Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

La apertura supone todo un reto, así que despejamos el perímetro de la piedra e intentamos moverla, pero no hay forma.

Me aparto y miro detenidamente el obstáculo redondo.

Me siento en un escalón y repaso las muescas con el dedo, en mi cabeza empiezo a ver engranajes y movimientos.

Puedo imaginar el sistema de ruedas necesarias para poner en marcha semejante peso, pero no puede ser algo tan complicado.

Después de todo, estamos ante una estructura del calcolítico, debe de ser algo mucho más sencillo que un sistema de ruedas dentadas.

—Se me ocurre una idea —salto para ponerme en pie—, busquemos un hierro que encaje en las huellas, luego vamos poniendo pesos en la parte contraria donde nosotros ejercemos presión, a ver si este movimiento la hace rodar.

—No sé. —Juande me mira rascándose la cabeza.

—Mira. —Saco mi libreta de campo y hago un boceto de lo que he explicado antes.

—Hum…, puede funcionar. —Se vuelve hacia los chicos—. Buscad en la caseta de herramientas a ver si encontráis hierros que nos sirvan.

Salen disparados y nos dejan solos. Su cara se pone a la altura de la mía, me mira con hambre y yo le devuelvo la mirada con las mismas ansias. Me besa despacio y mordisquea mi labio inferior. El beso me sabe a poco y casi me quejo, pero me contengo no sé cómo.

—Cuando acabemos el trabajo, me voy a cobrar lo de esta mañana, bruja. —Me da un besito en la punta de la nariz.

—Ajá. —Lo miro con los ojos entornados—. Te estaré esperando.

—Hemos encontrado estos. —Miguel y Javier vienen cargados de reglas de obra, las sueltan y miran satisfechos su tesoro.

Comprobamos que entran en las aberturas y gritamos al ver que entran, casi unos treinta centímetros dentro de la piedra.

Tenemos seis reglas, colocamos tres en cada extremo de los laterales.

Juande y los chicos empujan la barra de un lado; nosotras nos subimos a ella y saltamos para hacer más fuerza.

El ligero movimiento nos asusta y bajamos de la barra.

—¡No os bajéis!, ¡está funcionando!

Volvemos a subirnos y reímos, emocionados todos al comprobar que la piedra se está moviendo.

Sacamos las reglas y volvemos a colocarlas como al principio.

Esta vez se mueve mejor, apenas tenemos que hacer fuerza, ya que hemos desplazado la piedra lo suficiente para que pase una persona.

Juande nos hace parar, pero no nos bajamos de nuestra barra.

Lo veo venir con una amoladora, la enchufa a la alargadera y saca una de las reglas, mide la abertura hasta la piedra en la parte superior, luego marca la regla y con un sonido metálico y entre chispas corta el trozo de metal.

Tras ello, va hacia la abertura, la coloca apoyada entre la pared y la piedra que cierra.

—Soltad un poco y dejadla retroceder. Despacio, poco a poco.

Así lo hacemos, él sujeta la barra. La piedra se mueve un poco, la ligera pendiente del terreno y su propio peso la hacen rodar. Escuchamos crujidos, pero al final se detiene todo y vemos que queda sujeta. Juande se aparta de la abertura y nos mira sonriente.

—Ya podéis soltar. —Se mueve hacia nosotros—. Chicos, apartaos del recorrido, y vosotras —nos señala con el dedo—, bajad de una en una y apartaos.

Seguimos las instrucciones al pie de la letra.

La última en bajar soy yo, lo tengo a mi lado para cogerme si hay algún problema.

Escuchamos crujir la piedra, saltan algunas piedrecillas, pero se detiene enseguida.

Saltamos y nos abrazamos eufóricos. Juande me besa en la boca, al principio me dejo llevar, pero escucho carraspear a alguien y me aparto con rapidez.

Miro detrás de él y los veo mirar disimuladamente hacia cualquier parte.

—Traed las linternas —hablo con mi voz autoritaria, aunque por dentro me estoy regañando por mi momento de desliz ante los alumnos y me doy un coscorrón mental porque esto no es nada profesional. En poco tiempo, estoy destrozando mi reputación como arqueóloga.

Esto es algo que debo analizar en profundidad, pero no ahora, más tarde.

—Ya habéis oído —ordena Juande.

Salen a escape de allí, lo que aprovecha para cogerme por la cintura y volver a besarme.

Su boca se mueve sobre la mía con lentitud pasmosa, me hace gemir y olvido toda mi diatriba interior sobre la profesionalidad y mi forma de comportarme.

Solo me importa él, sus labios, sus manos y el placer que me provoca. Me suelta despacio.

—Señorita, no quiero escandalizar a estos jovenzuelos. —Me da un beso en la nariz—. Has tenido una idea genial.

—¡Graciaaaaaass! —hablo mientras intento recuperar el control de mi cuerpo para no volver a lanzarme sobre él.

Vuelven con dos lámparas eléctricas que conectamos a la alargadera y seis linternas; cuatro de sobremesa y dos de mano.

Juande me da una de las de sobremesa y él coge una de mano.

Lo veo inspirar con fuerza como si necesitase alguien que le dé un empujoncito para entrar, se me escapa una risita y él me mira con el ceño fruncido.

Pero no le dura mucho. Al final me guiña un ojo y se pone en la puerta del tholos .

—Entraremos por turnos. —Se vuelve y señala a María José, Laura y Javier—. Vosotros esperad fuera, necesitamos que alguien se quede por si se cierra la piedra.

Entramos pisando despacio, con cautela. La luz invade el espacio y se nos escapa una exclamación.

Dentro, montones de pithoi rodean el perímetro de la sala que es enorme; ayer en el visor de la cámara no me dio la impresión de que hubiera tantos.

En el centro hay una mesa de piedra de gran tamaño.

Me fijo bien y se me escapa un gritito a la vez que señalo la mesa.

—¡Esto no es una mesa, es una tumba en cista 3 !

—¿Tú crees? —Juande recorre el perímetro de la supuesta mesa—. Puede ser…

—Seguro. Mira cómo se apoya la losa sobre las otras cuatro, mientras las verticales entran en el suelo.

Seguimos rodeando la mesa. Compruebo la losa superior y la empujo, pero no se mueve. Cansada, me deslizo hacia el suelo y apoyo la cabeza en la losa vertical, Juande se pone ante mí con las piernas abiertas y mira hacia la puerta.

—Trae herramientas para poder abrir la losa.

Levanto la cabeza para mirarlo y se me escapa un grito.

—¿Qué? ¿qué pasa?

No puedo hablar, levanto el brazo y señalo el techo iluminado por las linternas. Él se deja caer a mi lado.

—¡No es posible! —Me mira sonriente—. Eso es… —Niega con la cabeza.

—¡No me lo puedo creer!