Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 2
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Capítulo 2

Mirada al pasado

M is padres murieron en accidente de coche.

Los días que siguieron fueron los más terribles que jamás he vivido, ya que me quedé sola con dieciocho años.

En aquella época estaba saliendo con Simón.

Él y sus padres se hicieron cargo de todo y yo, que estaba en una nube de dolor, les dejé hacer.

En poco tiempo me vi viviendo con mi novio.

No sé ni cómo ocurrió, un día me di cuenta de que tenía todas sus cosas en mi casa y en poco tiempo me estaba pidiendo que nos casáramos.

Me pareció el paso siguiente a nuestra relación, así que acepté.

Me matriculé en Historia y seguí la rama de arqueología; todo parecía irnos bien.

Yo estudiaba gracias al dinero de mi herencia.

Mis padres eran profesores de historia, y hoy en día, todavía conservo su despacho con las dos mesas y las estanterías hasta el techo de libros.

Simón trabajaba en la tienda de sus padres y yo apenas me ocupaba de nada, salvo de estudiar.

Él se encargaba de llenar la nevera, limpiar y su madre nos mandaba la comida.

Todo parecía idílico, hasta que Simón se quejó de dormir en mi cuarto cuando el dormitorio de mis padres estaba vacío, y así fue como a los dos años de casados, me convenció para cambiar los dormitorios.

Mi preocupación eran los exámenes, por lo que le di carta blanca.

Ya contaba los días para terminar la carrera, teníamos previsto celebrar las becas toda la clase juntos.

Simón se negó a venir conmigo y no sé qué ocurrió, pero acabamos en la Bariloche.

Supongo que me pasé de copas, porque lo siguiente que recuerdo es a Simón hecho una furia golpeando a Juande y zarandeándome hasta hacerme vomitar.

Cuando desperté al día siguiente con tremendo dolor de cabeza, él estaba de pie en la puerta del cuarto y con una maleta a sus pies.

De nada sirvió disculparme, pedirle perdón, suplicarle… Ese día salió de mi casa y de mi vida.

Durante el divorcio, intentó hacerse con la mitad de todo.

Quería la mitad del piso y del dinero que me dejaron mis padres.

Simón se quedó helado cuando descubrió que no podía echar mano a nada de lo mío, pues todos mis bienes venían de la herencia de mis padres, por lo que los hacía intocables para él.

Pensándolo desde la perspectiva que me da el tiempo, pienso que esa fue su intención desde un principio.

Aunque lo peor fue descubrir que quien yo creí que era mi amigo, aprovechó el lio del divorcio y se quedó con la plaza para ir a la excavación de Egipto, la cual me correspondía a mí por tener el mejor expediente académico.

Cuando quise darme cuenta, había perdido a quien se suponía que me amaría toda la vida, al compañero inseparable en la universidad y un futuro prometedor como arqueóloga.

Entonces, fue cuando me di cuenta de lo sola que estaba.

El único apoyo que tuve fue el de Susi que alegró mis días.

Ella fue la hermana que necesitaba, y seis años después, nos une una relación más fuerte que la sangre.

Ahora Juande ha vuelto, se me revuelven las tripas solo de pensar que pueda volver a entrar en mi vida para ponerla patas arriba.

Doy vueltas en la cama, pero no encuentro la postura.

Al final me quedo dormida, pero mis sueños son atacados por imágenes recurrentes de Juande, Simón, mis padres y otra vez Juande.

Me despierto empapada en sudor y desorientada.

Miro el reloj, son las siete y media de la mañana, y aunque es sábado me pongo unas mallas, una camiseta y deportivas, me engancho el MP3 y bajo corriendo a la calle.

La canción Suerte de Shakira me levanta el ánimo.

Corro por la calle Campanas y bajo la Alcantarilla en dirección a la carretera del colesterol; en realidad es la Ronda Sur, pero cuando inauguraron esta circunvalación en Jaén, toda persona con colesterol salía a caminar por sus aceras, de ahí que la bautizaran con ese nombre.

Suena Can’t Get You Out Of My Heart de Kylie Minogue y mis piernas vuelan sobre el acerado.

Acompaño el ritmo de mi respiración con mis latidos cardíacos, disfruto del fresco despertar del día y tarareo el estribillo que suena en mis auriculares.

Siento una presencia junto a mí. Al girar la cabeza, mi peor pesadilla se hace realidad.

Juande sigue mi ritmo sin dificultad y me sonríe al girarme hacia él.

Se me escapa un gemido e intento acelerar el paso para dejarlo atrás.

Menuda tontería, él con sus largas piernas no tiene ningún problema en alcanzarme, al contrario, ese esprint me hace respirar con agitación.

Me paro y apoyo las manos en los muslos, bajo la cabeza e intento recuperar el aire.

Veo sus zapatillas ante mí, pero me niego a levantar la vista.

Se escucha un teléfono sonar, saca el móvil del bolsillo trasero de su malla y contesta.

Alzo la cabeza al darme cuenta de que está de espaldas a mí.

Miro hacia la izquierda y veo el camino que conduce a las olivas.

No me lo pienso, salto a la vereda y en vez de seguir corriendo, me escondo a un lado de la pendiente bajo un arbusto joven y frondoso.

Intento controlar mi respiración, y no emitir ruidos.

Por suerte mi ropa es negra, lo que me ayuda a camuflarme.

Lo veo pasar como una bala, sigue el sendero entre las olivas a grandes zancadas.

Al perderlo de vista salgo de mi escondite y vuelvo a la carretera del colesterol, cruzo cuando no pasa ningún coche y cojo la estrecha carretera que sube hasta el Club de Campo.

Atravieso las instalaciones a toda velocidad hasta que por fin llego a los jardines de la Alameda.

Tanta carrera cuesta arriba hace que me falte el aliento y me detengo para recuperarme.

Tras unos minutos de desahogo, continúo andando a paso rápido y me encamino hacia la catedral, paso la plaza de San Ildefonso, la Carrera, calle Campanas y por fin llego a la calle Mesones.

Abro con rapidez la puerta y subo en el ascensor, pues ya no tengo fuerzas para más ejercicio.

Me dejo caer en la cama completamente agotada.

Mientras recupero la respiración pienso en la niñería que he hecho, sé que no es de ser muy madura salir corriendo ante su sola presencia.

Podría darme cabezazos contra la pared si no fuera porque mis piernas no me responden, pero está claro que tengo que aprender a gestionar mi frustración o de lo contrario acabaré loca.

Paso el fin de semana sin salir de casa, repaso mis libros, busco por Internet y me pongo al día con el arte del período calcolítico.

Bajo ningún concepto pienso solicitar su aprobación, erudición ni nada que pueda darle a entender que sus conocimientos son superiores a los míos.

Cojo mi libreta de campo y anoto algunos datos que me pueden venir bien en la excavación.

***

El lunes a las ocho estoy abriendo la verja de entrada del yacimiento arqueológico, la dejo abierta y me voy a la tienda para guardar mi bolso en la taquilla. Me siento ante la mesa y compruebo los datos del mapa.

Miro el reloj y son solo las ocho y diez. En ese momento, entran mis cuatro alumnos riendo y charlando sin cortarse en mi presencia.

—Buenos días, profesora —saludan que parecen cuatrillizos.

—Preparaos para seguir trabajando —digo con la voz más seca de lo normal—. Os espero en la excavación.

Cojo mi sombrero estilo Indiana Jones y salgo dando grandes zancadas.

En la caseta de material recojo varias espuertas y herramientas, las pongo en la carretilla y voy al punto de excavación.

Cojo un cepillo sin palo, una brocha y un pequeño recogedor, luego bajo los escalones descubiertos y limpio con cuidado y mimo la huella.

Recojo el polvo y lo llevo a una de las espuertas, repito la operación hasta llegar al último escalón descubierto.

Los cuento; ya son cuatro escalones y no se ve el final, lo cual me sorprende e intriga a partes iguales.

Vuelvo a la carretilla y saco un pico y una pala, después empiezo a cavar en un lateral.

Quiero hacer un corte de sección de los estratos y comprobar el extremo de la escalera.

Lleno una espuerta con los restos y al sacarla veo que los chicos están charlando alrededor de la carretilla, lo cual me enfurece.

—Chicos, ¿cuándo vais a poneros a trabajar?

—Perdón, profesora. —Miguel coge varias herramientas y corre hacia la escalera.

Los veo afanarse en iniciar el trabajo, pero nadie pregunta por las tareas de ese día, lo cual me vuelve a enfadar y vuelvo a gritarles.

—Miguel, ¡sigue limpiando la escalera! Javier, ¡ayuda a las chicas a cribar de nuevo la tierra sacada! —ordeno porque los veo que no hacen nada—. ¡Vamoooos, que es para hoy!

—Si les hablas así, pronto nos quedaremos sin voluntarios —me susurra Juande desde atrás. Se me eriza todo el vello del cuerpo y me pongo en tensión al recordar el encuentro del sábado.

—Vaya, gracias por venir a trabajar —ironizo y me cruzo de brazos mientras lo miro de arriba abajo. Viene con vaqueros rotos y una camiseta gris descolorida, su aspecto es muy diferente al del arqueólogo erudito. Trago saliva y ordeno a mis pensamientos que se controlen.

—Señorita García, ¿puede acompañarme al despacho de campo? —dice con la cara mortalmente seria.

—¿Para qué? —Mi voz ha perdido toda la potencia anterior.

—Sígame. —Echa a andar y no mira si lo sigo.