Capítulo 12
Invasión
A bren una puerta del oscuro corredor interior y me empujan dentro.
Al volverme, se cierra dando un portazo y escucho la barra caer sobre el soporte para asegurarla.
No veo nada, está muy oscuro. Busco a tientas una pared y, guiándome con la mano, recorro la estancia, al llegar a una esquina giro y me adentro en la oscuridad.
Un momento, me han metido en los túneles del minotauro, esto no es una habitación.
Me detengo y desando el camino, no voy a cometer la tontería de meterme a oscuras en el laberinto de túneles.
Por fin llego a la puerta de entrada, toco la madera y me siento junto a ella. Tienen que venir a traerme alimentos, ¿no? No pueden dejarme aquí las diez jornadas que he estado escondida, ¿y quién es el hombre que se sienta en el trono de Minos?
Se me escapa un sollozo porque no tengo nada más que preguntas, las respuestas, aunque las intuyo, no me atrevo ni a pensar en ellas.
Debo haberme quedado dormida porque al abrir los ojos, noto un poco de luz en la oscuridad. ¿Lo estoy soñando?
—¿Eirene? Hija, ¿eres tú?
—¡Padre! —Me levanto y abrazo la figura encorvada sobre mí—. Padre, ¿qué ha pasado? ¿Por qué estás aquí?
—Nos han invadido, hija —dice mientras me abraza—. No me di cuenta de que había metido una serpiente en mi casa.
—¿De qué hablas, padre?
—Los micénicos trajeron soldados y se escondieron en la isla, aprovecharon el caos que causaste con tu desaparición para tomar el control del palacio.
—Pero ¿por qué? ¡Si querían una alianza y la iban a tener! —«Todo esto es increíble», pienso y retuerzo las manos hasta sentir dolor.
—No era eso lo que buscaban. ―Se frota la cara—. Ahora solo temo por tu madre, la tienen encerrada en sus habitaciones y rezo a la Diosa para que la proteja a ella y a la criatura.
—Lo siento. De verdad que lo siento. Lo siento tanto… —lloro—. Esto ha sido culpa mía, debí advertirte de la llegada de soldados.
—No tienes la culpa, yo ya lo sabía, el director del puerto me lo avisó, pero no le hice caso. Pensé que solo traían soldados por nuestro tratado, así que ya ves, aunque me hubieses dicho que estaban entrando muchos soldados en el puerto, no le habría dado importancia.
—Entonces, ¿Ion se proclamará Minos y nosotros no podemos hacer nada?
—Tú lo has dicho, hija. —Me levanta la cara―. Ahora solo podemos intentar escapar. A mí no me dejarán salir, pero a ti y a tu madre… Voy a negociar para que os dejen salir de Cnosos.
—No padre, vayámonos todos. —Sujeto sus manos entre las mías.
—No hija, solo puedo intentar salvaros a vosotras. Le cederé los cuernos de Minos solo si estáis a salvo.
Se escucha destrabar la puerta y nos incorporamos los dos con rapidez. Mi padre me abraza protector mientras me aparta hacia atrás.
—¡Eirene! ¡Eirene!
—¿Cómo te atreves? —Me suelto de mi padre y me lanzo hacia Ion que está en la puerta—. ¡Sois unas sabandijas traidoras! —Le golpeo con todas mis fuerzas, pero en él, apenas hacen mella mis golpes.
—Escúchame, Eirene, yo no tengo nada que ver en esto. —Me sujeta los brazos—. Minos, tenéis que creerme, no estaba enterado de los planes de mi hermano.
—¡No podemos creer en tus mentiras! —Corro hacia la silueta de mi padre.
—¡Os ayudaré! He conseguido que mi hermano te encierre en tus aposentos. —Nos ilumina con la antorcha—. De ahí podré sacarte con facilidad.
—¿Y mis padres? —No puedo creer lo que dice, pero por un momento me aferro a la pequeña esperanza que me presenta.
—Tu madre está en las habitaciones de la reina, lo organizaré para sacaros sin que se enteren. —Ion habla deprisa, pero, aun así, puedo sentir en su voz un atisbo de esperanza.
—¿Y dónde nos esconderemos si no tenemos soldados? —Mi mente trabaja con rapidez en busca de soluciones y me adelanto a los problemas que puedan surgir.
—No podemos escondernos, tenemos que salir de la isla. Mientras exista una posibilidad de que mi hermano obtenga el poder de vosotros, no estaréis seguros —la rotundidad con la que habla me golpea como si fuese un puño.
—No puedo irme sin mis padres —digo en susurros.
—Puedes y lo harás. —Mi padre me da la vuelta hacia él—. Para mí no hay esperanza, pero tú y tu madre tenéis una oportunidad.
A la luz de la antorcha veo las miradas que se lanzan Ion y mi padre. Un lenguaje silencioso se instala entre ellos y sé que el Minos ha hablado, ya nada le disuadirá de su decisión. Sé que no puedo negarme ni hacerle cambiar de opinión, aun así, lo intento.
—Padre, ven con nosotros —me arrodillo—, por favor.
—No hija. Si queréis tener una oportunidad de huir, debéis hacerlo solos. —Me coge de los brazos y me levanta—. Salva a tu madre y a tu hermano. Hazlo por mí. —Me abraza y me besa la frente.
Ion tira de mí con fuerza, me saca de la oscuridad y me lleva por los laberínticos pasillos.
Sé a dónde va: volvemos al salón del trono.
Intento detenerme, planto los pies y patino en vez de andar.
Él no se detiene. La puerta se abre y me empuja ante el trono de alabastro, levanto la cabeza con orgullo y veo a Aqueo, el hermano de Ion, rey de Micenas y autoproclamado Minos.
—Princesa, espero que este tiempo en las mazmorras os haya hecho comprender cuál es su lugar aquí. —Tiene una sonrisa que da miedo, pero no aparto la mirada de su cara.
Se ríe ufano y se pone en pie. Da una vuelta a mi alrededor, luego me levanta la cara y aprieta mi barbilla entre sus grasientos dedos.
Por primera vez lo veo bien, tiene los mismos ojos verdes y pelo leonado, pero lo que en Ion resulta atractivo en este gigante es grotesco.
Aparta la capa corta que llevo puesta y examina mi cuerpo, su mirada me hace sentir sucia y me remuevo incómoda.
—Eres una belleza, con esos ojos del color de la miel y el pelo oscuro con reflejos de fuego… —Vuelve a repasar mi cuerpo con la mirada—. Lástima que tu cuerpo sea tan poco femenino.
Le escupo a la cara, no lo pienso, solo quiero que sienta mi desprecio.
Su reacción es inmediata, me da un golpe que me hace caer al suelo.
La mejilla me arde y el dolor es intenso, pero no le daré el gusto de verme llorar.
Me levanto y sin hacer caso de la quemazón que siento en la mejilla y el regusto a sangre de mis labios, enderezo mi cuerpo y yergo la cabeza con orgullo.
Soy la hija de Minos, así que le devuelvo la mirada con odio.
—Es una suerte que no aceptases a mi hermano, así te demostraré lo que es un hombre de verdad —mientras habla se agarra la entrepierna y se rasca.
Se acerca a mí y lame la sangre que tengo en el labio. Me aparto con repugnancia, pero no puedo ir muy lejos, el cuerpo detrás de mí me impide dar más pasos atrás. Giro la cabeza para ver quién es y veo a Ion, que tiene la mandíbula apretada. Bajo la vista y sus puños están igual.
—Llévala a sus aposentos y poned guardia en su puerta, no quiero que se pierda de nuevo. —Se sienta en el trono y me sonríe—. Pronto nos uniremos con la bendición del Minos.
—Ni lo sueñes —escupo a sus pies mientras Ion tira de mí para apartarme del usurpador.
—Nos uniremos, el Minos te entregará a mí, la Sacerdotisa nos bendecirá y recibiré los cuernos de Minos. De ti depende que después de eso, ellos puedan vivir o… —Su risa me encoge el corazón, pero no aparto la mirada de odio de él.
Ion me coge con brusquedad del brazo y me conduce a mi cuarto. Andamos en silencio por los complicados pasillos del palacio. Solo al entrar a mi cuarto me giro hacia él para enfrentarlo.
—¿Estás satisfecho? —Le doy un empujón.
Se gira y veo a dos guerreros detrás de él, les hace una señal y salen del cuarto cerrando la puerta.
—Eso ha estado de más, Eirene. —Se pasa la mano por el pelo—. Esta noche vendré a buscarte, nos iremos de aquí antes de que Aqueo decida adelantar sus planes.
—¿Y mi padre?
—Olvídalo, es imposible que lo saquemos del laberinto. —Me coge de los brazos—. Saldremos de aquí solo con tu madre, como nos ha pedido el Minos.
—No puedo. —Me dejo caer al suelo—. No puedo abandonarlo.
—Eirene, ¿acaso no te das cuenta de los planes que tiene Aqueo? —Me levanta hasta ponerme frente a él—. Se unirá a ti para consolidar el poder en la isla, y cuando lo tenga, os matará a los tres. Él no quiere mujeres a su lado, salvo en la cama.
—¿Y tú?
—¿Yo? —Me mira muy serio—. Reconozco que cuando me ordenó venir aquí para unirme contigo, no me gustó la idea, pero cuando te vi…
—Me da un beso en la frente—, supe que nada podría separarme de ti.
Y al conocerte, ver de lo que eres capaz, solo ha hecho que me esfuerce más por tenerte a mi lado.
Eres la mitad que me falta para estar completo, Eirene.
No te puedo ofrecer nada, porque después de lo que voy a hacer, seré un traidor y Aqueo pondrá precio a mi cabeza.
Pero puedo jurarte que te protegeré hasta el último aliento, mientras mi cuerpo resista.
Después de esta declaración me lo quedo mirando muy fijamente, y dejo de ver al gigante orgulloso y pretencioso que me presentó mi padre. Ahora veo a un hombre que no sé si lo merezco, después de cómo lo he tratado. Lo cierto es que me ha hecho mirar en mi interior.
—Ion, debo reconocer que no me eres indiferente.
Cuando me besaste sentí en mi vientre algo que…
No sé lo que es, pero quiero más. Quiero estar cerca de ti, saber cosas de ti.
Te quiero a mi lado siempre. Fui una tonta al escapar, ahora lo sé, solo hui de lo que sentía por cabezonería, porque tal vez tengas razón y soy una niña caprichosa.
—No, solo eres una mujer con un carácter muy fuerte y las ideas muy claras. —Me da un beso en la frente—. Eso es lo que me atrajo de ti.