Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver (Costa Serena 3) 43 Castigo
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43 Castigo

¿Eres feliz o te lo haces?

ÁFRICA

—Son adorables —comentó Alba a la vez que se sentaba en el brazo del sofá.

—Son como niños —rectificó Alana a mi lado.

Me acaricié la barriga intentando calmar a mi hija, que estaba sufriendo un subidón de azúcar gracias al trozo de roscón de Reyes que me había zampado para merendar y me estaba dando una buena tunda.

Observé a los tres hombres que jugaban con los hijos de Alba y Soto en el salón de su casa. Sonreí al ver cómo Hans hacía pedorretas a la pequeña Silvia en su cuellecito, y la niña, con solo siete meses, reía extasiada.

—No entiendo cómo no quieres perpetuar la especie con semejante novio cuarentón que tienes —le dije a Alana, que soltó una pequeña carcajada—. No es que yo me queje de mi veinteañero fogoso, pero ¿no se te deshace el útero con semejante visión?

—Le queda bien, sí —corroboró en un murmullo, y giré la cabeza con brusquedad en su dirección.

—Espera, espera, espera… —Me recoloqué con algo de dificultad en el sillón, y ella aguantó la risa—. Alana Remo Delgado, ¿qué está pasando aquí?

Alba corrió a sentarse al otro lado del sofá y la miró con los ojos muy abiertos.

—No os montéis películas, que os conozco —nos advirtió mi cuñada en voz baja y sin poder dejar de sonreír. Acto seguido, me señaló con un dedo—. Y tú, intenta ser discreta.

—¿Estás embara…? —Ella me mandó a callar, chistándome. Bajé considerablemente la voz—. ¿Estás embarazada?

—No. Pero estamos barajando la opción de adoptar, aunque aún no hemos decidido nada. —Alba soltó un gemido de ilusión, y yo la miré alucinada—. Desde que volvimos de Camboya no paro de darle vueltas al asunto. Hay muchos niños sin hogar y, no sé…

—Te ha entrado el gusanillo, pero quieres evitar parecer un manatí como yo, ¿no?

Mis dos amigas rieron y eso atrajo la atención de los hombres, que dejaron de jugar con los niños y se acercaron a nosotras. Alana nos pidió con la mirada que no comentásemos nada del tema, y ambas asentimos.

Cuando Bruno llegó hasta mí por la parte trasera del sofá, me rodeó con los brazos, acarició mi barriga y me besó en la coronilla.

—¿Cómo van mis chicas? —preguntó con cariño, y puse los ojos en blanco ante el suspiro exagerado que soltaron mis dos amigas al vernos.

—Se va calmando.

—¿Te apetece que nos vayamos ya?

Giré el cuello y lo miré con ilusión.

—¿A ver nuestro nuevo apartamento? ¡Por supuesto! A estas dos las tengo muy vistas ya.

Él asintió con una preciosa curva dibujada en los labios, y solté un gritito emocionada.

—Les diré a todos lo contentos que estáis por el regalo —añadió Alana observándonos emocionada—. Creo que esta mañana, cuando os quedasteis petrificados al dároslo, no terminaron de captar demasiado bien vuestro entusiasmo camuflado.

—Por supuesto que nos gusta —le confirmó Bruno a su hermana—. Es solo que, después de todo lo que le habéis comprado a la niña, era lo último que esperábamos.

—Bueno, solo es una ayudita —dijo Alana restándole importancia al hecho de que todos se hubiesen unido para regalarnos el alquiler de un año entero para un ático cerca de su casa—. Es pequeñito, pero creemos que os va a gustar, y a Bella también, porque la terraza es enorme.

—No llores, boba —me pidió Alba con las mejillas húmedas de sus propias lágrimas.

Me eché a reír a la vez que se me escapaba un sollozo.

¡Malditas hormonas! Pero qué afortunados éramos…

Y qué afortunados fuimos durante los siguientes meses en los que descubrimos que, por mucho que nos encantase nuestro nidito de amor, no servía para acoger a toda nuestra gente, pero sí para tener una muy preciada y tranquila intimidad.

—¿A qué huele? —preguntó Bruno al llegar a casa.

Yo, escondida en la terraza, asomé la cabeza por la puerta de cristal y agradecí que hubiese vuelto pronto del paseo con Bella.

—¡Menos mal que has llegado!

—¿Qué haces ahí? ¿Pretendes salir volando con este viento de levante? —Soltó su teléfono en el mueblecito de la entrada, le quitó el arnés a Bella y se acercó a mi posición.

Abrí algo más la rendija de la puerta y besé sus labios de forma escueta a la vez que la perra se coló para salir a sus dominios.

—Protegedme —les supliqué.

Él me miró con una ceja alzada y giró la cabeza, buscando alguna amenaza en el pequeño apartamento que se le hubiera pasado por alto.

—¿De qué? ¿De la gravedad? Aquí no hay nada —dijo burlón y arrugó la nariz—. En serio, ¿a qué huele?

—Había una cucaracha enorme en el baño y no encontraba el insecticida —me excusé.

Él apretó los labios conteniendo una sonrisa.

—¿Una cucaracha?

—Una enorme y muy fea.

—Y ¿la has matado? —se interesó de forma exagerada.

—¿No me has oído? No encontré el insecticida —repetí perdiendo los nervios—. La he dejado aturdida con la laca, pero no me atrevo a entrar y mirar por si sale volando y me ataca.

Bruno soltó una carcajada.

—¿Laca? ¿Es que pretendías hacerle un tupé o qué?

—No tiene ni puñetera gracia, Bruno. Llevo haciéndome pipí desde que te fuiste hace media hora y me va a reventar la vejiga —me quejé—. Si llegas a tardar cinco minutos más, me agacho en el sumidero.

—¿En serio? ¿Hubieras sido capaz?

—¡Ve a mirar! —le grazné, y levantó las manos en son de paz, aunque no dejó de sonreír.

Regresó al cabo de unos pocos minutos.

—Todo despejado.

Eché a correr como alma que lleva el diablo, agarrándome la prominente barriga y con la misma agilidad que tendría una morsa que se ha dado un festín de cangrejos.

De verdad que no sabía cómo iba a moverme las doce semanas restantes hasta dar a luz.

Bruno me observó divertido en todo el proceso y, al salir, se coló para darse una ducha y dejó la puerta entreabierta.

No fue algo que hiciera aposta, pues llevábamos viviendo juntos casi un mes y ya había corroborado que el pudor no iba con él, sin embargo, aquel día, su momento de aseo me resultó más excitante que nunca.

Me apoyé en el quicio de la puerta y observé, con algo de dificultad debido al vapor que condensaba el cristal, cómo se enjabonaba el cuerpo sin ninguna prisa mientras tarareaba una melodía que no reconocí.

Sus manos descendieron poco a poco por su pecho, que se había torneado de forma considerable durante los últimos meses, y unos segundos después se perdieron en su entrepierna.

Achiqué los ojos e intenté fijarme bien, hubiese jurado que se encontraba más que dispuesto para la batalla.

Me deshice del jersey y me quedé en camiseta porque allí hacía un calor de mil demonios.

Una conocida humedad descendió hasta mojar mi ropa interior y me acerqué hasta la mampara en silencio. Necesitaba corroborar mi teoría y, de paso, recrearme la vista.

Él giró la cabeza al sentir mi cercanía, aunque no dejó de lavarse.

—Más de tres pasadas con el jabón se considera una paja —le informé, divertida y excitada a partes iguales.

—¿Tú crees? —respondió y varió el movimiento de su mano para hacer justo lo que le había mencionado. Tragué saliva con dificultad sin perderme detalle—. ¿Quieres unirte?

Su voz no era más que un murmullo ronco.

Apreté las piernas.

—No vamos a caber —advertí.

Él hizo caso omiso a mi opinión, sacó la mano mojada y agarró mi brazo con toda la intención de meterme dentro. Mi queja no sirvió de nada, pues en unos segundos me encontré bajo el chorro del agua, empapada de pies a cabeza en el más amplio sentido de la palabra.

—Anda, pues sí que cabemos.

—Sí, como sardinas en lata —me burlé al sentir que mi cuerpo no facilitaba el acercamiento.

Él sonrió y me hizo levantar los brazos para desprenderme de la camiseta. Después, hizo lo propio con los pantalones.

—Mucho mejor —aprobó desde el suelo, ya que se había agachado en la ducha para bajarme las bragas—. Abre las piernas.

Fruncí el ceño.

—¿Qué pretendes hacer? Si casi ni te veo con esta barriga.

—Abre las piernas —repitió, y yo terminé obedeciendo.

Se perdió durante un ratito por allí abajo, minutos en los que se dedicó a juguetear con mi sexo hasta que mis piernas empezaron a fallar.

—Bruno.

—Ya voy… —me dijo fingiendo fastidio. Besó mi monte de Venus y, después, mi barriga al subir—. Bruna, papá y mamá necesitan intimidad. Date la vueltecita, anda.

Solté una risotada.

—Deja de llamar a la niña Bruna, por lo que más quieras, que al final se le va a quedar ese horrible nombre.

Y no le pidas que se dé la vuelta, que ya está encajada y no pienso pasarme otra vez varios días caminando a cuatro patas por la casa para colocarla en su sitio, como si fuese un gorila con sobrepeso.

—Todas las quejas murieron en mi boca cuando él me dio la vuelta y coló una mano por mi trasero hasta llegar a la entrada de mi sexo.

Jugueteó con mi clítoris, tentándome, y cuando expuse mi culo hacia fuera buscando un mayor contacto, sustituyó los dedos por su más que dispuesta erección—.

No vas a poder, Bruno. La barriga nos va a…

Resopló y se retiró, haciendo que anhelase su cuerpo al instante.

—¿Puedes dejar de quejarte de tu cuerpo, por favor? —me preguntó cuando me giré.

—No me…

—Estás preciosa —me interrumpió y me miró con el ceño fruncido—. Preciosa, África. ¿Por qué te empeñas en menospreciarte de esa forma? En serio, es que no te das cuenta de lo bonita y radiante que te ves con nuestra hija ahí dentro.

Sus palabras me dejaron sin habla por un momento.

Me quedé mirándolo, sorprendida por la rotundidad y a la vez ternura con la que me habló. Bruno podía ser un bruto cuando lo deseaba, un tocapelotas de campeonato, pero también tenía un lado dulce y cariñoso que me llegaba al corazón.

—No es tan fácil. —Bajé la mirada hacia mi abultada barriga.

—África… —Me elevó la cabeza con un par de dedos y me besó los labios.

Agradecí que el agua de la ducha camuflase mis lágrimas.

Su expresión era seria y amable a la vez—.

Sé que todo ha cambiado demasiado rápido en muy poco tiempo, incluyendo tu cuerpo, pero estoy aquí.

Me vuelves loco desde que tenía catorce años y la sensación no deja de crecer.

—¿Al mismo ritmo que mi barriga? —bromeé, y él soltó una risita.

—Más rápido todavía.

Asentí y me acerqué a él. Su cuerpo me rodeó con ternura y me sentí protegida entre sus fuertes brazos.

—Gracias —susurré contra su pecho.

—No tienes que darlas —respondió besando mi cabello—. Siempre estaré aquí para recordártelo y para que sepas cuánto te quiero.

Me separé de él y lo miré con el corazón latiéndome desbocado.

—¿Qué has dicho?

Su sonrisa le iluminó la cara, aunque también atisbé un rastro de vulnerabilidad.

—Que siempre estaré aquí para recordártelo.

—Lo otro —lo insté a decir lo que ya sabía.

—Que te quiero más que a nada en el mundo.

En aquel momento no fuimos conscientes de que la lluvia comenzaba a caer afuera, porque dentro de aquella habitación, junto a Bruno, sentí que todo estaba en su lugar.

Una sensación de calma y felicidad me inundó por completo y besé sus labios sin importarme nada más; ni mi prominente barriga ni las estrías que me habían salido en las caderas o la forma en la que mi cintura decidió desaparecer del mapa.

Porque entre sus brazos, con sus palabras en mi oído y su amor llenándolo todo, mis inseguridades, temores y malas experiencias dejaron de tener tanto peso y me sentí completa por primera vez en mi vida.

Bruno y yo estábamos unidos por algo mucho más grande que nosotros mismos. Estábamos unidos por el destino, que nos castigó con volvernos a ver y fue la jugada más maravillosa que pudo hacer.

—Yo también te quiero, capullito.