Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 3 #3
11%

Capítulo 3 #3

Recogemos las herramientas y salimos los seis, como una panda de amigos.

Estamos de buen humor, la expectación por lo que encontraremos en el tholos nos embarga a todos.

Tanto tiempo trabajando en el yacimiento y este hallazgo nos da esperanza y nos anima a seguir excavando; no todo está descubierto aquí.

Nos sentamos en una terraza, al principio del paseo del Bulevar, la zona nueva de Jaén, pedimos una ronda de cervezas y nos traen de tapa un pan con tomate y jamón.

Los chicos están muy emocionados, pero no se quedan mucho tiempo, prefieren continuar la fiesta con su grupo, por lo que se despiden hasta el día siguiente.

—¿Te apuntas a otra ronda? —Levanta una ceja retándome a negarme.

—Sí. —De pronto no encuentro palabras para hablar.

—A pesar del hallazgo tenemos que estar preparados para todo —me dice muy serio.

—No entiendo.

—Las presiones urbanísticas siguen ahí —da un trago a su caña—, esto no creo que sirva para detener la ambición de Santos.

—Pero no puede ignorar este descubrimiento, ni taparlo. —Niego con la cabeza.

—Puede y lo hará. Estamos impidiendo que se realice su plan urbanístico —expone muy serio—. Hay mucho dinero en juego, Ana.

—Hay que buscar apoyos, no podemos dejar que entierren el yacimiento —digo ofuscada.

—En ello estoy. —Me guiña un ojo—. ¿Subimos dando un paseo?

—Vale. —Me encojo de hombros y saco el monedero para pagar, pero me sujeta la mano.

—Por favor, deja que te invite.

Asiento con la cabeza y me levanto, al darme la vuelta me quedo mirando el antiguo Banco de España frente a mí y a su lado, la estación de tren.

Debe de haber llegado uno, porque salen varios coches y gente arrastrando sus maletas que cruza el semáforo frente a nosotros.

Por un momento, pienso en las historias que arrastran esas maletas.

No conozco a ningún viajero, pero me alegra que vuelvan a casa.

Meto las manos en mis bolsillos traseros y dejo salir la melancolía que me atenaza al darme cuenta de que no hay nadie que me espere, estoy sola.

—¿Vamos? —Se pone a mi lado y subimos por el paseo de la Estación en dirección al centro.

—¿No te pilla lejos mi camino a casa? —Giro la cabeza hacia él.

—¡Qué va, somos casi vecinos! —Se carcajea.

—¿Dónde vives? —pregunto interesada, aunque chasqueo la lengua.

—En el piso de mi abuela, en la calle Hurtado. —Me lanza esa sonrisa ladeada que me desarma.

—Pues es verdad que somos casi vecinos. —Durante un tiempo caminamos en un silencio incómodo.

—Ana —me coge del brazo y me detengo—, me gustaría aclarar algo contigo.

—No hace falta —niego mientras me aparto.

—Quiero hacerlo —aprieta los dientes—, nunca me diste la oportunidad y de verdad que lo necesito.

—Eso quedó en el pasado. —Agito la mano para restarle importancia.

—Yo no llamé a tu marido —dice sin que yo pueda parar sus palabras.

—Si no fuiste tú, ¿quién lo hizo? —Los recuerdos amargos vuelven a mí sin que pueda evitarlo.

—No lo sé. ¿Acaso crees que le hubiera dejado pegarme sin defenderme? Yo no lo llamé, pero sé que hice mal al besarte. —Se detiene frente a mí.

—¿No te defendiste? —Niega con la cabeza—. ¿Por qué?

—Pensé que era lo que merecía, me había metido en su terreno. —Se encoge de hombros—. Además, creí que al decirle que fui yo quien te besó se aplacaría y no la tomaría contigo, pero no fue así, ¿verdad?

—No. —Se me escapa un escalofrío—. Aunque le rogué y supliqué, no quiso escucharme.

Según él estábamos liados desde el principio de la carrera, al menos eso fue lo que le dijo al juez cuando nos divorciamos.

Ahora sé que lo único que pretendía era quedarse con la mitad de mis bienes.

Por suerte, mi abogado pudo demostrar que todo lo que tenía y el capital procedían de la herencia que me dejaron mis padres.

—Lo siento, Ana —me abraza—, nunca fue mi intención hacerte daño.

—No lo pienses más. —Me detengo y me quedo pensativa—. En realidad, me hiciste un favor, se me revuelve el estómago de pensar lo que habría pasado si hubiésemos tenido hijos.

—Sí, una suerte. —Me mira y su expresión dudosa hace que lo mire con intensidad—. Todavía siento algo por ti —confiesa.

—No deberías —le sonrío con tristeza—, me he comportado como una niña al no querer hablar contigo —contesto y lo miro a los ojos, aunque se me escapa un suspiro.

—Lo de la plaza para ir a Egipto con el equipo de excavación no fue cosa mía. Nunca lo solicité, simplemente llamaron al siguiente en la lista de los mejores expedientes.

—Lo sé, no lo quería reconocer, pero fue culpa mía.

Estaba tan obsesionada con evitar el divorcio, que no leí las cartas de la universidad ni atendí llamadas.

Me da vergüenza admitirlo, pero en esa época lo único que quería era a Simón, fue mi tabla de salvación cuando murieron mis padres y no quería perder el único pilar de mi vida.

—¿Fue muy duro? —Coge mi mano y me acaricia la palma dibujando circulitos con un dedo.

—¡No te puedes ni imaginar! —Intento sonreír—. Por suerte, tenía amigas que me apoyaron.

—Me hubiera gustado estar contigo. —Su voz se va volviendo cada vez más ronca.

—No digas tonterías, ¡en esos tiempos no te quería ver ni en pintura!

—Y ahora tampoco —responde y me sonríe con tristeza.

—Eso no es del todo cierto —agacho la cabeza—, la verdad es que estoy deseando llegar a trabajar para volverte a ver.

—Pues lo disimulas muy bien —dice con voz ronca.

—Incluso tengo una canción que me ayuda cuando me siento hundida.

—¡No! —Se carcajea.

—Ajá. La de Juanes: Volverte a ver .

—Mentira. —Sus ojos verdes irradian una calidez que me hace temblar.

—¿Te lo demuestro? —En ese momento, sin importarme donde estoy, empiezo a cantar la canción―: Daría lo que fuera por volverte a ver. Daría hasta mi vida y mi fusil, mis botas y mi fe.