Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 3
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Capítulo 3

El hallazgo

D espierto con un terrible dolor de cabeza, en mi cama, vestida con el sujetador y el culotte.

No recuerdo cómo llegué aquí, ni cómo me desnudé.

Me dejo caer en la cama y el movimiento me provoca un estallido en la cabeza, gimo y me acurruco.

Una sombra cae sobre mí y unos dedos me abren el párpado derecho.

—Buenos días, señorita —me abre el otro párpado—, espero que te duela mucho la cabeza.

—¡Oooh! ¡calla, retorcido! —digo y se me escapa un gemido, así que meto la cabeza bajo la almohada.

—Toma —se sienta en la cama junto a mí—, bebe esto y traga el ibuprofeno, verás como te sientes mejor.

—Lo dudo —contesto medio asfixiada.

—Vamos, no seas cabezota. —Me quita la almohada y tira de mí para incorporarme.

Me siento y cojo el vaso, lleno de un dudoso líquido oscuro. Huele fatal, pero me tapo la nariz y me lo bebo. Me detengo solo para coger la pastilla. Al terminar me dejo caer otra vez en la cama, hasta que recuerdo lo que llevo puesto, entonces me tapo con la sábana y cierro los ojos.

—No te preocupes, ya he visto todo lo que tratas de esconder. —Su voz suena extrañamente ronca.

—¿Tú?, ¿tú me desvestiste? —pregunto y lo miro enfadada.

—Tú no estabas en condiciones de hacer nada por ti misma. Solo quería que estuvieses cómoda —me guiña un ojo—, pero te juro que lo hice con los ojos cerrados.

—Ya. —Resoplo—. ¿Te tomaste más libertades?

—¿Por quién me tomas? —responde ofendido.

—Por un acosador que me trajo a la fuerza y me desnudó, y…

—¡Un momento! —Su cara de enfado cuadra perfectamente con su voz brusca—. No te he acosado ni te traje a la fuerza —dice y después traga saliva—, y si te desnudé fue para ponerte cómoda. Solo quise portarme como un amigo. —Hace una cruz con los dedos sobre el corazón—. Palabrita del niño Jesús.

—De todas formas, ¿qué haces aún en mi casa? —El malhumor me sale por las orejas.

—Quería asegurarme de que estabas bien. —Me mira muy serio—. Ahora que no me necesitas, me voy. —Se da la vuelta.

—Adiós y gracias —digo bajito.

—De nada. —Gira la cabeza y me sonríe—. Nos vemos el lunes.

Entre la resaca y el mal humor, paso la mañana en la cama rumiando lo que sucedió anoche.

Intento recordar lo que pasó, pero nada, desde que vi aparecer a Felipe y Andrés no tengo ningún recuerdo.

Por más que escudriño en mi memoria estoy en blanco.

No es que dude de la palabra de Juande, pero yo no soy así.

No me emborracho porque nunca me excedo con las copas, además solo bebí cerveza y, por supuesto, que no mezclé bebidas.

Me quedo dormida mientras mi cabeza arde en busca de recuerdos de la noche pasada.

Un flashback me hace lanzar un gemido; puedo ver a Juande llevarme en brazos.

Recuerdo su aroma y la forma en que reaccioné a su cercanía.

Meto la cabeza bajo la almohada y deseo que el tiempo vuelva hacia atrás para evitar los sucesos de anoche.

Susi me llama horas más tarde para saber cómo estoy, por su forma de hablar deduzco que está igual que yo, y lo mismo pasa con Mamen.

Las tres nos prometemos contenernos la próxima vez que salgamos, aunque no nos arrepentimos de nada.

Me siento tan mal que solo deseo que el día pase rápido y despertar el domingo sin dolor.

Vuelvo a dormirme y sueño con una voz susurrante y el fresco aroma de colonia ligeramente especiado con sándalo y revuelto con menta.

En sueños puedo ver esa sonrisa ladeada que remueve mis entrañas y me hace añorar cosas que no debiera.

El lunes llego temprano a la excavación y al buscar las llaves recuerdo que se las di a Juande.

Me doy un pescozón mental. Miro la hora, falta más de media hora para que empiece la jornada laboral, por lo que me doy media vuelta y busco una cafetería en la zona donde hacer tiempo hasta que llegue el señor de las llaves.

Río para mí ante el apodo que se me acaba de ocurrir, pequeña satisfacción para tantos malos ratos que me está haciendo pasar el susodicho.

Todavía me cuesta recobrar la paz interior si pienso en lo ocurrido el fin de semana, pero hago de tripas corazón y me recompongo poniendo mi máscara de profesionalidad.

Vuelvo a la excavación y veo que Juande llega al mismo tiempo que yo, me mira con esa sonrisa ladeada y esta vez hace que me tiemblen las piernas.

—Buenos días —saludo enterrando el hacha de guerra.

—Buenos días, veo que estás mejor. —Sonríe con picardía.

—Es lo que tiene descansar —murmuro malhumorada por su buen humor.

—Me alegro. —Abre la puerta y me cede el paso.

Voy a grandes zancadas hasta la tienda para dejar la mochila, y luego saco de la caseta el material para continuar la excavación.

Repaso el espacio y siento que queda poco para descubrir la entrada del tholos .

Llegan los voluntarios y entre los cinco organizamos el trabajo de tal forma que va todo sobre ruedas.

Ni nos estorbamos ni nos entretenemos con tonterías.

Me incorporo para estirar la espalda y compruebo el trabajo de todos, hasta que en mi campo visual entra la rechoncha figura del concejal Santos.

No está solo. Como siempre, viene acompañado de su chófer barra guardaespaldas.

Está discutiendo con Juande y por los gritos que me llegan y el movimiento nervioso del concejal, intuyo que no está muy contento.

Veo que mi compañero me observa, tiene la cara algo pálida, o al menos eso me parece.

También el entrecejo fruncido, pero niega con la cabeza con tanto énfasis, que pienso le debe doler el cuello con tanto movimiento.

Después de varios gritos e improperios del gordobeso de Santos, veo que Juande agacha la cabeza y el concejal se marcha hecho una furia. Si sigue así le dará un infarto.

No es que le desee nada malo, pero me hace gracia su exaltación por todo. Cómo se le hincha la carótida y su piel se vuelve arroalada destacando así aún más su calvicie rasurada. Este hombre cada vez me gusta menos. Niego con la cabeza y me saco los pensamientos más oscuros.

Guardamos las herramientas. Yo me retraso ordenando el material y dejándolo listo para el día siguiente. Luego voy a la tienda para recoger mi mochila y espero una explicación de la discusión que ha mantenido con el concejal.

—Hola —Juande está sentado mirando un mapa de la excavación—. ¿Qué quería el concejal?

—Lo de siempre —contesta serio—. Me presiona para que cerremos lo antes posible los estudios.

—Deberías decirle que este trabajo necesita tiempo.

—Ya. ¿Se lo dijiste tú?

—Pues sí —me siento frente a él—, por eso te trajeron a ti.

—Pues yo no me dejaré sustituir.

—¿Acaso yo me he dejado? —Frunzo el ceño.

—No escuché que te quejaras por mi entrada al equipo. —Levanta una ceja.

—Tal vez porque no me sustituyó, solo me puso un jefe —digo con sorna.

—El caso es que tiene prisa porque cerremos la excavación y no sé cómo darle largas. —Suspira.

—Fácil, dile que tenemos algo grande por sacar y que será un bombazo. —Me río.

—Eso no cuela, tiene tanta prisa que le da igual la fama que le traiga el descubrimiento.

—Pensaré en algo. —Me cargo la mochila al hombro—. Nos vemos mañana.

Cojo el autobús y tarda una eternidad en subir al centro, hay un atasco de narices.

Al final, viendo que apenas avanza, me bajo en el parque de La Victoria y callejeo hasta llegar a casa.

El problema con el concejal todavía me reconcome.

Tal vez debería hablar con el rector de la universidad para que nos ayude a mantener la excavación.

En el tiempo que llevo trabajando en el yacimiento nunca he acudido a pedir ayuda al rectorado, no entiendo por qué se me ocurre buscar soluciones para salvarle el puesto.

La antigua camaradería está tan atrás que apenas es un susurro en el viento y, sin embargo, cada día la siento más presente en mi vida.

Necesito tomar distancia como dice Susi, retomar mi vida sin Juande, volver a mis rutinas sin que me remueva los sentimientos de antaño.

¿A quién quiero engañar? Necesito un hombre en mi vida si no quiero caer en el embrujo que está tejiendo a mi alrededor.

Por mucho que he intentado alejarme de mis sentimientos hacia él, al día siguiente le comento mi idea a Juande, pero niega con la cabeza.

La iniciativa privada que costea parte de la excavación es quien presiona, luego enfrentar a los patrocinadores no cree que nos lleve a ningún sitio.

Estamos discutiendo los pros y contras cuando entra Miguel acelerado y nos distrae.

—Ya está. —Nos mira sonriente y excitado por la carrera—. Hemos llegado al final de la escalera y… ¡Es sorprendente! —grita emocionado.

Sin perder tiempo corremos hasta la zona y vemos a los chicos mirando hacia abajo con caras de asombro.

Casi le hago un placaje a Juande para llegar primera a la zona, y digo casi, porque él reduce la velocidad y me deja pasar con elegancia.

Yo paso de eso, estoy deseando ver a dónde conduce.

Bajo las escaleras con tanta rapidez que casi me caigo. Juande me sujeta desde atrás.

—Tranquila, loca, si lleva ahí miles de años, puede esperar unos minutos más para que la veas. —Noto que me suelta a desgana.

—¡Ja!, ¡muy gracioso!

Miro ojiplática el final de la escalera.

Es una rueda, una gran piedra en forma de rueda colocada de tal forma que obstruye la entrada.

Juande se une a mí y comienza a pasar las manos por toda la superficie.

Yo lo imito, pero desde el lado contrario.

Mis manos tocan pequeñas aberturas alrededor de la rueda, lo miro y asiente con la cabeza; él también las ha notado.

Parece que no necesitamos hablar, nos entendemos con la mirada.

Iluminamos la zona con linternas y contamos las muescas.

—Bueno, creo que deberíamos hacer un pequeño agujero, para compensar la presión atmosférica y ventilar el aire viciado del interior —digo y miro a Juande para ver qué le parece.