Capítulo 14
Egipto
L os rayos del disco solar me despiertan, el cálido cuerpo junto a mí me recuerda la noche anterior, su forma de abrazarme y darme consuelo.
Se me escapa una risita al ver que está desnudo junto a mí.
Su amplio pecho sube y baja con lentitud y cuando respira sus labios emiten un sonido gracioso.
Miro más abajo, no lleva puesto taparrabos, su miembro descansa sobre la pierna, entre un nido de vello rubio.
Lo miro con atención, nunca he visto ninguno, parece muy suave.
Me atrae con curiosidad, así que levanto el brazo y dirijo mi mano hacia esa parte que tanto nos diferencia, pero antes de llegar a tocarla veo como se yergue orgullosa y dobla su tamaño.
Se me escapa una exclamación de asombro y, con decisión, bajo mi mano para acariciarlo, pero antes de llegar, Ion emite un gruñido y sujeta mi mano con fuerza.
—Buenos días, esposa. —Me pone de espaldas al colchón y se tumba sobre mí—. ¿Te has despertado juguetona?
Niego con la cabeza, asustada por la rapidez con que me ha sujetado contra la cama.
El nudo en mi garganta reaparece, trago con fuerza en busca de una contestación, pero no se me ocurre nada que decir.
Levanto la cabeza y lo beso para callar sus preguntas.
Él se deja llevar y controla el beso; mejor, porque soy novata y no quiero demostrar lo inútil que soy en esos menesteres.
Como siempre, su beso se vuelve avasallador, toma mi voluntad y convierte mi cuerpo en una masa temblorosa.
Siento palpitar mi sexo mientras la tensión en mi vientre se hace tan fuerte que necesito liberarla, pero no sé cómo.
Gimo entre sus labios y me muevo bajo su cuerpo mientras el mío parece saber lo que necesito, porque se mueve bajo el suyo y siento su miembro entre mis piernas que se abren por inercia en busca de su roce.
Mariposas parecen volar en mi interior, pero necesito más, algo que las haga volar.
Gimo contra su boca invasora, siento que estoy cerca de abrir la puerta a algo poderoso, lo noto tan cerca que lloriqueo.
El golpe en la puerta y la entrada de alguien en la habitación nos hace incorporarnos de inmediato; él se cubre con la toalla que quedó abandonada en la cama y yo estiro de la tela del camisón para cubrirme.
No sé por qué, me arde la piel y el calor me sofoca, pero lo peor es que gruño a Nefer que está dejando una bandeja sobre la mesa del centro del cuarto.
Tan silenciosa como ha entrado, abandona el cuarto y nos deja solos, pero el hechizo de lo que estábamos haciendo se ha roto. Ion me mira con el gesto fruncido, se le escapa un suspiro y se acerca a mí en la cama, se inclina y me da un beso en la frente.
—Buenos días de nuevo, esposa —dice mientras me sonríe con picardía—. Nos han traído el desayuno.
Se sienta a la mesa y llena los vasos con té, luego pone unas rebanadas de pan con queso y lo rocía con miel.
En un principio me quedo mirando sin saber que hacer, hasta que me observa y me ofrece una rebanada desde su asiento.
Hipnotizada con su sonrisa, me levanto y doy pequeños pasos hacia él, lo escucho gemir y frunzo el ceño.
Me siento frente a él y cojo el vaso con té, está caliente, pero tengo sed.
Me lo bebo con pequeños tragos sin quitar mis ojos de él, que mastica con lentitud el pan, solo deja de comer para beber de su vaso.
Nefer carraspea para llamar nuestra atención. Me saca de mi escrutinio, giro la cabeza hacia la chica y le sonrío.
—Buenos días, Nefer. ¿Qué querías?
—Señora, les he traído ropa. Dice la reina que la acomode en vuestro arcón y que si necesitáis algo más se lo hagáis saber.
—Gracias, Nefer —contesto y acompaño mis palabras con una sonrisa.
Sale tan silenciosa como entró, me vuelvo hacia Ion y me sorprende ver que tiene un gesto esquivo.
—¿Qué? —Me sirvo otro té.
—Me extraña tanta amabilidad.
—Es lo normal entre las casas gobernantes.
Le resto importancia y bebo el té más deprisa de lo debido, me atraganto y toso con fuerza, pero me cuesta recuperar el control de mi respiración.
Ante mi ruidoso intento de recobrar el control, él se levanta y me da golpecitos en la espalda.
Se me escapan lágrimas, parpadeo para eliminar la humedad y lo veo: la toalla ha caído al suelo y él está ante mí con su gloriosa erección en mi cara.
Trago saliva con fuerza y levanto la vista con asombro, él sigue tan centrado en mí que no se ha dado cuenta de su pérdida.
Carraspeo y le hago gestos con los ojos, elevo mi mirada hacia la suya para bajarla con rapidez hacia su miembro desnudo.
Se da cuenta de lo que ocurre y lo veo ponerse colorado.
Chasqueo la lengua incrédula mientras él se da la vuelta y recupera la toalla.
Ver su hermoso y redondeado trasero me hace tragar saliva con fuerza.
Ya cubierto, se vuelve hacia mí y tose.
—Deberías comer algo. —Señala la bandeja muy serio.
—No me apetece, pero tomaré una fruta para después. —Cojo una manzana y la froto en mi pecho para sacarle brillo.
Escucho un sonido extraño y al levantar la vista, veo que se dirige a grandes pasos hasta el arcón para coger ropa. Me termino de beber el té y por el rabillo del ojo, veo que lleva varias prendas detrás del biombo. Se me escapa un suspiro más fuerte de lo normal, pero sigo bebiendo de mi vaso.
Me levanto y me dirijo a coger ropa. En ese momento, él sale del baño con un faldellín egipcio, un cinturón dorado que cae en dos desde la cintura y una tela que cubre uno de sus hombros. Me quedo mirando embelesada, solo reacciono cuando me guiña un ojo y me da un beso en la frente.
Tomo un vestido de color blanco cegador, me lo estoy poniendo junto a la bañera cuando siento unas manos ayudarme a sujetar la tela sobre mis hombros, me giro y lo veo sonreír.
Deja caer la tela transparente y plisada sobre mis hombros, y me pasa un cinturón que da varias vueltas en mi cintura y caderas.
Con un cepillo, desenredo mis apretados rizos y los recojo en alto con una cinta, la anudo y dejo que caigan sueltos en una coleta.
—Princesa, estás preciosa —dice con voz ronca mientras su boca en mi cuello hace que se me erice la piel.
—Tú tampoco estás mal, príncipe —respondo y le guiño un ojo.
Llaman a la puerta y nos interrumpe el duelo de miradas que nos lanzamos.
Amenhotep asoma su rapada cabeza y nos sonríe con simpatía.
Ataviado con un faldellín como el de Ion, pero con bordes dorados mucho más anchos y una perfecta trenza en el lado izquierdo de su cabeza que se mueve con brío mientras entra.
—¡Ya estáis vestidos! —Nos mira con aprobación—. Princesa, si pudiese casarme con vos rogaría a mi padre porque me concediera la libertad de elegir esposa —dice con sinceridad mientras besa mi mano y se gira hacia Ion—. No os preocupéis, príncipe, reconozco vuestro derecho sobre ella.
Ion asiente con la cabeza y le lanza una sonrisa hierática en aceptación de disculpas, pero ya le voy conociendo y sé que por dentro bulle de ira. Cojo su mano y la froto entre las mías.
—He venido para preguntaros si queréis acompañarme para ver los trabajos del templo. —Nos mira con simpatía—. Es una de mis obligaciones, además, me gustaría enseñaros mi tierra.
—Será un honor, príncipe —agradezco la invitación y le devuelvo la sonrisa.
—Cuando queráis, príncipe.
Salimos del palacio seguidos de varios soldados, y caminamos por la ribera del río. Las casas de adobe y sin ventanas llaman mi atención, con el calor que hace en esta tierra me parece extraño que no haya aberturas que refresquen el interior de las viviendas. Curiosa, se lo pregunto a Amenhotep.
—Las ventanas están en el interior, un patio da luz y ventila, es una forma de evitar que el calor entre.
Además, las casas se ordenan en calles estrechas de forma reticular que hace que el aire circule, pero no que se calienten.
Luego entraremos a una vivienda para que veáis la forma de construcción.
—Nos dice muy serio antes de hacer la última aclaración—.
Además, al no tener ventanas en el exterior evita las envidias entre vecinos —dice como si fuera un secreto y me lanza una sonrisa condescendiente.
Seguimos paseando entre las sombras de las palmeras y sicomoros, la brisa recorre el río y se refresca antes de tocar nuestra piel.
Por donde pasamos, la gente se inclina ante Amenhotep, pero no lo hacen con miedo, sus caras están alegres y risueñas.
Entonces, algo choca conmigo, bajo la mirada y veo dos niños de corta edad.
El que me ha golpeado, se inclina y pide perdón con cara de susto, pero le sonrío y le doy un beso en la cabeza afeitada.
Con un grito, se despiden y entre risas, siguen con su juego en la calle.
—¿Por qué van todos con la cabeza rapada o con pelucas?
—Es por higiene —suspira—, tenemos un grave problema con los piojos. Rapamos las cabezas para no acomodar tan desagradables inquilinos, pero quien no quiere ver su cabeza pelona se pone peluca.
—¿Piojos? —pregunto y lo miro con atención esperando una respuesta.
—Pequeñas alimañas casi invisibles que se agarran al pelo y chupan la sangre, lo malo es que se reproducen e infectan a todo el que pican —explica mientras nos mira—; algunas personas incluso caen enfermas.
Me toco la cabeza y empiezo a rascarme con fuerza, me doy cuenta de que ambos me miran extrañados. Dejo de rascarme y les sonrío pidiendo disculpas, aunque la sensación de picor todavía me incita a rascarme.
—En mi tierra, para evitar alimañas en el pelo nos lo envolvemos con una cataplasma con vinagre y romero, puedo pedir los ingredientes y prepararla —le ofrezco y me encojo de hombros.
—Eso sería genial, y si funciona puedes venderla a las damas de la corte. —Amenhotep parece tranquilo y relajado—. Eso sí, asegúrate de que te paguen antes de ponérsela o darle la receta.