Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

— Déjame acompañarte. —Asiento con la cabeza y me sonríe—. Pero antes voy a colocarte bien el corpiño. —Lo mueve y lo coloca bien en la cintura, incluso aprieta las cinchas—. No queremos que piensen nada raro de nosotros, ¿no?

Salimos al pasillo y me acompaña en silencio. De vez en cuando le miro de reojo. Es grande, muy grande, pero lo que más me llama la atención son sus ojos verdes y ese pelo leonado, que parece haberle robado brillo al disco solar.

La verdad es que, tiene un puntito de pícaro descarado que me hace pensar que pronto hará alguna gamberrada. Si nos hubiésemos conocido en otras circunstancias seguro que sería un gran amigo. Incluso podría llegar a enamorarme de él.

—Dime, Eirene, ¿a quién prefieres de tus pretendientes? —pregunta, descarado, mientras me sonríe con picardía.

—Tendrás que esperar hasta dentro de dos días para saberlo, mañana es mi cumpleaños y debo hacer la ofrenda a la Madre. —Le saco la lengua y suelta una carcajada que me sacude por dentro.

—¿Y no prefieres al chico que te acompaña en tus travesuras? —la pregunta me coge desprevenida y él me mira con atención.

—¿Damián? No, por favor, es mi amigo. Es como un hermano. —Sacudo la cabeza y meto los dedos en la boca haciendo el gesto de vomitar.

—Vale. ¿Y no te resulto agradable? —pregunta con una voz tan sensual que me paralizo por un momento.

—Solo por momentos —respondo divertida cuando me recompongo y me planto delante de él—. Pero tendrás que esperar dos días como todos.

—Entonces tendré que hacer algo para que no me olvides —me susurra al oído.

Lo miro extrañada y él me coge de la cintura, me acerca a su cuerpo y me besa.

Es el segundo beso que me da, pero esta vez no me asusta.

Le dejo acariciar mis labios con la lengua, sus caricias parecen alas de mariposas en mi boca.

Se me escapa un gemido y aprovecha para meter la lengua dentro, intento echarle empujando con mi lengua contra la suya, pero solo consigo enardecer su pasión.

Vuelvo a gemir, porque me gusta, vaya que sí, mis entrañas se tensan en espera de algo, no sé qué, pero deseo que continúe.

Ambos gemimos y de repente se aparta de mí, sacude la cabeza y sonríe de manera forzada.

—Recuerda lo que te hago sentir cuando elijas pretendiente. —Me besa en la punta de la nariz y se va diciendo adiós con la mano.

Se marcha. El muy cretino se va despidiéndose solo con un gesto de la mano.

Me deja con las entrañas revueltas, los labios doloridos e hinchados y el devastador recuerdo del beso que me sobrecoge y me hace estremecer.

Sacudo la cabeza en un intento de recobrar la compostura, aunque me tiemblan las piernas y la sangre recorre mi cuerpo haciéndome arder.

Realmente, la vida con él puede ser agradable.

A pesar de su prepotencia y chulería tiene un puntito dulce y cariñoso, lo noto cuando me sonríe, y cuando se enfada no resulta tan aterrador como otros guerreros.

Por no olvidar sus besos y lo que me hace sentir.

El mero hecho de pensar en otro hombre haciendo lo que él me hace, me provoca arcadas.

Llego a mi habitación y entro todavía pensando en lo ocurrido en el pasillo, hasta que recuerdo a los micénicos. Ellos son quienes están trayendo un ejército a escondidas. Pero, si tan seguro está de que será el elegido por el Minos, ¿para qué quiere un ejército?

Esto no tiene sentido. ¿Quién empieza una guerra si puede obtener lo que quiere con una alianza?

No puedo quedarme sin hacer nada, me doy la vuelta y salgo del cuarto.

Voy en busca de Ion hasta el pasillo donde me ha dejado, sigo por él, pero no sé la habitación que le han asignado.

Veo un sirviente cargado con sábanas y se lo pregunto.

Sigo el corredor y llamo en la tercera puerta como me ha dicho el chico de las sábanas, espero que me abran, pero nada.

Tal vez he llamado demasiado flojo. Vuelvo a llamar con más fuerza y estoy a punto de insistir de nuevo, pero se abre la puerta con fuerza.

—¿Quééé? —Se me queda mirando incrédulo, escudriña a ambos lados del pasillo y tira de mí para meterme en la habitación—. ¿Estás loca? No puedes venir a la estancia de un hombre a estas horas —dice con voz dura sin ocultar su enfado.

Me quedo cortada por la regañina, pero recuerdo lo que me ha llevado hasta esa habitación y me enderezo.

—¿Para qué están viniendo tantos soldados de Micenas? —pregunto sin dudar y me cruzo de brazos con cara de enfado sin apartar la mirada de su cara.

—No sé a qué te refieres. —Niega con la cabeza.

—Hay un barco que está trayendo soldados desde el continente a la isla. Ya ha hecho dos viajes. Y no me digas que no sabes nada porque yo misma los he visto, incluso he escuchado a uno de ellos hablando con tu teniente.

—No sé nada de eso. —Se sienta confundido y con la mirada perdida.

—¡Y yo me lo creo! —Chasqueo los dedos delante de su nariz—. Este es un buen momento para empezar de cero, dime lo que tramáis.

—Te juro que no sé nada de soldados micénicos en Creta —confiesa sin apartar sus ojos de los míos—. Pero lo averiguaré.

—No te creo, si planeáis invadirnos, no me lo vas a decir. —Me pongo de puntillas y casi puedo pegar mi nariz a la suya.

—No puedo demostrarte nada ahora, pero si hay un complot para invadiros lo averiguaré e intentaré que desistan, porque si eso es así, es cosa de mi hermano —dice con seriedad—. Aunque tal vez solo quiera protegerme sin que se note.

—Averígualo, y si eres sincero, te creeré.

Me doy la vuelta para salir, pero me coge de la mano y se pone en pie.

Solo lleva una toalla en las caderas, me acerca a su cuerpo y me besa.

Sus labios se mueven sobre los míos chupando y acariciando, sus dientes mordisquean mi labio inferior, gimo y abro la boca para que entre su lengua y que se enzarce en un baile ritual con la mía.

Él no se detiene a pensar, sacude cada rincón de mi boca y me hace desear más.

Me aprieto contra él y noto algo presionar contra mi vientre, entonces caigo: es su miembro.

Me aparto con dificultad, colorada, aturdida y sin saber qué decir.

La prueba de su excitación está latente bajo la toalla que no cubre nada.

Me dan ganas de tirar de ella, pero escucho mi voz sensata y salgo dando grandes zancadas de su cuarto, buscando la seguridad de mi habitación.