las suyas.

—Dame placer —susurró en sus oídos con voz ronca.

Ella no sabía lo que quería decir, entonces sintió que la mano de él la guiaba a lo largo de su miembro con un movimiento suave y rítmico, bajaba y luego subía hasta casi tocar las gotitas que asomaban por la punta.

Él, gimió de placer y cuando ella continuó sin su ayuda, se dejó llevar por el gozo que sus dulces manos le proporcionaban.

Cuando ya no pudo soportarlo más, volvió a guiar la mano de Ilena aumentando el ritmo y con un ronco gemido que intentó contener, se vació en las manos de ella.

Al recuperar la respiración, abrió los ojos y la vio sonreírle, ella se relamió los labios y tragó con dificultad. Él apoyó la frente sobre la de la muchacha y suspiró.

—¿Confías en mí? —susurró a la chica.

—Sí —contestó ella conteniendo el aliento.

La hizo tumbarse y levantó la piel que cubría sus caderas dejando a la vista los rizos del color del fuego, que ni la escasa luz del disco de plata podía esconder.

Emanu acarició el suave vello y luego bajó hasta su sexo, lo exploró y acarició con devoción.

Nunca había tocado el sexo de una mujer, y el hecho de que fuese el de su mujer le hizo endurecerse de inmediato, pero se contuvo, ese momento era para ella.

Cuando completaran su unión quería hacerlo con los buenos augurios de su madre y la familia de ella, por eso se limitó a acariciarla mientras se familiarizaba con su cuerpo.

Notó la humedad entre sus piernas y pensó que a él le ocurría lo mismo.

Sin meditarlo más, acarició arriba y abajo el sexo de la chica con el dedo, sintió la suave carne de ella que se hinchaba y humedecía al tiempo que la joven gemía.

Aumentó el ritmo de las caricias y la sintió ponerse tensa, mientras de su boca salió un grito apagado por su propia mano, al tiempo que el cuerpo de la muchacha tembló bajo esta hasta dejarla inerte.

Se incorporó para mirarla y el brillo de su mirada lo atrapó.

Volvieron a besarse, esta vez seguros de lo que querían, sus bocas se acariciaban mientras sus lenguas danzaban en una pugna deliciosa.

Él se separó, le dio un mordisquito en el carnoso labio inferior y se separó a duras penas.

Ambos se miraron extasiados por un momento; sobraban las palabras, pero Emanu la abrazó y le susurró al oído con voz ronca.

—Espera mi regreso, cuando el disco solar haya salido tres veces, volveré. —Le dio un beso en la frente—. Nos encontraremos aquí por la noche y te contaré mis planes.

—Ten cuidado y no te arriesgues, te prefiero vivo. —Ella se acurrucó entre sus brazos.

—Lo haré, y tú no dejes que tu padre haga un trato de unión por ti.

—No puede hacerlo, todo el mundo sabe que habéis llegado a un acuerdo, incluso el chamán fue testigo.

—No me fío —respondió y sonrió con tristeza—. Al fin y al cabo, somos los parias de la tribu, si tu padre recibe una oferta mejor, puede cambiar el trato.

—No creo que lo haga, pues tendría que devolver todos tus regalos y conociéndolo, preferirá quedarse con lo hecho.

—Eso espero. —Suspiró el muchacho—. Vamos, te acompañaré de vuelta.

Tal y como subieron, Emanu ayudó a Ilena a descender por la pared de piedra, una vez en el suelo se despidieron con un último beso. Él se quedó en las sombras viendo cómo desaparecía en el interior de la cueva. Luego entró hasta su fuego medio extinguido y se tumbó en sus pieles.

—¿Dónde has estado?

—Me he despedido de Ilena —dijo sin tapujos y se incorporó sobre los codos, sonriendo a su madre con cara de felicidad.

—¿No habrás…? —Ella se tapó la boca con miedo.

—No, madre, hasta que no tengamos los buenos augurios no nos uniremos. —Le guiñó un ojo con picardía a su madre.

—Será mejor que Zarras no se entere o te colgará por las pelotas hasta que se te pongan azules.

—Tranquila, no ha pasado nada. —Se tumbó para mirar el techo rocoso sobre su cabeza—. Ella pasará todos los días para que le des huevos y leche, además de comprobar que estés bien, pero no le des demasiado, tú también los necesitas.

—Gracias, hijo. No te preocupes, compartiré con ellos hasta que regreses.

Descansó tan bien que le sorprendieron las primeras luces del disco solar cuando iluminaron la entrada de la cueva.

Con rapidez, Emanu se levantó, cogió la piel que preparó la jornada anterior y varias lanzas tanto de punta de madera como de punta de piedra.

Le dio un beso en la frente a su madre que sonrió en sueños y salió de la cueva dando grandes pasos.