Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Parece enorme, casi se mete en el anillo siguiente del foso, del cual apenas hemos excavado algunas estructuras. Volteo de nuevo el perímetro y les pido un metro. Me lo acerca Laura y, sin mirarla, me centro en el diámetro intentando averiguar las verdaderas dimensiones.

—Profesora, ¿y si excavamos más escalones para comprobar la profundidad?

—Después. —Lo miro con seriedad—. De momento, tenemos que averiguar hasta dónde llega por si pisa otros restos dentro del anillo del foso.

Les pido que se sitúen en los límites del enorme montículo y luego intento trazar el diámetro con los brazos en alto.

Le doy el metro a Miguel y se lo llevo hasta Javier, que está en el lado opuesto.

Compruebo la acotación y lo apunto en la libreta que saco del bolsillo posterior del vaquero.

No puede ser, digo para mí y vuelvo a comprobar la medida; no hay duda, son sesenta metros de diámetro.

—¡Es enorme! —grito emocionada sin poder contenerme.

—Y parece que no ha entrado nadie, está completamente oculto —dice con inocencia María José.

—Pues claro, niña, si lo hubiesen abierto no tendríamos que excavar. —Miguel habla con chulería, me vuelvo hacia él y le regaño con la mirada, no me ha gustado nada su forma de tratar a María José.

—Vale, ahora vamos a organizarnos. Para empezar, tendremos que fotografiar la zona y realizar una limpieza, para lo que necesitaremos: paletín, azadas y cepillos.

Posteriormente, delimitaremos el área de excavación.

—Los miro y todos asienten con la cabeza—.

Crearemos un espacio cerrado mediante cuatro puntos fijos unidos con cuerda; la cuadrícula.

Para ello necesitaremos primero una línea base, dos puntos unidos con cuerda, de la que podamos crear triángulos rectángulos a lo largo de esta línea base, usando el teorema de Pitágoras, de manera que podremos realizar tantas cuadrículas como sean necesarias.

A partir de ellas, crearemos un sistema de coordenadas, que nos ayudará a localizar los restos que vayan saliendo durante la excavación en un plano.

También será importante establecer un punto de referencia, el punto cero, para tomar las cotas o la profundidad a la que vayan apareciendo.

—Compruebo que están siguiendo mis instrucciones y les recuerdo la teoría de Unidades Estratigráficas—.

Ya sabéis, primero, depósitos; niveles de tierra acumulados de forma natural o artificial; cortes, cualquier tipo de fosa excavada por el hombre y que corte tanto depósitos como estructuras y, por último, estructuras; deberéis limpiar muy bien esas escaleras.

—Profesora, ¿empezamos ya? —Miguel está ansioso por iniciar el trabajo y su entusiasmo lo delata.

—Bien, como ya tenéis las parcelas, limitaros a fotografiar lo nuevo y empezad a limpiar los estratos. Y ojo, cuando utilicéis la criba, no la tiréis en cualquier lado, quiero comprobarlo yo también. —Los veo parados frente a mí—. ¡Vamoooos!, ¡que es para hoy!

Me vuelvo a mi tienda y cojo el plano que estamos desarrollando actualmente, se ven los círculos de los fosos con claridad y las acotaciones parecen correctas.

Miro dónde hemos encontrado las escaleras, la primera acotación que hicimos y compruebo hasta dónde llega.

Utilizo la escala para convertir dimensiones y se me escapa un silbido, pues llega hasta el segundo círculo de los fosos.

Me echo hacia atrás en la silla de campaña y cierro los ojos.

Puedo visualizar los escalones descubiertos y mi imaginación hace el resto.

Por la altura de la cúpula y el diámetro del tholos puede ser un enterramiento enorme, tal vez sea una inhumación colectiva, o mejor aún, un caudillo y en su interior los tesoros que se llevó a la tumba.

Me rio en sueños mientras dejo volar mi imaginación.

Abro los ojos y me encuentro ante mí al concejal de Urbanismo.

Me incorporo de inmediato y voy a disculparme, pero entonces lo veo.

No ha cambiado mucho, por un momento le doy un repaso visual.

Está a la derecha del edil, todavía tiene esa sonrisa de suficiencia y altanería.

Me quedo mirando ojiplática, hasta que el carraspeo del concejal Santos me saca de mi estado.

—Señorita García, espero no ser inoportuno. —Me lanza una mirada de desprecio y chasquea la lengua con indolencia.

—No, nada de eso, señor Santos. Estaba repasando mentalmente las mediciones de hoy. —Le muestro el mapa para corroborar mis palabras.

—Sí, bueno… —Carraspea—. He venido a presentarle a su nuevo superior. —Sonríe con maldad en su mirada.

—¿Cómo? —Me sobresalto—. No he debido oír bien.

—No se equivoca, señorita. —Apoya sus regordetas manos en mi mesa de trabajo—.

Se contrató al señor Fernández para coordinar las excavaciones.

Tanto los patrocinadores privados como las entidades públicas involucradas, hemos decidido acelerar el proceso de excavación.

—Me mira con reproche—. Su trabajo va demasiado lento y necesito que acaben el estudio, tenemos la ciudad colapsada en su expansión por el norte y no puedo hacer nada mientras usted no finalice su trabajo.

—Si quieren que vaya más rápido, deberían contratar profesionales en vez de tirar de los alumnos de la universidad —respondo y me cruzo de brazos levantando una ceja en espera de contestación.

—Pues eso hemos hecho. Le traemos un profesional que acelerará el proceso de investigación. —Ríe descarado—. Para que vea que escuchamos sus peticiones.

—Mierda. —Se me escapa la palabra y veo que Juande eleva uno de los lados de la boca y esa sonrisa ladeada termina de alterarme—. Genial, pues entonces me voy con mis alumnos a trabajar —lo digo con tanta mala leche que, si me muerdo, me enveneno.

Salgo de la tienda a grandes zancadas, no miro para atrás, seguramente estarán haciéndose la pelota mutuamente; uno para garantizar su trabajo y el otro, para tener de su lado al responsable de la excavación y así poder manipularlo. Si conoceré yo al regordete del concejal Santos.

Estoy casi llegando donde están mis alumnos, pero un brazo me detiene.

—Suéltame —chillo con voz aguda.

—Solo quiero que me esperes, me gustaría acompañarte. —Su voz ronca acaricia mis oídos como antaño.

—¿Acaso no sabes distinguir las zonas de trabajo? —digo con chulería.

—Sí, pero prefiero que me las muestres tú, que para eso has estado en este proyecto durante tres años.

Me lanza esa sonrisa ladeada y casi me derrito, y digo casi, porque con los años he aprendido a resistir esos ataques de sensualidad.

Lo miro, me mira, nos miramos y al final aparto la cara y le indico con un dedo que me siga.

Le llevo hasta la zona donde los chicos están limpiando, me vuelvo hacia Juande y le hablo con voz seca.

—Este es nuestro último hallazgo. —Señalo los escalones—. Hemos empezado a limpiar la zona para comprobar la cota de profundidad, que a juzgar por el diámetro del tholos, debe ser mucha.

Me giro hacia los chicos que están limpiando el escalón con una catalana y un punzón. Laura y María José llevan entre las dos una espuerta casi llena, la ponen en una zona protegida y la van vaciando poco a poco. Parece que se han tomado muy en serio la criba de tierra.

—¿Cuánto mide de diámetro? —Se quita las gafas de sol y mira el perímetro con atención.

—Hemos medido unos sesenta metros, pero pueden ser más, no lo tengo claro.

Se inclina sobre los escalones y observa la huella descubierta, coge un puñado de tierra y la contempla de cerca. Toca otra vez el escalón, se levanta y se queda satisfecho asintiendo con la cabeza.

—Buen trabajo, chicos —dice mientras se remanga la camisa y coge un punzón para unirse a ellos.

—Cretino —susurro por lo bajo—. Se pensará que no sabemos lo que hacemos.

Cojo una pica y me voy a un lado del escalón, lejos de donde trabajan ellos, pero lo bastante cerca como para comprobar el ancho de la huella.

Comienzo a picar la superficie, primero con suavidad y al comprobar la dureza del estrato, aplico más fuerza.

Me centro en sacar la tierra tras cada golpe, tengo un buen montón acumulado para hacer una criba manual.

Veo que no hay restos y lleno una espuerta para hacer una segunda criba más a fondo.

Apenas me doy cuenta del calor ni del paso del tiempo, solo pico, rebusco y guardo hasta que un carraspeo llama mi atención.

—Profesora, ya es la hora. —Miguel me mira con duda—. ¿Podemos marcharnos ya?

—Eh…, sí claro, Miguel. Nos vemos el lunes —me despido de ellos y me incorporo.

Miro en derredor y veo que han recogido el material de trabajo, por lo que cojo mi pica y la espuerta y las llevo a la caseta de herramientas. Al entrar, él está allí y parece hacer inventario.

—No tenemos mucho material, solo el suficiente para el pequeño grupo que somos —digo cuando dejo el pico con los otros en el suelo y meto la espuerta que traigo dentro de otra.

—Ya veo. —Se encoge de hombros—. De todas formas, ahora mismo tampoco necesitamos más. Si se te ocurre algo para acelerar el trabajo duro, házmelo saber.

—Tal vez más arqueólogos con experiencia, no estudiantes en prácticas —la ironía del reproche no debe escapársele. Sonríe indulgente y yo amusgo los ojos para que no se crea que me amedrenta.

—Para eso estoy yo aquí. —Se señala su pecho para afirmar sus palabras.

—Seguro que eso es lo que necesitamos. —Chasqueo la lengua y contengo el gruñido que estoy a punto de lanzarle.