Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 9
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Capítulo 9

Elección

D espierto con el disco solar calentando mi cara, su calor me hace sonreír.

Al moverme me doy cuenta de que la noche anterior no me quité la ropa.

Me levanto deprisa y compruebo los daños: los volantes de la falda están arrugados y vueltos hacia arriba, el corpiño se me ha movido y está desplazado a un lado, y la corona está enganchada en mis rizos; por más que intento desenredarla no lo consigo.

Me quito la falda y la chaquetilla como puedo, el corpiño sigue el mismo camino.

Miro hacia la puerta trabada y con la mesa como barrera, se me escapa un bufido.

Me pongo un taparrabos de lino y sobre él, la falda de entrenamiento.

Tengo que arreglarme el pelo, así que quito las defensas de la puerta y salgo en busca de mi madre.

Primero, la busco en su cuarto y como no la encuentro allí, pregunto a una de las criadas, que me dice que está en el cuarto del Minos.

¿Cómo no se me ocurrió? Ando los pocos pasos hasta el cuarto de mi padre y llamo fuerte a la puerta.

Esta vez esperaré a que me dejen entrar, no quiero quedarme ciega por ver lo que no debo.

—¿Quién es? —pregunta la voz atronadora de mi padre haciendo que me encoja.

—Soy yo, padre.

—¡Pasa, hija! —responde y en su voz se nota que está de buen humor. Eso me hace sonreír y me da esperanza, es posible que logre convencerlo de que no necesito un hombre a mi lado.

—Padre, ¿está contigo madre? —Entro en tromba.

—¿Qué ocurre, hija? —Mi madre se levanta entre las sábanas.

—Esto. —Señalo la corona—. Si no me la puedes quitar, tendré que cortarme el pelo. ―Bufo enfadada.

—¿Has dormido con ella? —Levanta una ceja.

—Me quedé dormida —contesto, cabizbaja.

—Ven aquí.

Me siento a su lado en la cama y noto en mi cabeza cómo va desenganchando el pelo de la corona. Entre tirones, quejas mías y maldiciones de ella, consigue liberar el artefacto.

—¡Uf! ¡Qué alivio! —Me rasco la cabeza.

—¿Qué te parecen los pretendientes? —La voz de mi padre suena engreída.

Ya estamos. No podía darme más tiempo para pensar, no, en cuanto me ve lo primero que hace es preguntar. Me doy un golpe en la frente y me arrepiento, porque lo veo incorporarse y hacerme la pregunta de nuevo. Me pongo en pie y le respondo con fanfarronería.

—Uno, no es elegible. —Levanto un dedo—. El otro, no me gusta nada de nada. Pero nada. —Levanto otro dedo—. Y el último, es aún peor. —Levanto un tercer dedo—. Me temo, padre, que tendrás que buscar otro aliado para enfrentar a los pueblos del mar.

—De eso nada, te he dado tres candidatos a elegir, y eso harás —dice con voz ensordecedora.

Me encojo en la cama y percibo la mano de mi madre apretando la mía. Se me escapa un gemido y hasta casi un lamento, pero consigo retenerlo en el pecho.

—Padre, escúchame. —Me pongo en pie para coger fuerza—. El egipcio no ha venido a buscar esposa; el cananeo es insultante, engreído y me mira de una forma que me da miedo, y el micénico, es tan grande y fuerte que me aterroriza pensar lo que pueda hacerme.

—No. Escúchame tú. —Me señala con un dedo—. Lo del egipcio lo averiguaré, pero debes elegir entre el cananeo y el micénico —gruñe por lo bajo—. Tienes dos días para escoger a uno de ellos.

—Pero padre, acabo de decirte que… —Lo veo ponerse colorado y señalar la puerta.

Salgo corriendo y doy un portazo al abandonar la alcoba.

Me pierdo por los pasillos y tengo que detenerme para ubicarme, tras unos segundos me doy cuenta de que estoy en las escaleras que llevan a los almacenes.

Siento una gran presión en el pecho, así que respiro hondo, resuelta a no dejarme vencer por el desánimo.

Sigo bajando y salgo por los propileos 24 del sur, llego hasta el corredor de las procesiones y bajo a la zona de entrenamiento.

La rabia me consume. Entro a la casa de baños y me dejo puesto solo el taparrabos. En la puerta me cruzo con Damián y le hago un gesto para que no diga nada, luego me pongo en la fila donde los chicos mayores ya están bromeando, mientras esperan que el entrenador deje suelta a la vaquilla.

Al otro lado del cercado, veo varias chicas del pueblo cuchicheando y echando miraditas. Me giro y veo a Calla. Llevo varios días sin verla entrenar, y antes no era muy buena, dudo que Cosmo la deje participar en el salto de hoy, pero yo no soy quién para decir nada.

Me giro de nuevo al sentir una mano en mi hombro. Espero ver a Damián, pero no, quien me llama es Ion. Me doy un golpe en la frente y niego con la cabeza.

—Por favor, vete a la zona del público y deja que me concentre. —Aprieto los dientes al hablar.

—Solo quería desearte suerte. —Me guiña un ojo y se marcha rodeando la valla, hasta la zona que ya empieza a llenarse de público.

—¿Qué pasa, Eiri? —Damián me sujeta por la cintura.

—El gigante del puerto —señalo con la cabeza—, está esperando para ver los saltos.

—¿Nos largamos? —Se encoge un poco para ocultarse.

—¡Para nada! Ayer tuve que disculparme —lo miro con enfado—, y para colmo el Minos dice que tengo que elegir esposo entre el musculitos o el afeminado cananeo.

—¿Cómo? —Me gira hacia él.

—Pues sí, tengo dos días para elegir o él lo hará por mí. —Mis ojos buscan entre el público y se detienen en el gigante. Desde aquí puedo ver la sonrisa de sus labios. Aprieto los dientes y me contengo para no ir a borrarle esa tonta sonrisa de la cara.

—¿Pero no puedes pedirle más tiempo o elegir a otro?

Lo miro muy seria y me doy cuenta de que sus ojos muestran dolor. ¿Por mí? ¡Qué buen amigo es! Sin pensarlo, lo abrazo con fuerza y lo beso en las mejillas.

—Gracias por ser mi amigo. —Apoyo mi frente en la suya—. No te preocupes, algo se me ocurrirá.

—Cuenta conmigo ―añade y después me sonríe.

La llamada del entrenador nos devuelve a la realidad.

Los chicos de delante pasan la cesta con tierra y nos impregnamos todos las manos, el entrenador nos pide un salto sencillo de media vuelta y caída hacia atrás.

Lo haremos por parejas. Ni que decir tiene que Damián y yo somos una pareja de salto.

Empiezan a saltar y las ovaciones del público llenan el cercado. Miro entre la multitud y veo a Amenhotep junto al embajador egipcio, el Minos está con ellos y a su izquierda, el micénico. Sacudo la cabeza con enfado, ese hombre me saca de quicio.

Intento concentrarme en el salto, observo la vaquilla, nerviosa y muy fogosa, pero sin apenas cornamenta que pueda dañarnos.

—Damián, salta tú primero y yo te recojo.

—No. Mejor tú primero.

—¿Tienes miedo? —Le codeo el costado con humor.

—Más quisieras. —Me saca la lengua—. Lo que quiero es evitar que salgas corriendo.

—¡Serás…! —Lo empujo hacia el interior del cercado.

Nos separamos y vamos cada uno hacia un lado.

Veo que se pone detrás de la vaquilla, me señala y llamo la atención del animal.

Cojo carrerilla y al llegar a su incipiente cornamenta la agarro y me impulso sobre ella, estiro las piernas y dibujo un arco mientras caigo hacia atrás.

Voy contando en mi mente los pasos que he hecho.

¿Me habré impulsado con suficiente fuerza? Sí. Lo conseguiré.

Estoy a punto de tocar el suelo y siento las manos de Damián en mi cintura para evitar que caiga.

Nos movemos con celeridad y volvemos a separarnos; ahora tengo que asistir a Damián.

Le hago la señal para iniciar el salto y lo veo coger los cuernos e impulsarse con agilidad, describiendo un arco perfecto sobre el lomo.

En cuanto veo que va a tomar tierra, le sujeto de las caderas y nos abrazamos emocionados.

A la vaquilla no le ha gustado, se vuelve y nos embiste, pero somos más rápidos.

Saltamos con agilidad sobre el cercado y hacemos una voltereta al caer.

Los aplausos son ensordecedores, miro al entusiasta y gimo: el micénico tiene tal cara de excitación y embelesamiento que me hace sonreír.

Nos llama el entrenador y nos reunimos todos alrededor de él.

—Saltadores, ahora vamos a practicar el salto con pirueta. —Nos mira uno a uno—. ¿Alguien prefiere no hacerlo?

—Yo. Yo no sé si podré —Calla, habla bajito—. Llevo varios días sin poder entrenar y estoy algo débil.

—Vale. ―Los demás nos ponemos en fila para entrar al cercado.

Volvemos a llenarnos las manos de tierra y empiezan a ponerse en cola para el salto. Esta vez es en solitario y más complicado, mucho más porque la vaquilla, aunque es grande, no tiene la suficiente cornamenta para asirla bien, y si se cansa y se cae…

«Cambia el pensamiento», me digo.

Veo a los saltadores realizar el salto sin complicaciones y me animo; ahora le toca a Damián. Le doy un apretón en el hombro y le sonrío. Aprieto los puños y me pongo en tensión hasta que lo veo hacer la pirueta y caer sobre sus pies con seguridad.

Entro al cercado y llamo a la vaquilla para que se olvide de Damián.

Corro con velocidad, agarro los cuernos uno con cada mano, me impulso hacia arriba y caigo dibujando casi una circunferencia con mi cuerpo desde el suelo hasta los cuartos traseros, donde caigo con los pies juntos y desde ahí, ayudada por las coces del animal, me impulso hacia arriba y hago una voltereta para caer sobre las rodillas.

Los aplausos y gritos de euforia me envuelven y me llevan en volandas.

Me siento tan bien después de conseguir el salto, que me río a carcajadas y abrazo a todos los que se ponen a mi alcance.

Unos fuertes brazos me levantan. El micénico pone mi cara a la altura de la suya y sonríe encantado, acerca su boca a la mía, pero giro la cara y solo consigue besarme en la oreja. Le doy golpes en los hombros para que me suelte y esta vez no tengo que recurrir a tretas para conseguirlo.

El siguiente en acercarse es el Minos, me abraza y besa emocionado mientras me dice lo orgulloso que está de mí. Me deja en el suelo y veo a Amenhotep que me sonríe complacido.

—Ha sido un espectáculo magnífico. —Me da la mano con timidez—. Has hecho un salto perfecto. Me dan ganas de escribir lo que he visto para describir la perfección del salto.