Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Tu hermano es el Minos —dice enfadado mirando a Ion—. El muy traidor, tiene a nuestro Minos prisionero bajo amenaza.

—¿Mi padre sigue vivo? —pregunto esperanzada—. Tenemos que liberarlo.

—Antes hay que averiguar dónde lo tienen y en qué condiciones está.

—Eso te lo puedo decir yo —asegura—. El Minos está prisionero en una habitación del palacio sobre los almacenes, una de las pocas que no sucumbió a los terremotos y al maremoto. Pero está fuertemente vigilado.

—¿Está bien?

—No, princesa, el Minos sobrevive para darle tiempo a vuestra madre a recuperarse del parto.

—¿Quééé? Mi madre murió en el parto hace cuatro discos de plata grandes, cuando la Diosa movió la tierra.

—Te equivocas, la reina dio a luz hace poco —declara solemne—. El nuevo Minos nos mostró al bebé, un niño sano y hermoso.

—¡Eso es mentira! Yo vi morir a mi madre cuando parió antes de tiempo un niño muerto. —Niego con la cabeza—. Os están engañando.

—Yo también vi morir a la reina y al niño nacido muerto.

—Entonces, Aqueo de Micenas ha urdido un engaño para hacerse con el poder del Minos —acepta enfadado Cosmo.

—Hay que sacar a mi padre de su encierro y decirle la verdad. —Doy unos cuantos pasos para salir de nuestro escondite, pero Ion me sujeta.

—¡Quieta! Antes debemos planificar nuestra estrategia —explica con seriedad—. No quiero darle a mi hermano la oportunidad de tomarte y legitimar su posición en Cnosos.

—Tiene razón, princesa —controla todo a nuestro alrededor—. Será mejor que os marchéis, nos vemos al salir el disco de plata en la zona oeste de los jardines junto al palacio.

Nos alejamos entre las sombras de los árboles, adentrándonos en el bosque que rodea la zona y volvemos al risco donde pasamos la noche anterior.

Yo tengo ganas de entrar y liberar a mi padre, estoy nerviosa y me aflijo solo de pensar lo que debe estar sufriendo.

Y lo que es peor, lo que sufrirá cuando se entere de que le han mentido, de que…

Se me escapa un sollozo. Ion me coge entre sus brazos y me acuna mientras me susurra palabras de consuelo.

Debo haberme quedado dormida. Despierto tumbada sobre una capa y cubierta por otra, me incorporo y veo que el disco solar apenas es una mancha roja en la oscuridad que lo rodea.

El fuego ilumina mi entorno y sobre él, un animalillo se asa entre el crepitar de la grasa que cae a las llamas.

El movimiento a mi derecha me asusta, pero pronto me tranquilizo, al ver a Ion que está de pie junto a mí, con la espada en la mano y me señala con un dedo para que no haga ruido.

Apaga el fuego y recoge la carne, nos ponemos en marcha hacia los jardines de la zona oeste.

Un crujido más adelante nos hace fijar la vista al frente. Me tenso y él se pone en guardia, hasta que la figura del entrenador se ilumina con el resplandor del disco de plata.

—Cosmo…, ¡eres tú! ¿Has averiguado algo?

—Princesa, tu padre está recluido y nadie puede acceder a él —aclara sin apartar la mirada de Ion—, no sé cómo llegar al Minos sin que los guardias sospechen. —Suspira.

—¡Yo sí lo sé! —exclamo y me pongo en pie con rapidez—. Iremos por el tejado y aprovecharemos las lucernas para entrar a su habitación.

—Es complicado —Ion se pellizca el puente de la nariz entre los dedos—, pero podemos probar, por lo menos para hablar con él y ver cómo está.

—Bien, mejor ahora que aún es de noche.

Ambos me miran y se les escapa un suspiro, saben que una vez me propongo algo no hay quien me pare.

Me acerco a la fachada derrumbada y trepo hasta lo que queda de tejado, detrás de mí veo a Cosmo e Ion.

Pisando con cuidado nos desplazamos por el tejado hasta la zona de los almacenes.

Al llegar a la lucerna, me agacho por la parte interior y puedo ver los dos guardias en la puerta.

Me levanto y voy al otro extremo desde donde me descuelgo con cuidado y veo una figura acurrucada en un jergón junto a la puerta.

Me incorporo, les aviso con señas de que es el sitio correcto y antes de que se acerquen a mí me descuelgo por la cornisa hasta la ventana.

Escucho maldiciones y protestas, pero no les hago caso, me balanceo y cuando estoy lo más cerca posible del interior de la habitación, me suelto y hago una voltereta para caer sin hacerme daño en los pies.

Miro el espacio con la luz que entra del disco de plata, y veo la figura acurrucada en un jergón junto a la puerta.

Corro hacia allí y lo zarandeo con cuidado.

El quejido me detiene, lo escucho gemir de dolor y vuelvo a zarandearlo.

—¡Padre! —susurro—, ¡padre, hábleme!

—¡Eirene, hija! ¡Lo lamento tanto!

Lo escucho llorar y se me encoge el corazón ante ese llanto. Jamás he visto llorar a mi padre. La intrusión de una figura por la ventana me hace ponerme en guardia, pero me tranquilizo al ver que es Ion. Detrás de él, entra Cosmo con un salto elegante.

—¡Padre, vamos a sacarte de este lugar!

Le cojo por los hombros y me abrazo a su cuerpo, noto que ha perdido mucho peso y me asustan los gemidos de dolor que emite. Lo beso en las mejillas cubiertas de una espesa barba y él parece despertar del todo.

—Eirene, ¿estás aquí? —parpadea incrédulo.

—Sí padre, hemos venido a rescatarte —confirmo y lo vuelvo a besar.

—No. No. No. Tienes que marcharte, si ese monstruo se entera de que estás viva… Tienes que salir, vete lejos —me coge de los hombros—, no puedes caer en sus manos.

—No te preocupes padre, no sabe que estoy aquí.

—Me dijo que habías muerto —dice con dulzura mientras acaricia mi rostro—. Tienes que marcharte y si puedes, llévate a tu hermano.

—Padre, ¿qué dices? —pregunto alarmada y me abrazo a su cuerpo debilitado—. ¡He venido por ti!

—No. No. No. Yo ya no soy importante, mis días están contados, pero tu hermano recién nacido y tu madre… Tienes que sacarlos e iros lejos.

Me giro hacia Ion, en la penumbra de la habitación puedo distinguir su expresión de pena. No me acobardo, me siento junto a mi padre en el jergón.

—Padre, madre murió de parto hace cuatro discos de plata grandes y el bebé con ella, era demasiado pequeño para vivir —digo con pena y lo abrazo para consolarlo—.

Yo estaba presente, tuvo una gran hemorragia y…

—No puedo seguir porque se me escapa un sollozo—.

No pude hacer nada por ella ni por mi hermano.

—Pero ese monstruo me trajo un niño —su mirada confundida me observa como si no supiese de lo que hablo—, dijo que era mi hijo y que tu madre se estaba reponiendo del parto —confiesa alarmado, luego nos mira con lágrimas en los ojos—.

¡Me mintió! Todo este tiempo mi mujer y mi hijo han estado muertos y yo…

—Sus hombros empiezan a temblar sin control.

—¡Padre! Ahora no puedes hacer nada por ellos, pero sí podemos salvarte a ti —declaro y me levanto tirando de él, pero no puedo ponerlo en pie.

—No. Yo ya no cuento. —Me coge de las manos—. Márchate, haz tu vida lejos de Cnosos, de Creta, vete lo más lejos posible. No sabe que sigues viva, es tu única oportunidad.

—De eso nada, padre, te vamos a sacar de aquí —insisto y vuelvo a tirar de él.

—Hija, no me queda mucho de vida.

Se levanta la túnica y veo su torso cubierto de moratones en distintos grados de curación, pero lo que más llama mi atención es su movimiento exagerado en el pecho.

Me fijo en su cara y veo que tiene mal color, los labios de un tono morado anticipan la muerte.

Me doy cuenta de lo que realmente me quiere decir, lo abrazo y lloro sin consuelo.

Hasta ahora, el saber que podría estar vivo y el hecho de poder rescatarlo me ha dado una pequeña esperanza para continuar, pero si él también me abandona…

No. No puedo pensar así. Lo necesito a mi lado, él ha sido la razón que me ha traído a Cnosos de nuevo. En mi pecho aparece una presión que apenas me deja respirar.

—Vayámonos, padre, no importa lo mal que estés, te ayudaremos y buscaremos a alguien para curar tus heridas.

—No hija, no, si escapo me perseguirá. Lleva todo este tiempo manteniéndome con vida, me engañó con lo de tu madre y tu hermano para conseguir mi colaboración.

Él sabía que yo no me prestaría al engaño que se llevará a cabo mañana, por eso me mintió.

—Se queda mirando a Ion y entre ambos surge un diálogo sin palabras que no quiero entender—.

No eres igual que tu hermano, por eso sé que la cuidarás, sácala de Cnosos y buscad una vida lejos.

—Así lo haré, Minos. —Ion tira de mi brazo y me incorpora.

—¿Tienes un cuchillo? —pregunta mi padre mirando con ansias a Ion.

—Yo lo tengo Minos. —El entrenador le tiende un pequeño cuchillo.

—Gracias, Cosmo. Ayúdales a llegar a la costa antes de que los descubran, yo me encargaré de que la ceremonia de sucesión de mañana no sea como espera ese traidor.

—Como ordenes, Minos —dice y se inclina antes de volverse hacia nosotros—. Os espero arriba.

Lo veo subir a la balaustrada y saltar hacia la cornisa, sus pies desaparecen de nuestra vista y me vuelvo hacia mi padre que se pone en pie con dificultad. Apenas se puede mantener, pero, aun así, se agarra a la pared y por pura fuerza de voluntad se yergue ante nosotros.

Por un momento puedo ver al Minos autoritario que amo, el padre que me guio durante toda mi vida, un hombre enorme de principios aún más grandes. Este es el ejemplo que toda mi vida ha estado a mi lado.

—Padre por favor, ven con nosotros —suplico entre lágrimas—. Eres lo único que me queda.

—No, hija, lo que te queda es una larga vida con el hombre que elegí para ti, uno capaz de amarte como mereces, pero para ello tenéis que salir de la isla —sentencia como Minos y como padre, me besa en la frente—.

Demuestra que eres la hija de Minos y vive.

Eres el mejor legado que dejaré en la tierra.

—Me abraza y reparte montones de besos por mi cara—.

Estoy tan orgulloso de ti —dice antes de apartarse de mí—.

Ahora debes obedecer, sal de aquí y no vuelvas.