Capítulo 10
La Fiesta
S algo de la habitación de la reina y me dirijo al gran megarón, donde será la cena. Respiro hondo al llegar a la puerta y empujo para entrar. Me quedo en la entrada y busco al Minos, quien al verme sonríe y me hace un gesto con la mano para que me acerque.
—Eirene, siéntate entre nuestros invitados. —Señala los cojines entre el micénico y el cananeo.
—Sí, padre —digo con la cabeza baja.
Me siento en los cojines y apoyo el codo izquierdo sobre mi rodilla. No miro a ninguno de los príncipes, tomo un cuerno y bebo con ansias. Me atraganto un poco y toso, por lo que alguien me da golpecitos en la espalda. Entonces, me vuelvo y veo al micénico sonriendo.
Por un momento pienso en sacarle la lengua y olvidarme de él, pero lo pienso mejor, no quiero poner en evidencia al Minos.
—Gracias, el vino está un poco fuerte. —Me centro en la comida y cojo una concha de mejillón, me lo como y vuelvo a coger otra. Voy dejando las conchas vacías en el plato frente a mí.
—No estás muy habladora hoy —me susurra Ion.
Niego con la cabeza y me encojo de hombros.
Vuelvo a la comida, cojo un panecillo y me lleno la boca para no hablar.
Noto la mirada del micénico fija en mí, lo que me pone tensa, se me cierra la garganta y el último bocado lo trago a duras penas.
Si sigo así, antes de que acabe la noche me pondré enferma y tendrán que sacarme en brazos.
—¡ Sí que tienes hambre! —Se acerca a mi oído—. ¿Dónde has estado todo el día? —dice con una voz susurrante que se introduce en mi cabeza.
—A ti te lo voy a decir. —Me vuelvo hacia el príncipe cananeo y le sonrío—. ¿Os ha gustado la demostración de taurocatapsia 26 ?
—No la he visto. —Arruga la nariz—. No me resulta interesante ver a unos niños saltando animales.
—Yo era una de las saltadoras —contesto, enfurruñada—. Es nuestra forma de demostrar el tránsito a la madurez.
—Algo más de ti que no me gusta. —Coge un mejillón y se lo traga—. En mi tierra, las mujeres no tienen que demostrar su paso a la madurez, su cuerpo habla por ellas.
Definitivamente este príncipe es tonto, desagradecido e inculto.
De ninguna manera uniré mi vida a este tipejo.
Me vuelvo y me encuentro a Ion sonriente.
Es mi única elección, pero hay algo en él que me hace enfrentarlo.
Desde que lo conocí en el puerto mis encuentros con él han sido un tira y afloja que me dejan agotada.
No puedo controlarme en su presencia, tiendo a hacer tonterías y eso me noquea.
Nunca me he comportado de manera tan infantil.
—No se lo tengas en cuenta, Eirene, no todo el mundo puede apreciar el valor que se requiere para dar el salto. —Su voz vuelve a taladrar mi cabeza y me provoca un escalofrío.
—¿Tú sí lo aprecias? —Me vuelvo insegura hacia él conteniendo una sonrisa.
—¡Por supuesto! Me ha encantado —me dice sonriente—. La agilidad y la belleza de tus miembros describiendo las curvas del salto han sido magníficas. —Su mano se posa sobre la mía como por casualidad y me provoca una extraña sensación, siento algo crepitar entre nosotros.
—Gracias —digo con timidez mientras aparto la mano.
—Solo imaginar lo que puedas hacer en mi lecho… y me pongo duro como una roca —me susurra.
Se me escapa una exclamación de horror y lo miro entrecerrando los ojos, mientras mi piel se caldea por el comentario totalmente fuera de lugar.
—Eres un grosero y un… —No sé qué decir sin levantar la voz ni atraer la atención sobre mí. Niego con la cabeza y me levanto con rapidez. Me acerco al Minos que habla con el embajador de Egipto.
—Padre, no me encuentro bien. ¿Puedo retirarme? —Se levanta y toca mi frente que debe estar caliente todavía por el comentario del micénico.
—Tienes la piel caliente, ve a tu habitación y descansa para la procesión de mañana. —Me da un beso en las mejillas y me sonríe con indulgencia.
—Gracias, Minos.
Me retiro apresuradamente y voy a la zona norte corriendo, necesito hablar con Damián, saber si ha averiguado algo más.
Podría haberle preguntado al micénico por los soldados, pero no creo que sea buena idea.
No deben saber que los hemos escuchado y que sabemos, al menos, parte de sus planes.
Por ahora, tenemos la ventaja que nos da el anonimato.
Mientras desconozcan que estamos al tanto de su invasión, tenemos opciones para desmantelarlos.
Me descuelgo por la habitación de costura y me dejo caer el último tramo de altura.
Corro hacia los arbustos y maldigo el vestido tan blanco, pues llamará la atención a mucha distancia y para colmo, lo ensuciaré.
Con decisión, me quito el corsé y luego la falda, me quedo solo con el taparrabos y la chaquetilla.
Me arrastro hasta el arbusto donde me espera Damián y él se queda mirando mi atuendo.
—No digas nada —lo corto—. Me he escapado de la cena y he dejado la falda y el corsé en el arbusto junto a la ventana.
—Solo iba a decirte que estás preciosa. —Se le abre la boca.
—Cierra la boca antes de que te entren moscas. —Me carcajeo—. Soy yo, ¡Eirene!
—Lo siento, es que nunca te había visto vestida de princesa. —Traga saliva con fuerza y aparta su mirada.
—Tampoco es para tanto, sigo siendo yo debajo de tantos volantes y perlas. —Le saco la lengua—. ¿Has averiguado algo? —Me pongo seria.
—El barco ha partido hace un rato, pero no he visto que bajasen soldados.
—Eso es que ya habrán desembarcado. ¡Mierda!
—No lo sabemos, tal vez estemos sacando conclusiones precipitadas. —Sin pensarlo, se me ponen los ojos en blanco.
—Mañana tengo la procesión hasta la cueva de la Madre, no creo que me pueda escapar —digo preparándome para confesarle lo que haré—. Además, he decidido marcharme de Cnosos.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Estás loca? —Damián me coge por los hombros y me sacude.
—¡Calla! No me voy a casar con ninguno de los pretendientes que me ha traído el Minos. —Lo miro con los ojos llorosos—. No quiero irme, pero no voy a permitir que me unan con uno de esos dos tipos.
—Entonces, ¡cásate conmigo! —Me agarra más fuerte de los brazos y sus ojos se vuelven soñadores—. Llevo años enamorado de ti. —Acerca su boca a la mía y me aparto con rapidez.
—¿Estás loco? ¡Eso es aún peor! —Lo miro con asco—. ¡Eres mi amigo! Además, no me quiero casar con nadie. —Me aparto de él dando varios pasos hacia atrás.
—¿Y a dónde irás? —pregunta arrepentido.
—Me esconderé en las montañas. Necesito que mañana recojas bajo mi ventana el hato que prepararé para quedarme allí.
Luego lo subes a la cueva de la Madre y lo escondes en la escalera que sube al bosque.
Cuando se vayan los visitantes, tú me haces llegar un mensaje y bajaré.
El Minos se pondrá furioso, pero con el tiempo verá que es lo mejor.
—No sé —se aparta un poco de mí—, ¿y si te atrapan antes?
—No lo harán. ¿Te olvidas de las veces que hemos escapado durante nuestras travesuras? —Me río confiada.
—No es lo mismo, Eiri, y lo sabes.
—No te preocupes. —Lo abrazo—. Ahora debo marcharme. Voy a recoger mi falda e intentaré trepar con esto. —Señalo las sandalias doradas y me encojo de hombros.
Me despido dándole un abrazo y corro agachada hacia el arbusto, recojo la falda y el corsé de su escondite y apoyo el pie derecho en un hueco de la fachada, hecha de mampostería 27 , la mano izquierda la pongo en otro hueco y de esta forma voy trepando por el muro bajo, con la falda y el corpiño enganchados a mi cuello.
Toco el alféizar de la ventana y respiro aliviada, pero me dura muy poco, pues una mano enorme tira de mi brazo y me levanta sin ningún esfuerzo.
Me mete en la habitación, le golpeo y me aparto para liberarme, con la escasa luz que entra puedo distinguir a mi captor.
—¿Qué te crees que estás haciendo? —Me pongo la falda con rapidez y me engancho el corpiño como puedo.
—Ayudarte a subir —lo dice con tanta simpleza que me dan ganas de golpearlo.
Hasta en penumbra puedo ver como arquea una ceja y la sonrisa ladeada que dibujan sus labios. Carraspeo para recomponerme y centrarme en lo que importa. Este hombre imposible me acosa y persigue, sin importarle cuántas veces lo rechace. Estoy muy enfadada y no solo por su intromisión.
—Gracias, pero puedo sin tu ayuda. —Doy un paso hacia la puerta, pero me detiene.
—Antes de irte, explícame de dónde vienes y por qué te reúnes en secreto con tu amiguito. —Su voz suena dura y contenida.
—No tengo que darte explicaciones. —Intento rodearlo, pero vuelve a apresarme.
—No juegues conmigo, niña. Se supone que serás mi esposa, luego tengo todo el derecho a saber con quién retozas.
—¿Cómo? —Lo apunto con el dedo índice—. Tú no eres nada mío.
—Te equivocas, el Minos me lo ha asegurado así. De hecho, cuando habló con mi hermano; el rey de Micenas fue para unir nuestros pueblos mediante nuestro casamiento.
—Eso está por ver. —Frunzo el gesto—. El Minos me ha dado a elegir entre tres pretendientes y tengo hasta mi cumpleaños para decidirme. —No le voy a explicar que no puedo elegir al príncipe egipcio ni que mi cumpleaños es mañana.
—¿No podemos empezar desde cero? —Me sonríe con picardía.
—¿Por qué? —pregunto dudosa por esta faceta de buena voluntad.
—Mejor desde cero que nunca. —Me guiña un ojo y sonríe.
—No te entiendo. —Estoy algo confusa y sus palabras me inducen a una mayor confusión.
—Las cosas no son siempre como las creemos. —Se muestra simpático y siento que dentro de mí se rompe algo.
Lo miro, me mira, nos miramos y se me escapa una sonrisilla. Mañana desapareceré y lo que hoy hablemos no será nada. Con esa idea en la cabeza tomo una decisión, no sé si es buena o mala, pero al menos es una oportunidad, algo que antes no tenía.
—Está bien, empecemos de cero. —Extiendo mi mano para estrechar la suya.
—Gracias. —Coge mi mano y sonríe—. No te arrepentirás.
—Ahora si me disculpas, tengo que irme. —Intento apartarle mientras ando hacia la puerta.