Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

―La última noche decidimos quedarnos en el hotel y el animador había organizado una noche de talentos, pidió voluntarios para subir a hacer algo al escenario, pero nadie subía.

Entonces, entró un niño de unos tres añitos y la gente aplaudió, pero cuando el animador le preguntó lo que quería hacer, el niño soltó por el micrófono: «Quiero hacer un chorrito» y la gente estalló en carcajadas.

Las risas eran contagiosas. Al final apareció la madre de la criatura y se lo llevó entre aplausos y vítores.

—Se echa para atrás—. Os juro que fue el colofón perfecto para terminar las vacaciones.

—Nena, te pasan unas cosas… —Susi todavía se ríe mientras habla—. Pero esta vez yo también tengo una buena anécdota que contar.

Pedimos que nos rellenen las jarras y seguimos con el cachondeo de las vacaciones.

Entre risas y golpecitos llamando su atención, la convencemos para que nos cuente sus aventuras de verano.

Al final se deja caer en el respaldo de la silla, da un trago a su cerveza que paladea como si fuese su último trago y se lanza a contarnos sus vacaciones.

—Pues yo me fui con Felipe a casa de mi prima, al norte.

Nos hemos recorrido Asturias, incluso estuvimos en La Concha.

El día que fuimos había unas olas enormes, pero nos metimos cerca de la orilla y jugamos como niñas a saltar las olas.

El problema fue que nos fueron metiendo mar adentro y en una de esas, la fuerza del agua desató los lazos del bikini de mi prima Luisa y se lo llevaron flotando las olas.

—Ríe divertida y detiene su narración unos segundos para recomponerse—.

Si me hubieseis visto nadar y bucear… Mi prima gritaba como una loca, y el socorrista pensó que tenía problemas para salir del agua, así que se lanzó a por ella.

—Susi se ríe con más fuerza—. Luisa gritaba y le pegaba al socorrista.

El pobre chico debió pensar que estaba loca o tenía un ataque de histeria y pidió refuerzos.

Entraron dos socorristas más y entre todos se la llevaron a la orilla, mientras ella chillaba y gritaba.

Yo entretanto, conseguí la braguita del bikini y nadé todo lo deprisa que pude hacia ellos, que incluso entre tres tenían problemas para sacarla del agua —deja de hablar un momento para beber—.

Al final le di el bikini delante de ellos, os juro que en mi vida he visto tantos hombres sonrojándose.

—Entonces, ¿se puso el bikini delante de los socorristas? —exclamamos las dos al mismo tiempo.

—¡Qué va! se dieron la vuelta y formaron una pantalla delante de ella para que se lo pusiese. —Ríe sin poder contenerse—. Dice que no volverá a saltar las olas jamás.

—Pues sí que habéis tenido movida. —Bebo de mi cerveza, aunque ya casi no me cabe más líquido.

En ese momento, suena la canción Lady Marmalade de Pink y saltamos las tres a la zona despejada para bailar.

Sobre los tacones y con varias pintas de cerveza, nos desmelenamos, cantamos y bailamos la canción como si estuviésemos en el videoclip.

Los parroquianos del local nos vitorean, nos animan y nosotras, que no necesitamos mucho para divertirnos, hacemos nuestro baile más sensual e insinuante.

Cuando terminamos nos ovacionan y piden un bis, pero nos volvemos a nuestra mesa para reponer líquidos.

Se abre la puerta de entrada y veo que es Felipe, le doy un codazo a Susi que al verlo se tira a su cuello y comienza a besarlo.

Nosotras sonreímos con indulgencia hasta que junto a él aparece Andrés; el novio de Mamen.

Definitivamente, se nos ha acabado la salida.

Me levanto para irme con ellos, pero de lo borracha que voy, me tambaleo y caigo sentada de nuevo.

Felipe niega con la cabeza, está a punto de ayudarme cuando aparece Juande.

—No te preocupes, tío, yo la llevo a casa. —Lo mira muy serio—. Llévate a tu chica antes de que se caiga.

—No me voy contigo —consigo decir, aunque se me traba la lengua.

—Ya lo veo. —Me da un repaso visual—. Si apenas te tienes en pie.

—¡Oye! —Me levanto tan deprisa que vuelvo a marearme y me coge de la cintura para que no me caiga.

—Ana, deja que te lleve a tu casa. —Sonríe—. Te prometo que te dejaré a salvo en tu cama.

—Hum, vale —se me cierran los ojos—, pero estate quieto que me mareo. —Siento que se me traba la lengua y mis pensamientos rondan tan lentos por mi cabeza, que apenas puedo protestar por nada, por lo que decido dejarme llevar.

—A la orden, señorita.

Me quito los zapatos de tacón para ganar estabilidad y le dejo que me coja de la cintura.

Su mano se siente tan cálida y me da tanta seguridad que me dejo llevar.

Nos despedimos en la puerta y no me quejo mientras Juande casi me arrastra por toda La Carrera hasta llegar a mi casa.

Levanta una ceja y sin soltarme pone la palma de la mano hacia arriba.

Lo miro sin comprender y se me escapa una risita de borracha que me sorprende hasta a mí.

Tropiezo al subir los primeros escalones y si no me llega a tener sujeta me dejo los dientes en el suelo.

Me aprieta contra su pecho y el aroma fresco de su colonia se introduce en mi nariz hasta casi hacerme babear.

Cierro los ojos y me deleito con el tacto y el aroma.

No me atrevo a mirarlo directamente, así que trago saliva, pero no intento soltarme.

El cúmulo de circunstancias se alían para ayudarme a superar el incómodo momento. Me toma en brazos y al cerrar los ojos me abandono a un dulce sueño de borracha.