Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 1 #3
4%

Capítulo 1 #3

Me doy la vuelta y entro a la tienda para recoger mis cosas.

Engancho las llaves a la trabilla del pantalón vaquero, cojo el pequeño reproductor MP3, me pongo los auriculares y salgo sin mirar atrás.

Rebusco en los bolsillos, hasta que encuentro la tarjeta del bus y me espero en la puerta de acceso al perímetro de la excavación.

Golpeo impaciente el suelo con el pie derecho mientras le veo venir bajándose las mangas de la camisa.

Niego para mí misma, pues con esas pintas no creo que trabaje mucho, será cuestión de tiempo que se quede sentado en la tienda durmiendo la siesta.

—¿Has cogido todo?

—Sí. —Mira a ambos lados—. ¿Tú cierras la valla?

—Siempre soy la última en irme. —Me encojo de hombros y cierro con el candado, tras lo cual me pongo en marcha hacia el hotel Infanta Cristina para coger el autobús.

—¡Espera, Ana! —Me coge del brazo.

—¡Suéltame! —exclamo mirando la mano que me agarra.

—Lo siento… —lo dice con tanto sentimiento que casi se me olvida quién es—. ¿Tomamos una cerveza y nos ponemos al día?

—No, gracias, he terminado mi jornada laboral —contesto cortante y vuelvo a ponerme en marcha, esta vez con pasos largos y ágiles—. ¡Hasta el lunes… JEFE! —grito sin mirar atrás.

—Si quieres, te llevo a casa.

—¡No, gracias!

—Hasta luego. —Su voz se escucha lejana.

Tomo el autobús que me lleva al centro, me bajo en la plaza de las Palmeras y ando los últimos metros hacia la calle Mesones.

Cuando entro en casa, me quito el MP3 y me desnudo en el dormitorio antes de ir al baño.

No espero a que salga el agua caliente, me meto en la ducha y dejo que el líquido fresco resbale por mi cuerpo y calme los músculos doloridos.

Mi cabeza sigue dando vueltas en torno a lo sucedido hoy.

Menuda suerte tengo, me ponen de director de proyecto a la última persona a la que quiero ver.

Se me escapa un grito de rabia, lo que supone el punto de partida para desahogarme, y lloro con pena, sin esperanza.

La amargura me recorre y me dejo vencer.

Me siento en el plato de ducha mientras el agua cae en cascada sobre mí.

No sé cuánto tiempo pasa tras mi arrebato de abatimiento, pero me levanto con decisión repitiendo mi antiguo mantra:

—Esto no me vencerá. No me vencerá. No me vencerá. —Aprieto los puños y salgo de la ducha.

Me seco y aplico crema hidratante, es una rutina que me permite repasar cada momento importante del día. Luego voy a mi dormitorio y me pongo unos pantalones pitillo negros y una blusa rosa palo, me calzo los tacones y cojo el bolso de la entrada.

Ando los pocos metros que me separan de La Manchega, una taberna con casta donde he quedado con Susi. Tras un breve repaso visual, la veo al fondo morreándose con Felipe.

—Por favoooor, ¡dejad algo para cuando estéis solos! —Me carcajeo.

—Calla, pava. —Susi me lanza un beso.

—Pareces cansada. —Felipe me mira de arriba abajo.

—Qué va, lo que estoy es cabreada. —contesto y los miro muy seria—. Me han puesto un jefe de excavación —suelto un exabrupto y me dejo caer en la silla— y, ¿adivináis quién es?

—Ni idea, nena.

—¡Juan de Dios Fernández! ¿No podían buscar a otro? —Me paso la mano con desesperación por el pelo—. Creo que voy a renunciar —afirmo soltando el aire.

—Pero ¿¡estás tonta o qué!? —Susi se sienta en la silla vacía junto a la mía—. ¡Ni se te ocurra! Que se vaya él.

—Es muy fácil decirlo, le han nombrado director de la excavación, así que ahora tendré que sufrir su presencia —me quejo.

—Necesitas paciencia —me coge las manos—, y si te fastidia mucho, ya sabes lo que hacer. —Me guiña un ojo.

—¿Qué?, ¿qué tengo que hacer?

—Pues jugársela hasta que se harte y se vaya. —Sonríe satisfecha.

—¡Qué fácil lo ves! —Me echo hacia atrás en la silla y cierro los ojos—. Pídeme una cerveza, Felipe, que ni ganas tengo de levantarme.

Escucho el golpe de la botella sobre la mesa y la cojo sin mirar. Me trago casi medio tercio de una sentada, y cuando los abro, dejo la botella en la mesa, entonces veo la cara tan rara que tienen Susi y Felipe.

—¿Quééé? ¿Qué pasa? —Susi señala con la cabeza detrás de mí, y al girarme lo veo—. ¡Cago en tooooo!, ¿qué coño haces aquí? —digo rabiosa y me levanto con intención de marcharme.

—Esto es un bar y me apetece una cerveza. —Me lanza esa sonrisa ladeada.

—Pues búscate otro, que este lo tenemos pillado. —Chasqueo los dedos delante de su nariz.

—Lo siento, ya he pedido. ¿Puedo unirme a vosotros? —Mira a Susi y a Felipe—. Hola, parejita, ¿cómo os va? —indaga a la vez que se sienta con el respaldo entre las piernas abiertas.

—Está bien. Si tú no te vas, lo haremos nosotros. —Les hago señas a mis amigos para que se levanten.

—No seas infantil y siéntate, Ana —dice Juande mientras le da un trago a su vaso.

—Adiós —respondo sin hacerle caso, cojo el bolso, la chaqueta y salgo disparada de La Manchega.

—¡Ana! —Juande me sigue hasta la puerta y me coge del brazo—. ¿Podemos hablar?

—No. Fuera del trabajo no tenemos nada que decirnos. —Tiro del brazo y me suelto con brusquedad.

Me vuelvo a casa y me pongo el pijama. Intento tranquilizarme, respiro hondo y espiro despacio. Siento que vuelvo a controlar mi cuerpo y mi voz. Saco el móvil y llamo a Susi.

—Nena, ¿seguís en La Manchega?

—Espera —susurra—. Ya está, me he salido a la calle, ¿cómo estás?

—Rayada —gruño—. No lleva ni un día aquí y ya estoy saturada. No sé cómo voy a soportar las horas de trabajo —me quejo.

—Tranquila, tú descansa y ármate de paciencia, solo tienes que ignorarlo.

—Es fácil decirlo, no eres tú quien lo verá todos los días. Después de lo que me hizo, no sé ni cómo se atreve a acercarse a mí todavía.

—Míralo en perspectiva, toma distancia todo lo que puedas de él y piensa que solo tendrás que hablarle en caso de que tengas dudas, lo cual creo que será muy raro, conociéndote. Vamos, que seguro que es él quien tiene que preguntarte a ti.

—Ja, ja, ja. Tú sí que sabes levantarme el ánimo. Gracias, cielo, te llamo mañana.

—Hasta mañana, guapa.

Cuelgo el teléfono y me quedo mirando al techo de mi habitación.

Noto las mejillas húmedas y me doy cuenta de que de mis ojos brotan lágrimas sin intención, por lo que me las seco con brusquedad y grito con rabia.

Hace seis años que no lloraba sin control y, en aquella ocasión, también había un único culpable: Juan de Dios Fernández Arquillos, compañero de clase, de estudios y el responsable de que mi matrimonio se rompiera.

Vuelvo a rememorar aquellos días en los que era una tonta ilusa y confiada.

Me tumbo en la cama mientras una suave brisa se cuela por la ventana.

Estamos a últimos de Julio, hace calor, pero siento en mi piel el frescor que se cuela por la rendija y me hace estremecer.

Cierro los ojos con fuerza mientras el recuerdo de lo ocurrido en la excavación me enerva, y siento que la ira se apodera de mí nuevamente.

Respiro hondo y dejo salir el aire con lentitud, todavía puedo notar su aliento en mi oreja.

Sacudo la cabeza, vuelvo a inspirar y espiro con fuerza. Busco en mi mente algo que me distraiga de lo ocurrido sin éxito y me revuelvo en la cama, desesperada por encontrar el alivio del sueño.