Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Me encojo de hombros y le echo una mirada. Espero a que se aparte y cuando lo hace, entro con paso digno, no quiero que me vea correr por cobardía otra vez. Me vuelvo hacia la figura que me sigue y con la cabeza agachada le pido perdón por el golpe que le di en la mañana.

—¿Y por reírte de nosotros, no pides perdón? —Levanta una ceja.

—Eso os lo habéis buscado vosotros solitos. Si no sabéis trepar y voltear no deberíais meteros en ese jardín.

—Tienes razón, no debimos dejarnos llevar por el enfado. —Se sitúa a mi lado—. Y tú no deberías ir vestida de chico para evitar malentendidos. De haber sabido que eras la princesa, no te habría tratado de esa forma.

Lo miro ojiplática. ¿Esta mole gigantesca me pide perdón? ¿No se vanagloria ni exige compensación? Vamos, me pinchan y no sangro.

—Estamos empatados —respondo y sonrío indecisa—. Tal vez deberíamos empezar de nuevo.

—¡Ah! Veo que la has encontrado. —El Minos se acerca a grandes pasos—. Ion, esta es la princesa Eirene; mi hija.

Su sonrisa es de oreja a oreja, pero en sus ojos leo una pregunta sin hacer. Se ha dado cuenta de mi desaparición; mañana me espera una buena regañina. Agacho la cabeza y espero que Ion le cuente nuestro desencuentro de la mañana en el puerto.

—Es un placer, princesa.

Coge mi mano y me besa en los dedos, pero no me suelta, le da la vuelta y besa también la palma, sentir sus labios calientes me provoca un gran estremecimiento. El movimiento es involuntario y él se da cuenta, me mira con esa sonrisa ladeada y suelta mi mano con indolencia.

¡Uf! ¡Qué calor! Llevo la mano a la parte posterior de mi falda y la froto con disimulo.

—Lo mismo digo, príncipe Ion. —Mi voz suena débil, lo que me irrita. Me doy la vuelta para dejarle con mi padre, pero me sujeta del codo.

—Princesa, quédate con nosotros y alegra nuestra vista —dice con gracia y sonríe abiertamente.

—Como si fuese un animalillo en una jaula. —Bufo en voz baja, pero él lo ha oído y suelta una sonora carcajada.

—Hija, acompaña a nuestro invitado a comer. —Ion se da la vuelta y me guiña un ojo.

¿Será posible? Se cree que me gusta.

El Minos se mezcla con otros asistentes como si nada. Me giro hacia el micénico y con una sonrisa hierática niego con la cabeza.

—Me temo que tengo el estómago revuelto —le señalo los taburetes con bandejas—, pero allí tienes comida. Ahora voy a pedir permiso para retirarme.

Con pasos decididos me acerco al Minos, le doy un golpecito en el hombro y me empino hasta su oreja.

—Padre, no me encuentro bien, ¿puedo retirarme?

Se gira y escruta mi cara. Busca una forma de hacerme cambiar de opinión, pero me conoce, así que se le escapa un suspiro.

—Puedes retirarte.

Me da un beso en la frente, y salgo con rapidez del salón. No miro a nadie, solo necesito volver a mi cuarto y descargar la adrenalina de alguna forma, porque el micénico me pone los pelos de punta y mi cuerpo tensionado necesita liberarse.

Doy grandes zancadas por los pasillos, giro y vuelvo a girar hasta que me tropiezo con un muro.

—¡Mierda! ¿Otra vez? —Intento dar unos pasos hacia atrás, pero me sujeta por los brazos.

—Deberías cuidar tu vocabulario, no es adecuado para una princesa —dice risueño Ion.

—Y tú no deberías obstruir los pasillos —le contesto insolente.

—Otra vez has sido tú quien ha chocado conmigo. —Chasquea la lengua.

—¡Vaaaale! Ahora si me dejas pasar te…

—Primero, te dejaré claro que no soy un trozo de carne con ojos.

No me da tiempo a reaccionar, baja la cabeza y su boca se apodera de mis labios.

Nunca me han besado, soy la hija de Minos y nadie se ha atrevido.

Nunca. Sus labios insisten en los míos mientras su lengua fuerza la entrada.

Entonces, siento el mundo desvanecerse a mi alrededor para dejar paso a una explosión de colores que me asusta.

El corazón late desbocado, mi piel arde con un fuego interior que me asusta.

Le doy un empujón para apartarlo, pero no se mueve nada.

Levanto el pie derecho, lo pongo detrás de su rodilla y vuelvo a empujar, esta vez consigo que me suelte y de paso cae de culo ante mí.

No me detengo a preguntar si está bien, él solo se lo ha buscado.

Corro como si el toro me persiguiera, giro en el último pasillo y llego a mi cuarto.

Cierro la puerta detrás de mí y pongo la barra para impedir que entre nadie.

Sigo apoyada en la madera mientras recupero el aliento, cuando escucho pasos en el exterior.

Me asusta pensar que entre por la fuerza, por lo que miro en derredor, veo la mesa junto a la puerta y la empujo hasta bloquear el acceso a mi cuarto.

Me aparto para ir a la cama y escucho una sonora carcajada. ¿Se ríe de mí?

Me dan ganas de abrir la puerta y borrarle la sonrisa con un buen guantazo, y casi lo hago. Sin embargo, me voy hasta la cama y me dejo caer con un bufido.

Pienso en todo lo que ha pasado hoy y en los días que me quedan.

No sé cómo decirle al Minos que ninguno de los pretendientes me gusta: uno, porque no busca esposa ni puede sin el permiso del faraón; otro, porque a pesar de su aspecto afeminado, me da repelús; y el último, es del todo imposible.

Me siento entre la espada y la pared y no veo salida alguna a la situación.

Sé cuándo el Minos ha tomado una decisión, y esta es una de esas ocasiones.

Necesito ganarme su atención; necesito que escuche mi opinión; necesito tiempo. Eso es, necesito tiempo para asimilar todo lo que está ocurriendo.