Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 7
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Capítulo 7

Viviendo el pasado

M e cuelo por los almacenes y entro al palacio por detrás.

Estoy casi en mi habitación cuando recuerdo que faltan tres días para mi cumpleaños.

Mi padre está fuera, es la oportunidad para colarme en su cuarto para buscar mi regalo.

Es un juego que hacemos desde que era pequeña: él esconde mi regalo en su cuarto, y si lo encuentro antes de mi cumpleaños, puedo quedármelo, si no, tendré que esperar hasta que me lo entregue.

Claro que siempre lo encuentro, e. Es una tontería, pero nos reímos de las cosas que hago para conseguirlo antes del día.

Mi madre no lo entiende, pero se divierte igualmente con nosotros.

Mi padre es el Minos de Cnosos, y aunque pueda parecer serio y altanero, me quiere mucho; soy su niña, aunque yo hubiera preferido ser su hijo.

Cosas de la Madre, encerró mi mente aventurera y arriesgada en un cuerpo frágil de mujer.

Por eso entreno para el salto, quiero demostrarle al Minos que soy su digna sucesora.

Da igual mi sexo, él dice que no le importa, pero sé que algunos consejeros no lo ven bien.

Este año, en la fiesta de la cosecha saltaré el toro, seré la mejor saltadora y les demostraré que soy la digna sucesora de mi padre.

Giro a la izquierda en el pasillo, después subo las escaleras del atrio y por fin llego a la habitación del Minos.

La abro un poco y asomo la cabeza, no se escucha a nadie.

Me cuelo con rapidez y empiezo a buscar.

Primero, en los pequeños arcones junto a la cama; me meto debajo de ella para explorar el suelo.

No tengo mucha luz por lo que voy palpando con la mano todo el espacio.

Nada. Me salgo y voy al gran arcón bajo la ventana, levanto la tapa y rebusco entre la ropa.

Escucho las voces que se acercan. Sin pensarlo, me meto dentro del arcón y cierro la tapa, pero dejo un muñón de ropa en el filo para evitar que se cierre del todo.

—Cariño, ven y descansa. —Es la voz de mi padre, y por el tono está hablando con mi madre.

—Solo estoy un poco cansada, en cuanto me siente estaré mejor. —Escucho el sonido de un beso —. Ahora, déjame ir a buscar a las chicas de la cocina, tengo que darles el menú de esta noche.

—Túmbate y yo las haré venir. —Se escucha crujir la cama.

—Aunque seas el Minos, no tengo que obedecerte, te recuerdo que soy la sacerdotisa de la Madre.

—Bien, pero también eres la madre de mi hijo que está por nacer.

—Todavía quedan cuatro meses y estoy perfectamente.

Los escucho gemir, ya no estoy tan segura de que haya sido buena idea entrar aquí; una cosa es ver a tus padres besarse y otra muy distinta, ser testigo de su amor.

Cierro los ojos y me pongo las manos en los oídos para no escuchar.

Me quedo tanto tiempo así que tengo las piernas dormidas y los brazos entumecidos.

Me paro a escuchar, están hablando otra vez. ¡Bien!

—¿Estás seguro de lo que vas a hacer? —Mi madre suspira.

—Sí, lo he pensado y es lo mejor. Ya sé que solo tiene catorce cosechas, bueno, en tres jornadas serán quince, pero necesitamos la alianza con otros países. Los pueblos del mar son cada vez más atrevidos: capturan una ciudad, la saquean y luego no queda nada. Tenemos que proteger la nuestra.

—Eirene no te lo perdonará. Ella cree que podrá gobernar como Minos, para eso está entrenando. He tratado de conducirla hacia la Madre, pero ella prefiere ser Minos a Sacerdotisa.

—Pues no puede elegir.

Escucho la puerta cerrarse y la habitación queda en silencio.

Estoy en shock después de escucharlos hablar.

Yo pensé que mi padre me permitiría ser el Minos.

No hay nadie mejor que yo, se lo he demostrado montones de veces.

Cada vez que venía un dignatario extranjero o cuando me pedía ideas para mejorar el palacio o…

Mierda, ¡he estado haciendo el tonto todo este tiempo!

Siempre he sido la sucesora de mi madre; la sacerdotisa de la Madre.

Se me escapa un sollozo de pena, pero me lo trago, no pienso llorar ni darme por vencida.

Salgo del baúl y vuelvo a mi cuarto, al entrar me encuentro a mi madre sentada en el triclinio. Se me escapa un suspiro y cierro detrás de mí.

—Hola, madre. ¿Qué puedo hacer por ti? —Me apoyo en una columna de la cama y la miro con seriedad.

—Hija, esta noche tenemos invitados. —Se retuerce las manos en el regazo y me mira—. El Minos quiere que acudas a la cena vestida como la princesa que eres, heredera del Minos y de la Sacerdotisa de la Madre.

—Bien, así lo haré —contesto con sequedad.

—Por eso estoy aquí, para ayudarte. —Se incorpora y da unas palmadas—. Te he preparado un baño.

—Madre, sé bañarme perfectamente —le sonrío con socarronería—, no hace falta que vigiles si me lavo detrás de las orejas.

—Deja que te atienda esta noche. —Me mira suplicante.

—Harías mejor en descansar. Si hay invitados se te hará una velada muy pesada. —Me muevo hasta la ventana y miro por ella, aunque no me interesa el paisaje.

—Yo no acudiré, así pues, no debes temer que me agote.

—Arggg, sois de lo que no hay. —Me doy la vuelta y me siento a su lado—. Está bien, haz lo que quieras.

La bañera me espera tras la cortina, el vapor del agua caliente sisea por la estancia.

Me meto en ella y me relajo, pero no por mucho tiempo.

Las manos de las criadas comienzan a restregar, primero el pelo, y luego mi cuerpo.

Las dejo frotar en la espalda, pero cuando van a lavarme por delante, les quito el trapo y las echo.

—Ya puedo ocuparme yo —digo malhumorada.

—Hija, no lo pagues con ellas, solo hacen su trabajo.

—Ya. —La impaciencia me come por dentro.

Me levanto y me envuelven con rapidez en una tela de lino, me secan con mimo y yo me muerdo los labios buscando paciencia.

Entro desnuda a la alcoba y veo a mi madre con el vestido de gala en las manos: una falda larga de grandes volantes en color rojo real y carmín.

Después, me ponen el corsé en rojo real con texturas circulares y me lo aprietan con cordones entrecruzados a la espalda.

Aunque no sé para qué, por mucho que lo hagan mis pechos no se van a hacer mayores; es mi maldición, unos pechos insignificantes que apenas hacen que me reconozcan como mujer.

Ese es mi gran trauma, encima de estar encerrada en un cuerpo de mujer, ni siquiera es un cuerpo voluptuoso.

Todo lo contrario, es anodino, casi masculino, fibroso y musculoso. Por eso no me gusta vestir de mujer.

Me ponen la chaqueta con mangas que deja al aire mis ridículos pechos y ya estoy disfrazada. Madre me obliga a sentarme en la banqueta y recoge mis largos rizos en un moño, mientras deja caer mechones rizados a ambos lados de la cara y por la nuca.

Me pone una corona de perlas en la cabeza, rodeando el moño y luego añade un collar en malla que cubre mi pecho, pero no lo esconde. Bufo, malhumorada sin poder contenerme.

—Madre, eso no va a disimular la escasez de mi busto —refunfuño.

—Todavía es pronto para que crezca. En unos años, cuando tengas hijos y dejes de ejercitarte todos los días, se revelará y entonces… —Me lanza una sonrisilla cómplice.

—Ya. —Le devuelvo la sonrisa, pero a desgana.

—¡Estás preciosa! —Se seca una lágrima solitaria.

—Tú que me quieres y solo ves lo que quieres ver. —Le doy un beso y la abrazo.

Se abre la puerta del cuarto y entra mi padre, se detiene ante mí y su sonrisa le ilumina la cara. Va vestido para recibir embajadores, lleva un chiton 17 en color rojo real adornado con aplicaciones de trenzas de oro, sobre la cabeza los cuernos de Minos le confieren una figura impresionante.

—Hija, me haces sentir muy orgulloso. —Acaricia mi cara con ternura, pero la baja de inmediato.

—Gracias, Minos. —Me inclino ante él—. Tú estás imponente, como siempre.

—Aduladora. —Suelta una carcajada y besa mi frente, pero de inmediato, se pone serio—. Hoy me acompañarás en la recepción de embajadores.

—Me lo ha dicho madre. —Me retuerzo las manos—. Intentaré ser una digna hija de Minos.

—Así lo espero, porque hoy conocerás a los pretendientes que he elegido para ti. —Levanta una ceja en espera de que proteste, y como no digo nada, continúa—. He seleccionado los tres pueblos cuya alianza nos será más beneficiosa.

—Padre… —Empiezo a dar vueltas por la habitación.

—¡No! —Me sujeta por el codo—. Necesitamos una alianza fuerte y duradera, los pueblos del mar son cada vez más osados y temerarios, por lo que no se atreverán con Cnosos si tenemos aliados fuertes.

Además, los hombres que te he buscado son todos jóvenes.

—Me coge del codo—. Vamos al salón del trono, no podemos hacer esperar a nuestros invitados.

No tengo más remedio que acompañarlo, pese a que me siento ridícula y expuesta.

Entramos al salón del trono, el Minos saluda a los que esperan y se sienta en su sitial de alabastro mientras yo me quedo a su derecha de pie.

Giro un poco la cabeza y me fijo en los grifos a ambos lados del trono, que parecen decirme que me estire y demuestre la sangre que corre por mis venas. El orgullo me puede y lo hago.

Miro a la sala, conozco a la mayoría de los que están aquí. Han venido el príncipe de Festos 18 y el de Malia 19 .

La música de las liras crea un ambiente distendido y ameno. En ese momento se abren las puertas y una trompeta llama la atención hacia el visitante, mientras un heraldo anuncia al primer visitante.

—¡Cam el Baal, hijo de Cam Yamir!

En la sala entra un hombre joven, se le ve apuesto. Si no fuera por la excesiva y ostentosa vestimenta, incluso sería agradable mirarlo, ―bueno, si su exótico peinado no me distrajera―. Me río en silencio.

Se acerca hasta el trono y hace una leve inclinación de cabeza. Lleva el pelo recogido hacia atrás con una trenza de oro, los rizos pulcramente trazados le caen por debajo de la trenza en un ostentoso peinado.

—Bienvenido, Cam el Baal. Espero que disfrutes de la velada.

—Gracias, Minos. Permíteme ofrecerte un rollo de nuestra mejor seda púrpura. —Hace un gesto con la mano y se adelanta un criado con un gran rollo de tela; el color es tan brillante que casi tengo que cerrar los ojos.

—Gracias, Cam el Baal. —El Minos asiente con la cabeza, satisfecho.

Se abre la puerta de nuevo y vuelve a sonar la trompeta, en esta ocasión entra una procesión egipcia. El heraldo se yergue y presenta al nuevo visitante.

—Amenofis IV, hijo de Amenhotep III.

Encabeza la procesión un muchacho de extraña apariencia con la cara alargada y ojos rajados. Pero lo que más llama mi atención, es su cuerpo de torso delgado, pero con unas prominentes caderas y piernas gruesas que le dan un aspecto femenino.

Lleva un shenti 20 ribeteado con filigranas de oro y en el pecho un usej21 de complicada ornamentación. Las piezas de orfebrería atraen mi mirada como si fuese un cuervo; no puedo evitar admirar el brillo de las joyas.

—¡Bienvenido, Amenofis IV!, espero que disfrutes de la velada.

—Minos, te traigo este presente en nombre de mi padre, el gran Amenhotep III.

Se acerca uno de los hombres que lo acompañan y veo que lleva un cojín de seda rojo y sobre él un usej precioso, con líneas de lapislázuli alternadas con oro y terminado en diminutas borlas de hilos dorados.

—Me honra tan magnífico regalo de mi amigo y aliado, Amenhotep III.

—Se abren las puertas de nuevo y entran dos hombres gigantescos.

Los conozco, son los que me apresaron en el puerto y a los que Damián y yo toreamos por las calles hasta perderlos .

Se me escapa un gemido e intento agachar la cabeza, no quiero que me reconozcan.

Aunque ellos me tomaron por un chico, no estoy segura de su reacción, por eso me encojo y trato de pasar desapercibida.

No tienen sirvientes ni ofrendas, lo cual me extraña.

—Ion de Micenas, hermano de Aqueo; rey de Micenas —anuncia el heraldo.

—Bienvenido, Ion de Micenas. Espero que disfrutes de la velada.

—Gracias, Minos. Como ofrenda del pueblo de Micenas, os he traído el caballo que montaba el general de los Escitas. Si os asomáis al atrio, podréis contemplarlo.

—¡Veamos tan magnífico regalo! —El Minos se levanta exultante de alegría.

Todos los presentes se acercan a la balaustrada que se asoma al atrio.

Yo me quedo atrás, para estar lo más lejos posible de los micénicos, por eso tardo en poder hacerme un hueco para mirar.

Abajo, un soldado uniformado sujeta las riendas de un magnífico caballo con las crines más frondosas de lo normal.

El esbelto animal, está vestido con arreos de plata que destacan el color oscuro de su pelaje y potencia su belleza.

Como si se sintiera observado, el caballo se levanta sobre sus cuartos traseros y relincha con orgullo mientras agita la cabeza con energía.

Sus largas crines se agitan con el movimiento y aumentan la majestuosidad del equino.

El Minos ríe extasiado mientras mira el hermoso caballo dar vueltas en el atrio, guiado por un soldado.

Se levanta de nuevo sobre las patas traseras y su relincho adquiere mayor fuerza; parece que se queja por su cautiverio y reniega de su exposición.

Aun así, no deja de ser magnífica su estampa.

Poco a poco, todo el mundo regresa al salón, mi padre vuelve a ocupar su trono y yo detrás de él, vuelvo a intentar desaparecer.

—¡Amigos de Cnosos! Celebremos con nuestros aliados este día. Que el vino y la comida nos llene mientras disfrutamos de esta velada.