Capítulo 17
Decisiones
P or suerte, en la zona del lago donde estamos no hay nadie, nos metemos y nos refrescamos mientras nuestras ropas se secan al calor del disco solar.
Nadamos y jugamos dentro del agua como niños y es cuando descubro que nado mejor que él.
Sabe mantenerse a flote y moverse bajo el líquido, pero poco más, yo, con fuertes brazadas lo dejo siempre atrás hasta que me coge y me hunde con él.
Salimos escupiendo y riendo a carcajadas.
Estoy a punto de coger su pene bajo el agua, pero escucho que nos llaman desde la orilla.
Nos volvemos y vemos a Amenhotep con varios siervos, nos acercamos para escucharlo, pero Ion me pone detrás de su enorme cuerpo.
No me permite escapar por lo que solo puedo asomar la cabeza por un lado.
—Príncipe de Egipto, ¿en qué podemos servirte? —dice con voz seria.
—Solo vine a ver quién jugaba en el lago —se ríe y mira nuestra ropa en los arbustos—, pero ahora que sé que sois vosotros y que no corréis peligro de ahogaros, regresaré al palacio.
Lo vemos marcharse mientras agita la mano en señal de despedida, hasta nosotros llega una risa cantarina que me avergüenza.
Ion se vuelve hacia mí y me abraza con fuerza, me da un casto beso y me echa sobre su hombro mientras grito y me rio al mismo tiempo.
Nos vestimos con las ropas aún húmedas y volvemos al palacio, entramos por la zona sur y rezo por no encontrarme a la gran esposa real.
Es lo único de esta tierra que me hace estremecer y no lo entiendo.
En realidad, nunca me ha dicho nada amenazante ni me ha tratado mal, siempre se ha limitado a tratarme con fría cortesía.
Entramos en nuestro cuarto entre risas y besos, nos desprendemos de las ropas húmedas y nos dejamos caer en la cama hecha con sábanas limpias.
No sé por qué, pero el hecho de que nos hayan pillado in fraganti me hace reír.
Veo que Ion se levanta, coge la cesta de frutas que hay sobre la mesa y la deja en el centro de la cama, luego vuelve con dos copas de vino, me ofrece una y me incorporo sobre el codo para cogerla.
Nos miramos mientras bebemos. Cojo una uva y la mastico con lentitud; él hace lo mismo. La tensión se puede cortar, pero ambos comemos y bebemos en silencio. Su mano roza la mía al coger otra uva, pero no nos apartamos. Él me agarra de la mano y se la lleva a los labios.
—Entonces, ¿averiguamos lo que ha pasado en Cnosos? —pregunta mientras besuquea mis dedos.
—Creo que es lo más acertado —respondo y mis ojos no pierden detalle de sus movimientos.
—¿Y si Aqueo se ha coronado como Minos? —Levanta una ceja.
—Hacemos nuestra ofrenda a la Diosa para que bendiga nuestra unión y salimos antes de que sepa que estamos vivos.
—¿No quieres saber lo que ha ocurrido con tu padre?
—¿Podríamos? —respondo con otra pregunta esperanzada—. ¿Y si está vivo?
—Intentar rescatarlo sería un riesgo muy grande —declara suspirando.
—Pero contamos con el factor sorpresa; Aqueo nos creerá muertos o fugados, no se imagina que vamos a volver a la isla. —A cada momento mis esperanzas se hacen mayores.
—Llegado el caso, lo estudiaré.
Se lleva la cesta con los restos de fruta y las copas de vino y vuelve para tumbarse conmigo. Me da la vuelta y me abraza desde atrás, la sensación es tan agradable que me relajo en sus brazos y me quedo dormida.
Esa noche decidimos quedarnos en el cuarto.
Le pedimos a Nefer que nos traiga la cena y descansamos aletargados por el calor, disfrutando de la intimidad recién descubierta.
Entre caricias, lo escucho hablar de su infancia en Micenas.
Quedaron huérfanos siendo él muy pequeño, prácticamente lo crio su hermano, quien supo ganarse el respeto de su gente con valor y fuerza.
Ion le debe mucho a Aqueo, pero también reconoce que hace tiempo que la deuda quedó saldada.
Pensaba terminar con su obligación aceptando el compromiso del Minos, por eso la traición de Aqueo no solo fue contra Cnosos, también fue contra él.
El hecho de modificar los planes sin avisar ni dar explicaciones fue lo que le hizo elegirme por encima de su hermano.
Esa declaración me emociona más que nada. Ahora entiendo sus promesas y las creo, porque hasta ahora Ion me ha demostrado que puedo confiar en él.
Planificamos nuestras próximas acciones: primero, averiguar lo que sucedió en Cnosos; segundo, ir a Creta para hacer la ofrenda a la Diosa Madre; tercero, intentar rescatar al Minos si es que aún vive; cuarto, escapar a tierras lejanas si Aqueo sigue en el trono de Cnosos.
Con el rumbo de nuestras vidas decidido, nos quedamos dormidos abrazados a pesar del calor que nos rodea.
La paz que me da el saber que volveremos, es solo una pequeña parte de la alegría que me inunda al comprender que cuento con el apoyo de Ion.
La esperanza de reencontrarme con mi padre y que esté vivo es el culmen de todo, pues necesito verlo de nuevo, decirle que entiendo su decisión y que la he aceptado.
Sentir que puedo hacer algo para revocar esta situación me hace desear tener ya noticias de casa.
Ese será el principio para nosotros, y aunque no encontremos lo que esperamos, creo que es lo que necesitamos para que todo vuelva a estar bien.
Ahora sé que no estaré completa si no es con Ion a mi lado.
Este descubrimiento me alegra y aterra al mismo tiempo, nunca había dependido tanto de otra persona. Siempre he sido independiente, algo que madre lamentaba continuamente y que a padre parecía hacerle sentir orgulloso; creo que incluso me alentaba.
Poco a poco, mis pensamientos se relajan y dejan paso a la paz que mi mente necesita.
La mañana nos descubre entre arrumacos y tiernos besos. Me desperezo y restriego contra su cuerpo, a pesar de lo dolorida que me siento, pero esta vez no consigo alterar su decisión de dejarme descansar. Me da una nalgada y sale de la cama.
La puerta se abre y entra Nefer con varios sirvientes cargados con cubos de agua.
Ion, con rapidez, se ata una toalla en las caderas y yo me cubro con la sábana.
Lo miro risueña, los sirvientes abandonan el cuarto y me levanto desnuda para ir a la bañera, allí Nefer me ayuda a bañarme.
Frota mi pelo con jabón de hierbas mientras limpia el cuerpo con un paño enjabonado, al pasarlo entre mis piernas se me escapa un quejido.
Me tapo la boca y la miro azorada, pero ella no dice nada.
Me levanto y ella me envuelve con una toalla de lino.
Al salir, veo a Ion en el balcón, se vuelve y me dedica esa media sonrisa de perdonavidas, luego entra a la zona de la bañera y escucho el chapoteo de sus abluciones.
Veo a Nefer salir y aprovecho para frotarme el pelo con la toalla.
Estoy inclinada hacia delante, con ella en la cabeza friccionando el cabello para quitarle la humedad y el abrazo me coge desprevenida, su duro cuerpo detrás de mí me hace estremecer, me besa en la nuca y me gira hacia él.
—¿Cómo te sientes? —pregunta y me da un beso en la punta de la nariz.
—Bien —respondo y echo las manos al cuello—. ¿Y tú?
—Pues la verdad es que me has dejado dolorido —dice y se me escapa una carcajada—. Me la estás dejando en carne viva. —Vuelve los ojos hacia arriba y chasquea la lengua—. Deberías tener al menos la misma compasión que yo demostré hacia ti.
—Pensé que los micénicos eran fieros soldados y acabo de descubrir que también sois unos bromistas.
—Solo yo soy así, y te aseguro que, en esta guerra, me dejaré vencer —dice sin dejar de sonreír. Me da un pequeño beso en la boca—, pero te aviso que moriré matando.
Se me escapa una carcajada tan fuerte que me doblo en dos; estos pequeños intercambios entre nosotros me encantan, puedo ver al hombre cariñoso, dulce y divertido.
El hombre que me enamora cada día un poco más y que se ha convertido en mi razón de ser.
Este descubrimiento me hace contener el aliento.
Ion es la mitad de mí, la persona que me complementa, aquel que me dará esa relación como la de mis padres.
La puerta se abre tras un leve golpe, me envuelvo con rapidez en la toalla y nos giramos para ver a nuestra visita. Es el príncipe Amenhotep, quien entra sonriente seguido por varios sirvientes.
—Traigo nuevas del faraón —mira a Ion—, quiere que empieces el entrenamiento en técnicas micénicas a los nuevos reclutas.
—Será un placer ayudar a su adiestramiento.
—¡Oh! No digas tonterías, será sucio, aburrido y brutal. —Mueve la mano arriba y abajo—. Puedes encontrarte con los reclutas en el campo de entrenamiento del palacio del faraón.
—Hoy mismo empezaremos.
—Me acercaré a ver vuestro avance —dice y me mira divertido—, y vos princesa me acompañaréis.
—Ella vendrá conmigo al entrenamiento —se adelanta a decir Ion—. Quiero que les muestre a los reclutas sus habilidades de saltadora.
—Eso es un poco extraño. ¿Una mujer en el entrenamiento de reclutas? —Niega con la cabeza.
—Si venís al entrenamiento, os daréis cuenta de mis intenciones.
—Está bien, nos vemos en el campo.
Sale del cuarto sin decir nada más, Ion me coge por los hombros y me gira ante él, después me mira muy serio.
—A partir de ahora, no quiero que te separes de mí, te quiero donde yo te vea.
—Pero si… —Me pone un dedo en la boca.
—No sé qué está pasando, pero tengo un mal presentimiento y, ante las dudas, te quiero siempre en mi campo de visión, aunque esté entrenando.
—Como quieras. —Lo miro sonriente—. Entonces, ¿yo también entrenaré a los reclutas?
—Quiero que les muestres tus habilidades como saltadora, además de tus recursos para escapar del agarre de intrusos. —Su dedo se pasea por mi mejilla con calma y ternura.
—¿Aceptarán que los enseñe una mujer? —pregunto dudosa.
—No les entrenarás tú, lo haré yo con tu ayuda —asegura y me coge en brazos y me tira en la cama—. Ahora vístete para saltar, princesa —apremia y me da un beso en la frente, luego se acerca a la mesa donde hay una cesta con frutas y otra con pan, queso y miel.