Hasta que el tiempo nos alcance
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Capítulo 1
Marroquíes Bajos
C orro a toda velocidad por el camino que desciende del palacio.
He quedado con Damián y como siempre llego tarde, solo espero que no cumpla su promesa de no esperarme.
Llego hasta la entrada al puerto sin aliento, me paro y agacho la cabeza mientras apoyo las manos en mis rodillas.
Me pongo bien la capa corta, mientras me levanto y busco a Damián con la mirada.
El puerto está hoy muy concurrido. Han llegado varios barcos, por eso he quedado con mi amigo, queremos ver la nave egipcia.
La curiosidad nos puede, es tan grande de lejos que no nos queremos perder su amarre.
—¡Eirene! —Damián corre a mi encuentro—. ¡Corre, casi te lo pierdes!
—Pensé que no me esperarías —hablo con dificultad mientras recupero el aliento.
—Debería hacerlo —me sonríe con picardía—, eso ha hecho que llegues solo unos minutos tarde. —Me saca la lengua y echa a correr.
—¡Serás tramposo! —grito y corro detrás de él esquivando a todos los que caminan tranquilamente por la calle del puerto.
Lo tengo casi al alcance de mi mano, y no es de extrañar, puesto que soy mucho más rápida que él. Le cojo de la capa y voy a tirar hacia mí, pero me choco con su espalda y el golpe me hace caer al suelo de culo. Unas grandes manos me levantan de un tirón y me quejo.
—¡Mira lo que nos ha traído el viento, Ion! —El gigante me sujeta del brazo en alto sin que mis pies toquen el suelo y siento que se me va a desencajar el hombro.
—¡Suéltame, pedazo de carne con ojos! —Le doy una patada y me suelta, pero mi libertad no dura mucho, ya que su compañero me coge del cuello.
—¡Niños, más respeto! —Su voz me hace temblar, pero al darme cuenta de que nos ha llamado niños, sonrío con maldad.
—¿Tenéis miedo de lo que os puedan hacer dos niños? —Me carcajeo—. Cada vez los hombres son más grandes, pero más tontos.
—¡Serás cretino! —dice indignado, suelta a Damián y se centra en mí.
—¡Ahora verás, enano!
Esa es la señal que esperaba. Le doy una patada con todas mis fuerzas en sus partes blandas, lo que hace que me suelte por obligación, pues su primera opción es agarrarse la entrepierna para evitar daños mayores.
Entonces, me cuelo entre sus piernas gateando y al levantarme lo empujo con todas mis fuerzas, apoyando mis pies en su culo y las manos en el suelo.
Para incorporarme doy una voltereta para atrás y me pongo en pie ante el asombro de los dos gigantes.
No me detengo para ver lo que hacen, sino que me lanzo a correr con toda la velocidad que me permiten mis piernas y, al mirar atrás, los veo cerca de mí.
Hago un requiebro hacia una serie de vasijas apiladas y empujo la última hacia las demás, el golpe de esta desequilibra a la de al lado y las hace caer a todas.
Me río a carcajadas al verlos saltando las vasijas, que parecen tener vida propia y atacarlos a su paso, pero eso los cabrea aún más.
Damián me silba, está en una estructura de descarga, lo sigo y trepo con rapidez.
Nos miramos con complicidad y vemos a los gigantes trepar en pos nuestra, nos agarramos a la cuerda y volamos sobre el barco para engancharnos a otra estructura.
Volamos como pájaros sobre el puerto, hasta que llegamos al final y nos dejamos caer con unas volteretas que reducen el daño de nuestra caída.
Desde el suelo vemos a los gigantes intentar coger la cuerda, les silbamos y con un movimiento del brazo nos despedimos entre risas para perdernos entre las calles que rodean el puerto hasta estar seguros de que no nos siguen.
—Joder, Eirene, no sé cómo te las apañas que siempre nos metes en líos —dice respirando trabajosamente.
—¿Perdona? —Lo miro enfadada y sin aliento—. ¡Has sido tú quien ha chocado con esas dos moles! De no ser por mí, estarías hecho puré en la calle.
—Para eso tendrían que pillarme —me saca la lengua—, y ha sido a ti a quien han cogido.
—¡Porque tú no me dejabas mirar! —Le doy un empujón—. Vamos al entrenamiento o nos castigarán.
Corremos por el camino hacia el palacio dándonos pequeños achuchones y riendo, hasta que llegamos a la explanada de entrenamiento, donde los chicos mayores ya están practicando el salto.
Cosmo, el entrenador, nos ve llegar y niega con la cabeza mientras nos señala la casa de baños.
Entramos y nos quedamos solo con el taparrabos, yo vuelvo a recoger parte de mi rizado pelo en un moño sobre la cabeza.
A Damián no le hace falta, el suyo se lo hace tan apretado que nunca se le escapa nada.
Al llegar junto al bloque que hace de toro, el entrenador nos hace poner en la fila. Nos mira con desaprobación, pero no dice nada, se pone ante el bloque y empieza a llamarnos uno a uno.
—Basil, ¡quiero un salto sencillo y terminado en finta lateral!
Basil salta sobre el bloque, se impulsa con las manos y cae de lado haciendo una finta.
—Bien, muchacho, pero te falta altura todavía al recibir. —Se gira hacia Damián—. Tú, el mismo salto, pero la finta hazla hacia el lado contrario.
Damián coge velocidad y salta sobre el bloque, se impulsa con las manos apoyadas para guiar su cuerpo hasta la finta lateral, pero se le escurre una mano y cae patoso hacia un lado.
—¿Te has impregnado las manos de polvo? —grita el entrenador a Damián con enojo.
—No, entrenador —dice mientras agacha la cabeza.
—¡Ve al establo a limpiar! —dice Cosmo enfadado—. Los que quedáis en la cola, ¡haced todos el mismo salto!
Uno a uno, vamos saltando el bloque: algunos; con más gracia y estilo, otros; caen pesados sobre la tierra, pero todos conseguimos el salto.
El disco solar está bien alto cuando el entrenador nos libera y nos vamos todos riendo a la casa de baños.
Yo cojo mis cosas y busco a Damián, por suerte este es un establo pequeño, donde dejan los caballos para entrenar y solo hay cuatro.
Al entrar, me lo encuentro tirando agua sobre el suelo de la entrada y casi me moja los pies.
—¡Ten cuidado! —Le doy un empujón cariñoso.
—Ya. A este paso, ni para limpiar el establo seré bueno —se queja.
—No te preocupes, ha sido solo un olvido —lo abrazo—, mañana te saldrá bien.
—Si es que me deja continuar —añade mientras se coloca la capa.
Nos sentamos en un banco junto a la puerta, el disco solar no nos alcanza por lo que se está bien en la penumbra que genera el edificio del establo.
Intento animar a Damián, que la verdad es un poco desastre, pero es un saltador genial.
La única pega es que cuando tiene público no le sale nada bien.
Casi le saco una sonrisa, pero en ese momento escuchamos voces fuera del establo.
Es el entrenador, está diciendo que buscará saltadores.
Entonces, escucho a mi padre. Me asomo por la esquina y el mundo se me viene encima, junto a él están los dos gigantes a los que hemos ridiculizado en el puerto.
Le doy un codazo a Damián y le pongo la mano en la boca; entiende que debe callar.
Lo cojo de la mano y le llevo al fondo del interior del establo, nos colamos por una ventana y salimos por detrás.
Corremos sin parar hasta quedar ocultos por la arboleda que da la entrada a los almacenes del palacio, allí nos paramos y recuperamos el aliento.
—Eran los gigantes —respiro con agitación—, estaban con mi padre y el entrenador quería saltadores.
—¿Y? —Me mira sin comprender.
—Pues que nos iba a pedir una demostración de saltos para los extranjeros. —Me mira con cara de pazguato—. ¡Imagina lo que nos harán los tipos cuando nos pillen, después de lo de esta mañana!
—¡Por la Diosa Madre! Te dejo, que tengo que volver a casa, todavía tengo trabajo que hacer. —Me da un abrazo y sale corriendo hacia el pueblo.
Jaén 2002
El tumulto ruidoso que trae el viento me anuncia la entrada de alguien en la tienda.
Probablemente será Miguel, que necesita mi aprobación hasta para mear.
Me desperezo con lentitud mientras los restos del sueño aún perduran en mi memoria.
Suspiro ruidosamente y miro la entrada cubierta con lona. Cuento: uno, dos, tres, cuatro…
—¡Profesora García! —Entra sin resuello Miguel—. ¡Tiene que venir a ver esto!
—Tranquilo, Miguel, mira que no tenemos desfibrilador aquí. —Sonrío quitando importancia a su arrolladora entrada.
—En serio —resuella—, ¡esto es muy grande! —Coge aire por momentos y vuelve a gritar—: ¡Está en la zona sur!
—Está bien, Miguel, siéntate. Inspira por la nariz, espira por la boca. —Lo veo seguir mis instrucciones—. Otra vez, así.
Recupera el aliento, me siento a su lado en la silla de campaña y lo miro sonriente, mientras por dentro hago acopio de toda la paciencia que puedo reunir.
—Ahora, dime eso tan importante. —Le sonrío con calma.
—Es una vivienda, creo, pero estamos esperando a que usted supervise la apertura.
—¿Está intacta? —Me pongo en pie con rapidez y salgo por la puerta. Al ver que no me sigue Miguel, me doy la vuelta—. ¡Vamoooos!
El joven estudiante corre delante de mí.
Le sigo a grandes zancadas, hasta que veo la zona de excavación que tenemos abierta y, desde lejos, me doy cuenta de la apertura en la roca.
Aprieto mis pasos y lo adelanto. En cuanto llego, los tres alumnos que están trabajando se me acercan y empiezan a hablar al unísono.
Chasqueo la lengua y me controlo para no poner los ojos en blanco.
—Por favor, ¡de uno en uno! —les grito para que me oigan y parece que surte efecto.
—Profesora, hemos encontrado unos escalones que conducen al interior de la roca. Al principio pensamos que eran naturales, pero al limpiarlos, no hay duda —me sonríe Javier ilusionado—, ¡están excavados por el hombre!
—Déjame ver. —Me agacho en la zona que me indican y asiento sin mirarlos—. No hay duda, son escalones.
Me levanto y ando alrededor del montículo, por la forma parece un tholos1. Lo extraño es que se hayan excavado escalones para darle acceso, siendo lo normal que se hicieran a cota de suelo cero. Sigo volteando el montículo alrededor mientras compruebo las dimensiones.