Capítulo 8
Pretendientes
E l Minos se vuelve hacia mí y me mira irritado al ver que estoy casi escondida a un lado del trono. Se levanta y me coge del codo para que lo mire.
—Ahora, te presentaré a los pretendientes.
Camina en busca de ellos mientras tira de mí. Parece que simplemente está paseando, pero yo sé que me sujeta para impedir que me marche. Al primero que nos encontramos es al cananeo. Nada más verlo, ya me repele, por ello, intento recomponer mi semblante para evitar que descubra mi desagrado.
—Cam El Baal, quiero presentarte a la princesa Eirene; mi hija.
—Princesa —hace una pequeña inclinación, pero sus ojos no se apartan ni un momento de mí—, es un placer conocer tan bella dama. —Coge mi mano y la besa.
—Príncipe —agacho la cabeza en señal de respeto, pero me incorporo con rapidez—, el placer es mío por estar ante tan ilustre hijo de Canaán 22.
—Decidme, Eirene. ¿Toda la isla es tan bonita como este palacio?
—No sabría decirle, señor, no la he recorrido entera. Pero baste decir que lo que yo conozco, es lo más bello que pueden contemplar los ojos.
—En eso debo discrepar. —Me sonríe ufano—. No creo que sea más hermosa que vos.
—No quisiera llamaros mentiroso, pero la isla es mucho más hermosa que yo. —Le devuelvo la sonrisa rígida por tan tonto intercambio de cumplidos.
Ya no aguanto más a este presuntuoso. No solo viste ostentoso, sino que su forma de actuar y dirigirse a mí me hace dar arcadas. Tengo que alejarme de él. Miro a todos lados y veo al príncipe de Egipto.
—Si me disculpa Cam El Baal, voy a conocer al resto de los invitados.
Él, arruga la nariz y hace un gesto despectivo con la boca, y de forma grosera se vuelve hacia el grupo que está tomando pequeños bocados de comida.
No necesito más excusas, lo dejo comiendo y voy en busca del egipcio. Mi padre me ve acercarme, y cogiéndome del codo me lleva hacia él.
—Amenhotep —lo llama mi padre—, quiero presentarte a mi hija, la princesa Eirene.
—Encantada. —Me inclino y sonrío con cordialidad.
—Princesa, es un placer. —Me mira, pero no hace ningún intento por acercarse a mí.
—Les dejo para que hablen. —El Minos vuelve a dejarme sola.
—¡Me encanta vuestra tierra, Amenhotep! —digo emocionada, no es mucho menor que yo, tendrá unos doce años.
—Egipto, es la tierra de los dioses, hemos sido bendecidos con su benevolencia. —Su sonrisa juvenil me hace sonreír también.
—Contadme cosas de allí. Sé algo de vosotros por vuestro embajador que me ha hablado de vuestros dioses y construcciones. La verdad es que me gustaría ver vuestros templos y pirámides —exclamo extasiada y de manera atropellada.
—Ya no se hacen enterramientos en las pirámides —dice solemne.
—Oh, ya lo sé. El embajador Adom me habló de los saqueadores de tumbas, el gran problema que representan para quienes quieren vivir al otro lado del Nilo. —Hago un leve movimiento de manos para quitar importancia—. Aun así, es impresionante lo que habéis construido.
—No menos de lo que habéis hecho en Cnosos, es un palacio magnífico. —Cada vez lo encuentro más simpático—. Si yo heredase el trono de las dos tierras, me gustaría construir algo tan fabuloso como esto.
—¿No sois el heredero al trono? —Me extraña que padre no haya traído al heredero.
—No. Mi hermano Tutmosis es el heredero, además del sumo sacerdote de Ptah 22 en Menfis. —Mira a ambos lados, nervioso—. Mi madre, la reina Tiy, convenció a mi padre para que me enviase aquí y así estrechar aún más los lazos con el Minos.
—Creí que estabais aquí para buscar esposa. —Lo miro a esos extraños ojos—. Al menos es lo que me ha dicho el Minos, que tengo que elegir entre los tres emisarios que han llegado hoy. —Niego con la cabeza.
—Lo siento, no puedo casarme con una princesa extranjera, a no ser que me lo mande el faraón. —Me mira con inocencia—. Pero siempre os tendré en mi corazón como una amiga.
—Por supuesto —le doy mi más sincera sonrisa—, es un honor para mí. Mañana haremos un entrenamiento de salto, me gustaría que vinieses —lo invito porque cada vez me cae mejor este muchacho.
—Será agradable acompañarte a verlo. —Me devuelve la sonrisa.
—No, yo soy la que entreno, no voy a verlo, pero tú puedes animar a los saltadores. Mañana entrenaremos con una vaquilla de verdad —le digo emocionada.
—¿Tú saltas el toro? —Parece perplejo.
—Sí, llevo años entrenando. En la fiesta de la cosecha haré el salto —digo emocionada—. Tal vez puedas quedarte hasta entonces.
—Espero que sí. De todas formas, solo me quedaré hasta que me lo ordene el faraón —dice con pesar.
—Disfrutaré de tu amistad mientras permanezcas en Cnosos.
—Te invito a visitar mi tierra cuando quieras, así podrás ver por ti misma las maravillas de las dos tierras.
—Algún día te tomaré la palabra —contesto, y en un impulso, lo abrazo efusivamente.
Me separo algo atribulada por mi efusividad y veo que el micénico se acerca a nosotros.
Me pongo nerviosa y decido despedirme del príncipe.
Salgo con prisa por la primera puerta a la que llego y corro por el pasillo, giro a la derecha y bajo las escaleras que llevan al atrio, pero antes de llegar a él, me meto por el pasillo que conduce a los almacenes.
Vuelvo a girar, esta vez a la izquierda y tomo las escaleras que conducen a las dependencias reales.
Me detengo para recuperar un poco el aliento, y de camino escuchar si me siguen.
Mi corazón empieza a calmar el rápido latir.
No escucho pisadas apresuradas; bien, puedo continuar mi loca huida con más calma.
Camino deprisa, pero con tranquilidad hasta llegar al aposento de la reina.
Llamo a la puerta y entro sin esperar respuesta, cierro detrás de mí y me apoyo en la puerta.
Miro al frente y como siempre me sobrecoge la bella decoración de la estancia, los delfines parecen flotar en un agua imaginaria mientras las olas susurran a su alrededor.
Busco con la mirada a mi madre en la habitación, estoy a punto de darme por vencida cuando la veo sentada en un banco junto a una de las ventanas. Sin pensarlo, corro hacia ella y me arrodillo a sus pies.
Ella no dice nada, solo acaricia mi cabeza y espera a que le cuente lo que ocurre. No sé por qué, pero siempre sabe cuándo hablar o callar. Apoyo la cabeza en sus rodillas y suspiro ante el aroma a hierbas frescas y trigo que siempre desprende.
—Madre, tengo que contarte algo —hablo sin mirarla.
—Dime, hija. —Suspira, con un deje de resignación en sus palabras.
—Uno de los hombres que el Minos me ha dado a elegir, no me gusta nada.
—Bueno, en ese caso está bien que te haya dado tres candidatos —dice con voz suave.
—Bueno, corrijo, dos de los hombres no me gustan nada. —Levanto la cabeza e intento sonreír.
—Todavía te queda un tercero —habla con rotundidad.
—Es que el tercero no es elegible.
—No puede ser, tu padre ha traído tres príncipes solteros bajo la promesa de matrimonio.
—Pues el príncipe egipcio me ha dicho que no puede casarse sin la orden del faraón. Es más, de hecho, no ha venido en busca de esposa.
—Debe ser un error.
—Ya, pero es que es el único que me gusta y resulta que está aquí con otro propósito.
—¿Y por qué no te gustan los otros príncipes?
—El cananeo es demasiado altanero y presumido. Mucho me temo que, si me caso con él, tendré que pelearme por mis cosméticos y vestidos. —Hago un gesto de asco—. Y el micénico, es imposible. —Niego con la cabeza.
—¿Por qué es imposible?
—Esta mañana me topé con él en el puerto, me sujetó tan fuerte que me asusté, así que le golpeé para liberarme y luego, cuando me persiguió, según él para darme una lección, Damián y yo los dejamos en ridículo saltando por las estructuras de descarga del puerto, haciendo piruetas hasta perdernos en las calles de alrededor.
—¿Te agarró? —Me levanta la cara—. ¿Ese hombre no respetó a la princesa de Cnosos?
—Bueno, en realidad pensó que yo era un chico —digo con mirada arrepentida—. Pero en el salón del trono me ha reconocido, estoy segura por la forma en que se dirigía hacia mí, y por eso he escapado.
—¿Acaso has abandonado el salón sin pedir permiso al Minos? —Niega con la cabeza—. Debes volver de inmediato y pide a la Madre, que el Minos, no se haya dado cuenta de tu escapada.
—Pero madre, ¡el micénico estará allí y querrá vengarse por lo de esta mañana!
—No podrá hacerte nada en el salón, pero tú debes disculparte con él para arreglar el error.
Se pone en pie y me obliga a levantarme. Juntas vamos hasta la puerta, la abre y me obliga a salir.
—Vuelve al salón, pídele perdón y haz como si hubieses tenido un imprevisto. —Me da un beso en la mejilla—. Mañana hablaremos, me voy a dormir que estoy cansada.
Me despido cabizbaja y vuelvo al salón arrastrando los pies.
Se me traba la lengua y me ahogo solo de pensar en pedirle perdón al gigante, pero sé que debo hacerlo si no quiero provocar al Minos.
Doy cada vez las zancadas más largas, apurando mi llegada al salón del trono.
Miro hacia la puerta y casi se me cae la mandíbula al suelo.
En la puerta, apoyado sobre la jamba y con los brazos cruzados sobre el pecho, está el micénico.
Tiene una sonrisa ladeada que me pone el vello de punta.
Me paro en seco y lo miro. Sus ojos verdes y el pelo leonino le dan el aspecto de una fiera a punto de saltar sobre su presa, a pesar de la postura despreocupada que tiene.
No aparto la mirada de sus ojos y tengo que alejarme unos pasos para no tener que echar la cabeza hacia atrás.
Realmente tiene una altura impresionante, y eso que yo no soy bajita.
—¿Has dejado en ridículo a alguien más o solo necesitabas correr para eliminar la tensión? —Su voz ronca y fuerte me saca de mi distraído pensamiento.
—Solo necesitaba salir de la estancia un momento. —Levanto la barbilla y me acerco altanera para entrar al salón.
—¡Qué casualidad! —me da un repaso visual—, justo cuando me iba a presentar. —Chasquea la lengua y hace rodar los ojos hacia arriba.