Capítulo 21 #4
Observó muy atento el suave balanceo de las caderas, su sonrisa de labios gruesos era tan dulce y alegre que iluminaba la mirada de unos ojos grandes y almendrados, que no solo eran bellos por la forma.
Además, cuando la miraba de cerca, su extraño color le hacía contener la respiración, pues era un tono casi del color del trigo bordeado por un círculo verde.
La pequeña nariz que se arrugaba cuando algo no le gustaba, solo la hacía más hermosa a sus ojos.
Pero lo que más le llamaba la atención era su pelo, largo y rizado, que rivalizaba con el color del cielo cuando el disco solar se escondía todos los días.
La vio meterse en la cueva y dirigirse al fuego de su familia.
Se le escapó un suspiro, sabía que todavía faltaba mucho tiempo para que su propuesta fuese aceptada, aun así, no tenía nada para ofrecer a cambio de su proposición.
Salvo a sí mismo, no tenía nada y, por si eso fuera poco, la gran madre había indispuesto a toda la tribu contra ellos.
Se giró con rapidez y bajó la pendiente hasta llegar al río, siguió su cauce hasta la curva donde la mansedumbre del agua dejaba a los peces vadear la orilla en busca de comida.
Camuflándose entre las sombras de los árboles levantó el palo.
Él mismo había tallado en punta uno de los extremos, equilibró el arma en el brazo levantado y observó cómo el gordo pez pasaba perezoso entre las plantas de la orilla.
Sin perderlo de vista, guiñó uno de los ojos y apuntó a su objetivo, contuvo la respiración y lanzó con fuerza el palo con punta.
Corrió a coger su presa antes de que la poca corriente del río lo arrastrase.
Dejó el pez en una piedra lejos de la orilla y buscó más presas, se le había ocurrido una idea y, sonriente, quitó un peso a su corazón. Para cuando el disco solar estaba más alto en el cielo, ya tenía enganchados en una rama, nueve peces de buen tamaño.
Con su botín al hombro, emprendió el camino de vuelta al poblado.
En la entrada de la cueva, besó a su madre acuclillada ante el fuego, daba vueltas a un conejo ensartado.
El rico olor de la carne hizo rugir su estómago, pero no esperó a saciar su hambre.
Separó tres peces y se los dio, ella le sonrió y los tomó con alegría.
Al ponerse en pie la mujer se estiró, acarició sus lumbares y volvió a sentarse ante una piedra donde comenzó a descamar los peces.
—Hijo, ¿para qué son esos peces?
—Quiero pedir la unión con Ilena —contestó con seriedad—, sé que no soy el mejor compañero para ella, pero en las próximas cacerías demostraré mi valía con esto. —Levantó la sarta de peces—. Voy a dejar en claro mis intenciones.
—¿Estás seguro? Sabes que el padre de Ilena es muy severo y nunca te ha mirado con buenos ojos.
—Por eso quiero empezar a ganarme su simpatía.
—Como quieras, te acompañaré para que tengas testigos.
—Gracias, madre.
La mujer sacó el conejo del fuego y ensartó el palo con el animal a medio asar entre dos piedras de la cueva, hizo lo mismo con la sarta de peces. Se frotó las manos con la tierra del suelo y sacudió su vestido de piel. Miró a su hijo con una gran sonrisa y lo siguió fuera.
De camino a la zona donde vivía Ilena, encontraron al chamán, Moses, lo saludaron y Sonja tuvo una idea. Se acercó a él y le pidió parar, el viejo sonrió a la mujer embarazada.
—¿En qué puedo ayudarte, Sonja?
Al sonreír, el chamán mostró su boca con apenas tres dientes, de su físico deteriorado es lo que más llamaba la atención. Emanu se puso tieso, no había pensado pedir su intervención, pero su ayuda sería bienvenida.
—Mi hijo quiere pedir la unión con Ilena, pero hasta que demuestre su valía quiere que Zarras le otorgue el favor.
—Está bien, os acompañaré si me preparas ese puré tan rico que tú haces.
—Cuando quieras, chamán, será un honor alimentarte.
—Hecho, voy con vosotros. —Se incorporó de la piedra donde estaba sentado y encabezó la pequeña comitiva.
Llegaron al centro de la cueva donde se ubicaba la familia de Zarras.
El chamán se acercó primero, seguido de Sonja y, por último, Emanu con su olorosa carga del río.
Ilena se puso en pie con rapidez, sostenía en sus brazos al último de sus hermanos, apenas contaba un puñado de discos de plata y la leche de su madre no le llenaba el estómago, por lo que el pequeño lloraba todo el día.
—Moses, ¿a qué debemos vuestra grata visita? —Ilena sonrió mirando de reojo a Emanu que acababa de entrar.
—¿Está tu padre? Hemos venido a tratar un asunto con él —contestó el anciano chamán.
—Lo siento, no está, pero no creo que tarde, salió con madre a recolectar más frutas para los niños. —Señaló tres zagales que jugaban en una esquina de la cueva—. ¿Puedo serviros yo?
—Esperaremos fuera.
El anciano salió de la cueva seguido de Sonja, mientras Emanu se quedó embobado mirando a la muchacha. Ilena le sonrió con dulzura y carraspeó para llamar su atención.
—¿Quieres algo de mí? —preguntó con dulzura.
—¿Eh? No, lo siento.
—Lástima —dijo la muchacha en voz baja, pero, aun así, él la escuchó, se giró y salió al encuentro de su madre y el chamán.