Capítulo 4
Desde cero
N o puedo continuar, Juande me abraza y su boca se apodera de la mía.
Me acerca tanto a su cuerpo que puedo notar la dureza de su deseo, sus labios recorren los míos con sutileza, como si fuesen alas de mariposa que cosquillean en mi sensible piel.
Me da un mordisquito en el labio inferior que me hace gemir, y aunque parece que no es posible, me pego más a su cuerpo.
Abro la boca y su lengua se apodera de mi interior, nuestras lenguas marcan un baile más antiguo que el tiempo.
Descargas de adrenalina me recorren y siento el deseo líquido entre mis piernas.
Me tambaleo un poco, y eso que llevo las botas de trabajo, aun así, siento que su abrazo se fortalece.
No sé de dónde saco las fuerzas necesarias para apartarme, pero lo hago y me arrepiento enseguida, a pesar de lo cual, mantengo la compostura.
Le miro, me mira, nos miramos, siento que la electricidad palpita entre nosotros y sacudo la cabeza en un intento de recuperar el aliento.
—Lo siento, me he dejado llevar. —Se da la vuelta—. No volverá a pasar.
—Entonces, tendré que perseguirte y acosarte hasta que lo repitas —digo sonriendo.
Se vuelve con rapidez hacia mí, coge mi cara entre sus manos y se queda absorto mirando.
Parece estar descifrando un antiguo código por la seriedad con que lo hace.
Acerca su nariz a la mía y su lengua da un húmedo repaso por el contorno de mis labios haciéndome gemir.
Da un paso hacia atrás, pero me coge de la mano con fuerza.
—Será mejor que entremos pronto en tu casa —mira en derredor—, de lo contrario, daremos un espectáculo.
Saco el llavero y se me escapa una risilla tonta. ¿Desde cuándo suelto risitas? Intento recomponerme y tomar un poco de distancia para coger mi dignidad y autoestima y ponerlas en su sitio.
Entramos corriendo de la mano como dos adolescentes, giro a la derecha para coger el ascensor y me sigue.
Se cierran las puertas detrás de nosotros, me lanzo a su cuello, le agarro y me empino para tener acceso a su boca.
Esta vez soy yo quien controla el beso. Con urgencia le meto la lengua y subo mi pierna hasta su cadera, lo escucho gemir y me vuelvo loca, meto las manos dentro de su camiseta y lo acaricio sin pudor.
Trazo círculos alrededor de un pezón y luego del otro, empuja sus caderas hacia mí y un ramalazo de placer me sacude al notar su erección en mi fuente de deseo.
Un carraspeo nos trae a la realidad.
—Si queréis intimidad, será mejor que entréis en casa —dice Maruja, mi vecina, entre risitas.
—Lo siento. —Me separo con rapidez de Juande y tiro de su mano para que me siga.
Meto la llave con nerviosismo en la cerradura y abro la puerta con tanta fuerza que golpea contra la pared.
Me engancho a su cuello y cierro de una patada cuando entra.
Lo retomamos donde lo habíamos dejado, salto y me engancho a sus caderas mientras chupo sus labios; primero el superior, luego el inferior.
Él me coge por el culo y me sujeta a su cuerpo, me restriego contra su bragueta sin vergüenza y gimo en su boca perdida en las sensaciones que me provoca.
—Espera, nena.
Me deja en el suelo y se baja con prisa los pantalones.
Yo le imito, pero necesito quitarme antes las botas, por lo que me piso una y saco el pie, luego hago lo mismo con la otra.
Un minuto después, me quito el pantalón y las braguitas al mismo tiempo para volver a agarrarme a sus caderas con mis piernas.
—Eso es, nena, sujétame fuerte entre tus piernas. —Gime en mi boca.
Siento las chispas crepitar entre nosotros mientras nuestros cuerpos se mecen a un ritmo enloquecedor; mi alma llora de alegría.
Puedo sentir cómo nuestra unión traspasa las barreras del tiempo, nuestros cuerpos no son los nuestros, pero, aun así, lo son.
Esta dicotomía me satura los sentidos. Me centro en lo que realmente importa, Juande, yo y el tiempo que hemos perdido.
Ahora, sé que él era lo que estaba esperando, la mitad que me faltaba, y lo demás, queda en el olvido.
Los espasmos de placer que recorren mi cuerpo me hacen levitar y escapo a una vida, donde él y yo nunca nos separamos.
El beso en la frente me trae de vuelta a la realidad.
Me bajo de sus caderas y voy al baño corriendo, pues noto su semen bajar entre mis piernas y me estremezco.
Dios, ¿cómo he podido hacerlo sin condón?
Cierro la puerta con fuerza y me agarro al lavabo mientras se me escapa un gemido de dolor. ¿En qué estaba pensando?
«Admítelo, tonta, no pensabas, solo te has dado una alegría».
Sacudo la cabeza y me meto en la ducha para no escuchar la voz de mi conciencia.
Me lavo con prisa, sobre todo en mi sexo, un intento infantil de eliminar su esperma de mi interior.
Lo siento abrazarme desde atrás y besa mi nuca, me tenso ante su intrusión al baño y a mi intimidad.
Voy a protestar, pero él me da la vuelta y pone un dedo en mi boca.
—No lo pienses —vuelve a besarme—, ha sido un desliz. La próxima vez me pondré protección, pero quiero que sepas que estoy limpio.
—Yo también, pero no tomo anticonceptivos —digo en voz baja.
—Lo siento. Si pudiera dar marcha atrás en… —Me mira pensativo—. Qué coño, ¡lo repetiría ahora mismo sin importar las consecuencias!
Me besa con fuerza y se apodera de nuevo de mi voluntad, nuestros cuerpos se unen bajo la cascada de agua.
No puedo negarme, porque yo también lo deseo.
Hace tanto tiempo que no me sentía tan bien, que solo pienso en aprovechar el momento.
Escalofríos de placer recorren mi espalda, pero yo solo quiero pegarme más a él, quiero sentir su cuerpo junto al mío y dejar que nuestras almas se toquen de nuevo.
No lo puedo evitar, el orgasmo me sacude arrollador, mi cuerpo se convulsiona extrayendo coletazos de placer con cada movimiento, entonces lo siento salir de mí y su líquido caliente cae en mi espalda junto con el agua.
Me da la vuelta y me besa con amor, porque este beso va cargado de amor. Una lágrima escapa de mis ojos y al darse cuenta me aparta.
—Ana, ¿te arrepientes? —Su mirada tiene un contenido de súplica que me hace tragar saliva.
—No —niego al mismo tiempo con la cabeza—, pase lo que pase después, ha sido maravilloso. —Le doy un piquito y me enjabono bajo el agua.
Lo veo sonreír y me quita la esponja para frotarme con cuidado.
Muy despacio, enjabona todo mi cuerpo, incluso entre mis piernas y me muerdo el labio inferior con fuerza para acallar mi deseo.
Le quito la esponja y le devuelvo el favor, aunque me vuelvo creativa y doy pequeños besos en su piel bronceada, arrancándole varios gemidos.
Salgo y me pongo el albornoz, y le saco una toalla de baño con la que lo envuelvo como si fuera un niño. Froto con cuidado: primero los brazos, después la espalda y los pectorales. Vuelvo a mirarlo y me relamo como un gato.
—Me vas a matar —dice entre gemidos mientras sujeta mi cabeza y me besa.
Nos quedamos dormidos abrazados. En mi vida he dormido tan bien y al despertar, estoy tan relajada que ni me doy cuenta de su presencia hasta que intento moverme. Giro la cabeza y me encuentro sus achinados ojos verdes fijos en mí. Me estiro en lo que pienso es una pose sensual.
—Buenos días. —Me incorporo sobre un codo.
—Buenos días, princesa. —Me da un piquito y sonríe.
—¿Has dormido bien? —contesto y le devuelvo la sonrisa.
—Cuando dejaste de excitarme sí —dice con un susurro contra mi cuello.
—¿Tienes quejas? —pongo mi voz más sensual.
—¡Noooo! —Se echa encima de mí—. Cuando quieras, repetimos.
Me besa con pasión. Sus labios no se detienen en ningún sitio, van aleatoriamente por mi piel dejando un reguero húmedo, y aunque deseo que continúe, la realidad se impone: es de día y, si no nos damos prisa, llegaremos tarde.
—Vamos a vestirnos —le susurro en la oreja.
—¡Mierda!
Salta de la cama y sale al pasillo. Vuelve con su ropa en los brazos, se la pone tan deprisa que me hace gracia, luego se sienta junto a mí en la cama y vuelve a besarme.
—Voy a mi casa a cambiarme. ¿Te espero en la Diputación para bajar juntos? —Sus ojos llenos de esperanza me conmueven.
—En veinte minutos estaré allí. —Le doy un piquito, me levanto de un salto mientras sus ojos se entretienen sobre mi cuerpo y le regaño con un dedo—. Llegaremos tarde.
Me ducho con rapidez y me visto con mi habitual ropa de trabajo, cojo mi mochila y salgo a toda velocidad.
Me paro en la cafetería La Colombiana y pido dos cafés con leche para llevar.
En el semáforo de Diputación lo veo mirando el reloj, me acerco alegre y le doy un beso en la mejilla, lo que le sorprende.
—Toma —le tiendo el vaso de café—, vamos con tiempo.
Con paso rápido, llegamos hasta Cubero, tienda emblemática de Jaén donde suele quedar la gente, además de servir como parada central del servicio de autobuses urbanos, y pillamos uno justo a tiempo que va al hospital Princesa de España.
Nos bajamos en la parada de Donantes de Sangre y seguimos caminando con marcha rápida.
Una vez en la valla de acceso al yacimiento, miro el reloj.
―Justo a tiempo, son las ocho.
Miro a ambos lados y veo al grupo de estudiantes andando hacia nosotros, traen una charla muy animada.
Nos saludamos y empezamos las rutinas: dejar nuestras cosas y cambiarnos; el que lo haga, porque a mí no me importa ir cubierta de tierra.
Sacamos las herramientas, los chicos se las llevan a la excavación mientras yo entro en la tienda y lo veo absorto en el ordenador.
—¿Pasa algo? —Mis manos se pasean por sus hombros para bajar por sus pectorales hasta llegar a su entrepierna.
—No seas mala. —Me sujeta las manos y se gira para besarme—. En marcha, a ver si podemos mover esa piedra. —Me da una palmada en el culo y sale riendo.