Capítulo 9 #3
—Muchas gracias, Alida, he disfrutado mucho de tu compañía. —Frunce el ceño al mirarme y salimos juntas.
—Madre, ¡iba a volver ahora al palacio!
—Ya, pues volveremos juntas —me recrimina con la mirada y no puedo evitar sentirme cada vez más pequeña.
—¿Estás segura de que puedes caminar tanto?
—No te preocupes por mí. —Se detiene—. Hazlo por ti. El Minos está muy disgustado con tu comportamiento.
—Solo he bajado al puerto a curiosear como siempre, y ahora iba a subir al palacio después de saludar a la madre de Damián —intento disculparme.
—Guarda tus excusas para tu padre. —Tiene el ceño fruncido en una expresión que me intimida.
Llegamos hasta la calle principal y veo el palanquín real.
Mi madre sube a él y me indica que me siente a su lado, pero niego con la cabeza.
Necesito caminar y pensar en todo lo que he descubierto hoy.
Todavía tengo que analizar la situación.
Lo que más me intimida es conseguir las pruebas para que el Minos me crea.
Tal y como van las cosas, seguro que piensa que es una estratagema para eludir su decisión de tener una alianza con un país extranjero.
Y no lo culpo por ello, pues desde que me la anunció, no he parado de desafiarlo y esconderme para eludir a los pretendientes que me impone.
—Iré caminando. —digo insegura mientras la miro a los ojos esperando que me niegue esa mínima libertad que me queda—. Como quieras.
Da unos golpes a la estructura y los cuatro porteadores levantan las parihuelas y comienzan la marcha.
Yo camino a su lado y miro de vez en cuando hacia la silla interior.
No veo la cara de mi madre, pues las telas parcialmente echadas la tapan, pero por sus escasas palabras sé que está muy enfadada.
—Lo siento, madre. —Y es verdad, no quiero decepcionarlos a ninguno, ni a ella ni a padre. Pero tampoco es fácil plegarse a una decisión como la que han tomado por mí. Más aún cuando siempre he creído que sería la sucesora del Minos.
—Ya no se puede remediar. Solo espero que mañana decidas cuál de los pretendientes será tu esposo y que este no te rechace —habla mirando al frente sin ni siquiera girarse hacia mí.
—¡¿Pueden rechazarme?! —Mi voz suena ilusionada, pero ella asoma la cabeza, indignada.
—Por supuesto, ningún hombre quiere una esposa incapaz de atender a los invitados de su casa, y eso es lo que les has dicho con tu desaparición. —Vuelve a acomodarse en el interior del palanquín.
—¡Pero si me han visto esta mañana en el entrenamiento! —reniego de su aseveración.
—Eso está fuera de lugar. —Vuelve a asomarse—. Deberías haber comido con ellos y mostrarles los jardines para entablar confianza. Sin embargo, tú has preferido seguir con tus actividades como si nada.
—¡El Minos me vio y me ha felicitado! —declaro en un intento de rebajar la tensión que siento acumularse entre nosotras.
—¡Ya basta! No quiero escuchar más excusas.
Se retrepa en la silla y me callo, porque sé que esta discusión no nos conducirá a nada.
Hacemos el resto del camino en tenso silencio.
Al entrar al palacio me coge del codo y me lleva con ella hasta el megarón 25 de la reina.
Me quedo en la entrada mirando los delfines que tanto me gustan.
Intento no pensar en las consecuencias de mi desaparición, pues ya se me está revolviendo el estómago.
—Vamos, entra al baño —me urge mi madre enfadada, por lo que no me queda más opción que obedecer y no enfadarla aún más.
Entro al baño y me quito la ropa, me siento en la bañera y dos sirvientas me atienden.
Con incomodidad me niego a que me froten, así pues, lo hago sola.
Cierro los ojos para no ver la dura mirada de mi madre.
Me echan agua templada al acabar de enjabonarme, me secan y envuelven con un gran paño de lino.
Al salir del baño, mi madre me espera con un vestido sobre la cama.
Me ponen una falda blanca acampanada, decorada con dos grandes franjas doradas en uve, entre los dorados se ve una filigrana azul. Me tapan el torso con el corpiño de color blanco también, y la chaquetilla blanca decorada con filigranas doradas y azules.
Me sientan en una banqueta y recogen mis rizos en la parte de atrás de la cabeza. Luego van cogiendo mechones de pelo y los engarzan con perlas para llevarlos atrás. Cuando han decorado la parte delantera de la cabeza, recogen todo el pelo en una cola y dejan caer los rizos sobre mi espalda.
Una de las sirvientas, se agacha a mis pies y me calza unas sandalias doradas.
Mi madre se acerca con el arca de las joyas, me pone cuatro pulseras en cada mano y luego me engancha en el cuello, un fino collar de perlas rematado con lágrimas en la vuelta más grande. Me da la mano para que me levante.
—Estás preciosa, hija —dice mientras me observa con aprobación—. El blanco realza el color dorado rojizo de tu piel y los adornos dorados se reflejan en tus ojos, que parecen de oro. —Me da un beso en la mejilla.
—Supongo que eso debe bastar. —Miro mis pequeños pechos y me encojo.
—Ahora compórtate como la princesa que eres y enorgullece al Minos.