Epílogo 1
brUNO
«¡Sorpresa!».
El grito con el que nos recibieron hizo que la sonrisa de África se ensanchase y, como consecuencia, la mía también.
—Con que tu tía me tenía preparada su famosa tarta de manzana, ¿eh? —Me miró con suspicacia, y la besé de forma escueta.
Me encogí de hombros y la animé a entrar en la casa, apoyando una mano en su espalda. Mientras ella saludaba a todos, me fijé en cómo habían llenado el salón con globos y decoración infantil.
Crucé una mirada alucinada con mi hermana mayor y negué con la cabeza.
Se les había ido la pinza con aquello del baby shower .
Y lo corroboré aún más cuando, un par de horas después y con la barriga de África al aire, decorada con dibujos de animalitos y globos, llegó la hora de la entrega de regalos.
—¿Os habéis vuelto locos? —le pregunté a mi cuñado Hans.
—A mí no me mires, todo esto ha sido cosa de ellas… —se excusó jugando con uno de sus anillos—. Y eso que aún no os habéis decidido, porque querían encargar unas letras de madera de metro y medio formando el nombre.
—Y tú vas y traes a otra mujer a la familia —bromeó mi tío Adriel—. Me parece que no necesitan más poder.
—Tú a callar, que mi nieta va a ser la que mande sobre todos nosotros —le dijo mi padre—. ¿Lo tienes todo listo, hijo?
La mención de mi padre me puso más nervioso de lo que ya estaba, por lo que me limité a asentir. Me libré de más preguntas cuando mi madre y mi tía los llamaron para que las ayudasen a reponer los canapés, y suspiré tranquilo al quedarme de nuevo a solas con Hans.
—Suerte, schwager [10] —me dijo guiñándome un ojo.
Durante los meses que llevaba con África la relación que tenía con mi cuñado se había ido afianzando.
Sí, antes nos llevábamos bien, pero básicamente éramos dos desconocidos.
Sin embargo, como mi hermana y mi chica eran uña y carne y pasábamos con ellos mucho tiempo, o en su casa o en nuestro ático, la relación se fue fortaleciendo y en aquel momento podía decir que era un buen amigo y consejero, pese a estar más cercano a la edad de mi padre que a la mía.
Creo que el éxito de nuestra relación actual era que él seguía explotando a su independiente niño interior y continuaba en su línea de modales despreocupados, por lo que no lo sentía igual que al resto de adultos de mi familia.
Busqué a África con la mirada y la encontré charlando animada en una de las esquinas. Su rostro tenía una expresión radiante y emocionada, aunque si te fijabas bien también apreciabas el cansancio acumulado bajo sus ojos.
«Qué bonita es», pensé.
—Sí que lo es —corroboró mi suegra y la miré desconcertado.
¿Había hablado en voz alta? Mierda.
Le sonreí sin abrir la boca por miedo a cagarla. Ella me sonrió y se llevó un dulce a la boca, y yo me acerqué al lugar donde estaba mi chica.
—¿Os la puedo robar un momento? —les pregunté a las demás al llegar a su posición.
Varias de ellas se quejaron diciendo que no tardarían en sacar la tarta que debíamos cortar juntos. La agarré de la mano, tiré de ella con suavidad con una disculpa en los labios y anduvimos hasta llegar a la terraza.
Una vez afuera, cerré la puerta y suspiré.
—¿Qué haces? —indagó divertida y confundida a la vez.
—¿Tienes frío?
Hacía poco más de un mes que habíamos entrado en la primavera y, además, ella vivía en una continua queja por el calor desde hacía meses. No obstante, tampoco quería arriesgarme, porque solo llevaba un top con una camisa abierta para no estropear el dibujo que le habían hecho en la barriga.
África negó y me siguió intrigada cuando la guie por el jardín. Justo antes de entrar en el cobertizo, me detuvo, frenando sus pasos en seco.
—Bruno…
—Ven, por favor.
Ella me miró con el ceño fruncido. Sabía lo que significaba para mí que entrásemos juntos en aquel lugar. Era consciente de que no lo había hecho en muchos años, tantos como los que habían pasado desde la primera vez que nos acostamos, aun así, confió en mí y me acompañó dentro.
Justo al entrar me giré para ver su reacción y me quedé embelesado cuando su gesto se dulcificó.
—Oh… —dijo conmovida—. Esto es precioso.
—Me alegra que te guste. Bella se ha estado quedando sin medio paseo toda la semana para poder dejarlo listo.
—Le daré las gracias en cuanto la vea —bromeó.
La agarré por la cintura y la besé durante unos segundos, recreándome en el ambiente que había allí dentro. La luz suave del atardecer se filtraba a través de las ventanas del cobertizo, iluminando el interior junto con las pequeñas velas desperdigadas que había colocado de forma estratégica.
Llevaba días yendo a casa de mi tía para adecentar aquel cuartillo de herramientas y prepararlo para lo que, en aquel momento, ella estaba presenciando. Y solo por ver esa sonrisa, todo el esfuerzo y las prisas merecieron la pena.
Cuando el beso terminó, África se abrazó a mí y paseó la vista a su alrededor.
La habitación estaba llena de fotografías enmarcadas, momentos capturados desde que éramos pequeños hasta ese entonces.
Cada imagen contaba una historia, un fragmento de tiempo en el que nuestras vidas habían estado entrelazadas.
Le besé la coronilla, le pasé un brazo por los hombros y me acerqué a una de las estanterías. Agarré una imagen donde se podía ver cómo ella, mellada y con una trenza algo despeinada, agarraba a un bebé.
Me agarraba a mí.
—No tenía ni idea de que guardaras todas estas fotos —dijo en un susurro.
—Mi madre ha tenido mucho que ver en esto —admití—. Aunque algunas son de mi propia cosecha.
—No me preguntes por qué, pero algo me dice que son las que salgo de adolescente y parecen tomadas por un espía de pacotilla.
—Culpable. —Le sonreí, y ella soltó una carcajada.
No podía posponerlo más si no quería que mis planes se fuesen a la mierda al ser interrumpidos por cualquiera, así que me giré hasta agarrarla de las manos e inspiré hondo, armándome de valor para lo que estaba a punto de hacer.
—¿Qué te pasa? —me preguntó al ver el cambio de mi gesto a uno mucho más solemne.
—África, todos estos momentos han sido importantes para mí.
Has formado parte de mi vida desde que tengo uso de razón y cada recuerdo de mi pasado tiene un pedacito de ti.
Todos. Desde los de ese bebé regordete hasta los del hombre que tienes delante.
Y, aunque tampoco ha sido un camino de rosas, no puedo evitar sentir que todo lo que hemos pasado me ha llevado a este momento, a este lugar en el que estamos ahora.
—Bruno… —murmuró.
—Espera, por favor. Déjame terminar —le pedí y continué, porque, si me detenía y pensaba en lo que estaba haciendo, había muchas posibilidades de que me mease en los pantalones—.
Quiero que sepas que, si tuviera que volver a pasarlo mal otra vez…
Si alguien me dijese que tú estarías al final del todo, empezaría de cero todas las veces que hicieran falta, sufriera lo que sufriese.
—Bruno…
—Y no podía elegir un lugar mejor para decirte esto que aquí, donde realmente empezó nuestra verdadera historia y dond…
—¡Bruno! —me chilló con los ojos abiertos de la impresión. Me callé al instante, temiendo que mis peores pesadillas se estuvieran haciendo realidad y saliese corriendo de allí para no volver jamás—. Algo va mal.
Mi corazón se saltó dos latidos cuando se agarró la barriga y miró hacia abajo.
—¿Qué? —le pregunté alarmado—. ¿Qué pasa?
—Creo que he roto aguas.
La miré horrorizado.
—No puede ser —le dije al borde de perder los nervios—. Si quedan todavía tres semanas.
—Pues nada, mete la mano, empuja a tu hija para arriba y solucionado —rebatió sarcástica y el gesto se le contrajo de dolor.
—¿Puedes andar?
—Sí, creo que sí —contestó a duras penas.
Le di la mano y anduve a su lado unos cuantos pasos hasta que pude abrir la puerta del cobertizo.
Fuera nos esperaban todos, pues muchos ya sabían lo que iba a ocurrir allí dentro y se habían encargado de llevar al resto con ellos. Y, cuando vieron nuestras caras desencajadas y la mancha en el pantalón gris de algodón de África, no les hicieron falta muchas más explicaciones.
A partir de ahí se desató el caos más absoluto.
Juro que no podría poner en palabras lo que ocurrió en las siguientes horas en un orden exacto, ya que actué como un autómata desquiciado que solo seguía las recomendaciones de mi madre y atendía cada petición de África.
El tiempo pareció correr a mil por hora y a la vez avanzar más lento que nunca mientras nos dirigíamos al hospital.
Las molestias de mi chica se volvieron más intensas a cada minuto que pasaba y, cuando por fin llegamos a la sala de partos, solo recuerdo que mi mano apretó con fuerza la de ella mientras la veía luchar y esforzarse en cada contracción.
Estaba muerto de miedo, lleno de ilusión y ansioso como nunca antes y, en medio de todo aquel torbellino de emociones, mi hija decidió que era hora de llegar al mundo y nos regaló el sonido más bonito que jamás había oído, un llanto que desencadenó el nuestro.
Un par de horas después, sin creernos aún que estuviésemos allí con ella a nuestro lado, por fin llegamos a la habitación.
Cerré la puerta cuando se marchó el celador y me acerqué a la cama.
África tenía el rostro agotado, aun así, se la veía radiante de felicidad mientras la observaba y acariciaba su carita.
—¿No está demasiado arrugada? —me preguntó con verdadera preocupación.
—Creo que es normal. —Sonreí y me agaché para darle un beso en los labios resecos.
—¿Quieres cogerla?
Asentí a la vez que inspiraba hondo.
Aún no la había tenido en mis brazos y, aunque me daba un miedo enorme que se me pudiese caer o dañarla, recordé todas las recomendaciones que mi madre nos había dado tantas veces a lo largo de los años y las pautas del cursillo al que habíamos asistido, y la tomé de los brazos de África.
Y fue al verla tan pequeñita, frágil y blandita que supe que me había vuelto a enamorar, pero de una forma completamente diferente.