Capítulo 19 #3
Se sienta en el jergón con dificultad mientras Ion me agarra, me obliga a subir al borde del balcón y luego me sube a pulso.
En ese instante, unas manos tiran de mí desde arriba.
Parezco una muñeca de trapo, pero mi mente está perdida en las últimas palabras de mi padre.
Sobre el tejado, miro hacia el vacío que queda a esa altura y tomo aire, aprieto los puños y me vuelvo hacia Ion y Cosmo.
Desandamos el camino y nos alejamos del palacio.
En mi mente rememoro las palabras de mi padre una y otra vez, que caen como una losa y apenas me dejan respirar, pero los sigo.
Montamos un pequeño campamento bajo el saliente en el que estuvimos la noche anterior, en silencio y a la luz cálida del fuego, tomo una decisión.
—Mañana iremos al traspaso de poder del Minos —digo autoritaria y los miro esperando objeciones.
—¿Estás segura? —Ion me mira esperando que me retracte—. Habrá mucha gente y puede que alguien nos reconozca.
—Deberíais iros, es lo que el Minos quiere. —Cosmo se pone en pie.
—No me iré hasta que no vea a mi padre darle el relevo a ese… Arrg —se me escapa un grito.
—Estaré contigo. —Ion me abraza, siento su apoyo y lo agradezco—. Nos marcharemos después.
Dormimos los tres junto al fuego con la seguridad de que el disco solar nos traerá un nuevo futuro, una vida lejos.
Por la mañana, limpiamos la zona para que no queden restos nuestros y decidimos bajar primero al pueblo, para buscar un barco donde escapar de la isla.
Cosmo acuerda encontrarnos más tarde para buscar ropas y confundirnos con la gente que irá a la ceremonia.
En el puerto hay un barco cananeo, Ion se acerca y habla con el capitán para pedirle trabajo como marinero, por lo que supongo que volveré a ser su hermano pequeño.
Una vez ultimado el trato, tenemos que embarcar antes de la hora de comer, pues saldremos con las últimas luces del día con destino a Sidón 52.
Nos encontramos con Cosmo en uno de los callejones del puerto. Nos tiende dos túnicas de lana áspera que nos ponemos sobre las ropas egipcias y nos cubrimos con la capa, aunque conservamos las pelucas. Vestidos de esta manera regresamos a Cnosos.
Mezclados entre la gente que acude al palacio para la celebración, miro hacia el suelo e intento pasar desapercibida; lo último que necesitamos es que alguien me reconozca.
Atravesamos el camino de las procesiones y por fin entramos al patio interior.
A la luz del día, el destrozo que ocasionó la gran ola es más aterrador si cabe.
Aunque se están haciendo trabajos de reparación y el edificio no ha perdido su grandeza, puedo ver la pérdida de salas enteras.
Las cornisas apenas se sujetan y las columnas se alzan orgullosas, a pesar de los desperfectos que ha sufrido su pintura.
Unas trompetas llaman la atención de los presentes en el patio y nos giramos todos hacia el balcón real.
En otros tiempos, mi padre, el Minos, se asomaba al mismo, sonreía y agradecía la presencia de todos los ciudadanos.
Hoy no suenan aclamaciones ni risas, la gente mira con temor al balcón donde emerge Aqueo, el infame micénico.
Junto a él se encuentra mi padre, vestido con sus ropajes más ricos y la corona del toro.
Su sonrisa hierática no anticipa nada, no obstante, parece estar al acecho.
Desde mi lejana posición, puedo ver su demacrada cara.
Las sombras bajo sus ojos me dicen que no ha dormido en mucho tiempo y la delgadez que palpé la noche anterior, se hace evidente a la luz del disco solar.
A pesar de todo, transmite una grandeza como no he visto antes en nadie.
O tal vez sea el orgullo; el caso es que me hace vanagloriarme de ser su hija.
El silencio se hace atronador, mi corazón martillea en el pecho como si quisiera salir.
Los brazos del Minos se elevan al cielo y luego se quedan extendidos al mismo nivel que el pecho.
Mira hacia nosotros y puedo ver que nos ha reconocido porque sus ojos se abren incrédulos.
Aprieta la mandíbula y comienza a hablar con todo el poder que le otorga la corona de Minos.
—Querido pueblo, hoy me presento ante vosotros para hacer la transición del Minos. Como sabéis el micénico llegó como amigo, pero —mira hacia el lado y puedo escuchar su gruñido—, ahora tengo que entregarle la corona de Minos y no será algo tranquilo.
En ese momento saca el puñal que le dio Cosmo y coge por el cuello a Aqueo; el arma en su yugular no deja dudas sobre sus intenciones. Todo el mundo se paraliza, pero el Minos sigue hablando:
—Resultó ser un traidor, dejó morir a mi esposa y a mi hijo nonato, mi hija desapareció durante el gran movimiento de tierra y me ha mantenido con vida a base de engaños, pero solo para poder recoger mi corona en una transición voluntaria.
—Nos mira desde el balcón y nos hace un gesto para que salgamos —.
Pero nada de eso es verdad, la corona de Minos me es arrebatada igual que mi vida.
Decidid si queréis quedaros junto a un Minos rastrero y traidor, porque yo he decidido entregarme a la benevolencia de la Diosa Madre.
Ion tira de mí hacia el camino de vuelta al puerto, me giro cuando escucho un clamor general.
El cuchillo que sostiene el Minos abandona el cuello del micénico para rasgar la piel de mi padre, la sangre roja sale a borbotones de su cuello y el horrendo espectáculo me deja en shock .
No puedo apartar la mirada de su cuerpo que cae por el balcón al patio, entre gritos de espanto y el murmullo de rezos.
La fuerza con que Ion tira de mí me trae a la realidad, mientras lágrimas silenciosas corren por mis mejillas en total descontrol.
Corremos tan rápido como podemos entre la gente que abandona el recinto.
Acortamos el espacio hasta llegar al puerto, y nos perdemos entre los callejones. De casualidad, nos topamos con Cosmo.
—¿Estáis bien? —Su mirada se fija en mí con compasión.
—Sí, ahora nos vamos al barco cananeo, es mejor que estemos dentro por si hay disturbios. Si quieres venir con nosotros seguro que hay trabajo para ti en el barco.
—Ya lo había pensado —dice sin apartar su mirada de mí—. Eirene es como una hija para mí, si ella me quiere a su lado será un honor ayudarte a protegerla.
—Entonces, subamos. —Ion lo coge desde el codo y se estrechan las manos—. Vamos, hablaré con el capitán, le diré que eres nuestro tío. —Empieza a andar en dirección al barco—. ¡Ah! Eirene es un muchacho —dice sonriendo a Cosmo—, espero que no se te escape su verdadero nombre.