Capítulo 21 #3
A partir de ese momento el muchacho fue trazando sus planes para solicitar el emparejamiento con ella.
Había ideado un cobijo para ahumar carne y pescado, todo el poblado elogió su invento y tenían grandes expectativas.
También preparó una piedra para moler cereales y varios altos miembros de la tribu le pidieron una.
Su fama dentro del poblado creció hasta que un accidente acabó con la vida de Dar.
La gran madre acusó a Emanu por no proteger a Dar.
Sus acusaciones llegaron a todos los rincones de la gran cueva y en un disco de plata perdió todo lo conseguido.
Los hombres se apartaban de él para evitar enfadar a la gran madre, y las mujeres siguieron los augurios de la mujer que dirigía la tribu.
Solo Moses, el chamán, hizo caso omiso del ostracismo al que los sometieron.
La mujer lloraba por las noches la pérdida de su nuevo compañero, pero durante el día era la madre fuerte y decidida, que un día cruzó las heladas montañas en busca de un sitio más bondadoso donde vivir con su único hijo superviviente.
El muchacho soñaba despierto con una oportunidad para pedir la compañera deseada, y por eso se afanaba en demostrar su valía, no solo en la caza, durante la noche pensaba en objetos que harían más fácil la vida de los pobladores de la cueva.
Cuando el disco solar iluminaba el cielo, Emanu terminaba sus obligaciones con rapidez para poner en práctica sus inventos.
Muchos de ellos fueron un fracaso, pero había tenido bastante éxito con otros.
Su más reciente creación fue una empalizada donde guardar animales.
Emanu, pensó que ciertos animales les vendría muy bien tenerlos a mano y no tener que buscarlos por el campo.
Lo primero que quería cuidar eran las cabras, pensó que su leche podría servir para dar de comer a los niños y evitar que muriesen por falta de comida, sobre todo cuando la madre no tenía para alimentarlos.
La empalizada estaba a un costado de la gran cueva, había clavado troncos finos de árboles en tres lados, dejando la pared de la cueva como fondo, luego unió varios palos con tiras de piel que anudó a uno de los troncos, haciendo bascular el grupo de estos.
El resultado fue una abertura que permitía abrir o cerrar el acceso al interior.
Terminada la cuadra para cabras, decidió hacer una más pequeña para aves, de esta forma no tendrían que buscar sus nidos para conseguir huevos.
Y lo consiguió, tenían una provisión de huevos constantemente.
Sin embargo, la tribu no los quería en el poblado, los trataban mal y solo se acercaban a ellos para aprovecharse de su buena voluntad.
El muchacho tenía un plan para la gran cacería antes del frío, y tras ese logro pensaba que Zarras le permitiría tomar a Ilena como pareja.
Esa era su ilusión y su gran motivación.
Tumbado bajo las luces de la noche, Emanu soñaba con ella y pensaba una y otra vez los pasos para conseguir su objetivo.
—Muchacho, ¿qué haces ahí arriba? —Moses, el chamán, le tiró una piedrecilla para llamar su atención.
—Intento organizar mi cacería antes del frío.
—¡Ah! ¿Y me puedes contar esos planes?
—Será mejor guardarlos, no sea que me roben la idea.
—Te has vuelto muy desconfiado. —Se rio el anciano.
—La recompensa bien vale la pena.
—Como quieras, muchacho, pero cuando decidas hacerme partícipe de tus planes, te estaré esperando.
—Gracias, chamán, lo tendré en cuenta. —Emanu saltó al suelo con agilidad y se inclinó ante el anciano.
Ninguno de ellos vio a la mujer de gesto duro que los observaba, ambos entraron en la cueva y giraron a la izquierda, donde Sonja removía el interior del caldero.
Al ver a su madre de nuevo acuclillada, Emanu le regañó, la tomó por las axilas y la sentó en una piedra.
El chamán sonrió con simpatía el gesto del muchacho, aunque lo que realmente quería era compartir el interior del caldero con los dos parias del poblado.
—Chamán, ¿quieres acompañarnos a comer? —Sonja señaló el caldero que removía ahora su hijo.
—Agradezco tu amabilidad, mujer, de todos es sabido tu habilidad con la comida.
—Siéntate con nosotros y bendice la comida que la madre Tierra nos provee. —Sonja sonrió al anciano.
Los tres se sentaron alrededor del fuego y compartieron un suculento guiso, mientras el anciano reiteraba su promesa de ayudar cuando lo necesitasen.
Emanu asintió con la cabeza, pero no pidió nada, lo cual extrañó al chamán, pues en cuanto ofrecía su ayuda todos en la tribu pedían su intervención, tanto en los augurios como en la mediación.
Últimamente, incluso le estaban pidiendo consejo a él antes que a la gran madre, y eso le enorgullecía.
Por eso decidió acercarse a los dos miembros más ninguneados por esa mujer.
Ambos estaban enfrentados para ostentar el poder en la tribu, él era el mediador con lo divino y ella era la dueña del consejo; representaba la continuidad del poblado a través de la maternidad.
El chamán quería modificar el matriarcado, no le gustaba quedar supeditado a las ambiciones de esa mujer.
Había decidido empezar una lucha silenciosa para derrocarla y hacerse con el poder en el consejo de la tribu.
Pero claro, eso debía hacerlo con tacto y ganarse a la gente dejando en evidencia a la gran madre, tenía que demostrar que ella se equivocaba y que su sabiduría estaba condicionada a sus propios intereses.
El chamán había observado al joven Emanu mirar con ojos brillantes a la hija de Zarras, y también había escuchado que la gran madre había elegido a la muchacha para unirla a su hijo. Desde que se enteró de los planes de la mujer, decidió que ayudaría al muchacho a conseguir su objetivo.
Después de comer, agradeció el rico alimento y se adentró en la cueva para tenderse en sus pieles. Con esa idea en la cabeza, cerró los ojos y reclamó su justo descanso.
El joven miró fijamente a la chica cargada con la cesta de frutas, sabía que ese era el momento en que ella atravesaba la arboleda para llegar a la gran cueva.
A pesar de observarla todos los días no se atrevía a decirle nada, ella era muy joven y él acababa de superar su prueba de madurez.
Antes de solicitar su unión debía ganarse un puesto en la tribu, y para ello debería salir a cazar lejos.