Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 22
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Capítulo 22

La propuesta

E lla se quedó en la entrada mirando al joven Emanu y se le escapó un sonoro suspiro que atrajo la atención de sus hermanos menores, quienes al no ver nada emocionante siguieron jugando con las piedrecillas del suelo.

El olor del pescado le hizo fruncir el ceño, pero después se fijó en las fuertes piernas del joven; lo había visto correr por el poblado acompañado de otros muchachos de la cueva y sabía que era muy rápido.

Su pelo negro como la noche, apenas un poco ondulado, caía a ambos lados de la cara y una fina tira de piel en la frente, impedía que le tapase los ojos.

Su mirada oscura también le hacía sentir movimientos extraños en el estómago.

Apenas habían cruzado unas palabras, pero ella sabía que él la observaba todos los días.

Tal vez por eso se había fijado en él, aunque era alto, lo cierto es que también era delgado, por eso apenas lo llamaba su padre en sus cacerías, pensaba que al no tener músculo su trabajo sería malo.

El pelo que cubría su cara no hacía sino oscurecer aún más su melancólica mirada, y era precisamente eso lo que a ella la volvía loca.

Claro que nunca se atrevería a hablar con él sin que su padre lo aprobase, pero en sueños se veía abrazada por ese atractivo joven, más aún desde que su sangre se presentó hace varias lunas.

Dejó al pequeño dormido en la manta y fue a controlar el fuego de la entrada, en cuanto llegaran sus padres tendría que asar la carne que trajeran.

Miró de reojo a los tres reunidos ante su zona, el chamán acariciaba el vientre hinchado de Sonja y sonreía, luego se fijó de nuevo en Emanu.

Sus ojos se encontraron y lejos de apartar la mirada, ambos se miraron con hambre; hacía tiempo que reconocían su atracción, aunque no se atrevían a dar el paso como pareja.

Los gruñidos y carcajadas atrajeron su atención. Conocía bien esos roncos rezongos, su padre no tenía otra forma de mostrar su desacuerdo; una vez que empezaba solo una buena comida podía sacarle de ese estado.

La primera que apareció fue su madre, traía el cesto con frutas, detrás de ella venían sus hermanos; Vena y Arlazón.

Tenían dos inviernos más que ella, pero ya salían de caza con el padre para ayudarlo en la búsqueda.

Cuando llegaron, ante las visitas se detuvieron al ver que el chamán los acompañaba.

El anciano sonrió y se acercó a Zarras que se llevó la mano al pecho, su gesto serio contradecía la amabilidad que sus ojos traslucían.

—Moses, ¿qué te trae por mi fuego? —Zarras se inclinó ante el anciano.

—He venido con Sonja y su hijo para bendecir la unión de tu muchacha con Emanu. Ya sé que el chico está muy verde y que necesita mejorar sus técnicas de caza, pero tiene voluntad, y mira —señaló la ristra de peces de Emanu—, trae un regalo para que lo escuches.

—¡Tana, coge los peces y prepáralos para comer!

La mujer con gesto cansado cogió la ristra de pescado y se fue a un lado de la estancia y, sobre una piedra plana comenzó a descamar el pescado con la ayuda de su hija. La chica estaba más pendiente de lo que decían los hombres que del pescado.

—Ilena, cuida lo que haces —regañó la mujer—. Con estos seis peces tenemos que comer todos.

—Sí, madre. —Ilena bajó la cabeza y trabajó en silencio, aunque de vez en cuando la levantaba para observar a Emanu.

—Entonces, ¿quieres unirte a mi muchacha? —Zarras caminó con lentitud alrededor de Emanu y lo miró de arriba a abajo atentamente.

—No espero que sea de inmediato. —Emanu miró a Ilena—. Quiero salir a cazar lejos, traer pieles y carne para el invierno. Cuando vuelva, podré tener una cobija para ella.

—¿Y qué pasará con tu madre? —Zarras la señaló con enfado—. Ella no tiene más hombre que tú desde que murió su compañero, y para colmo parirá pronto. ¿Podrás mantener tantas bocas?

—Sí, señor, soy capaz. ¿Ha visto los peces que le he traído?

, y he dejado más en casa. He conseguido mantener cabras en el cercado y tengo aves en una jaula que nos proveen de huevos.

Si a eso le añadimos la cacería, creo que a su hija no le faltará abrigo ni comida. Yo proveeré para toda mi familia.

—Tendré que consultarlo con su madre, la chica es importante en mi fuego.

—No quiero llevármela todavía y cuando estemos juntos, ella podrá venir a ayudar en su cueva. —Emanu miró a la chica con duda.

—Ella solo lleva dos discos de plata con la sangre, si después de seis más, sigues queriéndola y has demostrado tu valor en la cacería, volveremos a hablar.

—Gracias, Zarras, no pido más. —Emanu se frotó las manos y miró fijamente a Ilena—. ¿Podría charlar con ella de vez en cuando?

—Mientras no la apartes de sus obligaciones, me parece bien. —Zarras golpeó la espalda del muchacho—. ¡Eso sí, procura traer un regalo cuando vengas!

—No lo olvidaré.

Los tres volvieron al camino y dejaron a la familia con el pescado dorándose al fuego. Sonja invitó al chamán a comer, volvió a poner el conejo en el fuego y dejó que terminase de asarse. Mientras, trituró los vegetales y los metió en el caldero, añadió agua y los puso en otra llama.

—Entonces, estás decidido a formar ya tu familia y con la hija de Zarras. —El chamán apretó el hombro de Emanu—. ¿Sabes que ese hombre te exprimirá todo lo que pueda?

—Lo sé, y no me importa, quiero a Ilena conmigo. Ella es la única mujer que me llega aquí. —Se golpeó el pecho.

—Te entiendo, joven, pero no le dejes ver cuánto la quieres, o Zarras os quitará hasta la comida de la boca.

—Intentaré hacerlo, pero no sé cómo esconder lo que siento. —Emanu sonrió frustrado.

—Hijo, solo sigue a tu corazón y no te dejes engañar.

Sonja llegó donde estaban sentados los hombres y acercó un cuenco de madera a cada uno, dentro del cuenco el aroma de la crema hizo sonreír al chamán. Emanu rechazó el cuenco y se lo dio a su madre. Comieron en silencio y luego el anciano se volvió a su santuario.

Cada vez que el disco solar se elevaba en el cielo, Emanu se acercaba a la cueva de Zarras para dejar un presente, e intentaba salir con Ilena, pero ella siempre estaba ocupada y no podía sacarla para hablar.

Después de dos discos de plata y numerosos regalos en forma de pescado, liebres, aves, huevos, fruta y leche, la desazón se apoderó de él.

Solo conseguía dulces sonrisas y tiernas despedidas, lo cual le calentaba a la vez que lo indignaba.

Ya no podía postergar más su salida en busca de caballos, la gran cacería sería en tres discos de plata y él tenía que conseguir gran cantidad de pieles y carne para Ilena, o todo lo que había hecho hasta ahora sería inútil.

Con el propósito de despedirse por unos días, se acercó al fuego de Zarras y le explicó que saldría un tiempo en busca de carne.

No quería contarle sus planes por si le robaban su idea.

Quería entrar al poblado montando a caballo y con varias bestias cargadas de pieles y carne, y eso solo lo conseguiría manteniendo la idea en su cabeza hasta la realización.

La única razón que le impidió salir antes fue su madre, le preocupaba dejarla sola y que no hubiese nadie con ella cuando tuviera la criatura.

—Hola, Ilena. —Por un momento se quedó embobado con su bello rostro. Al darse cuenta de que lo miraba con gesto interrogante, carraspeó—. Voy a salir de caza dentro de un disco de plata y quería pedirte que estés pendiente de mi madre, no le queda mucho para alumbrar y temo que le pase algo.

—Por mí no hay problema. —La chica miró al muchacho con atención, luego se ruborizó—. Iré a tu fuego para ayudarla, en cuanto madre y padre me lo permitan.

—Gracias. —Dio unos pasos hasta acercarse—. No podré traer regalos en estos días, pero le he dicho a madre que comparta con vosotros la leche y los huevos.

—Eres muy considerado. —Bajó la voz aún más—.

No deberías darnos tanto, padre es un poco abusón y está aprovechando que tú provees para quedarse bajo la sombra del árbol —dijo en confidencia, aunque miró a su alrededor para comprobar que no la escuchaban—.

Ni siquiera mis hermanos mayores salen a por comida.

—Lo sé, pero tengo que hacerlo para conseguirte —explicó y su voz se volvió ronca de repente—. Cuando estemos unidos, todo volverá a la normalidad.

—No creo que sea tan fácil —cuchicheó ella—. Estoy deseando que vuelvas de la gran cacería — al decir esto enrojeció y agachó la cabeza avergonzada.

—¿Puedes escaparte esta noche un rato? —preguntó el muchacho esperanzado.

—Lo intentaré. —Ella se abanicó con la mano en busca de aire que le refrescara el calor que sentía.

—Te esperaré junto a la empalizada de mis cabras.

Ella asintió y se volvió hacia las pieles donde se quejaba su hermano más pequeño. Zarras se acercó por detrás a Emanu sobresaltándolo, le puso el brazo sobre los hombros y lo acompañó fuera de su fuego.

—Deja a mi hija que cumpla con sus tareas —dijo malhumorado y le empujó al pasillo de la cueva.

—Lo siento, solo estaba despidiéndome. Le indicaba que acudiese al fuego de mi madre para que le dé leche y huevos. —Emanu intentó disimular.

—¡Ah, vale! En ese caso, la mandaré todos los días a por tus regalos mientras regresas de tu pequeña cacería. —Zarras se frotó la barriga con anticipación—. Te esperará a tu vuelta.

Si algo había aprendido Emanu, era que Zarras ansiaba sus regalos, incluso se le veía más orondo.

Se había relajado tanto, que incluso había escuchado rumores de que en la gran cacería no sería quien guiase al grupo.

Lo cual le hacía temer que el hombre aumentase sus exigencias para aprobar su unión con Ilena.

Con estos negros pensamientos retomó el camino a su fuego.