Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 21 #2
62%

Capítulo 21 #2

—Hemos parado para comer algo y dejar descansar los animales. Siéntate allí —señala una roca junto a un pequeño fuego—, ahora te llevo algo de comer.

—No te molestes, no tengo hambre —digo en voz baja, mientras hago lo que me ha pedido.

Me envuelvo en la capa para protegerme del frío y extiendo las manos envueltas en piel para calentarlas ante las amas. Mi mente no deja de recordar una y otra vez lo que ocurrió; pienso formas de haber escapado, incluso me maldigo por haber ido a esa zona del bosque para hacer mis necesidades.

Siento una presencia junto a mí y veo que es Cosmo, me tranquilizo y le sonrío sin ganas.

—¿Cómo estás, princesa?

—Bien, solo necesito tiempo para… —digo en voz baja y lo miro dudosa—. Necesito tiempo.

—Tranquila, princesa, a partir de ahora no te dejaremos sola nunca.

—No debería haber ido al bosque —lloriqueo sin poder contenerme—. No debería haberme alejado.

—No es culpa tuya. No es la primera vez que ese hombre atacaba a una mujer, Emanu nos lo dijo anoche, pero hasta ahora nadie había podido con él. Todos están agradecidos por apartar a esa basura de sus vidas.

—Pero yo tal vez podría haber…

—No lo pienses, nada de lo que caviles tiene sentido, ya pasó y, por suerte, Ion te lo quitó antes de… No insistas más en ello.

Se levanta y ocupa su sitio Ion, trae un poco de pan y queso que me ofrece, pero lo rechazo.

Me coge la mano e intento apartarla, pero la sujeta con fuerza y me pone la comida en ella.

Su mirada no admite réplica, lo muerdo y mastico de forma exagerada mientras me sonríe descarado y me ofrece el pellejo del agua.

—¿Mejor?

—Sí.

—Ahora, ¿quieres que hablemos?

—¿De qué? —pregunto mientras miro el fuego con demasiado interés.

—De lo que quieras; de lo que puedas.

—No sé lo que me pasa, cada vez que cierro los ojos o cada vez que me vas a tocar, siento sus manos, su aliento pútrido, su olor —digo angustiada sin poder mirarlo a la cara—.

Todavía siento su olor en mi piel. —Me abrazo a mí misma y lloro—.

No debería haber ido al bosque, no debería haberme alejado tanto — repito una y otra vez llorando con más fuerza—.

Es culpa mía y entiendo que te dé asco acercarte a mí.

—Chist, ya está, cariño —exclama con voz calmada y me abraza, a pesar de que me remuevo entre sus brazos—.

No tienes la culpa de nada. Deja que pase el tiempo, luego esto solo será un mal sueño.

En cuanto al olor, te puedo asegurar que no hueles a él ni mucho menos —explica con esa sonrisa de perdonavidas—.

Tu olor me hace querer comerte, saborearte.

Lo miro horrorizada e intento apartarme de él, pero me sujeta con fuerza.

Por un momento me retuerzo entre sus brazos, hasta que veo la inutilidad y me quedo quieta.

La presión que siento en el pecho amenaza con cortarme el aire.

Abro la boca como si con ese simple gesto lograse respirar mejor. Pero es inútil, estoy atrapada.

—¿Acaso crees que te puedes escapar tan fácilmente? —dice con voz tenebrosa y me remuevo en sus brazos—. ¿Que puedes impedirme besar tu boca? —Se acerca tanto a mí que me cuesta respirar—. ¿O que puedes impedir que te tome?

Se me escapa un sollozo y me suelto, le golpeo con los puños, le empujo y pateo, pero apenas consigo moverme del sitio. Lloro un buen rato hasta que su voz dulce y paciente penetra en mi cabeza.

—Por mucho que lo hubieses intentado no podías hacer nada, él era más fuerte que tú.

Te cogió por sorpresa y aprovechó su superioridad para someterte, pero ya está, lo aparté de ti antes de que terminase.

Está muerto, no podrá volver a tocarte. Ahora tienes que recuperarte, vuelve a ser tú para demostrar que eres fuerte, que eres una guerrera; la saltadora más valiente de Cnosos.

—Ion, te quiero —digo sintiendo que algo se libera en mi interior. Lo abrazo y lloro en sus brazos—. Siento haberte rechazado.

—No lo has hecho, solo te estabas enfrentando a algo tan desagradable que no te dejaba ver lo que hacías. —Me besa en la frente—. Ahora vamos a recoger para ponernos en marcha con los demás.

Apagamos el pequeño fuego y recogemos el improvisado campamento para volver a subir a la carreta. Esta vez es Cosmo quien conduce, yo me tumbo sobre los sacos y vuelvo a quedarme dormida con el traqueteo del camino.

Me despierto cuando dejo de sentir el movimiento, me incorporo en busca de Ion y Cosmo y me tranquilizo al verlos junto a mí, discutiendo en voz baja. Salto fuera y se giran hacia mí con una sonrisa que yo les devuelvo.

—Voy a salir a cazar algo para la cena, te quedas con Cosmo para preparar el puchero —anuncia y me abraza mientras me besa en la frente—. Vuelvo enseguida, me susurra.

En cuanto se marcha me pongo a recorrer la zona en busca de leña, el resto de los hombres sueltan a los animales y los dejan pastar y beber, mientras los sujetan con cuerdas a uno de los árboles.

Cosmo hace lo mismo con nuestra mula mientras preparo piedras para contener el fuego.

Varios hombres traen más leña y me ayudan a encenderlo, coloco el puchero con agua y le añado unas zanahorias y nabos picados; uno de los hombres añade unas hierbas y le miro interrogante.

—Es romero, una planta aromática, le dará buen sabor al guiso —dice sonriente y se marcha hacia su carreta.

—¿Estás mejor? —Emanu, el jefe de la caravana se acerca de forma sigilosa.

—Sí, gracias —contesto mirando a mi alrededor en busca de Cosmo y me aparto con disimulo de su lado.

—Lamento lo que te hizo Karle. No debería haberle dejado venir a este viaje, pero temía lo que podría hacer solo en el poblado con mujeres y niños —se excusa y me mira con pena—. Lo lamento de veras.

—Ya pasó, y no volverá a molestarme —respondo encogiéndome de hombros y sonrío con timidez—. Ahora solo me queda superarlo, y ten por seguro de que lo haré.

—¿Ocurre algo? —dice Cosmo con brusquedad junto a mí.

—No, Emanu solo se disculpa por haber traído a Karle en este viaje —me giro hacia el entrenador—, pero en el poblado se habría quedado solo con mujeres y niños.

—Mierda —lo mira enojado—, pues menos mal que no lo dejaste allí. Pero deberías haberlo vigilado, o al menos advertirnos de cómo era.

—Tal vez —nos mira con gesto hosco—, pero nadie podía imaginar que actuaría de esa manera, y menos teniendo la mujer un compañero y guardián.

—Aceptamos tus disculpas, y si hay algo más que deberíamos saber, es el momento de que nos lo digas.

—Nuestro poblado está lleno de buena gente, solo porque uno de nosotros se haya convertido en un animal, no significa que el resto seamos iguales —declara y nos mira a los ojos al mismo tiempo que asiente con la cabeza—.

Os voy a contar cómo se construyó nuestro poblado.

No fue fácil y cuando escuchéis la historia podréis decidir vuestro camino.

Emanu se sienta a nuestro lado y comienza a narrarnos la historia de cómo se formó su poblado, sus ojos se pierden en el pasado y puedo sentir la emoción que lo embarga.

—Hace mucho tiempo, en tierras lejanas, había una gran cueva donde el hombre se refugiaba de las inclemencias del tiempo. Vivían en el norte todos juntos, sin rechazar a los de otra raza:

Atapuerca 4000 a. C

«El muchacho miró a su madre, inclinada sobre el fuego, el enorme vientre la hacía estar inestable en esa posición, pero Sonja, insistía en remover el caldo dentro del caldero de cobre.

El rico aroma de las hierbas le llegó hasta las fosas nasales haciéndole salivar.

Se acercó a ella a grandes pasos y con cuidado, la hizo levantarse.

—Madre, no deberías agotarte en esa postura —dijo, cuando se acercó a ella le dio un beso—, siéntate y descansa mientras yo termino el guiso.

—No es el primer hijo que tendré —se quejó la mujer, pero, aun así, se sentó en una piedra cercana.

—He metido en el ahumadero varios peces —Emanu le sonrió—, pero tú no te preocupes, en cuanto estén listos los prepararé.

—¿Y para qué los vas a preparar?

—Quiero pedir la unión con Ilena, la hija de Zarras.

—Has apuntado muy alto y la chica es muy joven.

—Lo sé, madre, pero temo que su padre acuerde su unión con otro. —Bajó la cabeza para ver flotar en el caldo los trozos de carne y las hierbas aromáticas.

—No quiero desanimarte, pero se habla de que la muchacha tendrá un valor muy alto, teniendo en cuenta lo fértil que es su madre y su padre, además de lo trabajadora que es —dijo la mujer y negó con la cabeza—. No te hagas ilusiones.

—No puedo rendirme, madre, ella es todo cuanto quiero como compañera. —Emanu suspiró—. No se lo he preguntado a Ilena porque quiero que su padre esté de acuerdo con nuestra unión, pero la he visto observarme y siempre que nos cruzamos me dedica una sonrisa tan dulce que se me calienta el corazón.

—Hijo, es una muchacha muy dulce, pero no quiero que sufras, recuerda que solo llevamos aquí dos inviernos y después de lo que pasó hace dos discos de plata, no estamos en las mejores condiciones para pedir favores.

El joven asintió pensativo, mientras no dejaba de mover el contenido del caldero en el fuego.

Es cierto que solo llevaban dos inviernos en la tribu.

Llegaron desde las tierras altas en busca de refugio, solo ellos consiguieron sobrevivir al paso entre las montañas.

Cuando se unieron a la tribu de la gran cueva fueron bien recibidos.

El chico con dieciséis veranos era útil en las cacerías, y su madre era todavía muy hermosa a pesar de la delgadez en que la había dejado el largo viaje.

Dar, uno de los hombres más fuertes del poblado se fijó en ella y la hizo su compañera.

A él, lo tomó bajo su mando y le enseñó todo lo que sabía de caza.

Cuando Sonja demostró su fertilidad todo el poblado felicitó a Dar, entonces les dieron un lugar prominente en la tribu, además empezaron a aceptar los artilugios del chico.

Todo les iba tan bien, que Emanu se permitió soñar con la unión con la chica más bonita y dulce del poblado.