Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 21
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Capítulo 21

Paso de Montaña

E l camino se hace más pesado, ya que ha bajado la temperatura y el frío se me ha metido muy dentro del cuerpo, ya no me extraña ver en las montañas a las que nos dirigimos una capa blanca.

Los compañeros de viaje me dicen que es nieve.

Nunca había visto algo así, su resplandor me ciega y dejo de mirarla directamente.

Hace demasiado frío para atravesarlas, por eso nos desviamos un poco y pasamos por abajo, aunque por aquí también hace frío.

Los hombres me ven frotarme los brazos y soplar en las manos, Ion me abraza e intenta compartir su calor, pero de esa manera apenas podemos andar.

Cuando paramos para comer por la tarde y dar descanso a los animales, tengo los labios insensibles y hace tiempo que no siento los pies ni las manos.

Ion se alarma al verme así y me regaña por no pedir ayuda, Cosmo se acerca a nosotros para ver lo que ocurre y lanza una maldición.

En un momento me veo rodeada por todos los hombres de la caravana.

Uno de ellos, me tiende una piel para que me la ponga sobre los hombros; otro, saca un calzado hecho con pieles de conejo, pero que cubre completamente los pies.

Cosmo saca de su bolsa dos de las pieles de los conejos que hemos comido, envuelve cada una de mis manos con una piel dejando a la vista solo una pequeña parte de los dedos.

Estoy entrando en calor con rapidez con tantas pieles y las manos de Ion que no paran de frotar mi cuerpo.

El alivio me hace suspirar de forma placentera.

—¿Mejor? —Ion sigue frotando mis brazos.

—Ajá —contesto y me vuelvo en sus brazos—. Gracias.

—La próxima vez avísame antes de morir congelada —dice con enfado.

—Lo siento —agacho la cabeza—, no quería entorpecer la marcha.

—No te preocupes, de todas formas, dice Emanu que íbamos a parar ya, para no pasar la noche cerca de las montañas donde el frío es mayor.

Me acurruco en sus brazos y me quedo dormida ante la calidez que recibe mi cuerpo.

Despierto cuando el disco solar está bajando, pues Ion me ha dejado cubierta con pieles junto al fuego.

Me incorporo y veo que solo está uno de los campesinos, le sonrío con simpatía y me levanto arrebujada entre las pieles.

Me alejo un poco del campamento para hacer mis necesidades y al volver al camino me topo con uno de los campesinos.

Al principio me asusto, pero al reconocerlo le sonrío y voy a rodearlo cuando el hombre me coge de la cintura.

No me da tiempo ni a gritar, su sucia mano se posa en mi boca con tanta fuerza que me hace daño.

Me deja en el suelo y me apoya contra un árbol, me sujeta con su cuerpo mientras con la otra mano rebusca entre su ropa y, por último, me levanta y me penetra con fuerza.

Grito y pataleo, pero apenas emito ruidos, el dolor de su invasión es tanto que pierdo el sentido.

Gotas de agua helada en mi cara me hacen abrir los ojos, y grito con fuerza mientras me alejo de quien intenta sujetarme, las luces rojas del fuego iluminan el semblante serio y amenazador de Ion.

En cuanto lo veo, me lanzo a su cuello y lloro.

El dolor en mi sexo es casi insoportable, pero lo peor es la ansiedad que tengo por limpiarme.

Me levanto con rapidez y miro alrededor, no recuerdo haber venido al campamento. Las lágrimas bañan mi rostro, pero me vuelvo hacia Ion y trago saliva.

—¿Dónde hay agua? —pregunto con ansiedad mientras ojeo nuestro entorno—. ¡Necesito lavarme!

—Ven conmigo. —Me coge en brazos, pero me remuevo en ellos y me bajo.

Emprende el camino y lo sigo de cerca, pero sin tocarlo.

De vez en cuando, gira la cabeza hacia mí y me sonríe para tranquilizarme.

No obstante, estoy muy lejos de eso, solo quiero limpiarme y aliviar el dolor entre mis piernas.

Llegamos junto a un pequeño riachuelo, no es tan hondo para sumergirme, pero me quito la ropa y me meto en el agua sollozando.

Me froto por todos lados, y especialmente entre las piernas, el dolor es casi insoportable, pero necesito lavarme.

No sé cuánto tiempo estoy llorando y limpiando mi cuerpo, solo cuando Ion me sujeta la mano estallo en gritos atronadores.

Me abraza, pero lucho contra su agarre. No escucho nada, solo quiero escapar, pero no lo consigo.

Vuelvo a desvanecerme, porque cuando abro los ojos estoy de nuevo en el campamento y completamente vestida.

Ion me sujeta entre sus brazos y me da besos en la frente mientras murmura en mi oído.

Al principio no escucho nada, los nervios solo me permiten estar alerta.

Cuando por fin me relajo, las palabras de Ion penetran en la nube roja que embota mis sentidos.

—Tranquila, cariño, ya pasó. —Me da más besos—. No te volverá a tocar.

—¿Qué?, ¿qué…? ¿Qué ha pasado? —Trago saliva.

—Llegué justo cuando te desmayaste en brazos de ese perro —dice con rabia, aunque su ternura se traslada a sus labios cuando me besa en la frente—. Lo aparté de ti.

—No pude hacer nada. —Lloro en sus brazos—. Tengo que lavarme —digo intentando levantarme.

—No, tranquila, ya te has lavado —informa como si yo lo hubiera olvidado y me sujeta con fuerza.

—No. No. No, todavía lo huelo en mi piel, necesito quitar este olor. —Una arcada me hace volverme a un lado y vomitar.

—Tranquila, ya no hueles a él —confirma mientras me olfatea con una mirada risueña y simpática—. Solo hueles a ti.

Me callo, pero el olor del hombre lo tengo metido en la nariz, apesto a él y si me paro a pensar en ese aroma me entran náuseas. Vuelvo a vomitar, pero esta vez no me queda nada en el cuerpo, las arcadas secas me vuelven el estómago del revés y me dejan exhausta.

Al abrir los ojos, me muevo con cuidado.

Ion viene enseguida a mi lado, extiende su mano para acariciarme la cara, pero no sé por qué me aparto.

Cuando me doy cuenta de lo que he hecho lo miro con los ojos vidriosos de lágrimas contenidas.

Me levanto con rapidez y corro en busca del riachuelo donde me lavé antes.

Lo encuentro por el sonido del agua, me quito toda la ropa y me meto en el agua helada.

Cojo hierbas de la orilla y froto la piel con ellas, luego me centro entre las piernas y froto con fuerza a pesar del dolor que siento.

Lloro mientras sigo frotando hasta que caigo de rodillas cuando ya no puedo soportar más el dolor.

No sé lo que me pasa, solo siento la necesidad de frotar mi cuerpo y llorar.

Todavía puedo oler el aroma putrefacto del agresor en mi piel, por lo que cojo fango del fondo y vuelvo a frotar mi piel con tanta fuerza como puedo.

Paro cuando Ion me sujeta las manos, al mirar los brazos los veo ensangrentados y me horrorizo de lo que me he hecho.

Me dan arcadas, así que corro hacia la orilla para vomitar, pero no tengo nada en el estómago.

Una capa me cubre del todo y siento cómo me da pequeños toques en la espalda para secarme. Me incorporo y me visto con rapidez. Ion me pasa unas calzas de piel para cubrir las piernas, me ayuda a ponérmelas y luego me pone las botas.

Lo miro sin decir nada, no puedo. Me pone las pieles en las manos y las ata, luego me echa una capa sobre los hombros para acabar de abrigarme.

—¿Estás bien? ¿Tienes frío? —pregunta con ansiedad.

—Sí. —Lo miro cabizbaja—. Gracias.

—No te preocupes por nada —dice mirándome—. ¿Puedo abrazarte?

—Mejor no —contesto con sequedad y me aparto con asco—. No sé lo que me pasa.

—Tranquila, todavía estás en shock por la agresión.

Empieza a caminar de vuelta al campamento y yo le sigo. Al llegar está todo recogido, Cosmo me mira con pena y me tiende un pequeño recipiente.

—Anoche no comiste nada. Te guardé un poco de guiso, es mejor que te lo comas caliente.

—No puedo.

—Haz un esfuerzo, saldremos en cuanto comas.

Ion coge mi cuchara y la mete en el guiso, cuando la acerca a mi boca no me queda más remedio que comer. El sabroso sabor me abre el apetito y el calorcito que transmite a mi estómago, me cae tan bien que como con rapidez.

Me sube a uno de los carros y luego se monta a mi lado, seguimos a los otros carros y entonces me doy cuenta de que el carro es el del campesino que me atacó.

Miro a Ion y no necesito preguntar, me dice: «Está muerto».

Asiento con la cabeza y miro al frente, no quiero saber nada más, no necesito que me diga quién lo mató.

No me importa nada de lo que pueda haberle ocurrido a esa bestia.

Los primeros pasos los hacemos en silencio, pero llega un momento en que no puede quedarse callado y explota.

—¡Si no estuviese muerto lo volvería a matar por lo que te hizo! —dice con la voz convertida en casi un gruñido en voz baja.

—No pude hacer nada —sollozo—, me sujetó con tanta fuerza… —Escondo la cara entre las manos—. Por la Diosa, qué asco, huelo fatal. Necesito lavarme —lo digo en voz baja, pero Ion me escucha perfectamente.

—No hueles mal, tu olor es el de siempre —me regaña.

—No, no, no. Ese olor… ¿No lo hueles? —pregunto mientras me froto los brazos—. Necesito lavarme.

—No podemos parar —dice y me coge una mano, la cual aparto con rapidez—. Cuando lo hagamos, te acercaré agua para que te laves dentro del carro.

Al decirme eso, miro al interior de la carreta y veo que lleva varios barriles y cuatro sacos.

—Túmbate sobre los sacos y descansa, te despierto en cuanto nos detengamos. —Sonríe tranquilizador.

—Está bien —acepto y paso a la parte trasera de la carreta, donde me tumbo sobre los sacos, arrebujada en mi capa. Me quedo dormida casi de inmediato con el suave contoneo de la carreta.

La dulce caricia de una mano en mis mejillas me hace abrir los ojos, al principio no reconozco nada y se me escapa un grito, centro la vista y veo a Ion con el ceño fruncido y la mano a medio camino de mi cara.

La sombra de dolor que cruza su mirada me hace estremecer y mis ojos se llenan de lágrimas.

Las contengo a fuerza de voluntad y me levanto sin tocarlo.