Capítulo 2 #2
No me queda más remedio que correr detrás de él.
No sé qué querrá ahora, pero me tiene mosca, tan pronto ríe porque les regaño, como me exige que lo acompañe.
Ya creo saber para qué quiere hablar conmigo: me va a regañar por las formas de dirigirme a los chicos, pero tiene la suficiente clase para hacerlo en privado.
Le sigo en silencio mientras siento cómo me encojo de estatura.
Voy a apartar la lona para entrar, pero se me adelanta y me pide que entre.
—¿Llegaste bien a tu casa el sábado después de correr? —dice con calma mientras se sienta y se retrepa en la silla, estira las largas piernas bajo la mesa y me mira con esa sonrisa ladeada.
—Si no vamos a hablar de trabajo, será mejor dejar esta conversación —suelto con chulería y me levanto para salir de la tienda.
—¡Siéntate! —grita mientras señala la silla que acabo de abandonar.
—Mira, Juande —respondo y apoyo las manos en la mesa e intento poner mi cara más intimidante—, si no tienes nada que aportar sobre el trabajo, que es lo ÚNICO que nos une, será mejor que me dejes en paz y te ocupes de lo tuyo.
—Está bien. No quieres hablar, como quieras. —Me mira con cara de pocos amigos—. Dime la organización de trabajo para hoy.
—Prácticamente como el viernes, seguimos descubriendo escalones. Estoy preparando un corte de sección para ver la estratificación y tres de los voluntarios están cribando el material de desecho. —Me levanto—. ¿Algo más?
—Puedes irte —dice con voz cansada.
Salgo sin mirarlo. Me hago la dura porque me conozco, sé que, si seguimos a este ritmo, su acercamiento será real en poco tiempo y cuando eso ocurra, estaré indefensa ante él.
Me volverá a encandilar y con lo tonta que soy seguro que lo perdono, incluso le ayudaré a levantar su carrera a expensas de la mía.
Sacudo la cabeza y reniego de mí misma para volver al trabajo de campo.
Necesito despejarme y para ello no hay nada mejor que la fatiga física.
Hemos estado durante toda la semana limpiando y cribando, ya tenemos al aire doce escalones y la estratificación deja claro que la estructura se excavó en roca, que no fue una construcción propiamente dicha.
En el cribado, no han aparecido restos interesantes ni lascas de embellecimiento ni de útiles.
La impaciencia me puede, y es que conforme descendemos las escaleras el trabajo se hace más pesado.
Hemos levantado una carpa para que nos proporcione sombra durante el trabajo.
Juande quiere que cerremos la entrada para trabajar con más intimidad en el hallazgo, pero me niego, por lo que a determinadas horas tenemos que trabajar bajo la atenta mirada de curiosos transeúntes.
Puedo oírlos discutir sobre lo que hacemos y las apuestas que hacen entre ellos sobre el próximo jarrón roto que vamos a sacar.
Chasqueo la lengua y reniego para mí ante la ignorancia y la falta de respeto por el trabajo ajeno.
Pero claro, son solo unos cuantos vejetes que no tienen nada que hacer, hasta que les llegue la hora de su cervecita en el bar, así que intento ignorarlos y sigo sacando espuertas de tierra para cribar.
Por fin es viernes. Recogemos todo el material y lo guardamos, me cuelgo la mochila y me voy a la puerta de salida donde me despido de los voluntarios y espero hasta que llega el jefe para darle las llaves del candado.
Me he encargado toda la semana de abrir y cerrar la excavación.
Ya que tiene la responsabilidad y la capacidad de decidir, le voy a pasar el resto de sus funciones.
Las llaves son una de ellas, se acabó el simular que todo sigue igual.
Solo soy una arqueóloga bajo el mando de Juande, ya lo he asumido y esa realidad es lo que tengo que hacer valer si quiero distanciarme de él.
—Ya es hora de que asumas todas tus responsabilidades. —Le lanzo el llavero, me doy la vuelta y me marcho dando grandes zancadas.
—¡Adiós y gracias! —me grita el imbécil.
Llego a casa muerta, las horas que paso trabajando estoy en tensión, lo cual me agota.
Tal vez debería plantearme abandonar la excavación, pero es superior a mis fuerzas, me encanta mi trabajo, ensuciarme las manos y caer exhausta en la cama al final de la jornada.
Tal vez esa sea la mejor parte de todo, quedar tan agotada que el cerebro se ralentiza y no da opción a pensar ni dar vueltas alrededor de ideas locas.
He de reconocer que desde que apareció Juande, mi cabeza está llena de montones de ideas sin sentido: perdonarlo, besarlo, acariciarlo y abrazarlo.
Me doy un tortazo mental mientras sacudo ideas tan locas y desatinadas.
Me desnudo y me doy una ducha vivificante.
He quedado a las nueve con Susi y Mamen, hoy es nuestro día de chicas y no me lo pienso perder.
Me visto con rapidez con un vestido entallado de color azulón que es un poco provocador, pero conociendo a mis amigas será muy modesto en comparación con los suyos.
Me echo espuma en el pelo y lo seco con la cabeza hacia abajo apretando los rizos entre los dedos de la mano.
Queda un poco alborotado, pero me gusta.
Bajo la luz del baño mi pelo adquiere tonos rojizos, mis ojos color avellana toman un poco del color del vestido haciéndolos parecer azules y ese efecto me agrada.
Me calzo los tacones y cojo el bolso. Hemos quedado en La Barra, un bar de toda la vida donde las tapas que acompañan a tu bebida son más que suficientes para una cena.
Llego y solo está Mamen, por lo que, mientras esperamos a la otra loca, nos pedimos una caña.
Cenamos a base de raciones regadas con abundante cerveza y salimos a terminar la noche en el St. Patrick, un pub irlandés donde te sirven todos los tipos de cerveza internacional.
Para no acabar pedo, continúo con la cerveza de importación.
Estamos sentadas en un rinconcito junto a la entrada, charlando de chicos mientras la suave música nos relaja.
Susi me da un codazo y me señala con la cabeza.
Me giro y lo veo en la barra. No está solo, el hombre que lo acompaña me suena de algo, pero no recuerdo de qué.
Me encojo de hombros y le quito importancia a su presencia.
Seguimos riendo hasta que no me puedo aguantar las ganas de ir al servicio.
—Susi, ¿vienes al baño? —Me levanto.
—Espera que me la acabo —dice y le da el último trago a su copa, dejando el vaso vacío.
Entre risas y algo piripis, vamos al aseo.
Entramos juntas, yo limpio la taza con papel higiénico y vacío mi vejiga sin sentarme en la taza.
Susi sigue mi ejemplo, nos lavamos las manos y no podemos secarlas porque hemos gastado el papel higiénico en limpiar la taza del inodoro, así pues, las sacudimos al aire y salimos carcajeándonos.
Me choco con un muro que no es de piedra precisamente, me disculpo y me aparto, pero al mirar hacia la cara del dueño de ese bloque se me abre la boca.
Juande me sonríe con esa sonrisa ladeada y debo hacer un gran esfuerzo para evitar que se me caigan las bragas.
—Deberías mirar por donde andas, Ana —susurra con esa voz sensual.
—Anda, y tú también. Con esos pectorales podrías romperle la cara a la próxima incauta que no mire por donde va. —Madre mía, ¿en serio? ¿cómo he podido soltar eso?
—Ja, ja, ja. Lo tendré en cuenta, pero si quieres puedes guiarme de la mano para evitar choques.
—¡Qué más quisieras! —contesto y me aparto de su lado algo tambaleante por lo que cojo a Susi del brazo.
—Como quieras —dice mientras me da un repaso visual y se pierde en el aseo de caballeros.
Volvemos a nuestra mesa y veo que han rellenado las jarras, cojo la mía y bebo con ansias. Retomamos nuestra charla frugal y llenamos de risas el local.
—Como te digo —Mamen bebe de su jarra—, han sido unas vacaciones inmejorables.
Andrés me ha tenido como una reina: me llevaba el bolso de las toallas, me retiraba la silla para sentarme.
—Nos mira sonriente—. En mi vida, pero nunca, me había sentido tan amada, cuidada y adorada…
—Cierra los ojos un momento—. Es que no tengo palabras.
―Nos alegramos un montón.