Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 11
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Capítulo 11

Huida

M e levanto y sigo haciendo mis plegarias en voz baja mientras retrocedo hacia la antesala de la cueva.

Me pongo la capucha de la capa y, con paso seguro, voy a la entrada.

Todos los oferentes están dedicados a sus plegarias, por lo que aprovecho para salir, giro a la derecha y rodeo la entrada de la cueva hasta que encuentro la escalera natural que hay y la subo con cuidado, ya que los escalones son enormes.

Al llegar al último, encuentro el hatillo de ropa que le lancé a Damián.

Además, veo que ha añadido un paquete de comida y un pellejo de agua.

Es muy previsor, mucho más que yo, claro que lo precipitado de mis planes es una excusa para no haber pensado en eso.

Con agilidad, sigo trepando la montaña y entro en el bosque de la corona, los árboles me darán protección.

Me escondo muy adentro y sigo pidiendo a la Diosa que me ayude en mi plan, a la vez que examino a mi alrededor en busca de algún peligro.

Al comprobar que nada me amenaza, me relajo, pero no del todo.

Al fin y al cabo, estoy sola en una zona donde habitan animales salvajes.

La noche cae con rapidez sobre mí, me he cambiado de ropa y la he liado sobre sí misma para usarla de almohada.

Recorro los árboles y miro cuál me permitirá una más fácil subida por su tronco.

Me engancho los dos hatillos de ropa y comida y trepo hasta perderme entre sus hojas, saco un poco de queso y una manzana, después bebo agua y con el estómago lleno, me echo contra el tronco envuelta en la capa de pieles.

Será una noche muy larga, pero estoy preparada para enfrentarla.

Mi primera noche en el bosque me tiene alterada, los movimientos y ruidos que suben del suelo me ponen en tensión.

Además, el aullar de los lobos no ayuda a mi tranquilidad.

Ahora me doy cuenta de que debería haber traído un cuchillo.

No es que sepa utilizarlo en defensa o ataque, pero al menos me daría más seguridad.

El sentirme sola me hace vulnerable, mucho más de lo que había pensado.

Agradezco a la Diosa la llegada del disco solar.

Miro hacia abajo y compruebo que no haya ningún animal, me descuelgo y caigo dando una voltereta para evitar hacerme daño en los tobillos.

Con mis hatillos de ropa y comida a la espalda, me adentro más en el bosque alejándome de la cueva.

Ya deben haberse dado cuenta de mi ausencia, y no dudo de que en breve lanzarán una partida de búsqueda, solo espero que me dé tiempo a alejarme aún más de Cnosos.

Cae la noche y todavía estoy buscando un árbol donde esconderme, por lo que me subo al primero que me es más accesible.

Como la noche anterior, me escondo entre su follaje, saco la comida que me queda y como un poco de carne seca y una manzana, bebo agua y me relajo mientras escucho los sonidos del bosque que ya se me han hecho familiares.

Un silbido me despierta y me pongo en alerta.

Escucho los movimientos abajo, escudriño en la oscuridad y veo pasar fantasmagóricas llamas.

El rumor de las conversaciones me llega cada vez más claro, y las pisadas en la hojarasca me indican que están casi bajo mi árbol.

Me encojo, me aprieto contra el tronco intentando hacerme invisible y rezo a la Diosa para que me oculte.

Veo cómo las antorchas desfilan bajo las ramas.

Mi cuerpo está en tensión, aprieto los dientes, pues esta escapada va a ser más dura de lo que imaginé.

La noche ha sido horrible. Entre los ruidos normales del bosque y la presencia de los hombres que me buscan, apenas he dormido y mi cuerpo está rígido de estar siempre en la misma posición.

Escucho con atención por si ha vuelto la partida de búsqueda.

Mientras observo lo que me rodea, saco una manzana y me la como con ansias, bebo agua y me descuelgo al suelo.

Ya son tres días escondida en el bosque, se me ha acabado la comida y me queda poca agua, por eso decido buscar un río y recolectar bayas y frutos del bosque.

La comida la tengo fácil, hay zarzas de moras y fresas salvajes por donde miro, lo malo es el agua.

Si no encuentro algo pronto, tendré que bajar a la cueva a recoger allí y no creo que sea muy seguro todavía.

Llega la noche y no he encontrado el agua, apuro lo que me queda en el pellejo y trepo a un árbol para pasar la noche.

Me como las moras y fresas que he recogido y cierro los ojos, cansada.

Imagino que madre y padre deben estar preocupados, pero todavía es pronto para bajar.

Además, Damián no me ha dejado la señal para que baje al palacio.

Me quedo dormida sin asegurar el hatillo de ropa, gran fallo que provoca que en un movimiento involuntario, se me caiga.

Espabilo enseguida y maldigo mi despiste.

Me descuelgo y al llegar al suelo me lo engancho a la espalda, pongo el pie en el hueco del árbol para subir de nuevo cuando escucho el gruñido.

Sé lo que es y me da miedo volverme. Solo puedo trepar con rapidez para buscar refugio en la rama del árbol.

Lo consigo a duras penas, pero todo mi cuerpo tiembla, no sé si de miedo, de cansancio o de ambos.

No he podido dormir sabiendo que el lobo acecha al pie del árbol.

Miro hacia abajo y lo veo tumbado a la espera, de momento me quedaré en la rama.

Saco las moras y fresas que dejé para el desayuno y me chupo los dedos al terminar.

Me pongo en pie en la rama para aligerar la rigidez de los músculos, pero no puedo bajar con el animal esperándome.

Llevo dos jornadas en el árbol, en total cinco escondida.

El lobo me sigue acechando y estoy desesperada, estar sin comer ni beber me debilita y lo sé.

No puedo seguir aquí arriba. Subo a una rama más alta y miro alrededor por si puedo saltar a otro árbol.

Es un salto difícil, pero no imposible y es mi única opción de escapar.

Cojo velocidad y salto con las manos en alto para agarrarme.

Lo consigo por poco, pero el lobo se mueve tras de mí, por eso sigo saltando de rama en rama. Cada vez me resulta más fácil, pero esto no me lleva a ningún sitio, pues el animal me sigue por el suelo.

Agotada, me siento en una rama y grito con furia y desesperación. Rezo a la Madre para que me ayude un poco más.

—¡Por aquí! —el grito me sobresalta.

—¡Rodead el perímetro!

Me encojo en la rama y miro hacia abajo, el lobo gruñe y da vueltas alrededor del tronco. Parece irritado y su pose de cazador me da miedo.

—¡Un lobo! ¡Un lobo!

Escucho al animar gruñir con más fuerza.

Me asomo desde mi escondite y veo a los hombres rodearlo, la lucha no se deja esperar entre gritos y gruñidos.

El fragor del combate me pone todo el vello de punta, por lo que cierro los ojos y espero que acaben con el lobo, pero que no me descubran.

Mi estómago ruge por la falta de alimento y siento que mis músculos están resentidos por la falta de actividad.

La ausencia de ruidos bajo el árbol me indica que se han ido.

El lobo tampoco está, solo queda una estela sangrienta de la batalla.

No puedo quedarme más tiempo aquí, necesito agua y comida, pero sobre todo agua.

Me descuelgo y salto con una pirueta al suelo, cubro mi cabeza con la capucha y me escondo pegada al tronco.

Miro alrededor para estar segura de que no hay nadie y corro por el bosque alejándome de los hombres.

Recojo moras, bayas y fresas, las guardo en el zurrón y corro hasta que no siento las piernas.

Tan solo me detengo un momento a recuperar el aliento.

Entonces, lo escucho; el sonido inconfundible del agua fluyendo.

Lo sigo desesperada y no presto atención a nada más; ese es mi gran error.

Caigo de rodillas en la orilla del riachuelo y cojo agua con las manos, bebo con fruición y saco el pellejo para llenarlo, lo cierro con cuidado y me lo engancho a la espalda.

—Yo de ti no volvería a huir —me susurra al oído una voz que reconozco.

—¿Cómo me has encontrado? —Me giro y lo encuentro pegado a mí.

—No ha sido difícil. —Sonríe descarado—. Solo he esperado hasta que el hambre y la sed te han obligado a moverte.

—¿Has estado todo el tiempo vigilándome? —pregunto incrédula y me enfado—. ¿Por qué no me ayudaste con el lobo?

—Quería saber cómo escaparías del animal —dice y me coge por la cintura—. Ahora, princesa, ha llegado el momento de volver a casa.

—Igualmente, no te elegiré a ti —le aseguro, y tropiezo por el empujón que me da.

—Nadie ha dicho que puedas elegir ahora —contesta con voz lúgubre.

Recorremos una gran distancia de vuelta a Cnosos, hasta que me caigo. La debilidad por no comer y la rigidez de mis músculos hacen que mis movimientos sean lentos e inseguros. Me coge del brazo y me levanta con brusquedad.

—¿Estás solo? —Busco con la mirada la presencia de soldados a nuestro alrededor.

—No —contesta al mismo tiempo que se gira hacia mí—. No pienses que puedes volver a escapar.

—Ya he fracasado una vez, no lo volveré a intentar —levanto la barbilla—, al menos de esta manera —lo digo muy bajito, pero igualmente él me mira y sonríe. No dice nada.

Cae la noche y enciende una fogata, me hace sentarme apoyada en un árbol y saca de su zurrón dos manzanas, me lanza una y se come la otra. Coge mi pellejo y bebe, luego me lo pasa a mí.

—Ahora vamos a dormir. Mañana nos encontraremos con la partida de búsqueda y volveremos a Cnosos.

Me acurruco en el suelo y caigo dormida de inmediato. Al despertar me doy cuenta de que algo me tiene sujeta, abro los ojos y enfoco la masa que me impide moverme. Lo tengo abrazado a mí, así que aprieto los dientes y cojo impulso, después lo empujo y me levanto con rapidez.

—No te preocupes, princesa, solo hemos compartido el calor durante la oscuridad —dice sonriente mientras se levanta con lentitud.

—No me preocupo —me cruzo de brazos—, pero no acostumbro a dormir con nadie.

—¿No? —Suelta una carcajada—. Pues a partir de ahora no dormirás sola.

—¡Serás cretino! —Me doy la vuelta y voy a correr, pero sus manos cogen mi pelo y tiran con fuerza.

—Eirene, no agotes mi paciencia —advierte—, o tendré que atarte.

—¡No te atreverás! —grito enfadada y no puedo impedir que se me escape un gemido cuando tira de mi pelo.

—No me tientes. —Su voz es apenas un susurro, pero se me hiela la sangre al entender la amenaza implícita.

Volvemos al camino entre los árboles. Me lleva de la mano, pero no por cortesía, más bien es su forma de mantenerme a su lado. A media mañana me quejo de hambre, pero no dice nada. Andamos varios metros más y me planto.

—¡Tengo hambre! —Intento soltarme.

—Pues debemos esperar a encontrarnos con el grupo para comer —habla sin mirarme y sin detener su paso.

—Puedo recoger bayas y moras —insisto.

—Eso nos entretendrá. Sigue andando. —Tira de mí sin piedad.

—Noooo —digo enfadada y lo reto con la mirada.

—Tú solita has creado esta situación, princesa, ahora debes afrontar las consecuencias —habla apretando los dientes y casi puedo tocar su rabia.

Me dejo caer al suelo y le sonrío con petulancia.

Acabo de empezar una guerra de voluntades y, aun así, no estoy segura de querer ganar esta batalla.

Las pequeñas riñas que mantenemos me hacen sentir viva y he de reconocer que hasta me divierten, aunque no siempre salgo vencedora.

Pero su sonrisa y la forma en que me mira me atrapan y me hacen desear tenerlo junto a mí.

—Pues tendrás que cargarme porque no pienso dar ni un paso más sin comer.

—Eres… Eres… Una consentida —dice y me mira indignado—. Una niña malcriada, egoísta y… —Niega con la cabeza y se va a un lado del camino para coger moras.

Me levanto y voy a su lado para ayudarle a recoger frutos. Puede que me haya puesto impertinente para obligarlo a parar, pero sé que cuatro ojos ven más que dos. Necesito aplacar el hambre que hace rugir mi estómago.

—¿Sabes lo que tu escapada le ha costado a tu amigo?

—¿Damián? ¿Qué le ha pasado? —Un pellizco se me coge en el estómago y casi me pongo a llorar.

—Lo han encerrado por secuestro —suelta sin rodeos.

—¡Pero él no me ha secuestrado, yo me he marchado! —digo incrédula.

—Te ayudó y eso es lo mismo para el Minos —grita enfadado—. De hecho, si nos damos prisa puede que lleguemos a presenciar su juicio.

—¿Qué? ¡Pero no pueden acusarlo! —Esto supera todo lo que pensé que podía salir mal con mi huida.

—Ya lo han hecho, y él confesó. ¿Por qué crees que estábamos peinando el bosque?

El resto del camino lo hacemos en silencio y dando grandes zancadas.

Nos encontramos con el grupo de búsqueda y descendemos hacia el palacio, tardamos dos jornadas en volver.

Mi mayor preocupación es Damián, no quiero que le culpen por mi imprudencia.

Estoy acobardada por lo que esta situación ha supuesto para mi amigo, aunque también estoy decepcionada por no haber conseguido lo que quería.

A estas alturas, lo que menos me preocupa ya es la elección de un pretendiente.

Al entrar al palacio veo muchos guerreros por los pasillos, me asomo al patio central y también está lleno de soldados. Mi escolta se limita ahora a tres guerreros e Ion. Me conducen por los pasillos como si fueran suyos y al llegar al salón del trono se me escapa un grito.

Sentado en el trono de alabastro hay un hombre enorme y de aspecto feroz. Uno de los guerreros me empuja y caigo de rodillas ante el intruso. Intento levantarme, pero alguien me pone una mano en el hombro e impide que me levante. Alzo la cabeza y veo a Ion que niega con la cabeza advirtiéndome.

—Así que tú eres la princesa fugitiva… —Me mira con ferocidad—. Has tenido a mis hombres buscándote durante muchas lunas, solo por ello tendrás una estancia similar de tiempo en la mazmorra —grita enfadado y lleno de rabia.

Voy a protestar, pero me levantan con brusquedad y ante mi asombro, me conducen a lo más hondo del palacio.

No puedo ni hablar.

No entiendo nada. ¿Dónde está el Minos? ¿Y mi madre? Intento resistirme, pero me cogen de las manos y tiran de mi cuerpo arrastrándome por los pasillos sin que nadie haga nada.