Epílogo 2
ÁFRICA
Le di unos cuantos besos a mi hija, que caminaba algo inestable agarrada de la mano de su padre y, al levantarme, hice lo propio con los labios de Bruno.
—¿Estás segura de que no quieres venir? —me preguntó colocándose bien la mochila de Abril al hombro.
—Tengo que terminar el encargo para Sevilla —me excusé—. ¿Qué le vamos a hacer si te has echado de pareja a una exitosa empresaria?
Él me sonrió y negó con la cabeza.
—No olvides abrirle a Bella y dejarle agua en la terraza.
—Que sí, pesado…
—Abril, dile adiós a mami —le dijo a la niña.
Esta echó a andar estirando el brazo de su padre y pasando olímpicamente de mí.
—Tiene las ideas claras, como su madre —se burló, y lo empujé con cariño hacia la salida.
En cuanto los vi meterse en el ascensor, cerré la puerta del ático y saqué el teléfono móvil de mi bolsillo trasero sin perder ni un segundo.
—Estoy sola —murmuré enviando una nota de voz—. Se ha ido a llevar a Abril a natación y luego irán al parque un rato, así que ven, tenemos tiempo para hacerlo sin interrupciones.
Recogí un poco la casa, pues había juguetes esparcidos por cada rincón, y en esas estaba cuando sonaron unos nudillos en la puerta.
Sonreí de anticipación justo antes de abrir.
El hombre que había al otro lado, y al que tan solo le quedaban un par de años para cumplir los cincuenta, me sonrió con complicidad y me tendió una caja.
—¿Te has acordado de los juguetes que me olvidé en tu casa? —Fruncí la nariz con alegría—. Eres el mejor.
—Porque una vez se me olvidase uno de tus encargos no quiere decir que tenga tan mala memoria —se excusó y me dio un beso al entrar y cerrar la puerta—. ¿Estás segura de que mi hijo no volverá antes de tiempo?
—Eso espero, porque si no la pillada puede ser monumental. Ven, lo he preparado todo para que estemos más cómodos en la habitación.
Fede me siguió por el apartamento en silencio. Al llegar, soltó un silbido de admiración.
—Qué buena pinta. —Se frotó las manos a la vez que sonreía—. Se nota que conoces los gustos de tu hombre.
Solté una carcajada.
—Me lo tomaré como un cumplido.
—Hazlo —corroboró—. ¿Te importa que me descalce para estar más cómodo?
—En absoluto.
Se sentó en la cama y, tras dejar los zapatos a un lado de mi mesilla, me miró con una sonrisa cómplice.
—Como no nos demos prisa nos arriesgamos a que nos pille, y hay mucho en juego.
—Sí, llevas razón. Aunque después de lo que me ha costado no quiero que terminemos haciendo una chapuza —le advertí—. Ve empezando tú, yo voy a encender el aire acondicionado y a por algo de beber, porque si no vamos a morir de calor mientras lo hacemos.
—Buena idea.
Dejé allí a mi suegro y caminé dando saltitos emocionados hasta la cocina.
Recé porque Bruno no cambiase de idea y jodiese nuestros planes, porque de verdad que me había costado sangre, sudor y lágrimas conseguir aquello, y lo que le había hecho al coche de mi padre se quedaría en pañales con lo que le haría a él si nos pillaba en el momento menos oportuno.
Encendí la consola de aire centralizado, me deshice de las zapatillas antes de entrar a la habitación de nuevo y cerré la puerta con pestillo por lo que pudiera pasar.
—¿Cómo lo ves?
—Genial. —Asentí y me acerqué a él—. ¿Crees que cabrá? No sé si seré capaz de rodearlo.
—No te preocupes, con los años he perfeccionado la técnica y soy el más eficiente y experto en la materia. Ya verás como lo conseguimos.
Solté una carcajada y pasé mis manos por la zona que quedaba al aire.
—¿Me alcanzas el lazo? —me pidió.
—¿No crees que será demasiado?
—Sin la decoración no tendrá la misma gracia —me animó y elevó la mirada del enorme paquete que sostenía con sus manos. Asintió para darme el empujón que necesitaba—. Venga, que no se diga. Eres África de la Vega, ¿ahora te van a entrar las dudas?
Solté una carcajada y negué con la cabeza. Adoraba a aquel hombre.
Cuando ambos asentimos satisfechos, nos pusimos de pie, uno al lado del otro, y admiramos nuestra obra.
—Si después de la que hemos liado a tu hijo no le gusta el regalo, lo ahorco con el lazo.
—Me parece bien —contestó secándose el sudor de su frente—. Pero juraría que le va a encantar.
—¿Agarras a Bella y vas cargando en el coche mientras me cambio?
Fede asintió, y yo me dirigí al baño para asearme en tiempo récord. Aún debíamos llegar a la casa familiar y terminar de preparar la fiesta sorpresa que le daríamos por su veinticinco cumpleaños.
Cuando lo vi aparecer con Abril en brazos, dando saltitos y haciendo reír a nuestra hija con sus payasadas, agradecí a la vida que me hubiese hecho regresar a Costa Serena dos años atrás.
«¡Felicidades!».
El llanto de Abril, que se asustó al formar parte del bando sorprendido que conformaban ella y su padre, me hizo acercarme a ellos y abrazarla con una sonrisa cariñosa.
—Ya está, mi vida —la calmé—. ¿Quieres ir con el nono?
Abril asintió, y Fede la recibió con uno de sus brazos abiertos, pues en el otro llevaba a Kay, el pequeño bombón de chocolate de dos años que habían adoptado Alana y Hans unos meses atrás y que nos tenía a todos enamorados.
—¿Y esto? —me preguntó Bruno abrazándome desde atrás por la cintura—. ¿Has tenido algo que ver en esta sorpresa?
—Todo que ver, en realidad. Y ya verás tu regalo. Me vas a poner un altar cuando lo abras.
—Creo que igualmente me cobraré la revancha —me advirtió con un tono pícaro en su voz—. Por cierto, ese vestido te sigue quedando genial.
Sonreí y me giré entre sus brazos.
—Me lo he puesto porque sé que es tu favorito.
—Lo es. —Sonrió y me besó en los labios justo antes de que Hans lo llamase—. Ahora vuelvo. No te vayas muy lejos.
Asentí, y una de mis cuñadas aprovechó para acercarse a mí al verme sola.
—Tenemos que ver cómo subimos la colección a la web, aún no tengo claro si sería mejor hacer un anuncio tipo showroom o probar con…
—Diana —la interrumpí—. Hoy no quiero hablar de trabajo.
Ella me miró con los labios fruncidos.
—Está bien —aceptó de mala gana—. Pero tenemos que aprovechar mis vacaciones para dejarlo todo organizado, que luego durante el curso me cuesta más.
Le puse una mano en el brazo.
—Eres una Remo Delgado; una todoterreno. No hay nada que se te resista. Y, ahora, como tu jefa que soy, te obligo a disfrutar de la fiesta y darle la bienvenida a tu hermana Carolina.
—¿Ya ha llegado?
Hice un gesto con la cabeza, y ella se giró emocionada.
—Ahora mismo, de hecho.
Las últimas palabras se las dije al aire, pues ella ya había echado a correr hasta la entrada de la vivienda, donde su hermana, solo un año menor que Bruno, se bajaba del taxi con gesto cansado, aunque más pletórico que nunca.
Aquel fue el momento exacto en el que Guille aprovechó para acercarse a mí, cuando todo el mundo prestaba atención a la recién llegada.
—En dos meses y medio cumplo dieciséis, cuñada.
Giré mi cabeza hacia él y lo miré con una mueca divertida, aunque él tan solo permanecía de pie, a mi lado, dándome su perfil sin mirarme.
—Lo sé.
—¿Cómo van las cosas? ¿Mi hermano te cuida bien?
Aguanté una carcajada.
—Sabes que sí.
—Ya. Bueno, si alguna vez necesitas un hombro sobre el que llorar, aquí tienes dos bien desarrollados a tu disposición. Soy un perfecto paño de lágrimas.
Asentí divertida. En realidad llevaba toda la razón con lo de los hombros, pues casi sobrepasaba en estatura a Bruno y desde que había comenzado a practicar escalada todo su cuerpo se estaba definiendo a pasos agigantados.
Sin embargo, yo estaba felizmente comprometida con su hermano mayor, eso por no mencionar que lo veía como a un hermano pequeño y que le doblaba la edad.
—Lo tendré en cuenta. Por cierto, ¿esa no es la chica con la que estuviste en la playa la otra tarde? —Su cabeza giró en mi dirección, y sonreí señalando a mi derecha—. A ver cómo te las arreglas para explicárselo a la que has invitado hoy.
—Si todo sale bien, esta noche la playa será testigo de mi generoso amor. ¿No te gusta el verano, cuñada?
—¿Con las dos?
Regresó su atención a mí y me guiñó un ojo.
—Ya te contaré —fue su respuesta antes de marcharse con paso lento hasta sus dos conquistas.
Negué con la cabeza pensando que menudo elemento estaba hecho.
La fiesta fue un éxito, no solo celebramos el cumpleaños de mi chico, sino también el regreso de Carolina de un programa de ayuda humanitaria que había hecho a través de la universidad.
Además, a Bruno le encantó su asiento con volante y pedales para conectarlo a la consola, y mi suegro y yo nos miramos sonrientes al ver su entusiasmo.
Sin embargo, aún nos aguardaba un inesperado giro de los acontecimientos.
—¿Quién quiere sardinas? —anunció Adriel portando una bandeja que pasó muy cerca de mi cara.
Al segundo mi estómago se contrajo de forma involuntaria y una arcada me hizo abrir los ojos con sorpresa.
Busqué con mi mirada a Bruno, pues sabía lo que aquello significaba.
Durante el embarazo de Abril le había cogido especial manía a aquella comida en concreto —algo que rayaba el colmo de los colmos, al tener en cuenta el negocio familiar— y de forma automática asocié eso a mi cansancio extremo de los últimos días, llegando a la misma conclusión que él, que me sonreía de forma cómplice al otro lado de la mesa.
Asintió repetidas veces, y negué horrorizada.
—No me vuelves a tocar ni con un palo —le dije, y él soltó una carcajada.
Los que estaban a mi lado se dieron cuenta del cruce que estaba teniendo lugar.
—Este regalo me gusta infinitamente más… Me temo que vamos a tener que buscar una casa más grande, ¿verdad, arpía?
—A este paso no nos casamos nunca —refunfuñé, y él soltó una carcajada.
Cuando ataron cabos, el caos se desató a nuestro alrededor.
Lo miré sin poder contener una sonrisa por mucho más tiempo, y él me devolvió la suya cargada de felicidad.
—Te quiero. —Leí en sus labios un segundo antes de ver cómo sus ojos se dirigían a mi barriga, la misma que no tardaría en crecer albergando a nuestros gemelos.
—Y yo a ti, capullito mío.