Capítulo 12 #3
—Vamos al puerto, buscaremos un barco que nos saque de aquí, antes de que se den cuenta de nuestra desaparición.
—¿Y mi padre? —Me detengo en seco.
—Ya lo hemos hablado; me ordenó que os sacase de la isla —dice mientras me mira con tristeza—. No he podido salvar a tu madre, pero te juro que te pondré a salvo.
—No me iré sin él —amenazo, pues a cabezota no hay quien me gane.
—Eirene, con los derrumbes que ha habido es imposible que se haya salvado. —Tira de mí.
—Eso no lo sabes. Podemos aprovechar el desconcierto y las ruinas para buscarlo y …
—¡No! Me ordenó ponerte a salvo y es lo que haré.
Me echa sobre su hombro y corre hacia el puerto, pero sin utilizar el camino, lo hace a través de la arboleda que rodea el edificio.
Levanto la cabeza y veo como el palacio de Cnosos se pierde en la distancia.
Algunas paredes desmoronadas y llamas entre las lucernas no le quitan la majestuosidad que tiene.
Un escalofrío recorre mi cuerpo al darme cuenta de la magnitud de los destrozos que se producen en la que fuera mi casa.
Se me escapan las lágrimas y golpeo a Ion para que me baje.
—¡Déjame en el suelo, que tengo piernas!
—¿Vas a hacerme caso?
—Sí. —Asiento al mismo tiempo con la cabeza y el llanto me puede.
—Chist, ya está princesa. Tenemos que coger un barco. Saca la fuerza que sé que tienes y ayúdame.
Se me escapan varios hipidos, pero me seco las lágrimas con la capa e inicio la carrera con él.
Al llegar al puerto hay un gran caos. Los barcos están guardados por guerreros que impiden que la gente suba a ellos, y los gritos y súplicas de los asustados ciudadanos, no sirven de nada.
Ion mira en derredor, yo le imito. Tenemos que encontrar una forma de salir, antes de que Aqueo descubra nuestra huida.
A lo lejos, distingo un resplandor que me llama la atención, hago visera con la mano para centrar mi visión y veo que se trata de un kebenit 29 , me vuelvo hacia Ion y le señalo el barco en la distancia. Él niega con la cabeza.
—Está demasiado lejos y sus remeros lo alejan con rapidez. No podremos alcanzarlos a nado.
—Podemos coger un bote, sé dónde esconde Damián el de su padre.
— ¿Les privarás de un medio de escape? —Niega otra vez.
En ese momento veo a Damián que se acerca a nosotros, lo llamo y sonríe agradecido. Cuando lo tengo a mi lado, lo abrazo como siempre que estamos mucho tiempo separados.
—¿Te han soltado?
—Pero ¿qué dices? ¡Nunca me han detenido! —dice con asombro.
Me vuelvo hacia Ion que sonríe con picardía. Me engañó para evitar que volviese a huir y siento que el enfado me sube hasta la garganta. Estoy a punto de gritarle, pero él se adelanta, me abraza sin pudor y me susurra al oído.
—Algo tenía que decir para que volvieras conmigo. —Se aparta de mí y se encoge de hombros.
—Eres un cretino. —Me giro hacia Damián—. ¿Podemos coger tu barca para ir hasta aquel barco? —Le señalo la nave egipcia.
—Vamos, he venido para poner a salvo el bote. —Me sonríe—. Remaremos hasta el barco y luego me lo llevaré a esconderlo.
Bajamos la pequeña pendiente hasta la embocadura del puerto, y ayudamos a Damián a sacar el bote de la pequeña cueva donde lo guarda.
Me acerco a otro que hay allí guardado y cojo sus remos, los meto en el nuestro y salto dentro.
Los dos me miran y sonríen. Ion y Damián reman con fuerza mientras yo despliego la vela al salir del puerto, cojo el timón y rezo a la Madre para que nos dé viento que nos empuje hasta el kebenit.
Fuertes ráfagas de aire caliente mueven la vela y nos ayudan a acercarnos al barco con rapidez.
Me fijo en los remos del barco egipcio y veo que están en alto, sin duda, han cogido la vela y esperan navegar con ella. Se lo señalo y ellos aumentan el ritmo de las paladas.
El ruido de la gente en el puerto es un sordo rumor que trona en mis oídos.
Veo las oscuras aguas que bordean el bote y lamen su casco, después miro otra vez en busca del kebenit y exclamo porque lo tenemos casi encima.
Dejan de remar y el movimiento de las olas nos acerca al casco del barco con un suave balanceo.
Una voz de alarma hace que se inclinen hacia nosotros varios arqueros.
—¡Hola! —grito—. ¡Soy la princesa Eirene de Cnosos, necesito hablar con el capitán del barco!
—Yo soy el capitán, ¿qué quiere la princesa de mí?
—Necesito transporte a Egipto, el príncipe Amenhotep me invitó y estoy segura de que se lo agradecerá.
—El príncipe viaja con nosotros, le preguntaré.
Lo veo perderse en el interior y rezo porque la amistad que el príncipe me brindó en Cnosos fuese sincera. Aprieto mis manos mientras miro a Ion y Damián alternativamente. No dicen nada, pero se notan las dudas en sus caras.
Con todo el horror que se vive en la isla, el temblor de la tierra y el resplandor rojo que ilumina el cielo, dudo que nos dejen subir por las buenas. La cara de Ion está tensa, casi puedo sentir cómo aprieta los dientes. Damián, sin embargo, mantiene su sempiterna sonrisa.
El tiempo pasa y los temblores en tierra repercuten en el agua. Veo aparecer la cabeza del capitán por la borda y contengo el aliento.
—El príncipe Amenhotep desea invitaros a subir a nuestra nave.
Varias cuerdas se descuelgan por el lateral hasta nuestro bote. Primero, sube Ion y cuando voy a subir yo, me doy la vuelta y me despido de Damián.
—Damián, huid de Cnosos. No sé lo que ocurrirá a partir de ahora, pero es peligroso.
—No te preocupes, Eiri, mis padres se han llevado a mis hermanos a Festos y yo voy a bordear la costa para llevar el bote. —Me da un beso—. Cuídate, y no te olvides de mí.
—No podría olvidar a mi mejor amigo.
Lo abrazo con fuerza y cojo la cuerda. Estoy trepando cuando siento que me izan.
Al llegar a la cubierta, Ion me ayuda a estabilizarme cuando lo consigue miro al frente y veo al príncipe de Egipto sonriendo de oreja a oreja.
Sus extraños ojos me miran con simpatía, lo cual me relaja.
Estamos en una situación extrema y tener de nuestro lado al príncipe es toda una suerte.
—Princesa Eirene, me honra tu presencia en mi barco, pero más me gusta que me acompañes en esta travesía hasta las dos tierras. —Amenhotep, con su extraño aspecto, me sonríe con calidez.
—Gracias, príncipe, espero que no os suponga problema ayudarnos en nuestra huida. Cnosos ha sido invadida y mis padres… —Se me escapa un sollozo que hace a Ion abrazarme con fuerza.
—Mi hermano traicionó el tratado con el Minos, pero yo haré honor a él. —Mira al príncipe de Egipto—. El Minos me ha cedido la guardia y custodia de la princesa y pienso cumplir con mi deber.
—No os preocupéis, príncipe, sé quién sois y veo la verdad en vuestros ojos. Sois bienvenidos. —Se vuelve hacia la zona donde una especie de caseta nos da cobijo para pasar la noche.
La mañana trae un sonido extraño que se difunde por el agua como una amenaza.
Nos asomamos todos en busca de su origen y se me encoge el corazón, cuando veo que el agua nos arrastra con una fuerza inusual.
A lo lejos, tras la isla de Creta, veo una gran masa de agua alzarse sobre ella.
Estamos muy lejos, pero escucho los gritos de pánico, o al menos mi corazón así lo hace.
En el barco, los marineros toman los remos y se escucha el tambor que da los ritmos de remada.
Ion me lleva hasta la caseta de popa y me pide que me resguarde allí, me pasa una soga y la ata al mástil, luego la ata a mi cintura.
El sonido se ha vuelto tan fuerte que apenas puedo escucharlo.
Él levanta la voz, está casi gritándome.
—Agárrate fuerte y no te sueltes. —Se vuelve hacia Amenhotep—. Príncipe, deberíais ataros con ella. —Le pasa otra soga y se asegura de que estemos bien atados.
El ritmo del tambor se acompasa con el de mi corazón y me hace sentir el desamparo de la ausencia de Ion, asustada miro al príncipe de Egipto que también está intentando controlar el miedo.
No sé cuánto estamos allí atados hasta que empezamos a notar que el barco zozobra.
El impacto de la gran ola sacude el navío con fuerza y rodamos por el suelo de la caseta, mojados y asustados.
Nos levantamos agarrados, apoyándonos mutuamente.
Por un momento, pienso que me he quedado sorda, pues ya no escucho el crepitoso rumor que antes nos asustaba.
Por suerte solo ha sido el final de la ola lo que nos ha golpeado, al menos eso ha dicho el capitán.
Yo rezo a la Diosa, le pido por mi gente, que hayan sobrevivido a este desastre, aunque ahora sé que nunca volveré a Cnosos.
Si ha sobrevivido algo al terremoto, la gran ola habrá acabado de destruirlo.
En silencio, lloro por ellos y por mí, pues la Diosa nos ha abandonado y eso hace replantearme mi fe. Si madre estuviera viva, seguro que me castigaría solo por pensarlo.
Hacemos el viaje, resguardados en la cabina de Amenhotep quien, con su charla alegre y su capacidad para disfrutar del arte, sea cual sea su procedencia, escucha mis historias sobre la Diosa Madre.
Él me habla de su familia, descendiente de los dioses y nos lee poesías que él mismo escribe.
Ion se pone a las órdenes del capitán y ayuda en el barco.
No lo dice, pero sé que la vida ociosa no es para él.
Le veo trepar a las jarcias y realizar cualquier trabajo que le proponen.
En ningún momento se queja y a pesar de todo lo que hace, nunca me pierde de vista y siempre tiene una sonrisa para mí.
Llegamos a Tiro, donde se reparan algunos remos y se cargan mercancías.
Por la noche volvemos a zarpar bordeando la costa.
Pasamos por Akko, Dor, Jafía, Asdod, y Gaza.
Entramos en el Delta del río Nilo y paramos en Pelusio.
Después de descargar mercancías y cargar otras, continuamos nuestro camino subiendo el curso del río.
En nuestro camino hacia las tierras del faraón pasamos por Tani, Heliópolis, Menfis, Karnak y por fin llegamos a Tebas.