Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 5
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Capítulo 5

Incredulidad

—Vamos —lleva una mochila grande sobre un hombro—, si no fuera porque es el piso de mi abuela y puede aparecer por aquí cualquier familiar, te invitaría a quedarte.

—No te preocupes. —Le sonrío—. Entonces, ¿no es tuyo el piso?

—No, es de mis padres y mis tíos, pero no se deciden a venderlo, por eso lo utilizamos mis primos y yo para vivir independientes cuando venimos a Jaén.

—¿ No vives aquí?

—No tengo casa en ningún sitio, todavía no he sentado la cabeza como dice mi madre. —Me lanza esa sonrisa ladeada.

Entramos a mi edificio en silencio, pero nos reímos al llegar al ascensor cuando recordamos la regañina de Maruja. Abro la puerta y le conduzco hasta el dormitorio.

—Si quieres, puedes sacar tu ropa para que no se arrugue. Hazte sitio en el armario y los cajones.

—¿Puedo? —Levanta una ceja—. Entonces creo que pondré mis calzoncillos junto a tus bragas —dice y ríe divertido alzando de manera cómica las cejas.

—¡Serás malo! Para que conste, puede que no tengas sitio.

—Mejor, así se apretarán más. —Hace una imitación de escalofrío—. ¡Qué gusto!

—¡Payaso! —Me carcajeo—. Voy a darme una ducha.

Me desnudo y abro el grifo. Estoy metiendo el pie en ella, cuando entra Juande.

—¿Puedo? —Mueve las cejas arriba y abajo cómicamente.

—Por favor. —Le guiño un ojo y entro.

Me estoy mojando la cabeza, entonces, me toma desde atrás por la cintura, sus labios recorren mi nuca y descienden por la columna trazando un camino ardiente que me hace temblar.

Me da la vuelta y se arrodilla a mis pies, en mi vida he disfrutado tanto de una ducha.

Me deja temblorosa después de tener el orgasmo más asombroso de mi vida.

Todavía estoy reponiéndome del placer que me ha dado, cuando me abraza con fuerza y susurra en mi oído.

—Podría alimentarme solo de ti. —Restriega la nariz en el hueco que queda entre mi cuello y el hombro.

—Entonces, creo que me toca a mí comer. ―Me pongo de rodillas y le retribuyo el favor.

Me ayuda a incorporarme y me besa con pasión.

Nos separamos a desgana y como el día anterior, nos enjabonamos mutuamente; todo lo convertimos en un juego.

Nos secamos y salimos corriendo hacia el dormitorio para vestirnos, abro el cajón de mi ropa interior y sonrío al ver sus calzoncillos junto a mis bragas.

Voy a coger una, pero la dejo y saco un tanga de encaje, me lo pongo y le escucho emitir un gritito.

—¡No puedes ponerte eso! —Traga saliva ruidosamente y se relame—. ¡Tenemos que trabajar, Ana!

—No te preocupes, que no lo volverás a ver. —Sonrío y me pongo una camiseta larga.

—Ya, pero yo sé lo que llevas —lo dice tan bajito que apenas lo escucho.

Se acerca al cajón y saca un bóxer blanco. Ahora es mi turno de gemir, pues veo su gran erección y chasqueo la lengua.

—Si seguimos jugando, no podremos trabajar. —Le guiño un ojo.

Paso por su lado y salgo del dormitorio, no sin recibir antes una nalgada. En la cocina preparo una ensalada. No tengo que esperar mucho, entra vestido solo con el bóxer y esa sonrisa ladeada, se acerca a mí y me da un beso de los que yo llamo de tornillo. Se me escapa un gemido.

—Por favor, ¿no tienes nada para vestirte? —le digo con un falso enfado.

—Estoy tapado —dice con fingida seriedad.

—Sírvete. —Niego con la cabeza, le acerco un plato y el bol de la ensalada.

—¡Qué sano! —dice mientras se relame—, pero ¿no tendrás también algo con proteínas?

—¡Vale!, ¡déjalo ya! —Me río.

Mientras comemos, hablamos de la tumba. Yo le advierto que tiene algo diferente, incluso los pithoi tienen algo que me recuerda a otra cultura.

Él defiende que las pinturas son claramente egipcias, las del techo son iguales a la bóveda celeste de la tumba KV55Yl y yo no se lo puedo rebatir, no he estado allí, pero puedo buscar las imágenes.

Terminamos de comer y recogemos los platos, le cojo la mano y vamos al despacho.

Al entrar, él pega un silbido, lo que me hace reír.

—¡Menudo despacho! —Mira las estanterías hasta el techo llenas de libros, luego pasa la mano por una de las mesas.

—Está tal y como lo dejaron mis padres —digo orgullosa—. Solo he añadido algún libro que otro.

—Es magnífica. —Va leyendo los títulos de los libros ordenados con pulcritud por temas.

—Lo sé —digo con orgullo y me acerco a la sección de Grecia. Repaso con el dedo los títulos hasta que encuentro el que busco. Me siento en una de las mesas y hojeo entre sus páginas—. ¡Aquí está!

—¿Qué? —Se acerca y mira sobre mi hombro—. ¿Qué pasa? Son pithoi.

—Sí, lo son, pero son de Creta. Mira —le señalo una fotografía—, son iguales a los nuestros: las figuras geométricas recorren el diámetro en varias circunferencias, y esto —le señalo las serpientes —, esto es muy de Cnosos .

—Eso parece. —Acerca su nariz a mi pelo y le escucho olisquear—. ¡Qué bien hueles!

—Haz el favor —le regaño—. Tenemos que trabajar. —Busco más imágenes de los pithoi, pero él me pone en pie.

—Creo que ahora tienes que ayudarme a buscar semejanzas de la pintura. —Me da un piquito.

—¿No decías que son egipcias? —Me cruzo de brazos.

—Pero quiero descartar otras influencias.

Me levanto y voy hasta la sección de Egipto, repaso los títulos y saco uno. Me siento en la mesa y busco en el índice referencias a Nut .

—¡Ja! ¡Mira! —Le doy la vuelta al libro y lo pongo frente a él—. Dime si no es igual. Pero fíjate que las líneas de personas bajo Nut están divididas según su clase social, no como en nuestra pintura.

—Tienes razón, como siempre. —Se levanta y pone un pósit. Luego hace lo mismo con el libro de Creta—. Estos nos los llevaremos mañana —me mira—, ahora deberíamos descansar para llegar temprano.

—Vamos. —Apago la lámpara sobre la mesa y cojo los libros.

—Dime, ¿tienes mucho sueño? —Me agarra por la cintura.

—Hum, puedo esperar a dormir con el aliciente adecuado —afirmo a la vez que me muevo entre sus brazos.

—Entonces no se hable más. —Me coge en brazos, me echa sobre su hombro y corre hasta el dormitorio conmigo dando botes.

—Suéltame tonto, que te vas a hacer daño. —digo riendo a carcajadas y le hago cosquillas antes de que me deje caer en la cama.

Nos rebozamos como croquetas entre las sábanas mientras nos hacemos cosquillas mutuamente.

Las risas llenan el silencio de mi casa.

Hacía mucho tiempo que no se las escuchaba entre estas paredes y eso aligera mi corazón como nada.

Entre lágrimas lo veo reír y ponerse sobre mí, pero no hace nada más.

—Hace mucho que sueño con esto. —Restriega su nariz con la mía—.

Desde que te conocí, sentí una conexión contigo que nunca he vuelto a sentir, un rayo atraviesa mi cuerpo desde un extremo a otro y me siento morir si no te toco.

—Besa mis mejillas—. Pero es mi corazón el que ha sobrevivido a tu ausencia, y créeme, no ha sido fácil vivir con las migajas que dejaste.

He conocido a otras mujeres, pero ninguna ha llenado mi corazón ni mucho menos me ha robado el alma.

Se levanta y lo veo sacar un reproductor MP3, me pone un auricular y él se pone el otro. Escucho con atención y suenan los acordes de El alma al aire de Alejandro Sanz.

Yo quiero el aire que tiene tu alma Yo quiero el aire que, que vive en ti Yo quiero el aire, aire que derramas

Mientras la escucho, las lágrimas salen sin control de mis ojos, me las limpio, pero no hay manera, vuelven a salir.

La música, junto con la declaración que acaba de hacer, me pone llorona.

Se incorpora y me las seca dándome tiernos besos.

Recoge la humedad con tanta dulzura, que me hace derramarlas con más fuerza.

—Princesa, no llores, por favor. —Coge mi cara entre sus manos—. Mírame.

—Lo siento, es que me encanta esta canción y saber qué piensas en mí con ella… —Se me escapa un sollozo—. Abrázame. —Me coge entre sus brazos y me sienta en su regazo. Su cuerpo me envuelve mientras besa mi frente con dulces besos y me relajo tanto que cierro los ojos.

Me despierto y estoy sola en la cama. Miro hacia la ventana y veo el cielo clarear, me estiro y me levanto.

Salgo en busca de Juande y lo encuentro en la cocina, está vestido solo con el bóxer de espaldas a mí.

No me escucha porque veo asomar el cable de los auriculares y su cuerpo cimbrea al ritmo de lo que esté escuchando.

Trago saliva y me acerco despacio sin hacer ruido, lo abrazo por la espalda y la riego con montones de besos.

Se vuelve y me coge en alto para besarme, engancho las piernas alrededor de su cintura y le devuelvo el beso con pasión.

Me aparto y me chupo los labios relamiéndome. Sabe a café, dulce, excitante y adictivo. Le pongo un dedo en la boca y sonrío, de pronto me deja en el suelo.

—Desayuna o llegaremos tarde —dice al mismo tiempo que me da un beso en la nariz.

—¡Pero si acaba de amanecer! —me quejo.

—Pero tenemos que llegar pronto para empezar el inventario. —Me da una nalgada y sale de la cocina.

—¡Vale! Pero que conste que no nos pagan horas extras —le grito a su espalda.

Bajamos en su coche, lo cual me incomoda.

Me gusta caminar si voy con tiempo, ya que me despeja y me anima a empezar el día.

Mentalmente me voy trazando líneas de actuación para la jornada.

Es mi rutina, debo tenerlo todo organizado, y aunque en los últimos días he estado un poco dispersa, quiero retomar mis hábitos para el trabajo.

Dejamos nuestras mochilas en la taquilla de la tienda y nos acercamos casi a la carrera hasta la entrada de la excavación, saca el llavero, abre primero el candado y luego la puerta, bajamos y encendemos todas las linternas.

La magnitud de lo que mis ojos ven me encoje el corazón.

Miro en todas direcciones empapándome de toda esa belleza.

—Me gustaría saber lo que almacenan esos pithoi. —Lo miro expectante.

—Antes debemos contar cuántos hay y describir los modelos.

—Ya… Solo era un deseo. —Le doy una nalgada y se sorprende.

—Más te vale correr antes de que me las pagues, bruja. —Se ríe mientras sube tras de mí.

Caemos al suelo entre risas, mientras nos pellizcamos y cosquilleamos. Un carraspeo nos interrumpe y nos levantamos de un salto riendo todavía.

—Buenos días, madrugadores. Empezad sacando fotografías y clasificando. —Juande se pone serio, pero se le escapa una sonrisa.

—Sí, jefe. —Miguel baja con una libreta y una cámara de fotos mientras le siguen los otros voluntarios entre risas y juegos.

El viernes tenemos terminado el inventario y nos felicitamos por lo rápido que ha avanzado el trabajo, por lo que decidimos darles libre lo que queda de jornada y nos quedamos recogiendo.

En tanto los chicos, se marchan con alegría, dejamos las linternas en el interior de la tumba, solo las apagamos, y como tenemos la puerta que cierra la excavación, dejamos las picas, catalanas, cepillos y brochas en el interior del tholo .

Subimos las escaleras de la mano, yo detrás de él pellizcándole el trasero, de pronto se detiene y casi me lo como. Me asomo por su derecha para ver lo que le ha detenido. Se me escapa un gemido de desagrado, pero me callo al sentir el apretón que me da Juande en la mano.

—Concejal Santos, ¿qué le trae por aquí? —Juande se tensa aún más si cabe.

—Necesito saber cuándo se concluyen los trabajos —dice con voz rotunda.

—Pues queda mucho para terminar y más después de lo que descubrimos. —Me adelanto y me pongo junto a Juande. Me aprieta con fuerza e intenta que desande el camino.

—No es eso lo que quería escuchar —dice enfadado el gordobeso .

—Señor Santos, cálmese. —Juande me mira y leo en su mirada que me calle.

—No, señor Fernández, no necesito calmarme, ¡necesito que termine este despropósito para poner en marcha la expansión de la ciudad! —termina gritando—. ¿Se da cuenta de que usted y nadie más, es el responsable de la paralización del plan general de ordenación urbano?

—Si me permite que le enseñe la excavación, comprenderá por qué no podemos cerrarla. —La voz conciliadora de Juande no tiene nada que ver con su cara de enfado.

—¡Veamos ese descubrimiento! —Nos indica que bajemos, y no se me escapan los gestos que dedica a los dos tipos que lo acompañan que son como armarios empotrados.

Me adelanto para encender las linternas y escucho las pisadas que me siguen. Estoy poniendo la última linterna de mesa, cuando entran uno detrás de otro y Juande se coloca a mi lado.

—Como puede ver, el hallazgo es asombroso. —Hace un movimiento para abarcar la totalidad de la enorme estancia.

—No veo nada fuera de lo común —suelta el muy cretino—. Las pinturas parecen hechas por niños.

—¡Será bruto! —Se me escapa—. Nada más que las pinturas suponen una vuelta a todo lo que se sabe de esta ciudad.

—Ana —me coge Juande y me reprende—, déjame a mí.

—¡No! Déjame a mí, señor Fernández. —Nos mira con rabia—. Se acabó el tiempo y mi paciencia. —Se vuelve hacia la entrada—. ¿Han visto algo?

—Sí, señor. —El armario empotrado número uno sonríe y no me gusta nada.

—Señor Fernández, profesora García, ha sido un placer conocerlos. Por desgracia, un accidente destruirá este hallazgo.

—¿Pretende destruir esto? —grito descompuesta—. ¡No se lo permitiré! —Voy a lanzarme sobre el gordobeso , pero Juande me sujeta con fuerza.

—No se preocupe, profesora García, ustedes no lo verán, serán víctimas de su trabajo.

Se vuelve y sale de la tumba, pero antes de que lleguemos a la puerta los dos armarios empotrados retiran la barra que impide que se cierre la abertura.

La piedra nos cierra la salida con un ruido ominoso.

Me quedo rígida, no puedo pensar en nada.

Miro la piedra que nos impide salir y me doy cuenta de que nos han encerrado en el tholos, y por lo que he podido entender, van a destruir el hábitat.