Capítulo 9 #2
—Gracias, ¡muchas gracias a todos! —Cojo a Damián de la mano y me despido.
En la casa de baños me pongo el faldellín y la capa, salgo con prisa contenta de haber conseguido pasar la prueba.
—¡Damián! Nos vemos en media hora donde siempre.
Me despido con la mano y salgo corriendo en dirección al palacio.
Al mirar hacia un lado, veo a mi padre con Ion y Amenhotep.
Agacho la cabeza y sigo corriendo sin prestar atención a las llamadas que me hacen.
Atravieso los almacenes y subo a la planta de las dependencias reales, giro a la derecha y entro a mi cuarto.
Cierro con fuerza y entro al baño; la bañera está preparada y varios cubos de agua esperan en el suelo.
Me desnudo y me lavo con rapidez. Tengo prisa por salir del palacio, ya imagino que vendrán a buscarme, y tengo toda la intención de no dejarme ver en mucho tiempo.
Vestida con un faldellín limpio, cojo la capa, salgo hasta el ala norte del palacio, entro en la sala de costura, compruebo que no hay nadie y me descuelgo por la ventana. Luego me dejo caer al suelo y corro rápidamente hasta los arbustos del camino y me escondo hasta que llegue Damián.
Desde mi escondite escucho hablar a dos hombres, y aunque sus roncas voces deberían alertar de su presencia, el hecho de que hablen en voz tan baja me hace pensar que ocultan algo.
Presto atención, pero no puedo entender las palabras.
Me muevo hacia la conversación sin dejar mi escondite y me encuentro a Damián agazapado.
Me pone un dedo en la boca y asiento con la cabeza.
—Los caballos vendrán en nuestros barcos, así lo ha decidido el general.
—Pero entonces, ¿cómo vamos a preparar el ataque? Necesitamos movernos con rapidez.
—No. Dice el general que no podemos levantar ninguna sospecha.
—Pues a ver cómo recorremos tanta distancia sin levantarlas.
—Ese es vuestro trabajo.
Escuchamos pasos en la tierra y el crepitar de las ramas al romperse. Me asomo entre la hojarasca, pero solo veo dos hombres andando en direcciones opuestas y cómo se alejan de donde estamos nosotros. Lo único que veo son sus espaldas.
—¡Mierda! ¡Están preparando un ataque! —digo a Damián con temor.
—Eso parece. —Su voz temblorosa me dice que está asustado, al igual que yo.
—Pero ¿quiénes son esos hombres? —pregunto sin esperar respuesta—. Está claro que son militares, hay que buscar entre los guerreros que han llegado a la isla —digo con decisión.
—Deberíamos hablar con el Minos. —Damián niega con la cabeza—. Esto es serio y nosotros solo somos unos críos.
—Lo haremos, pero cuando averigüemos quién organiza el complot. Necesitamos pruebas y para ello tenemos que encontrar a los conspiradores y desbaratar su plan.
—Eirene, no creo que debamos meternos en esto solos. —Me coge las manos y me mira a los ojos, puedo leer el miedo en su mirada, pero, aun así, no me retracto.
—Confía en mí, Damián. No nos descubrirán y cuando le presente al Minos el complot, seguro que cambia de opinión y deja de pensar en buscar alianzas externas. —Le sonrío para darle confianza mientras yo misma intento creer en mis palabras.
Salimos de nuestro escondrijo y tomamos la dirección al puerto en silencio.
Ni él ni yo tenemos ganas de hablar. Aunque, en mi cabeza, mil ideas y posibilidades se entremezclan mientras doy vueltas en busca de respuestas.
Por supuesto que no las tengo, pero eso no significa que no las busque.
Necesito desenmascarar a los conspiradores, descubrir su plan y demostrarle al Minos que soy su digna sucesora.
En el puerto, deambulamos sin rumbo hasta que un uniforme me llama la atención, me fijo y lo reconozco; es uno de los conspiradores.
Le doy un codazo a Damián y le señalo con la cabeza al gigante.
Él también lo reconoce, afirmamos al mismo tiempo y lo seguimos con disimulo por las calles.
En varias ocasiones está a punto de descubrirnos, pero conseguimos despistarlo al separarnos.
Lo veo andar por la pasarela de un barco, dejamos que se pierda en su interior y luego nos acercamos para curiosear.
Pillamos a un marinero recogiendo cuerdas y le preguntamos por la procedencia del barco, pero lo desconoce. Abordamos a otro que lleva un barril rodando.
—Chicos, es un barco de guerreros, así que no les molestéis. —Nos empuja con suavidad a pesar de la advertencia.
—¿Y de dónde son esos guerreros? —Le sonrío—. A lo mejor nos cogen para entrenarnos —le digo al marinero mientras le sonrío con inocencia.
—Creo que vienen del continente, de Micenas —gruñe por el esfuerzo de empujar.
—¿Y se quedan en el barco todo el tiempo? —pregunta Damián.
—Pues ya no lo sé, porque es la segunda vez que atraca el barco en cuatro jornadas. —Se para y nos mira mientras se rasca el pelo ralo.
Se me erizan todos los pelos del cuerpo al escucharlo.
Si ya ha venido dos veces es que está descargando guerreros, pero ¿dónde se esconden?
¿Qué pretenden? Necesito respuestas, aunque en mi mente se responden por sí solas.
Si vienen de Micenas solo conozco una persona que esté al tanto del desembarco de guerreros.
Vamos a casa de Damián. Necesitamos intimidad y pensar nuestro próximo paso para averiguar lo que está pasando.
Yo puedo imaginar que Ion es el culpable de todo y estoy deseando enfrentarlo, pero no sé cómo hacerlo sin quedar en evidencia.
Al entrar en la casa, me extraña el silencio.
Mi amigo tiene cinco hermanos pequeños y siempre están haciendo ruido.
Miro más detenidamente y se me escapa una exclamación.
—Madre, ¿qué hacéis aquí? —Está sentada tomando una taza de leche caliente mientras sus damas y guardias están de pie al fondo de la habitación.
—He venido a buscarte, hija —dice muy seria—. Se te ha olvidado que tenemos huéspedes a los que atender. —Su voz tiene ese punto de regaño que apenas escucho de ella.
—Lo siento, madre. —Agacho la cabeza porque me ha pillado; mi idea era desaparecer del palacio—. No pasa nada, pero tienes que venir a prepararte para la cena.
Da una palmada y salen todos de la casa. Me coge del codo y antes de salir se vuelve hacia la madre de Damián.