Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 6
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Capítulo 6

Enterrados vivos

M e dejo caer al suelo y lloro al comprender la magnitud de lo que nos han hecho. Mi cuerpo se estremece y se sacude sin que tenga control sobre él. Siento a Juande envolviéndome, lo abrazo y busco su solidez.

—Chist, princesa, cálmate, te necesito fuerte para salir de esta. —Me besa en la frente.

—Tienes razón —me recompongo con rapidez en su regazo—, tenemos que salir de aquí antes de que ese tarado destruya esto. ¿Pero dónde coño se cree que está? ¡Esto no es Corrupción en Miami, por Dios!

—Tranquila, todo saldrá bien —dice para calmarme—. Solo hay que esperar a que nos echen de menos. Además, mi coche está en la entrada de la excavación. —Me aprieta contra su cuerpo—. Supondrán que nos hemos quedado trabajando.

Lo miro casi sin comprender. Está muy tranquilo, y es esa calma lo que me hace estremecer.

Levanto la cabeza y le miro a los ojos. Nuestras miradas se cruzan, pero ya no hay necesidad de hablar, ambos sabemos que para cuando nos echen de menos, el gordobeso habrá terminado su plan de destruir la excavación y de paso acabar con nosotros.

Le cojo por el cuello y lo obligo a bajar hasta mi boca.

Nuestros labios se unen. Al principio, con un leve roce y poco a poco, como si fuese una caricia, su lengua sale a recorrer mis labios: empieza por el superior, luego el inferior y, por último, le da un leve mordisquito que me hace humedecer.

Mis gemidos resuenan en el habitáculo como ecos del pasado, y nos envuelven para hacernos desear más.

Sus manos recorren mi cuerpo con lentitud, tras ello nos perdemos en el liviano consuelo que nos proporciona nuestra unión.

Algo tan pequeño, pero a la vez tan enorme que nos evade de esta difícil situación.

Es como si nuestras almas se buscasen y solo en la explosión de nuestra unión, se redimiesen.

Levanta la cabeza y me da esa sonrisa ladeada que me desarma.

Me muevo en su regazo, hasta colocarme a horcajadas sobre él para lanzarme sobre su boca, y dejo que nuestros cuerpos hablen.

Siento mi piel arder, el fuego me consume desde dentro y sus caricias solo sirven para prenderlo con más fuerza.

Nuestras respiraciones se escuchan con rotundidad en el interior del tholos . El silencio acoge nuestros gemidos y ensalza nuestros sentidos. Estamos solos, él, yo y la eternidad que nos envuelve.

—Bruja —se arrodilla ante mí y mordisquea el tanga por sus extremos―, te me has metido bajo la piel.

—Bueno, pues yo prefiero que tú te metas dentro de mí —digo pensando en que me he vuelto una descarada.

Coge la tira del tanga y va a pegar un tirón, pero le sujeto la mano y niego con la cabeza.

Me lo quito despacio. No sé cuánto tiempo estaremos aquí, pero desde luego prefiero conservar la poca ropa que tengo.

Durante interminables minutos se dedica a mi cuerpo, le rinde pleitesía como si fuese un caballero de brillante armadura.

Nos abrazamos y besamos como si fuese la última vez, creo que es esta traumática situación la que nos hace entregarnos totalmente.

Mi cuerpo convulsiona sin control, grito para desahogarme mientras mi mente se evade, y extraigo hasta la última gota de placer que me proporcionan sus movimientos.

Puedo escucharlo mientras su propio desahogo lo avasalla y envuelve.

Me toca tan adentro que grito con más fuerza, mi cuerpo ya no me responde, succiona su eyaculación y le escucho gritar y gemir alternativamente.

Los estertores de su clímax me sacuden exprimiendo las últimas sacudidas de mi orgasmo.

Se deja caer al suelo y me lleva con él hasta su regazo, todavía lo siento en mi interior. Me levanto un poco, me acomodo en sus brazos y cierro los ojos solo un momento, necesito descansar.

Despierto desorientada. Estoy en el suelo con la cabeza apoyada sobre un bulto de ropa, por lo que me muevo y un quejido se me escapa. Meto la mano en el costado y despego de mi piel una chinilla. De repente, recuerdo donde estoy y todo lo que ha pasado.

—¿Estás bien? Se encuentra en cuclillas inclinado sobre mí—. Lo siento, no tenía nada para extender en el suelo.

—No te preocupes, lo entiendo. —Sonrío de oreja a oreja—. Ya haces bastante.

—Cuando quieras más… —Me devuelve la sonrisa y veo que está vestido solo con los vaqueros.

Me dan ganas de pasar las manos por esa tabla de lavar, pero me contengo, pues tengo la boca seca. Me levanto sin pensar en ello, me pongo el tanga y la camiseta de tirantes.

—¡Ey! Si te paseas de esa guisa me vas a matar —se me acerca como un león a una presa—, pero te juro que no te será fácil.

—Antes tendrás que pillarme. —Pongo la mesa entre nosotros y le miro juguetona.

Sacude la cabeza y me hace señas con el dedo para que me acerque y yo lo hago, vaya si lo hago. Me abraza por la cintura y devora mi boca con ansias. La humedad de la suya refresca la mía y me separo un poco.

—Voy a mirar entre las cosas que guardamos aquí por si hay agua. —Rebusco en el rincón donde están las herramientas y se me escapa un grito de felicidad.

—¿Qué?

—La garrafa de agua, creo que los chicos la metieron aquí para que estuviera más fresquita. —La levanto a la luz—. ¡Y está casi llena!

—Genial, eso nos da más tiempo.

No lo había pensado, pero la falta de agua es lo primero que puede matarnos, así que vuelvo a dar gracias por la ocurrencia de los chicos.

Juande coge una pica y lo veo dirigirse a la mesa.

—Bueno, vamos a ver si es una tumba en cista o una mesa para ofrendas.

Mete el pico en una esquina y hace palanca, la losa se levanta unos centímetros, pero no puede mantenerla en alto mucho tiempo.

Cojo una regla de obra y me acerco a la esquina junto a él.

Levanta otra vez la losa y yo meto la regla y desplazo la piedra hacia el lado.

No la hemos movido mucho, pero queda una buena abertura, así que cojo una linterna de mano y enfoco al interior.

Se me escapa un grito y se acerca a mirar.

—Mierda, ¡es una tumba! —Me coge la linterna y pasa el haz de luz—. Hay dos esqueletos. —Me señala con la luz y vuelve a enfocar más detenidamente los cuerpos.

—Están abrazados. —Un escalofrío recorre mi cuerpo, es como si alguien caminara sobre mi tumba y lo miro—. Parece que los hubieran enterrado vivos, y simplemente, se tumbaron esperando su muerte.

—Ayúdame a tirar la losa al suelo.

Empujamos los dos, y con gran esfuerzo, además de ingenio cambiando de posición la palanca de la losa, la piedra cae provocando un gran estruendo al tiempo que levanta una gran polvareda.

Nos tapamos la boca y la nariz con nuestras camisetas mientras tosemos y el polvo en suspensión baila ante las linternas.

Inclinados sobre los cuerpos, Juande confirma mi suposición: por el tamaño de los esqueletos son un varón y una mujer.

Están abrazados, el esqueleto más grande abraza al más pequeño; casi puedo sentir la admiración que sintió por la mujer el sujeto en vida.

Hay en su forma de abrazarse algo que me conmueve, e inspiro con fuerza para alejar la pena que amenaza con apoderarse de mí.

La ropa cuelga de sus huesos hecha harapos, en los pies, una piel los envuelve, está sujeta por una cincha de cuero.

No me atrevo a tocarla, no sea que se desintegre.

En la mano del varón llama mi atención un anillo, se lo señalo a Juande y él lo coge con cuidado.

Consigue sacarlo del dedo medio y lo pone ante la luz, es un sello redondo con una especie de yunque en el centro y a cada lado un león rampante, miran hacia un olivo que divide la escena por la mitad.

Se me escapa un gemido porque ya he visto algo parecido.

—¡Esto es de los micénicos 7 ! ¡Es igual al que hallaron en el Tesoro de Atreo 7 en la tumba de Agamenón!

—¡Tienes razón! —Lo levanta a la luz—. Joder, esto no tiene sentido.

Me inclino sobre los cuerpos y veo que el esqueleto femenino también tiene un anillo, se lo señalo a Juande y se lo quita.

Volvemos a observar a la luz y se me escapa un gemido.

En el centro del anillo hay un toro embistiendo, sobre él la figura de un hombre en proceso de caída de un salto, con las manos apoyadas sobre el lomo del animal y las piernas describiendo el arco de la caída.

—Esto no tiene sentido. —Niego con la cabeza—. Tenemos una tumba con inequívoca decoración egipcia, pero en el sarcófago los cadáveres llevan el hombre un sello micénico y la mujer uno minoico 8. ¿Me estoy volviendo loca? ¡Coño, que estamos en Jaén!

—Menudo rompecabezas. —Pone ambas piezas en mis manos y se pone a revisar los pithoi.

—¡¿Esto es lo que quiere destruir ese descerebrado?! —Se me escapa un gemido.

Levanto la cabeza y lo veo mover las piezas.

Dispuesta a no quedarme sentada, recorro el espacio por el lado contrario y hago lo mismo.

Nos encontramos en el centro con los dos pithoi cerrados con tapa y sellados.

Me guardo los sellos en el bolsillo del pantalón.

Veo un punzón ante mi cara, Juande me lo ofrece para quitar la miel que lo sella, asiento con la cabeza y me pongo a trabajar.

Sentada en el suelo, voy siguiendo la línea de cierre, aprieto el punzón y atravieso el lacre de miel.

Con paciencia voy limpiando hasta que, por fin consigo abrir la tapa sin romper las piezas.

Juande ilumina el interior y se nos escapa al mismo tiempo una exclamación.

¡Son papiros! No los saco por miedo a que se desintegren.

—¿Qué hacemos, lo sacamos? —Lo miro con ansiedad.

—Con cuidado. Espera —me da su camiseta—, envuelve tus manos con esto.

Me pongo la camiseta en las manos y la acomodo como si fuese una manopla, saco el rollo de papiro y miro alrededor.

—Trae mi camisa y extiéndela en el suelo.