Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Me desprendo de la ropa con rapidez y la dejo caer al suelo.

Escucho el tintineo que hacen las joyas al dejarlas junto con mi indumentaria, las cojo y las llevo a una mesa redonda junto a la cama.

Entre las cortinas veo a Ion asomado al balcón, su ancha espalda domina el espacio.

Lo miro con lentitud y aprecio su musculoso cuerpo, sacudo la cabeza ante el giro de mis pensamientos y voy con pasos rápidos a la bañera.

Al llegar, me sorprendo al ver una chica esperando junto a la pared.

—Ra esté contigo, ama. —Se inclina—. Soy Nefer, la reina Tiy me ha ordenado serviros en todo lo que preciséis.

—Gracias, Nefer, ahora mismo solo quiero darme un baño. —Le sonrío y me meto al agua.

Estoy en el cielo. Después de tantos días con solo baños de esponja y agua salada, poder meterme en la bañera, relajarme y disfrutar de su frescura, es un regalo que pienso disfrutar.

Cierro los ojos y apoyo la cabeza en el borde.

Nefer me pasa un paño y una pastilla de jabón.

Huele a rosas, me hace sonreír, era el perfume favorito de mi madre.

La sombra de su ausencia me hace lamentar su falta y sin poder evitarlo se me escapan unas lágrimas.

—¿Está todo a su gusto, ama?

—Sí. —La miro mientras me seco las lágrimas—. Es solo que este perfume me trae recuerdos tan entrañables que me hacen añorar a mi madre.

No contesta. En silencio vierte un poco de aceite de esencia de rosas al agua, luego frota la pastilla de jabón en sus manos y me frota el cuero cabelludo.

Sus dedos me relajan mientras lo masajean, me quedo semidormida.

Solo al notar que me pasa el paño por la espalda y luego por los pechos, me despierto del todo.

Me incorporo y le pido el paño para lavarme yo misma.

Se queda de pie junto a la pared y al terminar le pido agua limpia para aclararme.

Me pongo en pie y ella vierte agua templada por mi cuerpo, luego me hace inclinar la cabeza hacia abajo y me aclara el pelo con más agua limpia.

Saca una toalla de lino, envuelve mi cuerpo mientras con otra más pequeña me envuelve la cabeza.

—Gracias, Nefer, has sido muy amable.

Voy hasta la cama y veo un camisón celeste de tela tan fina, que es transparente.

Trago saliva, pero me lo pongo para no ofender a la reina al no usar el regalo.

Ion entra en ese momento y se frena en seco al verme.

Sus ojos abiertos como platos. Extiende la mano hacia mí, pero en ese momento Nefer se acerca a nosotros.

—Amo, en un momento preparo su baño.

Nos quedamos mirando cómo Nefer va al fondo de la habitación.

Escucho el agua correr y movimientos tras la mampara que lo oculta.

Tan pendiente estoy de lo que hace la muchacha que cuando me giro veo que Ion me mira atentamente, sus ojos no abandonan ni un momento mi cuerpo; eso me hace sentir desnuda.

Lo miro, me mira, nos miramos, pero no nos acercamos.

Simplemente, nos observamos con hambre, y no de comida.

El carraspeo al fondo nos devuelve a la realidad.

—Amo, puede entrar al baño.

—Gracias, muchacha. —Se acerca a la división del espacio del fondo y se pierde tras él.

Salgo al balcón y le doy intimidad, tal y como ha hecho conmigo.

La cálida brisa del desierto es ahora más fresca, me estremezco cuando la suave caricia de la brisa sopla sobre mí.

Me abrazo el cuerpo y miro al patio bajo nuestro balcón.

Varias palmeras mueven sus grandes hojas ante mis ojos y el sonido de pasos rítmicos en la solería, me recuerda que es un palacio y los guardias hacen rondas.

Escucho los insectos volar a mi alrededor, e incluso siento la picadura en el brazo de uno de ellos.

Miro el disco plateado, redondo y brillante que parece sonreírme.

Me vuelvo al interior y me encuentro a Ion junto a la cama con solo una toalla en las caderas. Trago saliva ante la visión de su musculoso cuerpo apenas cubierto de un vello claro, el cual se pierde en uve bajo la toalla que envuelve sus estrechas caderas.

—Que Ra os encuentre en la mañana.

Esa despedida me hace levantar la cabeza y veo a Nefer que abandona el cuarto en silencio.

—Si sigues mirándome así, no respondo —dice Ion con voz ronca mientras me devora con los ojos muy abiertos.

—Lo… lo siento. —Me vuelvo con rapidez para evitar su escrutinio.

—No lo sientas, princesa. —Se acerca a mí por la espalda y me abraza—. Esperaré todo lo que quieras, pero no hagas invitaciones que no estés dispuesta a cumplir.

—Yo no… —Avergonzada, me giro con rapidez—. No he hecho ninguna invitación.

—Pues me miras como si me quisieras devorar —coge mi barbilla—, y no soy de piedra.

Sus labios se posan sobre mi boca, primero con suavidad, pero poco a poco se vuelven más duros e insistentes.

Me siento tan floja que me dejo caer en sus brazos y le echo los míos al cuello para sujetarme.

Mi cuerpo se pega al suyo por inercia y siento su dureza apretarse contra mi vientre.

Se me escapa un gemido y él aprovecha la abertura de mi boca para invadirla con su lengua.

Me aprieto aún más, si eso es posible, y saco mi lengua a bailar con la suya.

Mis pequeños pechos se erizan al roce del vello de sus pectorales.

Ya no soy capaz de pensar, me dejo llevar por las placenteras sensaciones que me provoca.

Emite un gruñido y me aparta con desgana.

—No sigas, si no estás preparada para lo que vendrá después. —Se da la vuelta—. ¿Qué es lo que quería la reina? —dice para cambiar de tema.

—Quería que entrase en el harén del faraón —digo en voz baja mientras intento aclarar mis pensamientos.

—¡Mierda! —Se vuelve ofuscado—. ¡Le habrás dicho que no!

—Estoy aquí, ¿no?

—No me gusta que haya intentado meterte tan rápido en el harén del faraón. —Se mueve en círculos por la habitación.

—Fue una oferta, pero me negué y lo aceptó sin más. —Lo miro extrañada.

—No sé cuánto tiempo podremos quedarnos aquí —dice con voz crítica y me coge de los brazos—. Tendremos que estar preparados para salir en cualquier momento.

—Pero si acabamos de llegar, además …

—No. Hazme caso, aquí tampoco estamos seguros. —Su voz me pone en alerta.

—Bueno, podemos usar las joyas de mi madre para que nos acojan más tiempo en el palacio.

—De eso nada —exclama muy serio—, no deben saber que tenemos joyas.

—Pero… —No me deja hablar.

—Hemos sido recibidos por el faraón y no le hemos hecho ningún obsequio, si saben de las joyas, puede que se las queden todas como señal de pleitesía.

—No creo que las cojan todas y…

—Hazme caso, Eirene, guardaremos las joyas para una emergencia. —Mira la habitación con minuciosidad, sus ojos se elevan a la parte superior de las columnas y sonríe—. Dame el paquete.

Pone una silla junto a la columna del balcón y sube a su respaldo, luego con habilidad trepa hasta llegar al capitel con forma de papiro.

Saca el paquete de joyas por la cabeza y lo pone sobre las hojas talladas, lo estira y cuando queda satisfecho con el bulto que esconde, da media vuelta y se deja caer.

Ya en el suelo, da vueltas alrededor y asiente satisfecho, después me coge de la mano y me lleva hasta la cama.

—Es hora de dormir, princesa —dice con voz cariñosa y me da un beso en la frente antes de tumbarme en la cama.

Lo veo coger varios cojines y tirarlos al suelo, y es cuando me doy cuenta de que pretende dormir ahí. Me incorporo y lo cojo del brazo.

—Ion, no es necesario —digo antes de arrepentirme y le sonrío con timidez.

—Le prometí a tu padre que esperaría a que madurases para consumar nuestra relación. —Me guiña un ojo—. Es mejor que duerma en el suelo.

—¿Y cuándo le hiciste esa promesa a mi padre?

—El día que vimos tu exhibición —dice mientras me mira muy serio—. Él me dijo que bendeciría nuestro casamiento, pero que debía esperar a que crecieras.

—Pero no es necesario, yo… —Trago saliva—. Estoy preparada.

—No, no lo estás. Y créeme, es mejor esperar.

—De todas formas, puedes dormir conmigo, prometo que no saltaré sobre ti. —Sonrío con picardía.

—No es eso lo que me preocupa. —Se ríe nervioso.

—Por favoor, ¡duerme conmigo! —Le pongo morritos.

—Está bien, pero tú en tu lado y yo en el mío. —Suspira.

Nos acomodamos en la cama, el colchón cruje bajo su peso y me hundo hacia su cuerpo. Intento separarme, pero no hay forma. Se le escapa un suspiro y me abraza con fuerza, puedo sentir su calor corporal traspasando la tela que nos separa.

—No te preocupes. Está bien así. —Me da un beso en la frente.

—¿Cuántas cosechas tienes? —Me acurruco entre sus brazos con naturalidad.

—Cumpliré veintiuna este invierno. —Su mano dibuja círculos sobre la piel de mi brazo.

—Pareces mayor.

—Ya. La guerra endurece y envejece —dice con voz calmada.

—¿Tienes más hermanos?

—No, Aqueo es el único —se vuelve hacia mí—, y doy gracias a los dioses por ello.

—A mí me hubiese gustado tener hermanos, pero después de nacer yo, todos los hijos de mi madre morían en su vientre, o nacían tan débiles que morían en uno o dos días. —Se me escapa un sollozo al recordar a mi madre con el niño muerto en sus brazos.

—Chist, tranquila princesa, más adelante recordarás solo las cosas buenas que viviste con ellos.

—Lo sé, pero no lo puedo evitar. —Lloro en sus brazos por todo lo que pudo haber sido y no fue.