Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 19
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Capítulo 19

Cnosos

L a devastación es enorme, aunque hayan pasado cuatro discos de plata grandes.

Los restos de vegetación interrumpen los caminos, las casas destruidas nos van recibiendo en nuestro lento caminar hacia Cnosos.

Apenas hablamos, no necesita decirme nada, pues cada paso que nos acerca a mi antigua casa es un peso sobre el pecho.

Sé que la gran ola impactó primero en Cnosos, lo que hace que las probabilidades de encontrar a mi padre con vida sean muy pocas; eso sin tener en cuenta que estaba prisionero en el laberinto subterráneo.

Nos detenemos bajo un pequeño risco, donde una pequeña hendidura proporciona protección sobre nuestras cabezas.

La noche es templada, aunque Ion, enciende un pequeño fuego y sale en busca de algo para comer.

Veo las llamas danzar en la oscuridad. Sus brazos se mueven alrededor y generan cálidas luces naranjas que me llevan a tiempos pasados, cuando mi única preocupación era ser la hija de Minos, lo suficiente fuerte y valiente para saltar el toro o ser la hija de la sacerdotisa de la Diosa Madre; la que heredaría el trono y continuaría los ritos.

Todo eso quedó tan atrás que apenas es un susurro en el viento, pues ahora soy la hija de un hombre que no sé si está vivo; la hija de una mujer que murió al dar a luz un bebé muerto; la mujer de un hombre que renunció a sus raíces y a todo aquello para lo que se crio, para ponerme a salvo.

Un hombre capaz de elegirme por encima de la sangre y el deber, el mismo que me ha enseñado el amor y que me ha hecho olvidarme de todo lo que yo creí importante.

En la oscuridad, bajo este pequeño refugio hago repaso mental de este tiempo: «¿Cómo es posible que de la mañana a la noche mi mundo haya desaparecido? Ya no soy una princesa; ya no soy heredera del Minos; ya no sucederé a mi madre en los ritos para la diosa».

Entre las sombras que arroja la luna, veo venir a Ion, en la mano lleva dos conejos muertos.

Se sienta junto a mí y me da uno, me lo quedo mirando y veo que empieza a despellejar al animal.

Se me escapa un gemido y noto la bilis subir hasta la garganta, me levanto con rapidez y corro hacia un extremo para vomitar.

Con el cuerpo doblado en dos, vacío lo poco que tengo en el estómago.

Al incorporarme, Ion está a mi lado; no me toca, solo me mira preparado para cogerme en caso de que me caiga.

Me coge por la cintura y me lleva hasta el fuego, donde me deja para que me recupere, me pasa el pellejo de agua y me aclaro la boca.

Le veo darse la vuelta y trabajar en el conejo para preparar la comida.

Al volver ya tiene los dos animalillos ensartados en un palo que coloca sobre el fuego, luego se sienta junto a mí y me abraza.

—¿Estás mejor? —pregunta y no espera a que le conteste, me besa en la frente.

—Sí —digo y le sonrío—, ha sido la visión del animal muerto y… Lo siento.

—No importa, llevamos mucho tiempo de viaje. Debes de estar agotada, duerme un poco mientras se hace la carne.

Me acurruco en sus brazos, cierro los ojos con la seguridad que me aporta su simple contacto y me quedo dormida casi de inmediato.

Las alas de las mariposas cosquillean en mi piel y me hacen sonreír con sus dulces y lentas caricias, sus suaves movimientos me despiertan cuando se posan en mis labios.

Abro los ojos y veo a Ion sobre mí. Su boca sobre la mía acariciando mis labios, incitándome, convenciendo a mi boca para que se abra.

Y lo hago, dejo entrar su lengua, con su lento acariciar me subyuga y embriaga, me siento flotar cuando el deseo recorre mis venas y se hace líquido entre mis piernas.

Me quejo cuando se aparta de mí, me sonríe y me da un beso en la frente.

—Vamos a comer, princesa. —Tira de mí para que me incorpore.

—Hum… ¿No puede esperar a la cena? —insinúo y parpadeo coqueteando con él, como le vi hacer tantas veces a las chicas del pueblo.

—No me tientes —responde a mis insinuaciones con un pequeño beso y se vuelve al fuego.

Me da una pata del conejo y la muerdo con ganas.

Cuando terminamos de comer, envuelve los restos de carne que ha quedado y los guarda en una piel.

Me coge de la mano y nos tumbamos bajo el saliente.

Lo miro recordando la pasión con que me despertó antes de comer, y creo que él piensa lo mismo porque se pone sobre mí.

Sus manos recorren mi cuerpo bajo la túnica, sus caricias reavivan la pasión sin más problema que el de deshacerse de la ropa, para hacer que nuestros cuerpos se toquen piel con piel.

Su boca hace maravillas, enardece mis sentidos y me invita a acercarme más a él, me llena y me lleva al límite.

Su lento movimiento hace que me acerque aún más, siento que somos un solo cuerpo, dos entidades que comparten vidas diferentes, pero unidas de tal forma que no se sabe dónde empieza una y acaba la otra.

La tensión en mi vientre anuncia el desenlace, me deshago en gemidos y exploto entre llamaradas de placer que recorren mi cuerpo sin piedad.

Me estremezco y grito en la boca de Ion.

Por un momento nos quedamos quietos, unidos como solo un hombre y una mujer pueden estar, su aliento tibio calienta mi cuello y la leve brisa que mueve su cabello me hace estremecer. Se aparta con desgana de mí y me atrae junto a su hombro, luego me besa en la frente.

—Eres lo mejor que me ha pasado nunca. Jamás pensé que una mujer me atraería tanto ni que la desearía como a ti.

—Soy yo quien agradece a la Diosa que te pusiese en mi vida. —Paso mi mano por su cara—. Salvaste mi vida y cada día me haces sentir tan especial que… —Suspiro—. No sé si esto es amor, pero es tan grande que creo que no sobreviviré sin ti.

—Yo poco sé de amor, pero lo que me haces sentir debe serlo. —dice y me mira—. Los dioses te pusieron en mi vida y pienso vivirla contigo, lo demás carece de sentido.

—Ion, mañana iremos a la cueva de la Diosa para la ofrenda —lo miro con seriedad—, si no estás de acuerdo podemos irnos.

—Por nada en el mundo te dejaré escapar. —dice y me aprieta por la cintura—. Eres mía, me perteneces y yo soy tuyo, te pertenezco. —Me besa en la frente—. Solo lamento que una vida entera contigo no sea suficiente.

—A mí me pasa igual —digo y me apoyo en su hombro—, siento que mi vida solo cobró sentido cuando te acepté, y espero seguir así hasta que el tiempo nos alcance.

Dormimos hasta que el disco solar empieza a iluminar el cielo.

Recogemos el pequeño campamento y nos orientamos para llegar hasta la cueva de las ofrendas, sin transitar por el camino de procesión desde el palacio.

Los nervios me tienen en tensión, miro en todas direcciones esperando encontrar en cualquier momento una patrulla que nos detenga.

En la entrada a la cueva, vemos varios oferentes salir cabizbajos en sumisión.

Saco del hatillo de joyas que guardo en mi cintura una pulsera de serpiente, nos adentramos al interior y llegamos a la sala mayor.

Alzo la mirada hacia arriba y veo que varias estalactitas han caído.

Los huecos entre las rocas están llenos de ofrendas, busco un lugar donde dejar nuestro juramento y veo que sobre la cabeza de Ion sobresale una roca, junto a ella una hendidura vacía ideal para dejar mi regalo a la Diosa.

Se lo señalo a Ion y le pido que me alce para dejar mi exvoto.

Luego de dejarlo, levanto ambos brazos al techo y hago mi petición.

—Diosa Madre de todas las cosas sobre la tierra, el mar y el cielo, danos tu bendición en la vida que comenzamos juntos, que el amor guíe nuestros pasos y nuestros cuerpos encuentren el camino de la felicidad que nos ofreces.

Prometo adorarte y ofrendarte los frutos de nuestro amor hasta el fin de nuestros días, serás nuestra amorosa madre.

Bajo los brazos y me acerco a Ion, juntamos nuestras manos y nos besamos ante nuestra ofrenda. Una gota de agua cae sobre nuestras cabezas y sonrío, es una señal de que nuestra ofrenda ha sido escuchada y aceptada. Cojo a Ion de la mano y salimos despacio de la cueva.

En el exterior, el disco solar brilla implacable sobre nuestras cabezas, con sigilo nos salimos del camino y atravesamos el bosque hacia Cnosos buscando el anonimato.

Antes de ir al palacio vamos a la zona de entrenamiento de saltos.

Está desierta, nadie entrena, las caballerizas han desaparecido y la casa de baños tiene un aspecto lamentable.

Agacho la cabeza y nos dirigimos al interior en busca de alguien que pueda decirnos cómo están las cosas en el palacio.

Un gruñido, seguido de una maldición, atrae mi atención hacia el extremo del campo de entrenamiento, y al reconocer quién es, se me escapa una exclamación de alegría.

Estoy a punto de correr hacia Cosmo, mi entrenador, pero Ion me sujeta del brazo.

Lo miro y entonces, veo un par de soldados frente al hombre, están distraídos riéndose del entrenador que se pelea con el potro de entrenamiento.

Ion me coge y me lleva deprisa detrás de la casa de baños, por un momento veo a Cosmo que nos mira y vuelve inmediatamente a su lucha para arreglar el potro.

Desde nuestra posición observamos que los soldados se marchan cuando Cosmo termina de arreglarlo.

Voy a salir en su busca, pero me mira y niega levemente con la cabeza.

Nos aplastamos contra la pared y esperamos hasta que los pasos en la gravilla nos anuncian que alguien se acerca.

Ion agarra el mango de su espada, pero yo se la sujeto y niego en silencio, un momento después estoy abrazada a Cosmo que me sujeta con fuerza.

—¡Pensábamos que estabas muerta, princesa! —Cosmo me sujeta con tanta fuerza que me cuesta respirar.

—Pues ya ves que estoy viva. —Sonrío con picardía.

—No deberías estar aquí —mira detrás de él—, si te descubren…

—¿Qué ha ocurrido? —Ion me atrae hacia su cuerpo.