Epílogo 1 #2
Nuestra hija era perfecta, con sus diminutos deditos de largas uñas y esos ojos curiosos que miraban sin enfocar. Tenía los morritos apretados en un mohín divertido y algún resto de suciedad en las orejitas.
África acarició su mejilla con mucho cuidado mientras yo la mecía de forma suave.
—Mira lo que hemos creado, Bruno —susurró con voz temblorosa—. Lo hemos hecho bien, ¿no?
Asentí con emoción, y nos miramos durante unos segundos en los que sentí una conexión brutal con sus emociones, que también eran las mías.
—Creo que podemos decir que se nos dan genial las mudanzas, porque lo hemos hecho la hostia de bien —corroboré con una sonrisa—. Y tú, mejor que nadie.
—No se dicen palabrotas delante de mi nieta. —Escuché la voz de mi padre y me giré con lentitud hacia la puerta, como si por hacer un movimiento más brusco de la cuenta se me fuese a romper.
—Oh, por favor —dijo mi madre llegando hasta mí con mi suegra a su lado—. ¿Has visto qué bonita es, Pepa? Tiene la misma boquita que Bruno cuando era un bebé.
—Mamá, cuando mi hermano nació estaba todo arañado —le recordó Carolina con su habitual amabilidad.
—¿Tenemos ya nombre? —nos preguntó una emocionadísima Alana, asomando la cabeza por mi hombro.
Me sentí rodeado, aunque me gustó mucho aquella sensación de plenitud; de tener a toda nuestra familia alrededor mientras yo sostenía a mi pequeña, que dormía por primera vez en mis brazos.
—¿Quieres decírselo tú? —me preguntó África desde la cama.
Asentí.
—Se llamará Bruna —les comuniqué, y todos se callaron de golpe. Aguanté una sonrisa y mantuve el suspense durante unos segundos más—. Es broma, es broma.
Se empezaron a quejar en susurros.
—Familia, os presentamos a Abril de la Vega Remo —anunció África y miró a su madre—. Queremos que tenga tu apellido primero para que herede tu fuerza y valentía.
—Ay, mi niña… —contestó su madre alterada.
—Dale las gracias a tu yerno, fue idea de él.
La mujer me miró, se acercó a mí, y me incliné hacia ella, que besó mi mejilla entre lágrimas.
A aquel emotivo momento le sucedieron muchos más y, cuando sentí que las emociones me sobrepasaban y necesité un poco de aire limpio para respirar, me disculpé con África y bajé a la cafetería para comprar agua.
Mientras esperaba el ascensor, una voz conocida a mi espalda me hizo girarme y, al hacerlo, vi que Laura me observaba con una sonrisa.
—Ey, hola —la saludé más por cortesía que por otra cosa.
—Enhorabuena, papá —me felicitó y no me pareció que lo estuviese diciendo en tono hostil, sino todo lo contrario—. Hace un rato me crucé con tus hermanas y tardaron un segundo y medio en explicarme que estaban aquí para conocer a tu hija.
Asentí sin poder dejar de sonreír.
—Sí, ya ha nacido. Muchas gracias. ¿Tú estás bien? —me interesé al darme cuenta de que, encontrarnos en el hospital, podría no ser una buena señal.
Ella afirmó con la cabeza.
—Es mi padre. He vuelto a vivir con ellos y a retomar los estudios —me informó, y alcé las cejas con sorpresa—. Nos ha dado un susto por el estrés, pero ya está mejor.
—Pues me alegro, dale recuerdos de mi parte —le dije con sinceridad, y nos quedamos mirándonos sin saber qué más decir. Cuando el ascensor llegó a la planta baja, y emitió un pequeño pitido, encontré la excusa perfecta—. Tengo que subir.
—Claro. —Me giré con toda la intención de entrar—. Espero que seas feliz, Bruno. De verdad.
Antes de que se cerrasen las puertas le sonreí y le deseé lo mismo, y no fue hasta entonces que no me di cuenta de lo reparador que resultaba cerrar un capítulo como una persona con emociones sanas, sin rencores ni odios de por medio.
Me dirigí a la habitación con la firme intención de darle a África las gracias por aparecer de nuevo en mi vida y volverla patas arriba, pero, cuando entré, me recibió la imagen de mi padre con mi hija en brazos y perdí el foco.
Él había esperado a que Abril pasara por todos los brazos y se reservó el último lugar, pues quería disfrutar de ella sin prisas por pasarla al siguiente.
Y mi hija encontró en los brazos de su abuelo su lugar favorito del mundo, muy a mi pesar. Tanto fue así que, durante la siguiente semana, la niña no pisaba el capazo o la cuna si su abuelo estaba cerca.
—Papá, di la verdad, ¿te está picando otra vez el gusanillo? —lo pinché, y él, después de sonreír, observó a mi madre con una inclinación de cabeza.
—Ni me mires —le advirtió—. Que, con el expediente que tenemos, lo mismo hasta me fecundas con los ojos, y a mis cuarenta y seis no me lo quiero ni imaginar.
Fingí una mueca de asco.
—Tú has empezado, capullito. —Se rio África, que observaba la escena desde el sofá.
La verdad es que el postparto estaba siendo más llevadero de lo que nos lo habían pintado, y ella se encontraba bastante bien.
La única pega era lo poco que dormíamos, pues Abril acumulaba gases y tan solo parecía calmarse cuando la cogíamos tal y como mi padre nos había enseñado, con la barriga apoyada en mi brazo y meciéndola a la vez que paseábamos de un lado al otro.
En un mes me podrían dar la medalla de la Orden del Camino de Santiago si me convalidaban los kilómetros recorridos por la casa.
—¿Por qué no os vais un rato a la habitación y descansáis? —nos propuso mi madre—. Nosotros nos encargamos de la niña.
África dudó, al final asintió y me agarró de la mano a la vez que le daba las gracias. Cuando cerró la puerta a su espalda, se apoyó en ella y cerró los ojos durante unos segundos.
—Antes de quedarme dormida quiero que aprovechemos para hacer una cosa que me muero de ganas por hacer —me dijo, y la miré alucinado.
Recordé las palabras de Soto días atrás: «No te confíes, en la cuarentena también se pueden quedar embarazadas. Si no, que me lo digan a mí».
¿De verdad se estaba refiriendo a eso?
¿Ya se encontraba lo suficientemente recuperada como para pensar en tener sexo?
Y ¿era consciente de que mis padres se enterarían de todo, teniendo en cuenta las paredes de papel que tenía el apartamento?
Justo cuando fui a preguntarle, pues no quería hacerme ilusiones en vano, ella dejó de rebuscar en su mesilla de noche y levantó la archiconocida libreta en alto.
La miré con el ceño fruncido.
—Ten, ábrela.
Dudé unos segundos, porque la realidad era que había llegado a odiar aquel trozo de cartón y papel, pero al ver su insistencia la tomé en mi mano y la abrí.
Al hacerlo, me di cuenta de que todas las páginas principales habían sido arrancadas y solo había un nombre escrito en ella: «Bruno», junto a cinco corazoncitos a modo de puntuación.
—No lo anoté en su día porque, aparte de haber aprendido la lección con lo de dejar las huellas del delito en la escena del crimen —exageró haciendo referencia a lo de su padre—, tú no fuiste uno más.
Al principio quise excusarme con que era la primera vez que me acostaba con un chico tan joven y por eso no te ibas de mi cabeza, como si fueras un recuerdo constante de cómo había metido la pata, pero en realidad no supe entender la magnitud de lo que había sentido hasta que lo volvimos a hacer aquel día en Barcelona.
—El día de la «mudanza» —recordé con una sonrisa, y ella asintió.
—Sé lo que querías decirme cuando rompí aguas —soltó la bomba y la sonrisa se me esfumó de la cara—. Pasa la página.
Mis dedos se enredaron entre sí cuando fui a cumplir la orden.
«Sí, claro que quiero casarme contigo, capullito».
Levanté la mirada y busqué sus ojos. Ella sonreía a la vez que lloraba.
—Malditas hormonas —se quejó, y yo solté una risa nerviosa—. ¿No dices nada?
Me acerqué los pocos centímetros que nos separaban y agarré su nuca justo antes de besarla.
La besé como hacía días que no lo hacía, como me hubiese gustado hacerlo una semana atrás en aquel cobertizo. La besé dejándole claro lo feliz que me hacía y la manera en la que la quería.
Con la respiración agitada, apoyé la frente sobre la suya al despegarnos, y sonreí.
—Eres perfecta.
—Lo sé. Has tenido mucha suerte —bromeó, y pellizqué su culo—. He pensado que la libreta puede ser nuestro libro de familia particular. Podríamos apuntar el nombre de Abril y…
Uní mi boca a la de ella de nuevo y la silencié con otro beso.
—Me parece perfecto, aunque, ¿te has fijado en la cantidad de páginas que le quedan libres?
Ella se envaró y me miró con una ceja alzada.
—Bruno…
—Soy digno hijo de mi padre, ¿qué esperabas? —le advertí—. ¿No estabas loquita por él? Pues aquí tienes tu propia versión, mejorada y más joven.
Ella negó con una sonrisa de advertencia y me apuntó con un dedo en el pecho.
—No te vengas tan arriba, que ya tenemos una más de las que había imaginado en mi futuro.
—Ya veremos…
—No veremos nada que no sea esa cama y una siesta reparadora. Y, ahora, cállate y bésame, capullito.
—Todas las veces que quieras, arpía. Todas las veces que quieras.