Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 13
37%

Capítulo 13

Catástrofe

Instalan la pasarela y veo que empiezan a bajar los remeros, escribas y sirvientes. Llevan grandes palmas de largos penachos. Miro a mi derecha y veo a Amenhotep vestido con sus mejores galas. Me sonríe.

—Uniros a la procesión detrás de mí. Primero, daremos gracias a los dioses en el templo que está construyendo mi padre y luego nos dirigiremos al palacio, para que todos los súbditos de mi padre comprueben mi exitosa llegada.

—Como digas, príncipe Amenhotep.

Ion me da la mano y bajamos juntos detrás del príncipe de Egipto.

Me sorprende la grandeza de la columnata al pasar bajo ella, me hace sentir tan pequeña que se me encoge el corazón.

Ahora entiendo la grandeza de esta tierra.

Todo aquí parece ensalzar al gobernante, pero lo que realmente me llama la atención son los artistas que con tanta habilidad tallan la piedra.

Me gustaría aprender la técnica que utilizan.

Esta iniciativa me coge por sorpresa, pero decido que más tarde lo pensaré, es una buena forma de integrarme en esta sociedad.

Se une a nosotros un sacerdote que nos va explicando el recorrido.

Tras la avenida columnata, llegamos a un gran patio rodeado de columnas fasciculadas con capiteles papiroformes 32 cerrados.

En el patio porticado, un conjunto de veintiséis estatuas de excelente talla nos guía hacia el interior.

No puedo dejar de mirar a mi alrededor. Repaso con la mirada las columnas talladas y me fijo en la expresión hierática de las estatuas, todas ellas tienen la misma expresión, por lo que se puede reconocer la mano del mismo artista en sus formas.

Pasado el patio llegamos a una serie de estancias hipóstilas33 cada vez más oscuras, hasta llegar, dejando atrás el santuario de la barca, al sanctasanctórum , el lugar donde se custodia la sagrada imagen del dios. Al menos así nos lo explica el sacerdote que nos guía al interior.

A la naos 34 solo está permitida la entrada del faraón y los sacerdotes, por eso nos detenemos, ya que nos rodean los siervos y guardias.

Al mirar al frente, veo al faraón. Va vestido con una túnica de lino y lleva un precioso usej , además de llevar el spkent 35 y el cetro.

Está acompañado por una mujer, que supongo será su esposa, también vestida de lino y con un usej igual al del faraón, pero más pequeño; también lleva una peluca de melena corta y trenzada.

Amenhotep entrega al faraón una fuente llena de frutas y oro. Este la coge, y con ella en los brazos entra al interior de la nave seguido de varios sacerdotes, vestidos con faldas de piel de leopardo. El silencio se hace tras la desaparición del faraón.

Esperamos de pie su regreso. Nadie habla ni se mueve, es algo muy extraño.

Recuerdo nuestra procesión en Cnosos, donde se escuchaban los rezos y cánticos mientras los oferentes se dirigían a la cueva de la Diosa Madre, pero en el interior sustituíamos el cante por las plegarias y rezos, que convertía la atmósfera en un murmullo.

En cambio, aquí, el silencio es místico, casi aterrador.

Sale el faraón, seguido por su esposa y los sacerdotes, se ponen en la entrada y el regidor de las dos tierras levanta sus manos.

—Amon-Ra se complace de la vuelta de Amenhotep Amenofis. —Coge la mano de su esposa—. Ahora, vayamos al palacio a celebrar el regreso de mi hijo pequeño.

Se abre un espacio entre los allí presentes.

El faraón, de la mano de su esposa, recorre el camino hacia el exterior.

Conforme van pasando, todos se inclinan y nosotros hacemos lo mismo.

Veo que Amenhotep va detrás de sus padres.

La sonrisa no abandona su cara, lo cual no le resta seriedad en el semblante.

El sacerdote nos indica que salgamos y le obedecemos. Ya en la calle y al pasar bajo la columnata, veo que hay varios palanquines esperando al final. El faraón sube en uno, la reina en otro y el príncipe coge el último.

Nos unimos junto al sacerdote a la procesión real. A nuestro paso la gente se detiene y nos mira con curiosidad, en cambio, al paso del faraón lanzan pétalos de flores. Asomo la cabeza, y veo que los palanquines van precedidos por bailarinas que danzan al son de unas flautas de música suave.

Llegamos al palacio y nos hacen entrar a una sala bellamente decorada.

Nos sentamos en unos cojines tirados en el suelo y nos ofrecen un vaso de té.

Está caliente, pero la sed puede conmigo, así pues, lo bebo con ansias, y a pesar de lo caliente que está me sienta muy bien.

Mi cuerpo deja de sudar y noto como se aclimata al calor sofocante de esta tierra.

Miro a Ion, le animo a tomar el té y lo hace a regañadientes después de olerlo.

Llevamos un buen rato allí tumbados a la espera de que nos indiquen a donde ir, se abre la puerta y un guardia nos invita a seguirlo.

Nos lleva a la sala del trono, allí sentado está Amenofis III, faraón de las dos tierras.

Visto de cerca no es tan intimidante, su cara regordeta de gestos amables transmite simpatía.

Sus grandes ojos negros se fijan en mí y sonríen al tiempo que se chupa los labios gruesos.

Esa mirada me hace retroceder un paso, pero no puedo más, detrás de mí está el sacerdote que nos ha guiado en el templo.

Ion me coge por la cintura y me obliga a inclinarme ante el faraón.

—Padre, estos son: Ion; príncipe de Micenas, y Eirene; princesa de Cnosos. —Amenhotep me sonríe con calidez—. Son buenos amigos míos y, por ende, de Egipto, por eso les he ofrecido nuestra hospitalidad tras la tragedia sufrida en su isla.

—Los amigos de Egipto siempre serán bienvenidos, más aún en tan penosas circunstancias.

—Gracias, faraón. —Ion me mira—. Vuestra hospitalidad y generosidad nos conmueven. Mientras dure nuestra estancia en vuestro reino, contad con nuestra ayuda.

—Estupendo. —Aplaude el faraón y mira a su esposa, parecen hablarse con la mirada. Ella no nos pierde de vista y tampoco oculta el enojo que le supone nuestra presencia en su corte—. Ahora vamos a celebrar.

La música envuelve la sala mientras bailarinas danzan a nuestro alrededor, los sirvientes traen bandejas de comida y nos sirven en copas de oro.

Sin duda, es una recepción generosa. Un sirviente se acerca a mí y me susurra que la reina quiere hablar conmigo.

Me levanto para seguirlo, pero Ion me coge la mano y se inclina en mi oído.

—Si te preguntan, di que estamos unidos y bendecidos. —Su gesto adusto no me deja dudar, tengo que seguir sus instrucciones.

—Como quieras, pero hablaremos más tarde. —Asiente con la cabeza.

Sigo al sirviente hasta el trono donde se sienta la reina.

Me inclino en señal de respeto y al levantarme la miro bien.

En su día debió de ser una mujer muy hermosa, aunque su gesto duro y hosco la desmerece.

Es una mujer muy pequeña, aunque el poder que siento emanar de ella parece engrandecerla.

Le sonrío con simpatía y espero que me hable.

—Mi reina, ¿me habéis mandado llamar?

—Sí, niña —me mira de arriba abajo—. Antes de preparar vuestras habitaciones, quiero saber si el príncipe micénico es tu esposo —lo dice de forma tan brusca que me pone en alerta.

—Sí, mi señora. Así lo dispuso mi padre, el Minos —consigo decirlo sin tartamudear por la mentira.

—Lástima. —Chasquea la lengua—. De todas formas, si lo prefieres, puedes entrar al harén para descansar de tan larga travesía.

—Mi señora, perdonad mi ignorancia, pero ¿el harén no es de vuestro esposo?

—Sí, claro —dice con voz ronca casi en un susurro.

—Entonces, ¿cómo voy a entrar en él? Yo no soy la esposa del faraón, mi esposo es Ion de Micenas. —Intento que no me tiemblen las piernas, pero no lo consigo del todo.

—Era solo una sugerencia para que descanses, niña. —La veo apretar los puños.

—Gracias, mi reina, pero con una habitación para mi esposo y para mí, será suficiente, no queremos molestar.

—Como desees. —Hace un gesto con la mano y un sirviente me indica que puedo irme.

Llego hasta donde está Ion sentado y él levanta una ceja interrogante. Yo niego con la cabeza y dejo las explicaciones para cuando estemos solos. La fiesta decae en cuanto el faraón abandona la sala, pero también se vuelve menos rígido el protocolo.

Veo acercarse a Amenhotep sonriente, cojo la mano de Ion e intento coger fuerzas de él, que lo acepta con galantería y levanta mi mano para besar los dedos uno a uno.

El príncipe carraspea antes de hablarnos.

—Mi padre os acogerá mientras queráis quedaros. Cuando deseéis retiraros a descansar, un sirviente os acompañará a vuestra habitación. Yo me voy ya, estoy agotado. Que Ra os bendiga.

Asentimos ambos con la cabeza y lo vemos abandonar el salón por la puerta lateral.

Ya solo queda la reina que nos mira con insistencia, pero pasado un tiempo ella se marcha también.

En el salón quedan algunos nobles beodos.

Ha llegado la hora de retirarse y lo sé, aunque me pone nerviosa saber que esta noche la pasaré con Ion.

Nos ponemos en pie y pedimos a un sirviente que nos lleve a nuestra habitación.

Recorremos varios pasillos y subimos las escaleras hasta conducirnos al fondo del pasillo.

Nos abre unas puertas, entramos y me quedo extasiada.

Es una alcoba enorme, la gran cama en el centro de la habitación frente al balcón está rodeada de gasas para impedir el paso de insectos, mientras una suave brisa entra y mece las cortinas al otro extremo del cuarto.

Recorro la habitación y veo una gran bañera que nos espera llena de agua.

Se me hace un nudo en la garganta, hemos dicho que estamos casados, y en cierto modo es así, pues mi padre así se lo dijo a Ion cuando le encomendó que me cuidase, pero la intimidad que requiere un baño me tiene cohibida. Él me mira y parece darse cuenta de mis dudas.

—Date un baño, yo esperaré en el balcón. —Me guiña un ojo—. Prometo que no miraré.

—Gracias. —Sonrío con sinceridad.