Capítulo 3 #2
—Tienes razón. Incluso podríamos meter un pequeño catéter con una cámara y ver lo que hay dentro.
—Buena idea, pero no tenemos. Tendremos que hacer una petición y a saber cuándo nos lo darán. —Mi entusiasmo se desinfla.
—Déjame eso a mí. —Se vuelve hacia los chicos—. Bien, vamos a recoger por hoy. Mañana empezaremos a descubrir el tholos.
Al día siguiente llego temprano, pero no antes que Juande.
Debo de tener cara de muerta, porque me he pasado toda la noche dando vueltas en la cama, los nervios no me han permitido descansar y eso que lo he probado todo: leche caliente, una infusión de valeriana, incluso me serví un vaso de whisky , pero no ha servido de nada.
La expectación de lo que encontremos hoy me tiene los nervios de punta.
Casi puedo mascar el triunfo, este hallazgo nos dará la proyección que necesitamos para impulsar la excavación, y esa emoción me tiene como una niña el día de Reyes.
No es que quiera relevancia profesional ni nada de eso, es el hecho de dar al mundo una nueva fuente de información.
Porque hay algo que tengo claro: sin pasado no hay futuro, necesitamos saber de dónde venimos para saber a dónde vamos.
Entro en la tienda y sorprendo a Juande con un portátil. Tiene abierto el AutoCAD y varias capas del plano de la excavación se superponen. El efecto es increíble, parece cobrar vida en la pantalla.
—Vaya, ¿ya has preparado el plano en el ordenador?
—digo mientras me acerco y me inclino a su espalda para observar mejor.
Hasta mí llega el olor fresco y especiado de su colonia, el leve toque de sándalo con toques de menta invade mis sentidos y me hace desear acercarme a él para saturar mi olfato.
Huele tan bien que sin querer me relamo como un gato.
Me doy un coscorrón mental y sacudo la cabeza para alejar esos tontos pensamientos que me provoca su simple aroma.
—Sí, quiero utilizarlo por si sube la presión para que cerremos. —Se aparta a un lado y me deja mirar con libertad.
—¿Y si además hacemos una reconstrucción de cómo era la ciudad? —añado y lo miro esperando su respuesta.
—Eso puede ser muy vistoso, pero necesitamos argumentos económicos para convencerlos. —Echa una ojeada a su reloj y se da unos golpecitos en la sien.
—No puede ser que este asentamiento, que es un modelo singular de hábitat de la prehistoria de Europa Occidental, se deje de estudiar e investigar por culpa de los intereses de unos pocos.
—No hace falta que me convenzas a mí, pero te diré una cosa, esta excavación se interpone en la expansión de la ciudad. Te puedes imaginar lo que ello supone. —Tiene una expresión seria al decirlo —. El dinero presiona, esta gente no sabe nada más que de beneficios.
Lanzo un sonoro bufido y me siento frente a él para continuar la conversación.
—Revisa las capas y confirma las medidas, yo mientras buscaré el catéter y la cámara. —Se levanta y sale antes de que pueda negarme.
—De acuerdo, pero solo porque vas a por la cámara —refunfuño—, este es tu trabajo.
—Y el tuyo también, señorita, eres tan responsable de esta excavación como yo.
Sale antes de que pueda replicarle, pero me deja con una sonrisa de oreja a oreja.
No lo pienso más, me pongo ante el ordenador y saco mi libreta de acotaciones, me centro en análisis y comparativas del plano con el terreno.
Puedo avanzar el trabajo porque nadie me molesta, los chicos están haciendo un cribado exhaustivo de la tierra despejada.
La entrada de Juande me saca de mi concentración.
—¿Has tenido suerte? —Me levanto con prisa.
—Sí, mañana nos lo traerán.
—¡Bien! Eres el mejor. —Me lanzo a su cuello hasta que me doy cuenta de lo que he hecho, le suelto y me aparto con rapidez—. Lo… lo… siento. —Cojo mi mochila y salgo corriendo de la tienda sin despedirme.
No me detengo hasta pillar el autobús. Todo el camino me voy dando bofetadas, tantas que ya me duelen las mejillas.
¿Cómo puedo ser tan tonta?, pero ¿qué he hecho?
Me bajo en la plaza de Las Palmeras y sigo andando como un robot, después de tanto tiempo esquivando sus acercamientos, me siento como una tonta por el arrebato.
Debe pensar que no sé lo que quiero, pues tan pronto lo espanto y niego cualquier acercamiento con él, como me lanzo a su cuello y lo beso.
Tengo tal batiburrillo en mi mente que siento que el cerebro se me licua y se apodera de mí un sordo dolor de cabeza.
Solo pienso en la forma tan estúpida en que me he comportado. Ahora se pensará que puede abordarme.
Dios, cómo odio lo que he hecho. Mañana le pediré perdón. Sí, eso es, mañana le diré que fue un arrebato y que me perdone.
Más tranquila con la dirección de mis pensamientos, entro en casa dispuesta a continuar con mis rutinas.
Al día siguiente, llego otra vez antes de hora y él está en el ordenador. Dejo la mochila en la taquilla y me muevo despacio hacia la mesa. Carraspeo para llamar su atención. Es inútil posponerlo, necesito dejar las cosas claras para liberar mi mente y centrarme en el trabajo.
—Juande, tengo que disculparme —digo sin mirarlo mientras mantengo la cabeza agachada.
—¿Por qué? —Levanta su mirada del ordenador.
—Ayer tuve un arrebato. —Lo miro a los ojos—. No era mi intención abochornarte.
—No te preocupes por eso. —Agita la mano para quitarle importancia al asunto—. Mira, ya está terminado el plano por capas y he empezado la reconstrucción. He utilizado el plano para la planta y estoy terminando la vista frontal. Ahora solo hay que añadir los laterales.
Me asomo al ordenador y se me escapa un silbido.
Ante mis ojos veo las construcciones circulares, que forman un poblado enorme.
Les ha puesto una techumbre de paja, incluso ha colocado personas junto a uno de los edificios.
Me fijo y caigo en que es el tholos que estamos excavando actualmente.
No lo puedo evitar, una gran sonrisa aparece en mi cara.
—¿Te has quedado toda la noche? —Giro la cabeza hacia él, pero no he calculado bien las distancias y nuestras bocas están casi juntas. Salto hacia atrás como si me hubiese quemado.
—Tranquila, no duermo mucho y anoche estaba desvelado, así que aproveché el tiempo.
Asiento con la cabeza y agacho la mirada, avergonzada.
Carraspeo sin nada interesante que decir, pues mi mente se ha quedado en blanco, tras oler su aroma fresco.
Me niego a convertirme en una masa de carne, así que salgo de la tienda con tanta rapidez que tropiezo en la entrada con un chico y lo tiro al suelo.
—¡Ay!, lo siento, cielo —exclamo tirando de su brazo para incorporarlo—. Lamento haberte tirado, hijo.
—No pasa nada, señora, solo ha sido un culetazo. —Me sonríe con simpatía.
—De verdad que lo siento. ¿Te duele en algún sitio?
—No se preocupe. Y no, no me duele nada; salvo el orgullo. —Sin dejar de sonreírme y mientras se sacude los vaqueros, entra en la tienda.
Me alejo de la puerta y voy a la excavación del tholos.
Allí, los chicos tienen preparadas varias carretillas listas para deshacerse de la tierra, las sacan hasta la entrada y las vacían en el sitio preparado para ello.
Mientras, yo hago un repaso visual de las escaleras y, por último, vuelvo a palpar la roca de la entrada.
Me empapo de su textura y color, busco todas sus muescas y les busco un significado.
Estoy intentando analizar el exterior antes de entrar, así que cierro los ojos y me dejo llevar por lo que mis dedos y mis manos perciben.
Un escalofrío recorre mi cuerpo y me enderezo mientras me alejo de la piedra.
—Bien. ¿Dónde crees que deberíamos hacer el agujero? —Juande me habla con un ronco susurro.
—No sé… ¿Qué tal en el medio? Así podremos controlar las tres alturas. —Sonrío tensa.
—Bien pensado, parece que me lees la mente.
Se acerca con un taladro inalámbrico y empieza a presionar en el lateral de la pared, justo donde termina la piedra que tapona la entrada.
Le cuesta hacer el agujero y el sudor perla su frente, pero sigue insistiendo.
Cambia varias veces la broca hasta que finalmente atraviesa la pared, sube deprisa y vuelve a bajar con un tubo.
Me fijo y tiene un cable que lo atraviesa.
Con cuidado, hace pasar el objeto por el agujero, lo deja quieto y coge una pequeña pantalla que se ha quedado en el suelo, la enciende y me asombro ante la imagen del interior que nos devuelve el tubo.
A la izquierda se ven varios pithoi 2 que parecen en buen estado de conservación; a la derecha se ven más que parecen iguales, una mesa de piedra y figuras votivas. Como no hay luz, solo la escasa luminosidad que desprende la cámara no es mucho lo que podemos apreciar si no está casi tocándola.
Sacamos el tubo y dejamos el agujero abierto para nivelar el aire interior con el exterior. Nos miramos nerviosos y sin poder creer lo que hemos visto a través de la cámara. Siento que debo decir algo y me lanzo entusiasmada.
—¡Es fabuloso!, ¿te das cuenta del tesoro que hemos encontrado? —Lo abrazo.
—Sí, fabuloso —dice con voz ronca—. Ahora dejemos que se compense, mañana veremos cómo mover la piedra.
—Pero ¡todavía podemos trabajar un poco más! —me quejo como una niña a la que castigan sin su juguete favorito.
—No. Será mejor esperar a mañana. —Me sonríe—. Vamos a recoger y lo celebramos.
—No sé si estoy preparada para celebrar —digo con voz sombría—. Todavía no se me ha olvidado la borrachera del viernes.
—Tonterías. Además, solo tomaremos una cerveza. —Se pone serio—. Mañana hay que seguir trabajando.