Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Me despierta el canturreo de la chica que prepara mi baño.

Me estiro y doy vueltas en la cama hasta que veo entrar a mi madre sonriente, le sigue una de sus damas cargada de ropa.

Se me escapa un quejido, ya sé lo que toca.

Entran más sirvientes y colocan bandejas para el desayuno.

Casi se me olvida, hoy es el día de mi presentación a la Madre.

—Vamos, pequeña, toma el desayuno para que empecemos a prepararte. —La voz risueña de mamá me hace olvidar todos los desencuentros que hemos tenido.

Me pongo una bata y me siento junto a ella mientras los demás se afanan en trabajar en el cuarto. Cojo un vaso de leche y lo bebo con rapidez. Tomo dos manzanas, una la muerdo con fuerza y la otra la guardo en mi arcón para después.

Entre risas y besos me empuja hacia el baño donde me espera la bañera.

Como siempre, me dejo llevar. Me enjabonan y lavan a pesar de mis quejas, mientras mi madre me amonesta por no estarme quieta.

Me secan y luego me ponen una falda de piel, me ajustan el corpiño y la chaquetilla, también de piel.

Sobre la falda me ponen una falda más corta de piel de leopardo y en los pies, unas sandalias de piel de serpiente.

Complementan mi atuendo con una pulsera en forma de serpiente en cada brazo.

Me sientan en la banqueta y recogen mi pelo hacia atrás, hacen un moño con parte del pelo y dejan que caiga el resto por la espalda. Enganchan en los rizos pequeñas plumas de colores y abalorios hechos con piel de serpiente. Por último, me traen una capa larga con capucha forrada de piel de vaca.

—Hija, estás preciosa. —Besa mi mejilla—. La Madre te concederá sus bendiciones, solo tienes que hacer la ofrenda con el corazón.

—Gracias, madre. ¿Puedo tener un momento a solas? —Sonrío nerviosa.

—Todas fuera, dejemos que la princesa repase sus oraciones para la procesión. —Hace un gesto de complicidad y sale, después de empujar a la última sirvienta.

Sin perder tiempo, pongo mi capa de diario en la cama y dentro el taparrabos, el faldellín, las sandalias y el zurrón donde meto la fruta que guardo en el cuarto, incluida la manzana del desayuno.

Lo lío todo y lo ato con una cinta de piel.

Me asomo a la ventana que da al exterior y silbo para que venga Damián, tal y como quedamos.

Le echo el hato y me despido con la mano.

Al salir del cuarto me esperan madre y padre, ambos me abrazan y se ponen detrás de mí.

Vamos al patio exterior, miro hacia atrás y ya no los veo, pero me acompañan varias jóvenes que, al igual que yo, hoy cumplen quince primaveras y tenemos que ofrecer nuestras plegarias a la Diosa Madre, para que nuestro cuerpo sea fértil y la naturaleza nos llene de su gracia y bondad.

La música anima el atrio que se va llenando poco a poco.

Miro a todos los promitentes que al igual que yo llevan las pieles en honor a la Madre.

Sus caras sonrientes me relajan, aunque no del todo, pues sé que al terminar el día abandonaré todo lo que siempre he querido.

Será una gran decepción para el Minos, pero no puedo dejar que me arrebaten aquello para lo que he nacido; aquello por lo que me he entrenado; aquello por lo que vivo.

Miro hacia los balcones y veo al Minos; mi padre, junto a la gran Sacerdotisa; mi madre.

Sus caras de felicidad me lo dicen todo.

En los otros balcones comienzan a asomar los invitados, damas y hombres de la nobleza que han venido a ver partir la procesión de las jóvenes.

Se escuchan palmas, tambores y flautas. El alegre sonido me anima y me hace sonreír.

Saludo con la mano a mis padres y encabezo la procesión hacia la cueva.

En mis manos, la estatuilla de la diosa Madre Tierra, tallada en marfil y con una serpiente en cada brazo.

Seguimos el camino que nos lleva a lo alto de la montaña, donde está la caverna de Psychro donde haremos la ofrenda.

La música y las palmas amenizan el camino, la pendiente no nos permite despistarnos para no perder pie y caer.

En la entrada, me detengo un momento, tomo una antorcha e ilumino el camino hacia el interior.

Grandes columnas de piedra caen del techo; otras parten del suelo como queriendo unirse a estas.

Pasamos al interior, donde se encuentra la sala más grande, varias teas iluminan la gran sala de ofrendas.

Me sobrecoge la magnífica estructura, solo se escucha el gotear lejano del agua, pero llena el silencio de tal forma que su rítmico sonido no nos atemoriza.

Coloco mi ofrenda en un saliente junto a mí, ya hay otras figurillas allí expuestas y sonrío porque parecen acompañarse unas a otras para dejar atrás la soledad.

Miro alrededor y veo que todos están centrados en sus ofrendas.

Me arrodillo y elevo mis plegarias a la Diosa Madre, pero no solo por la fertilidad, pido porque el Minos me permita ser su sucesora; porque no tenga que casarme con un extranjero; porque mi madre pueda dar a luz sin complicaciones y que esta vez la criatura sobreviva.

Las lágrimas salen de mis ojos y caen sobre la fría piedra.